Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 27

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Segundo Capítulo II
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Segundo Libro

Capítulo Segundo.[editar]

Donde se cuenta un estraño suceso

Parece que el volcar de la nave volcó, o por mejor decir, turbó el juicio del autor de esta historia, porque a este segundo capítulo le dio cuatro o cinco principios, casi como dudando qué fin en él tomaría. En fin, se resolvió, diciendo que las dichas y las desdichas suelen andar tan juntas que tal vez no hay medio que las divida; andan el pesar y el placer tan apareados que es simple el triste que se desespera y el alegre que se confía, como lo da fácilmente a entender este estraño suceso.

Sepultóse la nave, como queda dicho, en las aguas; quedaron los muertos sepultados sin tierra, deshiciéronse sus esperanzas, quedando imposibilitado su remedio; pero los piadosos cielos, que de muy atrás toman la corriente de remediar nuestras desventuras, ordenaron que la nave, llevada poco a poco de las olas, ya mansas y recogidas, a la orilla del mar diese en una playa, que por entonces su apacibilidad y mansedumbre podía servir de seguro puerto; y no lejos estaba un puerto capacísimo de muchos bajeles, en cuyas aguas, como en espejos claros, se estaba mirando una ciudad populosa, que por una alta loma sus vistosos edificios levantaba.

Vieron los de la ciudad el bulto de la nave, y creyeron ser el de alguna ballena o de otro gran pescado que con la borrasca pasada había dado al través. Salió infinita gente a verlo, y, certificándose ser navío, lo dijeron al rey Policarpo, que era el señor de aquella ciudad, el cual, acompañado de muchos, y de sus dos hermosas hijas, Policarpa y Sinforosa, salió también, y ordenó que con cabestrantes, con tornos y con barcas, con que hizo rodear toda la nave, la tirasen y encaminasen al puerto.

Saltaron algunos encima del buco, y dijeron al rey que dentro dél sonaban golpes, y aun casi se oían voces de vivos.

Un anciano caballero que se halló junto al rey, le dijo:

-Yo me acuerdo, señor, haber visto en el mar Mediterráneo, en la ribera de Génova, una galera de España que, por hacer el car con la vela, se volcó, como está agora este bajel, quedando la gavia en la arena y la quilla al cielo; y, antes que la volviesen o enderezasen, habiendo primero oído rumor, como en éste se oye, aserraron el bajel por la quilla, haciendo un buco capaz de ver lo que dentro estaba; y el entrar la luz dentro y el salir por él el capitán de la misma galera y otros cuatro compañeros suyos fue todo uno. Yo vi esto, y está escrito este caso en muchas historias españolas, y aun podría ser viniesen agora las personas que segunda vez nacieron al mundo del vientre desta galera; y si aquí sucediese lo mismo, no se ha de tener a milagro, sino a misterio; que los milagros suceden fuera del orden de la naturaleza, y los misterios son aquellos que parecen milagros y no lo son, sino casos que acontecen raras veces.

-Pues, ¿a qué aguardamos? -dijo el rey- : siérrese luego el buco, y veamos este misterio, que si este vientre vomita vivos, yo lo tendré por milagro.

Grande fue la priesa que se dieron a serrar el bajel, y grande el deseo que todos tenían de ver el parto. Abrióse, en fin, una gran concavidad, que descubrió muertos, muertos, y vivos que lo parecían; metió uno el brazo, y asió de una doncella que el palpitarle el corazón daba señales de tener vida; otros hicieron lo mismo, y cada uno sacó su presa, y algunos, pensando sacar vivos, sacaban muertos; que no todas veces los pescadores son dichosos. Finalmente, dándoles el aire y la luz a los medio vivos, respiraron y cobraron aliento; limpiáronse los rostros, fregáronse los ojos, estiraron los brazos, y, como quien despierta de un pesado sueño, miraron a todas partes; y hallóse Auristela en los brazos de Arnaldo, Transila en los de Clodio, Ricla y Constanza en los de Rutilio y Antonio el padre, y Antonio el hijo en los de ninguno, porque se salió por sí mismo, y lo mismo hizo Mauricio.

Arnaldo quedó más atónito y suspenso que los resucitados, y más muerto que los muertos. Miróle Auristela, y, no conociéndole, la primera palabra que le dijo fue -que ella fue la primera que rompió el silencio de todos:

-¿Por ventura, hermano, está entre esta gente la bellísima Sinforosa?

-¡Santos cielos! ¿Qué es esto? -dijo entre sí Arnaldo-. ¿Qué memorias de Sinforosa son éstas, en tiempo que no es razón que se tenga acuerdo de otra cosa que de dar gracias al cielo por las recebidas mercedes?

Pero, con todo esto, la respondió y dijo que sí estaba, y le preguntó que cómo la conocía, porque Arnaldo ignoraba lo que Auristela con el capitán del navío, que le contó los triunfos de Periandro, había pasado, y no pudo alcanzar la causa por la cual Auristela preguntaba por Sinforosa; que si la alcanzara, quizá dijera que la fuerza de los celos es tan poderosa y tan sutil que se entra y mezcla con el cuchillo de la misma muerte, y va a buscar al alma enamorada en los últimos trances de la vida.

Ya después que pasó algún tanto el pavor en los resucitados, que así pueden llamarse, y la admiración en los vivos que los sacaron, y el discurso en todos dio lugar a la razón, confusamente unos a otros se preguntaban cómo los de la tierra estaban allí y los del navío venían allí. Policarpo, en esto, viendo que el navío al abrirle la boca se le había llenado de agua, en el lugar del aire que tenía, mandó llevarle a jorro al puerto, y que con artificios le sacasen a tierra, lo cual se hizo con mucha presteza.

Salieron asimismo a tierra toda la gente que ocupaba la quilla del navío, que fueron recebidos del rey Policarpo y de sus hijas, y de todos los principales ciudadanos, con tanto gusto como admiración; pero lo que más les puso en ella, principalmente a Sinforosa, fue ver la incomparable hermosura de Auristela; fue también a la parte de esta admiración la belleza de Transila, y el gallardo y nuevo traje, pocos años y gallardía de la bárbara Constanza, de quien no desdecía el buen parecer y donaire de Ricla, su madre; y, por estar la ciudad cerca, sin prevenirse de quien los llevase, fueron todos a pie a ella.

Ya en este tiempo había llegado Periandro a hablar a su hermana Auristela, Ladislao a Transila, y el bárbaro padre a su mujer y a su hija, y los unos a los otros se fueron dando cuenta de sus sucesos. Sola Auristela, ocupada toda en mirar a Sinforosa, callaba. Pero, en fin, habló a Periandro, y le dijo:

-¿Por ventura, hermano, esta hermosísima doncella que aquí va es Sinforosa, la hija del rey Policarpo?

-Ella es -respondió Periandro-, sujeto donde tienen su asiento la belleza y la cortesía.

-Muy cortés debe de ser -respondió Auristela-, porque es muy hermosa.

-Aunque no lo fuera tanto -respondió Periandro-, las obligaciones que yo la tengo me obligaran, ¡oh querida hermana mía!, a que me lo pareciera.

-Si por obligaciones va, y vos por ellas encarecéis las hermosuras, la mía os ha de parecer la mayor de la tierra, según os tengo obligado.

-Con las cosas divinas -replicó Periandro- no se han de comparar las humanas; las hipérboles alabanzas, por más que lo sean, han de parar en puntos limitados: decir que una mujer es más hermosa que un ángel es encarecimiento de cortesía, pero no de obligación; sola en ti, dulcísima hermana mía, se quiebran reglas y cobran fuerzas de verdad los encarecimientos que se dan a tu hermosura.

-Si mis trabajos y mis desasosiegos, ¡oh hermano mío!, no turbaran la mía, quizá creyera ser verdaderas las alabanzas que de ella dices, pero yo espero en los piadosos cielos que algún día ha de reducir a sosiego mi desasosiego y a bonanza mi tormenta, y, en este entretanto, con el encarecimiento que puedo, te suplico que no te quiten ni borren de la memoria lo que me debes otras ajenas hermosuras, ni otras obligaciones, que en la mía y en las mías podrás satisfacer el deseo y llenar el vacío de tu voluntad, si miras que, juntando a la belleza de mi cuerpo, tal cual ella es, a la de mi alma, hallarás un compuesto de hermosura que te satisfaga.

Confuso iba Periandro oyendo las razones de Auristela: juzgábala celosa, cosa nueva para él, por tener por larga esperiencia conocido que la discreción de Auristela jamás se atrevió a salir de los límites de la honestidad, jamás su lengua se movió a declarar sino honestos y castos pensamientos, jamás le dijo palabra que no fuese digna de decirse a un hermano en público y en secreto.

Iba Arnaldo invidioso de Periandro, Ladislao alegre con su esposa Transila; Mauricio, con su hija y yerno, Antonio el grande con su mujer y hijos, Rutilio con el hallazgo de todos, y el maldiciente Clodio con la ocasión que se le ofrecía de contar, dondequiera que se hallase, la grandeza de tan estraño suceso. Llegaron a la ciudad, y el liberal Policarpo honró a sus huéspedes real y magníficamente, y a todos los mandó alojar en su palacio, aventajándose en el tratamiento de Arnaldo, que ya sabía que era el heredero de Dinamarca, y que los amores de Auristela le habían sacado de su reino; y, así como vio la belleza de Auristela, halló su peregrinación en el pecho de Policarpo disculpa.

Casi en su mismo cuarto, Policarpa y Sinforosa alojaron a Auristela, de la cual no quitaba la vista Sinforosa, dando gracias al cielo de haberla hecho no amante, sino hermana de Periandro; y, ansí por su estremada belleza como por el parentesco tan estrecho que con Periandro tenía, la adoraba, y no sabía un punto desviarse de ella; desmenuzábale sus acciones, notábale las palabras, ponderaba su donaire, hasta el sonido y órgano de la voz le daba gusto. Auristela casi por el mismo modo y con los mismos afectos miraba a Sinforosa, aunque en las dos eran diferentes las intenciones: Auristela miraba con celos, y Sinforosa con sencilla benevolencia.

Algunos días estuvieron en la ciudad descansando de los trabajos pasados; y, dando traza de volver Arnaldo a Dinamarca, o adonde Auristela y Periandro quisieran, mostrando, como siempre lo mostraba, no tener otra voluntad que la de los dos hermanos.

Clodio, que con ociosidad y vista curiosa había mirado los movimientos de Arnaldo, y cuán oprimido le tenía el cuello el amoroso yugo, un día que se halló solo con él le dijo:

-Yo, que siempre los vicios de los príncipes he reprehendido en público, sin guardar el debido decoro que a su grandeza se debe, sin temer el daño que nace del decir mal, quiero agora, sin tu licencia, decirte en secreto lo que te suplico con paciencia me escuches; que lo que se dice aconsejando, en la intención halla disculpa lo que no agrada.

Confuso estaba Arnaldo, no sabiendo en qué iban a parar las prevenciones del razonamiento de Clodio, y, por saberlo, determinó de escuchalle; y así, le dijo que dijese lo que quisiese, y Clodio con este salvoconduto prosiguió diciendo:

-Tú, señor, amas a Auristela; mal dije amas, adoras, dijera mejor; y, según he sabido, no sabes más de su hacienda, ni de quién es, que aquello que ella ha querido decirte, que no te ha dicho nada. Hasla tenido en tu poder más de dos años, en los cuales has hecho, según se ha de creer, las diligencias posibles por enternecer su dureza, amansar su rigor y rendir su voluntad a la tuya por los medios honestísimos y eficaces del matrimonio, y en la misma entereza se está hoy que el primero día que la solicitaste, de donde arguyo que, cuanto a ti te sobra de paciencia, le falta a ella de conocimiento; y has de considerar que algún gran misterio encierra desechar una mujer un reino y un príncipe que merece ser amado. Misterio también encierra ver una doncella vagamunda, llena de recato de encubrir su linaje, acompañada de un mozo que, como dice que lo es, podría no ser su hermano, de tierra en tierra, de isla en isla, sujeta a las inclemencias del cielo y a las borrascas de la tierra, que suelen ser peores que las del mar alborotado. De los bienes que reparten los cielos entre los mortales, los que más se han de estimar son los de la honra, a quien se posponen los de la vida; los gustos de los discretos hanse de medir con la razón, y no con los mismos gustos.

Aquí llegaba Clodio, mostrando querer proseguir con un filosófico y grave razonamiento, cuando entró Periandro, y le hizo callar con su llegada, a pesar de su deseo y aun de el de Arnaldo, que quisiera escucharle. Entraron asimismo Mauricio, Ladislao y Transila, y con ellos Auristela, arrimada al hombro de Sinforosa, mal dispuesta, de modo que fue menester llevarla al lecho, causando con su enfermedad tales sobresaltos y temores en los pechos de Periandro y Arnaldo que, a no encubrillos con discreción, también tuvieran necesidad de los médicos como Auristela.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

Libro Primero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII

Libro Segundo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV