Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 22

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Primer Libro

Capítulo Veinte.[editar]

De un notable caso que sucedió en la Isla Nevada

A poco tiempo que pasó el día, desde lejos vieron venir una nave gruesa que les levantó las esperanzas de tener remedio. Amainó las velas, y pareció que se dejaba detener las áncoras, y con diligencia presta arrojaron el esquife a la mar, y se vinieron a la playa, donde ya los tristes se arrojaban al esquife. Auristela dijo que sería bien que aguardasen los que venían, por saber quién eran.

Llegó el esquife de la nave y encalló en la fría nieve, y saltaron en ella dos, al parecer, gallardos y fuertes mancebos, de estremada disposición y brío, los cuales sacaron encima de sus hombros a una hermosísima doncella, tan sin fuerzas y tan desmayada que parecía que no le daba lugar para llegar a tocar la tierra. Llamaron a voces los que estaban ya embarcados en el otro esquife, y les suplicaron que se desembarcasen a ser testigos de un suceso que era menester que los tuviese. Respondió Mauricio que no había remos para encaminar el esquife, si no les prestaban los del suyo. Los marineros con los suyos guiaron los del otro esquife, y volvieron a pisar la nieve; luego los valientes jóvenes asieron de dos tablachinas, con que cubrieron los pechos, y con dos cortadoras espadas en los brazos saltaron de nuevo en tierra. Auristela, llena de sobresalto y temor, casi con certidumbre de algún nuevo mal, acudió a ver la desmayada y hermosa doncella, y lo mismo hicieron todos los demás.

Los caballeros dijeron:

-Esperad, señores, y estad atentos a lo que queremos deciros.

-Este caballero y yo -dijo el uno- tenemos concertado de pelear por la posesión de esa enferma doncella que ahí veis; la muerte ha de dar la sentencia en favor del otro, sin que haya otro medio alguno que ataje en ninguna manera nuestra amorosa pendencia, si ya no es que ella, de su voluntad, ha de escoger cuál de nosotros dos ha de ser su esposo, con que hará envainar nuestras espadas y sosegar nuestros espíritus. Lo que pedimos es que no estorbéis en manera alguna nuestra porfía, la cual lleváramos hasta el cabo, sin tener temor que nadie nos la estorbara, si no os hubiéramos menester para que mirárades. Si estas soledades pueden ofrecer algún remedio para dilatar siquiera la vida de esa doncella, que es tan poderosa para acabar las nuestras, la priesa que nos obliga a dar conclusión a nuestro negocio no nos da lugar para preguntaros por agora quién sois ni cómo estáis en este lugar tan solo, y tan sin remos, que no los tenéis, según parece, para desviaros desta isla tan sola, que aun de animales no es habitada.

Mauricio les respondió que no saldrían un punto de lo que querían; y luego echaron los dos mano a las espadas, sin querer que la enferma doncella declarase primero su voluntad, remitiendo antes su pendencia a las armas que a los deseos de la dama.

Arremetieron el uno contra el otro, y, sin mirar reglas, movimientos, entradas, salidas y compases, a los primeros golpes el uno quedó pasado el corazón de parte a parte, y el otro abierta la cabeza por medio; éste le concedió el cielo tanto espacio de vida que le tuvo de llegar a la doncella y juntar su rostro con el suyo, diciéndole:

-¡Vencí, señora; mía eres! Y, aunque ha de durar poco el bien de poseerte, el pensar que un solo instante te podré tener por mía, me tengo por el más venturoso hombre del mundo. Recibe, señora, esta alma, que envuelta en estos últimos alientos te envío; dales lugar en tu pecho, sin que pidas licencia a tu honestidad, pues el nombre de esposo a todo esto da licencia.

La sangre de la herida bañó el rostro de la dama, la cual estaba tan sin sentido que no respondió palabra. Los dos marineros que habían guiado el esquife de la nave saltaron en tierra, y fueron con presteza a requerir, así al muerto de la estocada como al herido en la cabeza, el cual, puesta su boca con la de su tan caramente comprada esposa, envió su alma a los aires y dejó caer el cuerpo sobre la tierra.

Auristela, que todas estas acciones había estado mirando, antes de descubrir y mirar atentamente el rostro de la enferma señora, llegó de propósito a mirarla, y, limpiándole la sangre que había llovido del muerto enamorado, conoció ser su doncella Taurisa, la que lo había sido al tiempo que ella estuvo en poder del príncipe Arnaldo, que le había dicho la dejaba en poder de dos caballeros que la llevasen a Irlanda, como queda dicho.

Auristela quedó suspensa, quedó atónita, quedó más triste que la tristeza misma, y más cuando vino a conocer que la hermosa Taurisa estaba sin vida.

-¡Ay -dijo a esta sazón-, con qué prodigiosas señales me va mostrando el cielo mi desventura, que si se rematara con acabarse mi vida, pudiera llamarla dichosa; que los males que tienen fin en la muerte, como no se dilaten y entretengan, hacen dichosa la vida! ¿Qué red barredera es ésta con que cogen los cielos todos los caminos de mi descanso? ¿Qué imposibles son estos que descubro a cada paso de mi remedio? Mas, pues aquí son escusados los llantos y son de ningún provecho los gemidos, demos el tiempo que he de gastar en ellos por ahora a la piedad, y enterremos los muertos, y no congoje yo por mi parte los vivos.

Y luego pidió a Mauricio pidiese a los marineros del esquife volviesen al navío por instrumentos para hacer las sepulturas. Hízolo así Mauricio, y fue a la nave con intención de concertarse con el piloto o capitán que hubiese para que los sacase de aquella isla y los llevase adondequiera que fuesen. En este entretanto, tuvieron lugar Auristela y Transila de acomodar a Taurisa para enterralla, y la piedad y honestidad cristiana no consintió que la desnudasen.

Volvió Mauricio con los instrumentos, habiendo negociado todo aquello que quiso.

Hízose la sepultura de Taurisa; pero los marineros no quisieron, como católicos, que se hiciese ninguna a los muertos en el desafío. Rosamunda, que, después que volvió de haber declarado su mal pensamiento al bárbaro Antonio, nunca había alzado los ojos del suelo, que sus pecados se los tenían aterrados, al tiempo que iban a sepultar a Taurisa, levantando el rostro, dijo:

-Si os preciáis, señores, de caritativos, y si anda en vuestros pechos al par la justicia y la misericordia, usad destas dos virtudes conmigo. Yo desde el punto que tuve uso de razón, no la tuve, porque siempre fui mala: con los años verdes y con la hermosura mucha, con la libertad demasiada y con la riqueza abundante, se fueron apoderando de mí los vicios de tal manera que han sido y son en mí como acidentes inseparables. Ya sabéis, como yo alguna vez he dicho, que he tenido el pie sobre las cervices de los reyes, y he traído a la mano que he querido las voluntades de los hombres; pero el tiempo, salteador y robador de la humana belleza de las mujeres, se entró por la mía tan sin yo pensarlo que primero me he visto fea que desengañada. Mas, como los vicios tienen asiento en el alma, que no envejece, no quieren dejarme; y, como yo no les hago resistencia, sino que me dejo ir con la corriente de mis gustos, heme ido ahora con el que me da el ver siquiera a este bárbaro muchacho, el cual, aunque le he descubierto mi voluntad, no corresponde a la mía, que es de fuego, con la suya, que es de helada nieve; véome despreciada y aborrecida, en lugar de estimada y bien querida: golpes que no se pueden resistir con poca paciencia y con mucho deseo. Ya ya la muerte me va pisando las faldas, y estiende la mano para alcanzarme de la vida; por lo que veis que debe la bondad del pecho que la tiene al miserable que se le encomienda, os suplico que cubráis mi fuego con yelo y me enterréis en esa sepultura; que, puesto que mezcléis mis lascivos huesos con los de esa casta doncella, no los contaminarán; que las reliquias buenas siempre lo son dondequiera que estén.

Y, volviéndose al mozo Antonio, prosiguió:

-Y tú, arrogante mozo, que agora tocas o estás para tocar los márgenes y rayas del deleite, pide al cielo que te encamine de modo que ni te solicite edad larga, ni marchita belleza; y si yo he ofendido tus recientes oídos, que así los puedo llamar, con mis inadvertidas y no castas palabras, perdóname, que los que piden perdón en este trance, por cortesía siquiera merecen ser, si no perdonados, a lo menos escuchados.

Esto diciendo, dio un suspiro envuelto en un mortal desmayo.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

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Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV