Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 15

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Libro Primero

Capítulo Trece[editar]

Donde Transila prosigue la historia a quien su padre dio principio

-«Salí -dijo Transila-, como mi padre ha dicho, a la gran sala, y, mirando a todas partes, en alta y colérica voz dije: ``Haceos adelante vosotros, aquellos cuyas deshonestas y bárbaras costumbres van contra las que guarda cualquier bien ordenada república. Vosotros, digo, más lascivos que religiosos, que, con apariencia y sombra de ceremonias vanas, queréis cultivar los ajenos campos sin licencia de sus legítimos dueños. Veisme aquí, gente mal perdida y peor aconsejada: venid, venid, que la razón, puesta en la punta desta lanza, defenderá mi partido, y quitará las fuerzas a vuestros malos pensamientos, tan enemigos de la honestidad y de la limpieza. Y, en diciendo esto, salté en mitad de la turba; y, rompiendo por ella, salí a la calle, acompañada de mi mismo enojo, y llegué a la marina, donde, cifrando mil discursos que en aquel tiempo hice en uno, me arrojé en un pequeño barco que sin duda me deparó el cielo. Asiendo de dos pequeños remos, me alargué de la tierra todo lo que pude; pero, viendo que se daban priesa a seguirme en otros muchos barcos, más bien parados y de mayores fuerzas impelidos, y que no era posible escaparme, solté los remos, y volví a tomar mi lanza, con intención de esperarles y dejar llevarme a su poder, si no perdiendo la vida, vengando primero en quien pudiese mi agravio.

»Vuelvo a decir otra vez que el cielo, conmovido de mi desgracia, avivó el viento y llevó el barco, sin impelerle los remos, el mar adentro, hasta que llegó a una corriente o raudal que le arrebató como en peso, y le llevó más adentro, quitando la esperanza a los que tras mí venían de alcanzarme, que no se aventuraron a entrarse en la desenfrenada corriente que por aquella parte el mar llevaba.»

-Así es verdad -dijo a esta sazón su esposo Ladislao-, porque, como me llevabas el alma, no pude dejar de seguirte. «Sobrevino la noche, y perdímoste de vista, y aun perdimos la esperanza de hallarte viva, si no fuese en las lenguas de la fama, que desde aquel punto tomó a su cargo el celebrar tal hazaña por siglos eternos.»

-«Es, pues, el caso -prosiguió Transila- que aquella noche un viento, que de la mar soplaba, me trujo a la tierra, y en la marina hallé unos pescadores que benignamente me recogieron y albergaron, y aun me ofrecieron marido, si no le tenía, y creo sin aquellas condiciones de quien yo iba huyendo; pero la codicia humana, que reina y tiene su señorío aun entre las peñas y riscos del mar y en los corazones duros y campestres, se entró aquella noche en los pechos de aquellos rústicos pescadores, y acordaron entre sí que, pues de todos era la presa que en mí tenían, y que no podía ser dividida en partes para poder repartirme, que me vendiesen a unos cosarios que aquella tarde habían descubierto no lejos de sus pesquerías.

»Bien pudiera yo ofrecerles mayor precio del que ellos pudieran pedir a los cosarios, pero no quise tomar ocasión de recebir bien alguno de ninguno de mi bárbara patria; y así, al amanecer, habiendo llegado allí los piratas, me vendieron, no sé por cuánto, habiéndome primero despojado de las joyas que llevaba de desposada. Lo que sé decir es que me trataron los cosarios con mejor término que mis ciudadanos, y me dijeron que no fuese malencólica, porque no me llevaban para ser esclava, sino para esperar ser reina y aun señora de todo el universo, si ya no mentían ciertas profecías de los bárbaros de aquella isla, de quien tanto se hablaba por el mundo.

»De cómo llegué, del recibimiento que los bárbaros me hicieron, de cómo aprendí su lengua en este tiempo que ha que falté de vuestra presencia, de sus ritos y ceremonias y costumbres, del vano asumpto de sus profecías, y del hallazgo destos señores con quien vengo, y del incendio de la isla, que ya queda abrasada, y de nuestra libertad, diré otra vez, que por agora basta lo dicho, y quiero dar lugar a que mi padre me diga qué ventura le ha traído a dármela tan buena, cuando menos la esperaba.»

Aquí dio fin Transila a su plática, teniendo a todos colgados de la suavidad de su lengua, y admirados del estremo de su hermosura, que después de la de Auristela ninguna se le igualaba.

Mauricio, su padre, entonces, dijo:

-Ya sabes, hermosa Transila, querida hija, cómo en mis estudios y ejercicios, entre otros muchos gustosos y loables, me llevaron tras sí los de la astrología judiciaria, como aquellos que, cuando aciertan, cumplen el natural deseo que todos los hombres tienen de saber, no sólo lo pasado y presente, sino lo por venir. Viéndote, pues, perdida, noté el punto, observé los astros, miré el aspecto de los planetas, señalé los sitios y casas necesarias para que respondiese mi trabajo a mi deseo, porque ninguna ciencia, en cuanto a ciencia, engaña: el engaño está en quien no la sabe, principalmente la del astrología, por la velocidad de los cielos, que se lleva tras sí todas las estrellas, las cuales no influyen en este lugar lo que en aquél, ni en aquél lo que en éste; y así, el astrólogo judiciario, si acierta alguna vez en sus juicios, es por arrimarse a lo más probable y a lo más esperimentado, y el mejor astrólogo del mundo, puesto que muchas veces se engaña, es el demonio, porque no solamente juzga de lo por venir por la ciencia que sabe, sino también por las premisas y conjeturas; y, como ha tanto tiempo que tiene esperiencia de los casos pasados y tanta noticia de los presentes, con facilidad se arroja a juzgar de los por venir, lo que no tenemos los aprendices desta ciencia, pues hemos de juzgar siempre a tiento y con poca seguridad. Con todo eso, alcancé que tu perdición había de durar dos años, y que te había de cobrar este día y en esta parte, para remozar mis canas y para dar gracias a los cielos del hallazgo de mi tesoro, alegrando mi espíritu con tu presencia, puesto que sé que ha de ser a costa de algunos sobresaltos; que, por la mayor parte, las buenas andanzas no vienen sin el contrapeso de desdichas, las cuales tienen jurisdición y un modo de licencia de entrarse por los buenos sucesos, para darnos a entender que ni el bien es eterno, ni el mal durable.

-Los cielos serán servidos -dijo a esta sazón Auristela, que había gran tiempo que callaba- de darnos próspero viaje, pues nos le promete tan buen hallazgo.

La mujer prisionera, que había estado escuchando con grande atención el razonamiento de Transila, se puso en pie, a pesar de sus cadenas y al de la fuerza que le hacía para que no se levantase el que con ella venía preso, y, con voz levantada, dijo:


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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