Los tigres de Mompracem: Capítulo 23

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Los tigres de Mompracem (Sandokán)
Capítulo 23: Yáñez en la quinta
de Emilio Salgari


La misión del portugués era, sin duda alguna, de las más arriesgadas y audaces que había afrontado en toda su vida. Sin embargo, el pirata se disponía a jugar tan peligrosa carta confiado en su sangre fría y, sobre todo, en su buena estrella, que nunca se había cansado de protegerlo.

Se acomodó en la silla, se atusó el bigote para dar más arrogancia a su rostro, se colocó el casco, espoleó el caballo y lo lanzó al galope.

Al cabo de dos horas llegaba a la quinta de lord James.

—¿Quién vive? —preguntó un soldado escondido detrás de un tronco.

—¡Eh, jovencito, baja el fusil, mira que no soy un tigre ni una babirusa! —dijo el portugués, conteniendo el caballo—. ¿No ves que soy tu superior?

—Perdone, pero tengo orden de no dejar entrar a nadie sin saber de parte de quién viene.

—¡Animal! Vengo de parte del baronet William Rosenthal con un mensaje para el lord.

—Pase.

Seis soldados lo rodearon fusil en mano.

—¿Dónde está el lord? -les preguntó.

—En su escritorio.

—Llévenme allí.

—¿Viene de Victoria?

—Precisamente.

—¿No se ha encontrado con los piratas de Mompracem?

—No he visto ni uno solo, compañero. Esos tunantes tienen cosas más importantes que hacer que andar paseando por ahí.

Imitando la calma y la rigidez de un inglés, siguió al sargento hasta un elegante saloncito. Esperó un rato.

—El lord lo espera —dijo el sargento asomándose, y le indicó una puerta abierta.

El portugués sintió que un escalofrío le corría por los huesos.

—¡Yáñez, sé prudente! —musitó.

Entró al escritorio. En un ángulo, sentado ante una mesa de trabajo, estaba el lord, con el rostro pálido y la mirada colérica.

—¿Le ha dado el baronet algún recado para mí? —preguntó en tono seco.

—Sí, milord.

—Entonces hable.

—Le comunica que el Tigre de la Malasia está rodeado por nuestras tropas cerca de la costa sur de la isla. Lord James se puso de pie con los ojos brillantes de alegría.

—¿Está seguro?

—Segurísimo, milord.

—¿Quién es usted?

—Soy pariente del baronet William.

—Entonces sabrá que mi sobrina...

—Sí, es la prometida de mi primo William.

—¿Cuándo encontraron a Sandokán?

—Esta mañana al amanecer, al atravesar un bosque a la cabeza de una gran banda de piratas.

—¡Ese hombre es un demonio! ¿Cómo llegó tan lejos en pocas horas?

—Dicen que llevaba caballos.

—Así lo comprendo. ¿Y dónde está mi buen amigo William?

—A la cabeza de las tropas.

—¿Están lejos de aquí los piratas? A unos doce kilómetros.

—¿Qué más me manda decir?

—Le ruega que salga en seguida de la quinta y se vaya a Victoria. Teme que el Tigre de la Malasia con sus ochenta piratas se lance sobre la quinta.

El lord lo miró en silencio y luego dijo, como si hablara consigo mismo:

—En realidad, eso puede suceder. Al amparo de los fuertes y de los barcos de Victoria estaré más seguro que aquí. William tiene razón. ¡Yo le arrancaré a mi sobrina esa pasión que siente por el infame pirata y se casará con el hombre que le he destinado!

Yáñez llevó instintivamente la mano a la empuñadura del sable, pero se contuvo.

—Milord —dijo—, ¿me permite hablar con mi futura pariente? Tengo algo que decirle de parte de William. -Por supuesto, aunque desde ya le digo que lo recibirá muy mal.

—¡No me importa! —respondió Yáñez sonriendo—. Le diré lo que me ha dicho William y nada más.

—Procure convencerla y después vuelva acá, porque cenaremos juntos.

Yáñez saludó con una cortés inclinación y siguió al criado que lo condujo a un saloncito donde lo esperaba una elegante figura vestida de blanco.

Aun cuando iba preparado, el portugués no pudo reprimir un gesto de admiración al ver a la hermosa joven. Estaba muy pálida y sus ojos azules, habitualmente tan serenos, despedían relámpagos de cólera.

—¿Quién es usted? —preguntó cuando hubo salido el criado—. ¿Quién le ha permitido entrar aquí?

—Su tío, milady —contestó Yáñez.

—¿Y qué quiere?

—Ante todo una pregunta. ¿Está segura de que nadie puede oírnos?

—Estamos solos -respondió ella asombrada.

—Bien. milady; vengo de Mompracem.

Mariana corrió hacia él como empujada por un resorte, y su palidez desapareció en el acto.

—¡De Mompracem! ¡Usted! ¡Un inglés!

—No soy inglés. Soy Yáñez.

—¡Yáñez, el amigo, el hermano de Sandokán! ¿Dónde está él? ¿Está herido? ¡Dígamelo todo, o me muero!

—Sandokán vive y está emboscado cerca del sendero que conduce a Victoria, dispuesto a raptarla.

—¡Gracias, Dios mío, por haberlo protegido! —exclamó la joven con los ojos llenos de lágrimas.

—Ahora escúcheme, milady. He venido para convencer al lord de que se retire a Victoria. Sandokán atacará la escolta y se apoderará de usted en cuanto estemos fuera de la quinta.

—¿Y mi tío?

—Respetaremos su vida.

—¿Adónde piensa Sandokán llevarme? A su isla.

Mariana inclinó la cabeza y guardó silencio.

—Milady —dijo Yáñez con voz grave—, no tema. Sandokán es uno de esos hombres que saben hacer feliz a una mujer. Fue terrible, cruel, pero el amor lo ha cambiado de tal modo que le juro que usted nunca se arrepentirá de ser la mujer del Tigre de la Malasia.

—¡Le creo, Yáñez! —exclamó la muchacha—. ¿Qué importa que haya sido tan atroz su pasado? Yo haré de él otro hombre. Abandonaré mi isla y él abandonará Mompracem e iremos tan lejos que no volverán a oír hablar de nosotros. Viviremos juntos, olvidados de todos, pero felices y nadie sabrá nunca que el marido de la Perla de Labuán es el antiguo Tigre de la Malasia. ¡Sí, seré su esposa y lo amaré siempre!

—Ahora es preciso convencer a su tío a dirigirse a Victoria.

—Tenga cuidado, Yáñez, porque es muy desconfiado. Es verdad que usted es un hombre blanco, pero él sabe que Sandokán tiene un amigo europeo.

—Seré prudente.

El portugués salió del saloncito como embriagado por la belleza de aquella mujer.

—¡Por Júpiter! —exclamó—. ¡Empiezo a envidiar a ese bribón de Sandokán!

Lord James lo aguardaba paseándose por la habitación.

—Y bien, ¿qué acogida le brindó mi sobrina? —preguntó con ironía.

—Me pareció que no le gusta oír hablar de mi primo William —repuso Yáñez—. Poco faltó para que me echara del salón.

El lord movió la cabeza y las arrugas de su frente se hicieron más profundas.

—¡Siempre lo mismo! -murmuró, rechinando los dientes.

Siguió recorriendo a grandes trancos la habitación.

—Entonces, ¿usted me aconseja que me marche?

—Sí, milord —contestó Yáñez—. Aproveche esta buena ocasión para refugiarse en Victoria.

—¿Y si Sandokán ha dejado hombres ocultos en el parque? Me han dicho que lo acompaña un hombre blanco que se llama Yáñez, tan audaz y peligroso como él.

Yáñez tuvo que hacer un esfuerzo por contener la risa. Miró muy serio al lord y dijo:

—Milord, yo no tengo miedo de esos tunantes. ¿Quiere que haga un reconocimiento de los alrededores?

—Se lo agradecería. ¿Necesita escolta?

—No, gracias, prefiero ir solo, así puedo ocultarme en los bosques sin llamar la atención.

—Tiene razón. ¿Cuándo partirá? -Ahora mismo.

—¡La sangre de los Rosenthal es sangre de valientes! —murmuró lord James—. Vuelva pronto, recuerde que lo espero a cenar.

El portugués saludó militarmente, se puso el sable debajo del brazo y salió al parque.

—¡Y ahora, a buscar a Sandokán! —murmuró cuando estuvo lejos—. Ya verá, milord, la exploración que voy a hacer. ¡Tenga la seguridad de que no encontraré ni rastro de los piratas! No soñé que me resultara tan bien esta combinación.

Así monologando, atravesó el parque y tomó el sendero que conducía a Victoria. Apenas había recorrido unos mil metros, cuando un fusil le apuntó al pecho mientras una voz amenazante gritaba:

—¡Ríndete o te mato!

—¿No me conoces, Paranoa?

—¡El señor Yáñez! —exclamó el malayo.

—En carne y hueso. Corre a decir a Sandokán que lo espero aquí, y ordena a Inioko que tenga listo el parao.

—¿Nos marchamos?

—Probablemente esta noche. ¿Llegaron los otros dos paraos?

—No, señor Yáñez. Tememos que se hayan perdido.

El pirata partió con la velocidad de una flecha. No habían transcurrido veinte minutos cuando apareció Sandokán, seguido de Paranoa y otros cuatro piratas.

—¡Yáñez, amigo mío! ¡Estaba tan preocupado por ti! ¿La viste?

—Como ves, represento mi papel de pariente del inglés a la perfección; nadie ha dudado de mí. ¡Ni mucho menos el lord! Imagínate que hoy me espera a cenar.

—¿Viste a Mariana?

—Sí, y me pareció tan hermosa que me llegué a marear. Cuando se puso a llorar...

—¿Ha llorado? —gritó Sandokán—. ¡Dime quién la hizo llorar para arrancarle el corazón!

—Pero, Sandokán, ¡si lloraba por ti!

—¡Ah! Cuéntamelo todo, Yáñez, te lo ruego.

El portugués no se hizo de rogar y le relató todo lo sucedido.

—¿El lord saldrá esta misma noche? —preguntó ansioso el Tigre cuando Yáñez terminó de hablar.

—Así lo supongo.

—¿Cómo lo sabré?

—Envía a uno de tus hombres al invernadero y que allí espere mis órdenes.

—¿Hay centinelas repartidos por el parque?

—No los he visto.

—¿Y si fuera yo mismo?

—No, Sandokán, tú no debes abandonar este sendero. El lord puede acelerar la partida y se precisa tu presencia para que guíes a nuestros hombres.

—Enviaré a Paranoa, entonces. Es diestro y prudente. Apenas se haya puesto el sol irá a esperar tus órdenes. Espero que el lord no cambie de idea, pues nosotros no podemos permanecer mucho tiempo aquí. Debemos partir antes de que en Victoria se sepa dónde estamos porque en Mompracem hay pocos hombres.

—¡Tiemblo por mi isla!

—Procuraré que el lord apresure la marcha. Mientras tanto haz armar el parao y reúne aquí a toda la tripulación.

Se estrecharon la mano y se separaron.

Yáñez regresó y comenzó a pasear por el parque, pues todavía era demasiado temprano para presentarse al lord.

En una senda próxima a la casa se cruzó con Mariana.

—¡Ah, milady, qué suerte encontrarla! —dijo.

—Lo buscaba —contestó la joven—. Dentro de cinco horas salimos para Victoria, así lo ha dicho mi tío.

—Sandokán está preparado.

—¡Dios mío! —murmuró ella, y se tapó el rostro con las manos.

—¡No llore, lady Mariana! —dijo Yáñez.

—¡Tengo miedo, Yáñez!

—Escúcheme —dijo el portugués, llevándola hacia un sendero más apartado—. Muchos creen que Sandokán es un vulgar pirata salido de las selvas de Borneo, ávido de sangre y de víctimas. Pero se equivocan: es de estirpe real y no un pirata sino un vengador. Tenía veinte años cuando subió al trono de Muluder. Fuerte como un león, audaz como un tigre, valiente hasta la locura, al cabo de poco tiempo venció a todos los pueblos vecinos y extendió las fronteras de su reino hasta el de Varauni. Aquellas campañas le fueron fatales, pues ingleses y holandeses, celosos de una nueva potencia que iba a sojuzgar la isla entera, se aliaron con el sultán de Borneo para atacarlo. Concluyeron por hacer pedazos el nuevo reino. Sicarios pagados asesinaron a la madre y a los hermanos y hermanas de Sandokán; bandas poderosas invadieron el reino, saqueando, asesinando, cometiendo atrocidades inauditas. En vano Sandokán luchó con el furor de la desesperación. Todos sus parientes cayeron bajo el hierro de los asesinos, pagados por los blancos, y él mismo apenas pudo salvarse, seguido de una pequeña tropa de leales. Anduvo errante varios años por las costas de Borneo, sin víveres, sufriendo horribles miserias, en espera de reconquistar el trono perdido y de vengar a su familia asesinada. Hasta que una noche, perdida toda esperanza, se embarcó en un parao y juró guerra a muerte a la raza blanca y al sultán de Varauni. Arribó a Mompracem, contrató hombres y empezó a piratear en el mar. Devastó las costas del sultanato, asaltó barcos holandeses e ingleses y terminó siendo el terror de los mares, convertido en el terrible Tigre de la Malasia. Usted ya sabe lo demás.

—¡Ah, Yáñez, qué bien me hacen sus palabras! —dijo Mariana—. Porque lo amo tanto que sin él la vida para mí sería un martirio.

—Volvamos ya a la quinta, milady. Dios velará por nosotros.

La condujo a la casa y subieron al comedor, donde ya estaba lord James.

—Me alegro que esté aquí —dijo—. Al verlo salir del parque temí que le sucediera alguna desgracia.

—Quise asegurarme por mí mismo de que no hay ningún peligro, milord.

Éste quedó silencioso durante algunos instantes, y en seguida se dirigió a Mariana.

—¿Has escuchado que nos vamos a Victoria?

—Sí —contestó ella con sequedad.

—¿Vendrás?

—Usted sabe demasiado bien que me sería inútil resistir.

—¡Antes que ser la mujer de ese perro que se llama Sandokán, prefiero matarte! -exclamó el lord furioso-. Anda a hacer los preparativos para el viaje.

La joven salió de la habitación cerrando violentamente la puerta.

—¿La ha visto? —dijo el lord volviéndose hacia Yáñez—. Cree que puede desafiarme, pero se engaña. ¡Vive Dios que lo evitaré aunque tenga que hacerla pedazos!

Yáñez cruzó los brazos para no caer en la tentación de echar mano del sable. Hubiera dado la mitad de su sangre por liquidar a aquel viejo siniestro en ese mismo momento.

Cenaron en silencio. Antes de levantarse de la mesa, Yáñez preguntó:

—¿Nos marcharemos pronto, milord?

—Sí, a medianoche. Llevaremos una escolta de doce soldados muy fieles y diez indígenas.

—Con esas fuerzas no tenemos nada que temer.

—¡Usted no conoce a los piratas de Mompracem! Si nos encontramos con ellos, no sé de quién sería la victoria.

—¿Me permite, milord, bajar al parque? Quisiera vigilar los preparativos de los soldados.

—Vaya, amigo, vaya.

El portugués salió y descendió rápidamente la escalera, pensando: "Creo que llegaré a tiempo para prevenir a Paranoa. Sandokán podrá preparar una magnífica emboscada".

Se acercó al invernadero sigilosamente y empujó la puerta.

De inmediato se alzó ante él una sombra y una mano le puso una pistola al pecho.

—¡Soy yo, Paranoa! —dijo—. Vete en seguida a advertir a Sandokán que dentro de unas pocas horas saldremos de la quinta.

—¿Son muchos?

—Unos veinte.

El malayo se lanzó por la senda y desapareció en medio de las sombras que proyectaban los árboles. Cuando Yáñez volvió a la casa, el lord bajaba la escalera. Tenía su sable y una carabina en la mano. Mariana lo seguía.

Ya no era la enérgica muchacha que horas antes hablara con tanto fuego y valentía. La idea de tener que dejar para siempre aquellos lugares para lanzarse a un porvenir incierto entre los brazos de un hombre a quien llamaban el Tigre de la Malasia, parecía aterrarla. Cuando montó a caballo no pudo refrenar las lágrimas.

A una orden de lord James, el pelotón se puso en marcha y tomó el sendero que conducía a la emboscada. El anciano se volvía de cuando en cuando y lanzaba a Mariana una mirada en la cual se leían terribles amenazas.

Ya habían recorrido cerca de dos kilómetros cuando se oyó un ligerísimo silbido.

Yáñez, que esperaba el asalto de un momento a otro, desenvainó el sable y se puso entre el lord y Mariana.

—¿Qué pasa? —preguntó el lord, volviéndose bruscamente.

—¿No ha oído?

—¿Un silbido?

—Sí.

—¿Y qué?

—Eso quiere decir, milord, que mis amigos nos rodean —contestó Yáñez.

—¡Ah, traidor! —gritó el lord.

—Señor, ya es muy tarde —dijo el portugués, poniéndose delante de Mariana.

En efecto, en ese instante dos mortales descargas derribaron a cuatro hombres y siete caballos. Luego, treinta tigres de Mompracem salieron de la espesura, lanzando gritos feroces y atacaron con furia a la escolta.

El lord lanzó un rugido. Con una pistola en la mano izquierda y el sable en la derecha, se fue como un rayo hacia Mariana.

—¡Espera un poco, viejo lobo de mar —gritó Yáñez—, que te voy a acariciar con la punta de mi acero!

—Te mataré, traidor! —contestó el lord.

Se lanzaron uno contra otro, Yáñez resuelto a sacrificarse por salvar a la joven, y el inglés decidido a todo por arrebatársela al Tigre de la Malasia.

Los soldados se atrincheraron detrás de los cadáveres de sus caballos y se defendían valerosamente. Cimitarra en mano, Sandokán procuraba deshacer aquella muralla de hombres para ir a socorrer al portugués. Rugía, hendía cabezas a diestra y siniestra. La resistencia de los ingleses no podía durar mucho más.

—¡Manténte firme, Yáñez! —gritó Sandokán.

Pero en ese mismo instante el sable de Yáñez se rompió por mitad.

—¡Socorro, Sandokán! -gritó.

El lord se le fue encima, lanzando un grito de triunfo. Pero el portugués evitó el sablazo y con la cabeza le pegó en la mitad del pecho al viejo, quien cayó pesadamente al suelo.

Viendo caer a su lado a un soldado herido de un hachazo, el lord le gritó:

—¡Mata a Mariana! ¡Te lo ordeno!

Con un esfuerzo titánico, el soldado se irguió sobre las rodillas y empuñó la bayoneta. Pero no tuvo tiempo de disparar pues a dos pasos estaba el Tigre, que lo remató con su sable.

—¡Victoria! -exclamó el pirata, abrazando a la joven.

Saltó fuera de aquel ensangrentado lugar y huyó hacia el bosque, en tanto que sus hombres acababan con los últimos ingleses.

El lord, arrojado por Yáñez contra el tronco de un árbol, quedó medio atontado entre los cadáveres que cubrían el sendero.