Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 32

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Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Segundo Capítulo VII
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Segundo Libro

Capítulo Séptimo. (I)[editar]

Rutilio y Clodio, aquellos dos que querían enmendar su humilde fortuna, confiados el uno de su ingenio y el otro de su poca vergüenza, se imaginaron merecedores, el uno de Policarpa y el otro de Auristela; a Rutilio le contentó mucho la voz y el donaire de Policarpa, y a Clodio la sin igual belleza de Auristela; y andaban buscando ocasión cómo descubrir sus pensamientos, sin que les viniese mal por declararlos: que es bien que tema un hombre bajo y humilde que se atreve a decir a una mujer principal lo que no había de atreverse a pensarlo siquiera. Pero tal vez acontece que la desenvoltura de una poco honesta, aunque principal señora, da motivo a que un hombre humilde y bajo ponga en ella los ojos y le declare sus pensamientos. Ha de ser anejo a la mujer principal el ser grave, el ser compuesta y recatada, sin que por esto sea soberbia, desabrida y descuidada; tanto ha de parecer más humilde y más grave una mujer cuanto es más señora. Pero en estos dos caballeros y nuevos amantes, no nacieron sus deseos de las desenvolturas y poca gravedad de sus señoras; pero, nazcan de do nacieren, Rutilio, en fin, escribió un papel a Policarpa y Clodio a Auristela, del tenor que se sigue:

Rutilio a Policarpa

Señora, yo soy estranjero, y, aunque te diga grandezas de mi linaje, como no tengo testigos que las confirmen, quizá no hallarán crédito en tu pecho; aunque, para confirmación de que soy ilustre en linaje, basta que he tenido atrevimiento de decirte que te adoro. Mira qué pruebas quieres que haga para confirmarte en esta verdad, que a ti estará el pedirlas y a mí el hacerlas; y, pues te quiero para esposa, imagina que deseo como quien soy y que merezco como deseo: que de altos espíritus es aspirar a las cosas altas. Dame siquiera con los ojos respuesta deste papel, que en la blandura o rigor de tu vista veré la sentencia de mi muerte o de mi vida.

Cerró el papel Rutilio con intención de dársele a Policarpa, arrimándose al parecer de los que dicen: "Díselo tú una vez, que no faltará quien se lo acuerde ciento." Mostróselo primero a Clodio, y Clodio le mostró a él otro que para Auristela tenía escrito, que es éste que se sigue:

Clodio a Auristela

Unos entran en la red amorosa con el cebo de la hermosura, otros con los del donaire y gentileza, otros con los del valor que consideran en la persona a quien determinan rendir su voluntad; pero yo por diferente manera he puesto mi garganta a su yugo, mi cerviz a su coyunda, mi voluntad a sus fueros y mis pies a sus grillos, que ha sido por la de la lástima: que ¿cuál es el corazón de piedra que no la tendrá, hermosa señora, de verte vendida y comprada, y en tan estrechos pasos puesta, que has llegado al último de la vida por momentos? El yerro y despiadado acero ha amenazado tu garganta, el fuego ha abrasado las ropas de tus vestidos, la nieve tal vez te ha tenido yerta, y la hambre enflaquecida, y de amarilla tez cubiertas las rosas de tus mejillas, y, finalmente, el agua te ha sorbido y vomitado. Y estos trabajos no sé con qué fuerzas los llevas, pues no te las pueden dar las pocas de un rey vagamundo, y que te sigue por sólo el interés de gozarte, ni las de tu hermano, si lo es, son tantas que te puedan alentar en tus miserias. No fíes, señora, de promesas remotas, y arrímate a las esperanzas propincuas, y escoge un modo de vida que te asegure la que el cielo quisiere darte. Mozo soy, habilidad tengo para saber vivir en los más últimos rincones de la tierra; yo daré traza cómo sacarte désta y librarte de las importunaciones de Arnaldo, y, sacándote deste Egipto, te llevaré a la tierra de promisión, que es España o Francia o Italia, ya que no puedo vivir en Inglaterra, dulce y amada patria mía; y sobre todo me ofrezco a ser tu esposo, y desde luego te aceto por mi esposa.

Habiendo oído Rutilio el papel de Clodio, dijo:

-Verdaderamente, nosotros estamos faltos de juicio, pues nos queremos persuadir que podemos subir al cielo sin alas, pues las que nos da nuestra pretensión son las de la hormiga. Mira, Clodio, yo soy de parecer que rasguemos estos papeles, pues no nos ha forzado a escribirlos ninguna fuerza amorosa, sino una ociosa y baldía voluntad, porque el amor ni nace ni puede crecer si no es al arrimo de la esperanza, y, faltando ella, falta él de todo punto. Pues, ¿por qué queremos aventurarnos a perder y no a ganar en esta empresa?; que el declararla y el ver a nuestras gargantas arrimado el cordel o el cuchillo ha de ser todo uno; demás que, por mostrarnos enamorados, habremos de parecer, sobre desagradecidos, traidores. ¿Tú no ves la distancia que hay de un maestro de danzar, que enmendó su oficio con aprender el de platero, a una hija de un rey, y la que hay de un desterrado murmurador a la que desecha y menosprecia reinos? Mordámonos la lengua, y llegue nuestro arrepentimiento a do ha llegado nuestra necedad. A lo menos este mi papel se dará primero el fuego o al viento que a Policarpa.

-Haz tú lo que quisieres del tuyo -respondió Clodio-, que el mío, aunque no le dé a Auristela, le pienso guardar por honra de mi ingenio; aunque temo que, si no se le doy, toda la vida me ha de morder la conciencia de haber tenido este arrepentimiento, porque el tentar no todas las veces daña.

Estas razones pasaron entre los dos fingidos amantes, y atrevidos y necios de veras.

Llegóse, en fin, el punto de hablar a solas Periandro con Auristela, y entró a verla con intención de darle el papel que había escrito; pero, así como la vio, olvidándose de todos los discursos y disculpas que llevaba prevenidas, le dijo:

-Señora, mírame bien, que yo soy Periandro, que fui el que fue Persiles, y soy el que tú quieres que sea Periandro. El nudo con que están atadas nuestras voluntades nadie le puede desatar sino la muerte; y, siendo esto así, ¿de qué te sirve darme consejos tan contrarios a esta verdad? Por todos los cielos, y por ti misma, más hermosa que ellos, te ruego que no nombres más a Sinforosa, ni imagines que su belleza ni sus tesoros han de ser parte a que yo olvide las minas de tus virtudes y la hermosura incomparable tuya, así del cuerpo como del alma. Esta mía, que respira por la tuya, te ofrezco de nuevo, no con mayores ventajas que aquellas con que te la ofrecí la vez primera que mis ojos te vieron, porque no hay cláusula que añadir a la obligación en que quedé de servirte, el punto que en mis potencias se imprimió el conocimiento de tus virtudes. Procura, señora, tener salud, que yo procuraré la salida de esta tierra, y dispondré lo mejor que pudiere nuestro viaje: que, aunque Roma es el cielo de la tierra, no está puesta en el cielo, y no habrá trabajos ni peligros que nos nieguen del todo el llegar a ella, puesto que los haya para dilatar el camino; tente al tronco y a las ramas de tu mucho valor, y no imagines que ha de haber en el mundo quien se le oponga.

En tanto que Periandro esto decía, le estaba mirando Auristela con ojos tiernos y con lágrimas de celos y compasión nacidas; pero, en fin, haciendo efeto en su alma las amorosas razones de Periandro, dio lugar a la verdad que en ellas venía encerrada, y respondióle seis o ocho palabras, que fueron:

-Sin hacerme fuerza, dulce amado, te creo; confiada te pido que con brevedad salgamos desta tierra, que en otra quizá convaleceré de la enfermedad celosa que en este lecho me tiene.

-Si yo hubiera dado, señora -respondió Periandro-, alguna ocasión a tu enfermedad, llevara en paciencia tus quejas, y en mis disculpas hallaras tú el remedio de tus lástimas; pero, como no te he ofendido, no tengo de qué disculparme. Por quien eres, te suplico que alegres los corazones de los que te conocen, y sea brevemente, pues, faltando la ocasión de tu enfermedad, no hay para qué nos mates con ella. Pondré en efeto lo que me mandas; saldremos desta tierra con la brevedad posible.

-¿Sabes cuánto te importa, Periandro? -respondió Auristela-. Pues has de saber que me van lisonjeando promesas y apretando dádivas; y no como quiera, que por lo menos me ofrecen este reino. Policarpo, el rey, quiere ser mi esposo; hámelo enviado a decir con Sinforosa, su hija, y ella, con el favor que piensa tener en mí, siendo su madrastra, quiere que seas su esposo. Si esto puede ser, tú lo sabes, y si estamos en peligro, considéralo, y, conforme a esto, aconséjate con tu discreción, y busca el remedio que nuestra necesidad pide; y perdóname, que la fuerza de las sospechas han sido las que me han forzado a ofenderte, pero estos yerros fácilmente los perdona el amor.

-Dél se dice -replicó Periandro- que no puede estar sin celos, los cuales, cuando de débiles y flacas ocasiones nacen, le hacen crecer, sirviendo de espuelas a la voluntad, que, de puro confiada, se entibia, o a lo menos, parece que se desmaya; y, por lo que debes a tu buen entendimiento, te ruego que de aquí adelante me mires, no con mejores ojos, pues no los puede haber en el mundo tales como los tuyos, sino con voluntad más llana y menos puntuosa, no levantando algún descuido mío, más pequeño que un grano de mostaza, a ser monte que llegue a los cielos, llegando a los celos; y en lo demás, con tu buen juicio entretén al rey y a Sinforosa, que no la ofenderás en fingir palabras que se encaminan a conseguir buenos deseos; y queda en paz, no engendre en algún mal pecho alguna mala sospecha nuestra larga plática.

Con esto la dejó Periandro, y, al salir de la estancia, encontró con Clodio y Rutilio:

Rutilio acabando de romper el papel que había escrito a Policarpa, y Clodio doblando el suyo para ponérselo en el seno; Rutilio arrepentido de su loco pensamiento, y Clodio satisfecho de su habilidad y ufano de su atrevimiento; pero andará el tiempo y llegará el punto donde diera él, por no haberle escrito la mitad de la vida, si es que las vidas pueden partirse.

Capítulo Séptimo (II)[editar]

Andaba el rey Policarpo alborozado con sus amorosos pensamientos, y deseoso además de saber la resolución de Auristela, tan confiado y tan seguro que había de corresponder a lo que deseaba que ya consigo mismo trazaba las bodas, concertaba las fiestas, inventaba las galas, y aun hacía mercedes en esperanza del venidero matrimonio; pero, entre todos estos disinios, no tomaba el pulso a su edad, ni igualaba con discreción la disparidad que hay de diez y siete años a setenta; y, cuando fueran sesenta, es también grande la distancia: ansí halagan y lisonjean los lascivos deseos las voluntades, así engañan los gustos imaginados a los grandes entendimientos, así tiran y llevan tras sí las blandas imaginaciones a los que no se resisten en los encuentros amorosos.

Con diferentes pensamientos estaba Sinforosa, que no se aseguraba de su suerte, por ser cosa natural que quien mucho desea, mucho teme; y las cosas que podían poner alas a su esperanza, como eran su valor, su linaje y hermosura, esas mismas se las cortaban, por ser propio de los amantes rendidos pensar siempre que no tienen partes que merezcan ser amadas de los que bien quieren. Andan el amor y el temor tan apareados que, a doquiera que volváis la cara, los veréis juntos; y no es soberbio el amor, como algunos dicen, sino humilde, agradable y manso; y tanto, que suele perder de su derecho por no dar a quien bien quiere pesadumbre; y más, que, como todo amante tiene en sumo precio y estima la cosa que ama, huye de que de su parte nazca alguna ocasión de perderla.

Todo esto, con mejores discursos que su padre, consideraba la bella Sinforosa, y, entre temor y esperanza puesta, fue a ver a Auristela, y a saber della lo que esperaba y temía.

En fin se vio Sinforosa con Auristela, y sola, que era lo que ella más deseaba; y era tanto el deseo que tenía de saber las nuevas de su buena o mala andanza que, así como entró a verla, sin que la hablase palabra, se la puso a mirar ahincadamente, por ver si en los movimientos de su rostro le daba señales de su vida o muerte.

Entendióla Auristela, y a media risa, quiero decir, con muestras alegres, le dijo:

-Llegaos, señora, que a la raíz del árbol de vuestra esperanza no ha puesto el temor segur para cortar. Bien es verdad que vuestro bien y el mío se han de dilatar algún tanto, pero en fin llegarán, porque, aunque hay inconvenientes que suelen impedir el cumplimiento de los justos deseos, no por eso ha de tener la desesperación fuerzas para no esperalle. Mi hermano dice que el conocimiento que tiene de tu valor y hermosura, no solamente le obliga, pero que le fuerza a quererte, y tiene a bien y a merced particular la que le haces en querer ser suya; pero, antes que venga a tan dichosa posesión, ha menester defraudar las esperanzas que el príncipe Arnaldo tiene de que yo he de ser su esposa; y sin duda lo fuera yo, si el serlo tú de mi hermano no lo estorbara; que has de saber, hermana mía, que así puedo vivir yo sin Periandro como puede vivir un cuerpo sin alma: allí tengo de vivir donde él viviere, él es el espíritu que me mueve y el alma que me anima; y, siendo esto así, si él se casa en esta tierra contigo, ¿cómo podré yo vivir en la de Arnaldo en ausencia de mi hermano? Para escusar este desmán que me amenaza, ordena que nos vamos con él a su reino, desde el cual le pedir emos licencia para ir a Roma a cumplir un voto, cuyo cumplimiento nos sacó de nuestra tierra; y está claro, como la esperiencia me lo ha mostrado, que no ha de salir un punto de mi voluntad.

Puestos, pues, en nuestra libertad, fácil cosa será dar la vuelta a esta isla, donde, burlando sus esperanzas, veamos el fin de las nuestras, yo casándome con tu padre, y mi hermano contigo.

A lo que respondió Sinforosa:

-No sé, hermana, con qué palabras podré encarecer la merced que me has hecho con las que me has dicho; y así, la dejaré en su punto, porque no sé cómo esplicarlo; pero esto que ahora decirte quiero, recíbelo antes por advertimiento que por consejo: ahora estás en esta tierra y en poder de mi padre, que te podrá y querrá defender de todo el mundo, y no será bien que se ponga en contingencia la seguridad de tu posesión; no le ha de ser posible a Arnaldo llevaros por fuerza a ti y a tu hermano, y hale de ser forzoso, si no querer, a lo menos consentir lo que mi padre quisiere, que le tiene en su reino y en su casa. Asegúrame tú, ¡oh hermana!, que tienes voluntad de ser mi señora, siendo esposa de mi padre, y que tu hermano no se ha de desdeñar de ser mi señor y esposo, que yo te daré llanas todas las dificultades e inconvenientes que para llegar a este efeto pueda poner Arnaldo.

A lo que respondió Auristela:

-Los varones prudentes, por los casos pasados y por los presentes, juzgan los que están por venir. A hacernos fuerza pública o secreta tu padre en nuestra detención, ha de irritar y despertar la cólera de Arnaldo, que, en fin, es rey poderoso, a lo menos lo es más que tu padre, y los reyes burlados y engañados fácilmente se acomodan a vengarse; y así, en lugar de haber recebido con nuestro parentesco gusto, recibiríades daño, trayéndoos la guerra a vuestras mismas casas. Y si dijeres que este temor se ha de tener siempre, ora nos quedemos aquí, ora volvamos después, considerando que nunca los cielos aprietan tanto los males que no dejen alguna luz con que se descubra la de su remedio, soy de parecer que nos vamos con Arnaldo, y que tú misma, con tu discreción y aviso, solicites nuestra partida; que en esto solicitarás y abreviarás nuestra vuelta, y aquí, si no en reinos tan grandes como los de Arnaldo, a lo menos en paz más segura, gozaré yo de la prudencia de tu padre, y tú de la gentileza y bondad de mi hermano, sin que se dividan y aparten nuestras almas.

Oyendo las cuales razones, Sinforosa, loca de contento, se abalanzó a Auristela, y le echó los brazos al cuello, midiéndole la boca y los ojos con sus hermosos labios. En esto, vieron entrar por la sala a los dos, al parecer, bárbaros, padre y hijo, y a Ricla y Constanza, y luego tras ellos entraron Mauricio, Ladislao y Transila, deseosos de ver y hablar a Auristela, y saber en qué punto estaba su enfermedad, que los tenía a ellos sin salud. Despidióse Sinforosa más alegre y más engañada que cuando había entrado: que los corazones enamorados creen con mucha facilidad aun las sombras de las promesas de su gusto. El anciano Mauricio, después de haber pasado con Auristela las ordinarias preguntas y respuestas que suelen pasar entre los enfermos y los que los visitan, dijo:

-Si los pobres, aunque mendigos, suelen llevar con pesadumbre el verse desterrados o ausentes de su patria, donde no dejaron sino los terrones que los sustentaban, ¿qué sentirán los ausentes que dejaron en su tierra los bienes que de la fortuna pudieran prometerse? Digo esto, señora, porque mi edad, que con presurosos pasos me va acercando al último fin, me hace desear verme en mi patria, adonde mis amigos, mis parientes y mis hijos me cierren los ojos y me den el último vale. Este bien y merced conseguiremos todos cuantos aquí estamos, pues todos somos estranjeros y ausentes, y todos, a lo que creo, tenemos en nuestras patrias lo que no hallaremos en las ajenas. Si tú, señora, quisieres solicitar nuestra partida, o a lo menos teniendo por bien que nosotros la procuremos, puesto que no será posible el dejarte, porque tu generosa condición y rara hermosura, acompañada de la discreción, que admira, es la piedra imán de nuestras voluntades.

-A lo menos -dijo a esta sazón Antonio el padre-, de la mía y de las de mi mujer y hijos, lo es de suerte que primero dejaré la vida que dejar la compañía de la señora Auristela, si es que ella no se desdeña de la nuestra.

-Yo os agradezco, señores -respondió Auristela-, el deseo que me habéis mostrado; y, aunque no está en mi mano corresponder a él como debía, todavía haré que le pongan en efeto el príncipe Arnaldo y mi hermano Periandro, sin que sea parte mi enfermedad, que ya es salud, a impedirle. En tanto, pues, que llega el felice día y punto de nuestra partida, ensanchad los corazones y no deis lugar que reine en ellos la malencolía, ni penséis en peligros venideros: que, pues el cielo de tantos nos ha sacado, sin que otros nos sobrevengan, nos llevará a nuestras dulces patrias; que los males que no tienen fuerzas para acabar la vida, no la han de tener para acabar la paciencia.

Admirados quedaron todos de la respuesta de Auristela, porque en ella se descubrió su corazón piadoso y su discreción admirable. Entró en este instante el rey Policarpo, alegre sobremanera, porque ya había sabido de Sinforosa, su hija, las prometidas esperanzas del cumplimiento de sus entre castos y lascivos deseos; que los ímpetus amorosos que suelen parecer en los ancianos se cubren y disfrazan con la capa de la hipocresía; que no hay hipócrita, si no es conocido por tal, que dañe a nadie sino a sí mismo, y los viejos, con la sombra del matrimonio, disimulan sus depravados apetitos. Entraron con el rey Arnaldo y Periandro, y, dándole el parabién a Auristela de la mejoría, mandó el rey que, aquella noche, en señal de la merced que del cielo todos en la mejoría de Auristela habían recebido, se hiciesen luminarias en la ciudad, y fiestas y regocijos ocho días continuos.

Periandro lo agradeció como hermano de Auristela, y Arnaldo como amante que pretendía ser su esposo.

Regocijábase Policarpo allá entre sí mismo en considerar cuán suavemente se iba engañando Arnaldo, el cual, admirado con la mejoría de Auristela, sin que supiese los disinios de Policarpo, buscaba modos de salir de su ciudad, pues tanto cuanto más se dilataba su partida, tanto más, a su parecer, se alongaba el cumplimiento de su deseo. Mauricio, también deseoso de volver a su patria, acudió a su ciencia, y halló en ella que grandes dificultades habían de impedir su partida. Comunicólas con Arnaldo y Periandro, que ya habían sabido los intentos de Sinforosa y Policarpo, que les puso en mucho cuidado, por saber cierto, cuando el amoroso deseo se apodera de los pechos poderosos, suele romper por cualquiera dificultad, hasta llegar al fin de ellos: no se miran respetos, ni se cumplen palabras, ni guardan obligaciones. Y así, no había para qué fiarse en las pocas o ninguna en que Policarpo les estaba.

En resolución, quedaron los tres de acuerdo que Mauricio buscase un bajel, de muchos que en el puerto estaban, que los llevase a Inglaterra secretamente, que para embarcarse no faltaría modo convenible, y que, en este entretanto, no mostrase ninguno señales de que tenían noticia de los disinios de Policarpo. Todo esto se comunicó con Auristela, la cual aprobó su parecer, y entró en nuevos cuidados de mirar por su salud y por la de todos.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

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Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV