Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 28

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Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Segundo Capítulo III
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Segundo Libro

Capítulo Tercero[editar]

Apenas supo Policarpo la indisposición de Auristela, cuando mandó llamar sus médicos, que la visitasen; y, como los pulsos son lenguas que declaran la enfermedad que se padece, hallaron en los de Auristela que no era del cuerpo su dolencia, sino del alma.

Pero antes que ellos conoció su enfermedad Periandro, y Arnaldo la entendió en parte, y Clodio mejor que todos. Ordenaron los médicos que en ninguna manera la dejasen sola, y que procurasen entretenerla y divertirla con música, si ella quisiese, o con otros algunos alegres entretenimientos. Tomó Sinforosa a su cargo su salud, y ofrecióle su compañía a todas horas, ofrecimiento no de mucho gusto para Auristela, porque quisiera no tener tan a la vista la causa que pensaba ser de su enfermedad, de la cual no pensaba sanar, porque estaba determinada de no decillo; que su honestidad le ataba la lengua, su valor se oponía a su deseo.

Finalmente, despejaron todos la estancia donde estaba, y quedáronse solas con ella Sinforosa y Policarpa, a quien con ocasión bastante despidió Sinforosa; y, ape nas se vio sola con Auristela, cuando, poniendo su boca con la suya y apretándole reciamente las manos, con ardientes suspiros, pareció que quería trasladar su alma en el cuerpo de Auristela, afectos que de nuevo la turbaron, y así le dijo:

-¿Qué es esto, señora mía, que estas muestras me dan a entender que estáis más enferma que yo, y más lastimada el alma que la mía? Mirad si os puedo servir en algo, que para hacerlo, aunque está la carne enferma, tengo sana la voluntad.

-Dulce amiga mía -respondió Sinforosa-, cuanto puedo agradezco tu ofrecimiento, y con la misma voluntad con que te obligas te respondo, sin que en esta parte tengan alguna comedimientos fingidos ni tibias obligaciones. Yo, hermana mía, que con este nombre has de ser llamada, en tanto que la vida me durare, amo, quiero bien, adoro. ¿Díjelo? No, que la vergüenza, y el ser quien soy, son mordazas de mi lengua; pero, ¿tengo de morir callando? ¿Ha de sanar mi enfermedad por milagro? ¿Es, por ventura, capaz de palabras el silencio? ¿Han de tener dos recatados y vergonzosos ojos virtud y fuerza para declarar los pensamientos infinitos de un alma enamorada?

Esto iba diciendo Sinforosa con tantas lágrimas y con tantos suspiros, que movieron a Auristela a enjugalle los ojos y a abrazarla y a decirla:

-No se te mueran, ¡oh apasionada señora!, las palabras en la boca. Despide de ti por algún pequeño espacio la confusión y el empacho, y hazme tu secretaria; que los males comunicados, si no alcanzan sanidad, alcanzan alivio. Si tu pasión es amorosa, como lo imagino, sin duda bien sé que eres de carne, aunque pareces de alabastro, y bien sé que nuestras almas están siempre en continuo movimiento, sin que puedan dejar de estar atentas a querer bien a algún sujeto, a quien las estrellas las inclinan, que no se ha de decir que las fuerzan. Dime, señora, a quién quieres, a quién amas y a quién adoras; que, como no des en el disparate de amar a un toro, ni en el que dio el que adoró el plátano, como sea hombre el que, según tu dices, adoras, no me causará espanto ni maravilla.

Mujer soy como tú; mis deseos tengo, y hasta ahora por honra del alma no me han salido a la boca, que bien pudiera, como señales de la calentura; pero al fin habrán de romper por inconvenientes y por imposibles, y, siquiera en mi testamento, procuraré que se sepa la causa de mi muerte.

Estábala mirando Sinforosa. Cada palabra que decía la estimaba como si fuera sentencia salida por la boca de un oráculo.

-¡Ay, señora -dijo-, y cómo creo que los cielos te han traído por tan estraño rodeo que parece milagro a esta tierra, condolidos de mi dolor y lastimados de mi lástima! Del vientre escuro de la nave te volvieron a la luz del mundo, para que mi escuridad tuviese luz, y mis deseos salida de la confusión en que están; y así, por no tenerme ni tenerte más suspensa, sabrás que a esta isla llegó tu hermano Periandro.

Y sucesivamente le contó del modo que había llegado, los triunfos que alcanzó, los contrarios que venció y los premios que ganó, del modo que ya queda contado. Díjole también cómo las gracias de su hermano Periandro habían despertado en ella un modo de deseo, que no llegaba a ser amor, sino benevolencia; pero que después, con la soledad y ociosidad, yendo y viniendo el pensamiento a contemplar sus gracias, el amor se le fue pintando, no como hombre particular, sino como a un príncipe; que si no lo era, merecía serlo. ``Esta pintura me la grabó en el alma, y yo inadvertida dejé que me la grabase, sin hacerle resistencia alguna; y así, poco a poco vine a quererle, a amarle y aun a adorarle, como he dicho.

Más dijera Sinforosa si no volviera Policarpa, deseosa de entretener a Auristela, cantando al son de una arpa que en las manos traía. Enmudeció Sinforosa, quedó perdida Auristela, pero el silencio de la una y el perdimiento de la otra no fueron parte para que dejasen de prestar atentos oídos a la sin par en música Policarpa, que desta manera comenzó a cantar en su lengua lo que después dijo el bárbaro Antonio que en la castellana decía:

Cintia, si desengaños no son parte
para cobrar la libertad perdida,
da riendas al dolor, suelta la vida,
que no es valor ni es honra el no quejarte.
Y el generoso ardor que, parte a parte,
tiene tu libre voluntad rendida,
será de tu silencio el homicida
cuando pienses por él eternizarte.
Salga con la doliente ánima fuera
la enferma voz, que es fuerza y es cordura
decir la lengua lo que al alma toca.
Quejándote, sabrá el mundo siquiera
cuán grande fue de amor tu calentura,
pues salieron señales a la boca.

Ninguno como Sinforosa entendió los versos de Policarpa, la cual era sabidora de todos su deseos; y, puesto que tenía determinado de sepultarlos en las tinieblas del silencio, quiso aprovecharse del consejo de su hermana, diciendo a Auristela sus pensamientos, como ya se los había comenzado a decir. Muchas veces se quedaba Sinforosa con Auristela, dando a entender que más por cortés que por su gusto propio la acompañaba.

En fin, una vez tornando a anudar la plática pasada, le dijo:

-Óyeme otra vez, señora mía, y no te cansen mis razones, que las que me bullen en el alma no dejan sosegar la lengua. Reventaré si no las digo, y este temor, a pesar de mi crédito, hará que sepas que muero por tu hermano, cuyas virtudes, de mí conocidas, llevaron tras sí mis enamorados deseos; y, sin entremeterme en saber quién son sus padres, la patria o riquezas, ni el punto en que le ha levantado la fortuna, solamente atiendo a la mano liberal con que la naturaleza le ha enriquecido. Por sí solo le quiero, por sí solo le amo, y por sí solo le adoro; y por ti sola, y por quien eres, te suplico que, sin decir mal de mis precipitados pensamientos, me hagas el bien que pudieres. Innumerables riquezas me dejó mi madre en su muerte, sin sabiduría de mi padre; hija soy de un rey que, puesto que sea por elección, en fin, es rey; la edad, ya la ves; la hermosura no se te encubre que, tal cual es, ya que no merezca ser estimada, no merece ser aborrecida.

Dame, señora, a tu hermano por esposo; daréte yo a mí misma por hermana, repartiré contigo mis riquezas, procuraré darte esposo, que después, y aun antes de los días de mi padre, le elijan por rey los de este reino; y, cuando esto no pueda ser, mis tesoros podrán comprar otros reinos.

Teníale a Auristela de las manos Sinforosa, bañándoselas en lágrimas, en tanto que estas tiernas razones la decía. Acompañábale en ellas Auristela, juzgando en sí misma cuáles y cuántos suelen ser los aprietos de un corazón enamorado; y, aunque se le representaba en Sinforosa una enemiga, la tenía lástima; que un generoso pecho no quiere vengarse cuando puede, cuanto más que Sinforosa no la había ofendido en cosa alguna que la obligase a venganza: su culpa era la suya, sus pensamientos los mismos que ella tenía, su intención la que a ella traía desatinada; finalmente, no podía culparla, sin que ella primero no quedase convencida del mismo delito. Lo que procuró apurar fue si la había favorecido alguna vez, aunque fuese en cosas leves, o si con la lengua o con los ojos había descubierto su amorosa voluntad a su hermano.

Sinforosa la respondió que jamás había tenido atrevimiento de alzar los ojos a mirar a Periandro, sino con el recato que a ser quien era debía, y que al paso de sus ojos había andado el recato de su lengua.

-Bien creo eso -respondió Auristela-, pero, ¿es posible que él no ha dado muestras de quererte? Sí habrá, porque no le tengo por tan de piedra que no le enternezca y ablande una belleza tal como la tuya; y así, soy de parecer que, antes que yo rompa esta dificultad, procures tú hablarle, dándole ocasión para ello con algún honesto favor; que tal vez los impensados favores despiertan y encienden los más tibios y descuidados pechos; que si una vez él responde a tu deseo, seráme fácil a mí hacerle que de todo en todo le satisfaga.

Todos los principios, amiga, son dificultosos, y en los de amor dificultosísimos; no te aconsejo yo que te deshonestes ni te precipites; que los favores que hacen las doncellas a los que aman, por castos que sean, no lo parecen, y no se ha de aventurar la honra por el gusto; pero, con todo esto, puede mucho la discreción, y el amor, sutil maestro de encaminar los pensamientos, a los más turbados ofrece lugar y coyuntura de mostrarlos sin menoscabo de su crédito.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

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Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV