Los tigres de Mompracem: Capítulo 29

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Así que se marchó el teniente, Sandokán se sentó en el último peldaño de la escalera y se sumergió en profundos pensamientos.

Inioko se acurrucó a breve distancia y no se atrevía a interrogarlo acerca de sus proyectos.

De pronto, volvió a levantarse la escotilla. Entró Mariana, pálida y llorosa, acompañada del teniente.

Sandokán estrechó las manos de la joven.

—¡Amor mío! —exclamó, llevándola a la parte opuesta de la bodega, mientras el teniente se sentaba en medio de la escala—. ¡Por fin puedo verte!

—¡Sandokán —murmuró ella, estallando en sollozos—, creí que no volvería a verte!

—¡No llores, Mariana, te lo suplico!

—¡No quiero que mueras! ¡Yo te defenderé contra todos, yo te liberaré!

—¿No sabes que me llevan a Labuán para matarme? Pero tú puedes salvarme, si me ayudas.

—¿Podrás huir? —exclamó ella, delirante de alegría.

—¡Sí, si Dios me protege! Escúchame —dijo bajando la voz y llevándola lo más lejos posible—. Pienso fugarme, pero tú no puedes venir conmigo ahora. Es preciso que me ayudes a escapar, pero te juro que no estarás mucho tiempo entre tus compatriotas, aunque tenga que levantar un ejército y dirigirlo contra Labuán. Sacó del pecho una minúscula cajita, la abrió y mostró a Mariana algunas píldoras que exhalaban un olor penetrante.

—Estas píldoras contienen un veneno poderoso —dijo—, pero no mortal.

Tienen la propiedad de suspender la vida durante seis horas. Es un sueño que se parece al de la muerte y que engaña al médico más experimentado.

—¿Qué quieres que haga yo?

—Inioko y yo tomaremos una cada uno; nos creerán muertos y nos arrojarán al mar y quedaremos libres en pleno océano.

—¿No se ahogarán?

—No, gracias a ti. Son las seis ahora. Dentro de una hora tomaremos las píldoras y daremos un gran grito. Ve en tu reloj el minuto en que hayamos gritado y cuenta seis horas y dos segundos. Antes harás que nos echen al mar. Procura dejarme sin hamaca y sin bala en los pies y ve si puedes arrojar algún flotador al mar. Si no lo logras, ve la manera de esconder algún arma entre nuestras ropas. ¿Has comprendido bien?

—Sí, pero, después, ¿adónde irás?

—Tengo la certeza de que Yáñez nos sigue y que nos recogerá.

Besó con ternura a la joven, ahogando un gemido.

—¡Vete, Mariana -dijo bruscamente-, vete o terminaré por llorar como un niño!

—¡Sandokán, amor mío! —exclamó Mariana con acento desgarrador.

El teniente se la llevó.

—¡Todo ha concluido! —exclamó con voz triste el pirata—. ¡Ojalá algún día pueda ver feliz a la que tanto amo!

Se dejó caer a los pies de la escala y allí permaneció casi una hora. Luego se levantó. Sacó la cajita y tomó dos píldoras, pasando una al dayaco.

—Cuando te dé la señal, te la tragas.

—Sí, capitán.

Sacó el reloj y miró la hora.

—Son las siete menos dos minutos. Dentro de seis horas volveremos a la vida en pleno mar.

Cerró los ojos y se tragó la píldora; Inioko lo imitó. Se vio entonces a los dos hombres retorcerse en un violento espasmo y caer al suelo dando dos agudos alaridos.

A pesar del ruido de las máquinas, todos oyeron los gritos, más que nadie Mariana que los esperaba presa de gran ansiedad.

El teniente bajó precipitadamente a la bodega, seguido del médico del barco. Encontraron los dos cadáveres. El médico los examinó y certificó la muerte de los prisioneros.

Mientras los marineros los levantaban, el teniente volvió a cubierta y se acercó a Mariana.

—Milady —le dijo—, les ha sucedido una desgracia al Tigre y a su compañero.

—¡Lo adivino! ¡Han muerto!

—Es verdad.

—Vivos le pertenecían a usted, pero muertos me pertenecen a mí.

—La dejo en libertad para hacer con ellos lo que quiera, pero le doy este consejo: mande que los echen al mar antes de que lleguemos a Labuán. Su tío podría hacer colgar a Sandokán aun estando muerto.

Acepto su consejo. Mande traer los cadáveres a popa y que me dejen sola con ellos.

Un momento después los piratas, colocados sobre dos tablas, quedaban dispuestos para ser arrojados al mar. Mariana se arrodilló al lado de Sandokán y contempló en silencio su rostro descompuesto por la poderosa acción del narcótico. Esperó que cayera la noche y entonces escondió entre sus ropas dos puñales.

—¡Por lo menos podrán defenderse! —murmuró. Se sentó a sus pies, contando hora por hora, minuto por minuto, segundo por segundo. A la una menos veinte se levantó, pálida pero resuelta. Se acercó a la amura, desató dos salvavidas, que arrojó al mar, y fue en busca del teniente.

—¡Señor, que se cumpla la última voluntad del Tigre de la Malasia! —dijo.

Cuatro marineros levantaron las dos tablas.

—¡Esperen! —dijo Mariana, rompiendo a llorar.

Se acercó a Sandokán y tocó su frente. Notó un ligero calor y una especie de temblor. Un momento de duda y todo se habría perdido. Retrocedió con rapidez y dijo con voz ahogada:

—¡Déjelos ir!

Los marineros levantaron las tablas y los dos piratas descendieron al mar, desapareciendo entre las aguas negras, en tanto que el barco se alejaba llevando a la afligida joven hacia las costas de Labuán.