Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 33

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Segundo Libro

Capítulo Octavo[editar]

Da Clodio el papel a Auristela; Antonio, el bárbaro, le mata por yerro

Dice la historia que llegó a tanto la insolencia, o por mejor decir, la desvergüenza de Clodio, que tuvo atrevimiento de poner en las manos de Auristela el desvergonzado papel que la había escrito, engañada con que le dijo que eran unos versos devotos, dignos de ser leídos y estimados.

Abrió Auristela el papel, y pudo con ella tanto la curiosidad que no dio lugar al enojo para dejalle de leer hasta el cabo. Leyóle en fin, y, volviéndole a cerrar, puestos los ojos en Clodio, y no echando por ellos rayos de amorosa luz, como las más veces solía, sino centellas de rabioso fuego, le dijo:

-Quítateme de delante, hombre maldito y desvergonzado: que si la culpa deste tu atrevido disparate entendiera que había nacido de algún descuido mío, que menoscabara mi crédito y mi honra, en mí misma castigara tu atrevimiento, el cual no ha de quedar sin castigo, si ya entre tu locura y mi paciencia no se pone el tenerte lástima.

Quedó atónito Clodio, y diera él por no haberse atrevido la mitad de la vida, como ya se ha dicho. Rodeáronle luego el alma mil temores, y no se daba más término de vida que lo que tardasen en saber su bellaquería Arnaldo o Periandro; y, sin replicar palabra, bajó los ojos, volvió las espaldas y dejó sola a Auristela, cuya imaginación ocupó un temor, no vano, sino muy puesto en razón, de que Clodio, desesperado, había de dar en traidor, aprovechándose de los intentos de Policarpo, si acaso a su noticia viniese, y determinó darla de aquel caso a Periandro y Arnaldo.

Sucedió en este tiempo que, estando Antonio el mozo solo en su aposento, entró a deshora una mujer en él, de hasta cuarenta años de edad, que, con el brío y donaire, debía de encubrir otros diez, vestida, no al uso de aquella tierra, sino al de España; y, aunque Antonio no conocía de usos, sino de los que había visto en los de la bárbara isla donde se había criado y nacido, bien conoció ser estranjera de aquella tierra. Levantóse Antonio a recebirla cortésmente, porque no era tan bárbaro que no fuese bien criado. Sentáronse, y la dama -si en tantos años de edad es justo se le dé este nombre-, después de haber estado atenta mirando el rostro de Antonio, dijo:

-Parecerte ha novedad, ¡oh mancebo!, esta mi venida a verte, porque no debes de estar en uso de ser visitado de mujeres, habiéndote criado, según he sabido, en la isla Bárbara, y no entre bárbaros, sino entre riscos y peñas, de las cuales, si como sacaste la belleza y brío que tienes, has sacado también la dureza en las entrañas, la blandura de las mías temo que no me ha de ser de provecho. No te desvíes, sosiégate y no te alborotes, que no está hablando contigo algún mostruo ni persona que quiera decirte ni aconsejarte cosas que vayan fuera de la naturaleza humana; mira que te hablo español, que es la lengua que tú sabes, cuya conformidad suele engendrar amistad entre los que no se conocen.

«Mi nombre es Cenotia, soy natural de España, nacida y criada en Alhama, ciudad del reino de Granada; conocida por mi nombre en todos los de España, y aun entre otros muchos, porque mi habilidad no consiente que mi nombre se encubra, haciéndome conocida mis obras. Salí de mi patria, habrá cuatro años, huyendo de la vigilancia que tienen los mastines veladores que en aquel reino tienen del católico rebaño. Mi estirpe es agarena; mis ejercicios, los de Zoroastes, y en ellos soy única. ¿Ves este sol que nos alumbra? Pues si, para señal de lo que puedo, quieres que le quite los rayos y le asombre con nubes, pídemelo, que haré que a esta claridad suceda en un punto escura noche; o ya si quisieres ver temblar la tierra, pelear los vientos, alterarse el mar, encontrarse los montes, bramar las fieras, o otras espantosas señales que nos representen la confusión del caos primero, pídelo, que tú quedarás satisfecho y yo acreditada. Has de saber ansimismo que en aquella ciudad de Alhama siempre ha habido alguna mujer de mi nombre, la cual, con el apellido de Cenotia, hereda esta ciencia, que no nos enseña a ser hechiceras, como algunos nos llaman, sino a ser encantadoras y magas, nombres que nos vienen más al propio. Las que son hechiceras, nunca hacen cosa que para alguna cosa sea de provecho: ejercitan sus burlerías con cosas, al parecer, de burlas, como son habas mordidas, agujas sin puntas, alfileres sin cabeza, y cabellos cortados en crecientes o menguantes de luna; usan de caracteres que no entienden, y si algo alcanzan, tal vez, de lo que pretenden, es, no en virtud de sus simplicidades, sino porque Dios permite, para mayor condenación suya, que el demonio las engañe. Pero nosotras, las que tenemos nombre de magas y de encantadoras, somos gente de mayor cuantía; tratamos con las estrellas, contemplamos el movimiento de los cielos, sabemos la virtud de las yerbas, de las plantas, de las piedras, de las palabras, y, juntando lo activo a lo pasivo, parece que hacemos milagros, y nos atrevemos a hacer cosas tan estupendas que causan admiración a las gentes, de donde nace nuestra buena o mala fama: buena, si hacemos bien con nuestra habilidad; mala, si hacemos mal con ella. Pero, como la naturaleza parece que nos inclina antes al mal que al bien, no podemos tener tan a raya los deseos que no se deslicen a procurar el mal ajeno; que, ¿quién quitará al airado y ofendido que no se vengue? ¿Quién al amante desdeñado que no quiera, si puede, reducir a ser querido del que le aborrece? Puesto que en mudar las voluntades, sacarlas de su quicio, como esto es ir contra el libre albedrío, no hay ciencia que lo pueda, ni virtud de yerbas que lo alcancen.»

A todo esto que la española Cenotia decía, la estaba mirando Antonio con deseo grande de saber qué suma tendría tan larga cuenta.

Pero la Cenotia prosiguió diciendo:

-«Dígote, en fin, bárbaro discreto, que la persecución de los que llaman inquisidores en España, me arrancó de mi patria; que, cuando se sale por fuerza della, antes se puede llamar arrancada que salida. Vine a esta isla por estraños rodeos, por infinitos peligros, casi siempre como si estuvieran cerca, volviendo la cabeza atrás, pensando que me mordían las faldas los perros, que aun hasta aquí temo; dime presto a conocer al rey antecesor de Policarpo, hice algunas maravillas, con que dejé maravillado al pueblo; procuré hacer vendible mi ciencia, tan en mi provecho que tengo juntos más de treinta mil escudos en oro; y, estando atenta a esta ganancia, he vivido castamente, sin procurar otro algún deleite, ni le procurara, si mi buena o mi mala fortuna no te hubieran traído a esta tierra, que en tu mano está darme la suerte que quisieres.» Si te parezco fea, yo haré de modo que me juzgues por hermosa; si son pocos treinta mil escudos que te ofrezco, alarga tu deseo y ensancha los sacos de la codicia y los senos, y comienza desde luego a contar cuantos dineros acertares a desear. Para tu servicio sacaré las perlas que encubren las conchas del mar, rendiré y traeré a tus manos las aves que rompen el aire, haré que te ofrezcan sus frutos las plantas de la tierra, haré que brote del abismo lo más precioso que en él se encierra, haréte invencible en todo, blando en la paz, temido en la guerra; en fin, enmendaré tu suerte de manera que seas siempre invidiado y no invidioso. Y, en cambio destos bienes que te he dicho, no te pido que seas mi esposo, sino que me recibas por tu esclava: que, para ser tu esclava, no es menester que me tengas voluntad como para ser esposa, y, como yo sea tuya, en cualquier modo que lo sea, viviré contenta. Comienza, pues, ¡oh generoso mancebo!, a mostrarte prudente, mostrándote agradecido: mostrarte has prudente, si antes que me agradezcas estos deseos, quisieres hacer esperiencia de mis obras; y, en señal de que así lo harás, alégrame el alma ahora con darme alguna señal de paz, dándome a tocar tu valerosa mano.

Y, diciendo esto, se levantó para ir a abrazarle.

Antonio, viendo lo cual, lleno de confusión, como si fuera la más retirada doncella del mundo, y como si enemigos combatieran el castillo de su honestidad, se puso a defenderle, y, levantándose, fue a tomar su arco, que siempre o le traía consigo o le tenía junto a sí; y, poniendo en él una flecha, hasta veinte pasos desviado de la Cenotia, le encaró la flecha. No le contentó mucho a la enamorada dama la postura amenazadora de muerte de Antonio, y, por huir el golpe, desvió el cuerpo, y pasó la flecha volando por junto a la garganta (en esto más bárbaro Antonio de lo que parecía en su traje). Pero no fue el golpe de la flecha en vano, porque a este instante entraba por la puerta de la estancia el maldiciente Clodio, que le sirvió de blanco, y le pasó la boca y la lengua, y le dejó la vida en perpetuo silencio: castigo merecido a sus muchas culpas. Volvió la Cenotia la cabeza, vio el mortal golpe que había hecho la flecha, temió la segunda, y, sin aprovecharse de lo mucho que con su ciencia se prometía, llena de confusión y de miedo, tropezando aquí y cayendo allí, salió del aposento, con intención de vengarse del cruel y desamorado mozo.



Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

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