Los tigres de Mompracem: Capítulo 09

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El almuerzo ofrecido por lord James a los invitados fue uno de los más espléndidos y alegres que se habían dado hasta entonces en la quinta.

Se brindó repetidas veces en honor de Sandokán y de la intrépida Perla de Labuán.

Al pasar las horas, la conversación se hizo animadísima; discutían acerca de tigres, cacerías, piratas, barcos. únicamente el oficial de marina estaba silencioso y parecía muy ocupado en estudiar a Sandokán, pues no apartaba de él la vista ni un solo instante.

De pronto se dirigió al Tigre, que estaba hablando de la piratería, y le dijo con brusquedad:

—Dígame, príncipe, ¿hace mucho tiempo que llegó a Labuán?

—Hace veinte días —contestó el Tigre.

—¿Por qué razón no he visto en Victoria su barco?

—Porque los piratas me robaron los dos paraos que me conducían.

—¡Los piratas! ¿Lo atacaron los piratas? ¿Dónde?

—En las cercanías de las Romades.

—¿Cuándo?

—Pocas horas antes de mi arribo a estas costas.

—Seguramente se equivoca usted, príncipe, porque precisamente entonces nuestro crucero navegaba por esos parajes y no llegó a nosotros el eco de ningún cañonazo.

—Pudiera ser, porque el viento soplaba de Levante —contestó Sandokán, que principiaba a ponerse en guardia, sin saber adónde iba a parar el oficial.

—¿Cómo llegó usted aquí?

—A nado.

—¿Y no asistió a un combate entre un crucero y dos barcos corsarios, que decían que iban mandados por el Tigre de la Malasia?

—No.

—¡Es extraño!

—¿Usted pone en duda mis palabras? —preguntó Sandokán poniéndose de pie.

—¡Dios me libre de ello, príncipe! —contestó el oficial con ligera ironía.

—Baronet William —intervino el lord—, le ruego que no promueva una disputa en mi casa.

—Perdóneme, milord, no tenía esa intención —respondió el oficial.

—Entonces, no se hable más. Bajaron todos al parque.

—¿Me permite una palabra, milord? —dijo el oficial.

—Por supuesto.

El marino susurró al oído del lord unas palabras que nadie pudo oír.

—Está bien —contestó lord James—. ¡Buenas noches, amigos, y que Dios nos libre de malos encuentros!

Los cazadores montaron a caballo y salieron del parque galopando.

Después de saludar al lord, que se había puesto de muy mal humor, y de estrechar apasionadamente la mano de Mariana, Sandokán se retiró a su cuarto. Se paseó largo rato. Una inquietud inexplicable se reflejaba en su rostro, y sus manos atormentaban la empuñadura del kriss. Sin duda pensaba en el interrogatorio que le había hecho el oficial. ¿Lo habría reconocido, o era nada más que una sospecha? ¿Tramaba algo contra el pirata?

—¡Si me preparan una traición —dijo al fin Sandokán alzando los hombros—, yo sabré deshacerla! Nunca he tenido miedo a los ingleses. Descansemos y mañana ya veré qué es lo que hay que hacer.

Se echó en la cama sin desnudarse, puso el kriss al lado, y se durmió tranquilamente con el dulce nombre de Mariana en los labios.

Despertó al mediodía, cuando ya el sol entraba por las ventanas.

Le preguntó a un criado dónde estaba el lord, pero le contestó que había salido a caballo antes del amanecer, en dirección a Victoria. Tal noticia lo dejó estupefacto.

—¿Se ha marchado sin haberme dicho nada anoche? —murmuró—. ¿Se estará tramando alguna traición en mi contra? ¿Y si esta noche volviera como enemigo? ¿Qué debo hacer con ese hombre que me ha cuidado como un padre y que es el tío de la mujer a quien adoro? ¡Ah, qué bella estaba Mariana la tarde en que intenté huir! ¡Y yo trataba de alejarme para siempre de ti, cuando tú me amabas ya! ¡Extraño destino! ¿Quién hubiera dicho que yo amaría a esa mujer? ¡Y cómo la amo! ¡Por esa mujer sería capaz de hacerme inglés, me vendería como esclavo, dejaría para siempre la borrascosa vida de aventurero, maldeciría a mis tigrecillos y a ese mar que domino y que considero como la sangre de mis venas!

Inclinó la cabeza y se sumergió en un mundo de pensamientos. Pero volvió a levantarla, con los dientes apretados y los ojos despidiendo llamas.

—¿Y si rechaza al pirata? —exclamó—. ¡No es posible, no es posible! ¡Aunque tenga que poner fuego a Labuán, será mía!

Bajó al parque y empezó a pasearse, dominado por una intensa agitación.

Mariana apareció caminando por un sendero.

—Lo buscaba, mi heroico amigo —dijo ruborizada. Se acercó un dedo a los labios como para recomendarle silencio, lo cogió de una mano y lo condujo a una pérgola.

—Escuche —dijo aterrada—. Ayer dejó usted escapar unas palabras que han alarmado a mi tío. Tengo una sospecha que usted debe arrancarme del corazón. Dígame, si la mujer a quien ha jurado amor le pidiera una confesión, ¿se la haría?

El pirata se hizo atrás bruscamente. Pareció que vacilaba bajo un terrible golpe.

—Milady —dijo al cabo de algunos instantes de silencio, y cogió las manos de la joven-, por usted lo haré todo. Si debo hacerle una revelación dolorosa para ambos, la haré. ¡Se lo juro!

Mariana levantó sus ojos hacia él. Sus miradas se cruzaron, suplicante la de ella, brillante la del pirata.

—No me engañe, príncipe —dijo Mariana con voz ahogada—. Quienquiera que sea, el amor que ha encendido en mi corazón no se apagará nunca. ¡Rey o bandido, lo amaré igual!

Un profundo suspiro salió de los labios del pirata.

—¿Quieres saber mi nombre?

—¡Sí, tu nombre!

—Escucha, Mariana —dijo Sandokán, como si hiciera un esfuerzo sobrehumano—, hay un hombre que impera en este mar que baña las costas de las islas malayas, que es el azote de los navegantes, que hace temblar a las gentes, y cuyo nombre suena como una campana funeral. ¿Has oído hablar de Sandokán, el Tigre de la Malasia? ¡Mírame a la cara: el Tigre soy yo!

La joven dio un grito de horror y se cubrió el rostro con las manos.

—¡Mariana —exclamó el pirata cayendo a sus pies con los brazos extendidos hacia ella—, no me rechaces, no te asustes! Fue la fatalidad la que me convirtió en pirata. Los hombres de tu raza no tuvieron piedad conmigo, que no les había hecho mal alguno. Me arrojaron al fango desde las gradas de un trono, me quitaron mi reino, asesinaron a mi madre, a mis hermanos, a mis hermanas. Me empujaron a los mares. No soy pirata por robar, sino que lo soy como justiciero, soy el vengador de mi familia y de mis súbditos, nada más. Si quieres, recházame, y me alejaré para siempre de estos lugares para no causarte miedo nunca más.

—¡No, Sandokán, no te rechazo, porque te amo demasiado!

—¡Me amas todavía! ¡Repítelo, repítelo!

—Sí, Sandokán, te amo, y ahora más que ayer.

El pirata la estrechó contra su pecho. Una alegría infinita iluminaba su rostro.

—¡Mía! ¡Eres mía! —exclamó con una felicidad inenarrable.

—¡Llévame lejos, a una isla cualquiera, pero donde pueda quererte sin peligro ni ansiedades!

—Si quieres, te llevaré a una isla lejana cubierta de flores, donde no oigas hablar de Labuán ni yo de Mompracem. A una isla encantada donde podrán vivir enamorados el terrible pirata y la hermosa Perla de Labuán. ¿Quieres, Mariana?

—¡Sí, si tú quieres, iré contigo! Pero ahora te amenaza un grave peligro, tal vez se trama una traición contra ti.

—Lo sé —exclamó Sandokán-, pero no la temo.

—Te pido que te marches, Sandokán.

—¡Marcharme! ¡Si no tengo miedo!

—Huye, Sandokán, mientras sea tiempo. Temo que te suceda una desgracia. Mi tío no ha salido por capricho; debe haberlo llamado el baronet William Rosenthal, que probablemente te ha reconocido. ¡Por favor, parte, vuelve a tu isla ahora! ¡Ponte a salvo antes de que una tempestad caiga sobre tu cabeza!

En lugar de obedecer, Sandokán cogió a la joven y la levantó en los brazos. Su rostro tenía ahora otra expresión: le brillaban los ojos, las sienes le latían con furia y sus labios se entreabrían mostrando los dientes.

Un instante después se arrojó como una fiera a través del parque, saltando los arroyos y la cerca. No se detuvo hasta llegar a la playa, por la cual vagó largo tiempo sin saber qué hacer. Cuando decidió regresar, ya había caído la noche y salía la luna.

Apenas llegó a la quinta, preguntó por el lord, pero le informaron que no había vuelto.

Fue al saloncito y allí estaba Mariana, arrodillada ante una imagen, con el rostro inundado de lágrimas.

—¡Adorada Mariana! —exclamó el pirata—. ¿Lloras por mí? ¿Porque soy el Tigre de la Malasia, el hombre odiado por tus compatriotas?

—¡No, Sandokán! ¡Tengo miedo! ¡Huye de aquí, pronto!

—Yo no tengo miedo. El Tigre de la Malasia no ha temblado nunca y...

Se interrumpió. En el parque resonaba el galope de un caballo.

—¡Mi tío! ¡Huye, Sandokán! —exclamó Mariana.

—¡Yo! ¡Yo!

En ese momento entraba lord James, grave, con mirada torva, y vestido con el uniforme de capitán de marina.

—Si yo hubiera sido un hombre de su especie —dijo con desdén—, antes de pedir hospitalidad a un enemigo me hubiera dejado matar por los tigres del bosque. ¡Es usted un pirata y un asesino!

—¡Señor -exclamó Sandokán, dispuesto a vender cara su vida-, no soy un asesino, soy un justiciero! -¡No quiero una palabra más! ¡Salga de mi casa! Sandokán lanzó una larga mirada a Mariana, que había caído al suelo medio desvanecida y con paso lento, la mano en la empuñadura del kriss, alta la cabeza, fiera la mirada, salió del saloncito y descendió la escalera, ahogando con un poderoso esfuerzo los latidos furiosos de su corazón y la emoción profunda que lo dominaba.

En cuanto llegó al parque se detuvo y desnudó el kriss, cuya hoja brilló a los rayos de la luna.

A trescientos pasos se extendía una fila de soldados que, con la carabina en la mano, se disponían a hacer fuego sobre él.