Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 42

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Segundo Libro

Capítulo Diez y Siete[editar]

Toda esta tardanza del cuento de Periandro se declaraba tan en contrario del gusto de Policarpo, que ni podía estar atento para escucharle, ni le daba lugar a pensar maduramente lo que debía hacer para quedarse con Auristela. Sin perjuicio de la opinión que tenía de generoso y de verdadero, ponderaba la calidad de sus huéspedes, entre los cuales se le ponía delante Arnaldo, príncipe de Dinamarca, no por elección, sino por herencia; descubría en el modo de proceder de Periandro, en su gentileza y brío, algún gran personaje, y en la hermosura de Auristela el de alguna gran señora. Quisiera buenamente lograr sus deseos a pie llano, sin rodeos ni invenciones, cubriendo toda dificultad y todo parecer contrario con el velo del matrimonio; que, puesto que su mucha edad no lo permitía, todavía podía disimularlo, porque en cualquier tiempo es mejor casarse que abrasarse.

Acuciaba y solicitaba sus pensamientos los que solicitaban y aquejaban a la embaidora Cenotia, con la cual se concertó que, antes de dar otra audiencia a Periandro, se pusiese en efeto su disinio; que fue que de allí a dos noches tocasen un arma fingida en la ciudad y se pegase fuego al palacio por tres o cuatro partes, de modo que obligase a los que en él asistían a ponerse en cobro, donde era forzoso que interviniese la confusión y el alboroto, en medio del cual previno gente que robasen al bárbaro mozo Antonio y a la hermosa Auristela, y asimismo ordenó a Policarpa, su hija, que, conmovida de lástima cristiana, avisase a Arnaldo y a Periandro el peligro que les amenazaba, sin descubrilles el robo, sino mostrándoles el modo de salvarse, que era que acudiesen a la marina, donde en el puerto hallarían una saetía que los acogiese.

Llegóse la noche, y, a las tres horas della, comenzó el arma, que puso en confusión y alboroto a toda la gente de la ciudad. Comenzó a resplandecer el fuego, en cuyo ardor se aumentaba el que Policarpo en su pecho tenía. Acudió su hija, no alborotada, sino con reposo, a dar noticia a Arnaldo y a Periandro de los disinios de su traidor y enamorado padre, que se estendían a quedarse con Auristela y con el bárbaro mozo, sin quedar con indicios que le infamasen. Oyendo lo cual, Arnaldo y Periandro llamaron a Auristela, a Mauricio, Transila, Ladislao, a los bárbaros padre y hijo, a Ricla, a Constanza y a Rutilio, y, agradeciendo a Policarpa su aviso, se hicieron todos un montón, y, puestos delante los varones, siguiendo el consejo de Policarpa, hallaron paso desembarazado hasta el puerto, y segura embarcación en la saetía, cuyo piloto y marineros estaban avisados y cohechados de Policarpo, que, en el mismo punto que aquella gente que, al parecer, huida se embarcase, se hiciesen al mar, y no parasen con ella hasta Inglaterra, o hasta otra parte más lejos de aquella isla.

Entre la confusa gritería y el continuo vocear ¡al arma, al arma!; entre los estallidos del fuego abrasador, que, como si supiera que tenía licencia del dueño de aquellos palacios para que los abrasase, andaba encubierto Policarpo, mirando si salía cierto el robo de Auristela, y asimismo solicitaba el de Antonio la hechicera Cenotia; pero, viendo que se habían embarcado todos, sin quedar ninguno, como la verdad se lo decía y el alma se lo pronosticaba, acudió a mandar que todos los baluartes, y todos los navíos que estaban en el puerto, disparasen la artillería contra el navío de los que en él huían, con lo cual de nuevo se aumentó el estruendo, y el miedo discurrió por los ánimos de todos los moradores de la ciudad, que no sabían qué enemigos los asaltaban, o qué intempestivos acontecimientos les acometían.

En esto, la enamorada Sinforosa, ignorante del caso, puso el remedio en sus pies y sus esperanzas en su inocencia, y, con pasos desconcertados y temerosos, se subió a una alta torre de palacio, a su parecer, parte segura del fuego que lo demás del palacio iba consumiendo. Acertó a encerrarse con ella su hermana Policarpa, que le contó, como si lo hubiera visto, la huida de sus huéspedes, cuyas nuevas quitaron el sentido a Sinforosa, y en Policarpa pusieron el arrepentimiento de haberlas dado. Amanecía en esto el alba, risueña para todos los que con ella esperaban descubrir la causa o causas de la presente calamidad, y en el pecho de Policarpo anochecía la noche de la mayor tristeza que pudiera imaginarse; mordíase las manos Cenotia, y maldecía su engañadora ciencia y las promesas de sus malditos maestros; sola Sinforosa se estaba aún en su desmayo, y sola su hermana lloraba su desgracia, sin descuidarse de hacerle los remedios que ella podía para hacerla volver en su acuerdo. Volvió en fin, tendió la vista por el mar; vio volar la saetía donde iba la mitad de su alma, o la mejor parte della; y, como si fuera otra engañada y nueva Dido, que de otro fugitivo Eneas se quejaba, enviando suspiros al cielo, lágrimas a la tierra y voces al aire, dijo estas o otras semejantes razones:

-¡Oh hermoso huésped, venido por mi mal a estas riberas, no engañador, por cierto, que aún no he sido yo tan dichosa que me dijeses palabras amorosas para engañarme! Amaina esas velas, o témplalas algún tanto, para que se dilate el tiempo de que mis ojos vean ese navío, cuya vista, sólo porque vas en él, me consuela. Mira, señor, que huyes de quie n te sigue, que te alejas de quien te busca y das muestras de que aborreces a quien te adora; hija soy de un rey, y me contento con ser esclava tuya; y, si no tengo hermosura que pueda satisfacer a tus ojos, tengo deseos que puedan llenar los vacíos de los mejores que el amor tiene. No repares en que se abrase toda esta ciudad, que si vuelves, habrá servido este incendio de luminarias por la alegría de tu vuelta. Riquezas tengo, acelerado fugitivo mío, y puestas en parte donde no las hallará el fuego, aunque más las busque, porque las guarda el cielo para ti solo.

A esta sazón, volvió a hablar con su hermana, y le dijo:

-¿No te parece, hermana mía, que ha amainado algún tanto las velas? ¿No te parece que no camina tanto? ¡Ay, Dios! ¿Si se habrá arrepentido? ¡Ay, Dios, si la rémora de mi voluntad le detiene el navío!

-¡Ay, hermana! -respondió Policarpa-, no te engañes, que los deseos y los engaños suelen andar juntos. El navío vuela, sin que le detenga la rémora de tu voluntad, como tú dices, sino que le impele el viento de tus muchos suspiros.

Salteólas en esto el rey, su padre, que quiso ver de la alta torre también, como su hija, no la mitad, sino toda su alma, que se le ausentaba, aunque ya no se descubría.

Los hombres que tomaron a su cargo encender el fuego del palacio le tuvieron también de apagarle. Supieron los ciudadanos la causa del alboroto, y el mal nacido deseo de su rey Policarpo, y los embustes y consejos de la hechicera Cenotia, y aquel mismo día le depusieron del reino y colgaron a Cenotia de una entena. Sinforosa y Policarpa fueron respetadas como quien eran, y la ventura que tuvieron fue tal que correspondió a sus merecimientos; pero no en modo que Sinforosa alcanzase el fin felice de sus deseos, porque la suerte de Periandro mayores venturas le tenía guardadas.

Los del navío, viéndose todos juntos y todos libres, no se hartaban de dar gracias al cielo de su buen suceso. De ellos supieron otra vez los traidores disinios de Policarpo, pero no les parecieron tan traidores que no hallase en ellos disculpa el haber sido por el amor forjados: disculpa bastante de mayores yerros, que, cuando ocupa a un alma la pasión amorosa, no hay discurso con que acierte, ni razón que no atropelle.

Hacíales el tiempo claro, y, aunque el viento era largo, estaba el mar tranquilo. Llevaban la mira de su viaje puesta en Inglaterra, adonde pensaban tomar el disinio que más les conviniese, y con tanto sosiego navegaban que no les sobresaltaba ningún recelo ni miedo de ningún suceso adverso.

Tres días duró la apacibilidad del mar, y tres días sopló próspero el viento, hasta que al cuarto, a poner del sol, se comenzó a turbar el viento y a desasosegarse el mar, y el recelo de alguna gran borrasca comenzó a turbar a los marineros: que la inconstancia de nuestras vidas y la del mar simbolizan en no prometer seguridad ni firmeza alguna largo tiempo. Pero quiso la buena suerte que, cuando les apretaba este temor, descubriesen cerca de sí una isla, que luego de los marineros fue conocida, y dijeron que se llamaba la de las Ermitas, de que no poco se alegraron, porque en ella sabían que estaban dos calas capaces de guarecerse en ellas de todos vientos más de veinte navíos; tales, en fin, que pudieran servir de abrigados puertos.

Dijeron también que en una de las ermitas servía de ermitaño un caballero principal francés, llamado Renato, y en la otra ermita servía de ermitaña una señora francesa, llamada Eusebia, cuya historia de los dos era la más peregrina que se hubiese visto. El deseo de saberla y el de repararse de la tormenta, si viniese, hizo a todos que encaminasen allá la proa. Hízose así, con tanto acertamiento que dieron luego con una de las calas, donde dieron fondo, sin que nadie se lo impidiese; y, estando informado Arnaldo de que en la isla no había otra persona alguna que la del ermitaño y ermitaña referidos, por dar contento a Auristela y a Transila, que fatigadas del mar venían, con parecer de Mauricio, Ladislao, Rutilio y Periandro, mandó echar el esquife al agua, y que saliesen todos a tierra a pasar la noche en sosiego, libres de los vaivenes del mar. Y, aunque se hizo así, fue parecer del bárbaro Antonio que él y su hijo, y Ladislao y Rutilio, se quedasen en el navío guardándole, pues la fee de sus marineros, poco esperimentada, no les debía asegurar de modo que se fiasen dellos. Y, en efeto, los que se quedaron en el navío fueron los dos Antonios, padre y hijo, con todos los marineros, que la mejor tierra para ellos es las tablas embreadas de sus naves: mejor les huele la pez, la brea y la resina de sus navíos, que a la demás gente las rosas, las flores y los amarantos de los jardines.

A la sombra de una peña, los de la tierra se repararon del viento, y, a la claridad de mucha lumbre que de ramas cortadas en un instante hicieron, se defendieron del frío, y, ya como acostumbrados a pasar muchas veces calamidades semejantes, pasaron la desta noche sin pesadumbre alguna; y más con el alivio que Periandro les causó con volver, por ruego de Transila, a proseguir su historia, que, puesto que él lo rehusaba, añadiendo ruegos Arnaldo, Ladislao y Mauricio, ayudándoles Auristela, la ocasión y el tiempo, la hubo de proseguir en esta forma:


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

Libro Primero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII

Libro Segundo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV