Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 43

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Segundo Libro

Capítulo Diez y Ocho[editar]

-«Si es verdad, como lo es, ser dulcísima cosa contar en tranquilidad la tormenta, y en la paz presente los peligros de la pasada guerra, y en la salud la enfermedad padecida, dulce me ha de ser a mí agora contar mis trabajos en este sosiego; que, puesto que no puedo decir que estoy libre de ellos todavía, según han sido grandes y muchos, puedo afirmar que estoy en descanso, por ser condición de la humana suerte que, cuando los bienes comienzan a crecer, parece que unos se van llamando a otros, y que no tienen fin donde parar, y los males por el mismo consiguiente. Los trabajos que yo hasta aquí he padecido, imagino que han llegado al último paradero de la miserable fortuna, y que es forzoso que declinen: que, cuando en el estremo de los trabajos no sucede el de la muerte, que es el último de todos, ha de seguirse la mudanza, no de mal a mal, sino de mal a bien, y de bien a más bien; y éste en que estoy, teniendo a mi hermana conmigo, verdadera y precisa causa de todos mis males y mis bienes, me asegura y promete que tengo de llegar a la cumbre de los más felices que acierte a desearme. Y así, con este dichoso pensamiento, digo que quedé en la nave de mis contrarios, ya rendidos, donde supe, como ya he dicho, la venta que habían hecho de mi hermana y de las dos recién desposadas pescadoras, y de Cloelia, al príncipe Arnaldo, que aquí está presente.

»En tanto que los míos andaban escudriñando y tanteando los bastimentos que había en el empedrado navío, a deshora y de improviso, de la parte de tierra descubrimos que sobre los hielos caminaba un escuadrón de armada gente, de más de cuatro mil personas formado. Dejónos más helados que el mismo mar vista semejante, aprestando las armas, más por muestra de ser hombres, que con pensamiento de defenderse. Caminaban sobre solo un pie, dándose con el derecho sobre el calcaño izquierdo, con que se impelían y resbalaban sobre el mar grandísimo trecho, y luego, volviendo a reiterar el golpe, tornaban a resbalar otra gran pieza de camino; y desta suerte, en un instante fueron con nosotros y nos rodearon por todas partes; y uno de ellos, que, como después supe, era el capitán de todos, llegándose cerca de nuestro navío a trecho que pudo ser oído, asegurando la paz con un paño blanco que volteaba sobre el brazo, en lengua polaca, con voz clara dijo: ``Cratilo, rey de Bituania y señor destos mares, tiene por costumbre de requerirlos con gente armada, y sacar de ellos los navíos que del hielo están detenidos, a lo menos la gente y la mercancía que tuvieren, por cuyo beneficio se paga con tomarla por suya. Si vosotros gustáredes de acetar este partido sin defenderos, gozaréis de las vidas y de la libertad, que no se os ha de cautivar en ningún modo; miradlo, y si no, aparejaos a defenderos de nuestras armas, continuo vencedoras. Contentóme la brevedad y la resolución del que nos hablaba. Respondíle que me dejase tomar parecer con nosotros mismos, y fue el que mis pescadores me dieron decir que el fin de todos los males, y el mayor de ellos, era el acabar la vida, la cual se había de sustentar por todos los medios posibles, como no fuesen por los de la infamia; y que, pues en los partidos que nos ofrecían no intervenía ninguna, y del perder la vida estábamos tan ciertos como dudosos de la defensa, sería bien rendirnos, y dar lugar a la mala fortuna que entonces nos perseguía, pues podría ser que nos guardase para mejor ocasión. Casi esta misma respuesta di al capitán del escuadrón, y al punto, más con apariencia de guerra que con muestras de paz, arremetieron al navío, y en un instante le desvalijaron todo, y trasladaron cuanto en él había, hasta la misma artillería y jarcias, a unos cueros de bueyes que sobre el hielo tendieron; y, liándolos por encima, aseguraron poderlos llevar, tirándolos con cuerdas, sin que se perdiese cosa alguna. Robaron ansimismo lo que hallaron en el otro nuestro navío, y, poniéndonos a nosotros sobre otras pieles, alzando una alegre vocería, nos tiraron y nos llevaron a tierra, que debía de estar desde el lugar del navío como veinte millas. Paréceme a mí que debía de ser cosa de ver, caminar tanta gente por cima de las aguas a pie enjuto, sin usar allí el cielo alguno de sus milagros. En fin, aquella noche llegamos a la ribera, de la cual no salimos hasta otro día por la mañana, que la vimos coronada de infinito número de gente, que a ver la presa de los helados y yertos habían venido.

»Venía entre ellos, sobre un hermoso caballo, el rey Cratilo, que, por las insignias reales con que se adornaba, conocimos ser quien era; venía a su lado, asimismo a caballo, una hermosísima mujer, armada de unas armas blancas, a quien no podían acabar de encubrir un velo negro con que venían cubiertas. Llevóme tras sí la vista, tanto su buen parecer como la gallardía del rey Cratilo; y, mirándola con atención, conocí ser la hermosa Sulpicia, a quien la cortesía de mis compañeros, pocos días había, habían dado la libertad que entonces gozaba. Acudió el rey a ver los rendidos, y, llevándome el capitán asido de la mano, le dijo: ``En este solo mancebo, ¡oh valeroso rey Cratilo!, me parece que te presento la más rica presa que en razón de persona humana hasta agora humanos ojos han visto. ``¡Santos cielos! -dijo a esta sazón la hermosa Sulpicia, arrojándose del caballo al suelo-, o yo no tengo vista en los ojos, o es éste mi libertador Periandro. Y el decir esto y añudarme el cuello con sus brazos fue todo uno, cuyas estrañas y amorosas muestras obligaron también a Cratilo a que del caballo se arrojase, y con las mismas señales de alegría me recibiese. Entonces la desmayada esperanza de algún buen suceso estaba lejos de los pechos de mis pescadores; pero, cobrando aliento en las muestras alegres con que vieron recebirme, les hizo brotar por los ojos el contento y por las bocas las gracias que dieron a Dios del no esperado beneficio; que ya le contaban, no por beneficio, sino por singular y conocida merced.

»Sulpicia dijo a Cratilo: ``Este mancebo es un sujeto donde tiene su asiento la suma cortesía y su albergue la misma liberalidad; y, aunque yo tengo hecha esta esperiencia, quiero que tu discreción la acredite, sacando por su gallarda presencia (y en esto bien se vee que hablaba como agradecida, y aun como engañada) en limpio esta verdad que te digo. Éste fue el que me dio libertad después de la muerte de mi marido; éste el que no despreció mis tesoros, sino el que no los quiso; éste fue el que, después de recebidas mis dádivas, me las volvió mejoradas, con el deseo de dármelas mayores, si pudiera; éste fue, en fin, el que, acomodándose, o por mejor decir, haciendo acomodar a su gusto el de sus soldados, dándome doce que me acompañasen, me tiene ahora en tu presencia. Yo entonces, a lo que creo, rojo el rostro con las alabanzas, o ya aduladoras o demasiadas, que de mí oía, no supe más que hincarme de rodillas ante Cratilo, pidiéndole las manos, que no me las dio para besárselas, sino para levantarme del suelo.

»En este entretanto, los doce pescadores que habían venido en guarda de Sulpicia, andaban entre la demás gente buscando a sus compañeros, abrazándose unos a otros; y, llenos de contento y regocijo, se contaban sus buenas y malas suertes: los del mar esageraban su hielo, y los de la tierra sus riquezas. ``A mí -decía el uno- me ha dado Sulpicia esta cadena de oro. ``A mí -decía otro- esta joya, que vale por dos de esas cadenas. ``A mí -replicaba éste- me dio tanto dinero. Y aquél repetía: ``Más me ha dado a mí en este solo anillo de diamantes, que a todos vosotros juntos.

»A todas estas pláticas puso silencio un gran rumor que se levantó entre la gente, causado del que hacía un poderosísimo caballo bárbaro, a quien dos valientes lacayos traían del freno, sin poderse averiguar con él. Era de color morcillo, pintado todo de moscas blancas, que sobremanera le hacían hermoso; venía en pelo, porque no consentía ensillarse sino del mismo rey; pero no le guardaba este respeto después de puesto encima, no siendo bastantes a detenerle mil montes de embarazos que ante él se pusieran, de lo que el rey estaba tan pesaroso que diera una ciudad a quien sus malos siniestros le quitara. Todo esto me contó el rey breve y sucintamente, y yo me resolví con mayor brevedad a hacer lo que agora os diré.»

Aquí llegaba Periandro con su plática, cuando, a un lado de la peña donde estaban recogidos los del navío, oyó Arnaldo un ruido como de pasos de persona que hacia ellos se encaminaba. Levantóse en pie, puso mano a su espada, y, con esforzado denuedo, estuvo esperando el suceso. Calló asimismo Periandro, y las mujeres con miedo, y los varones con ánimo, especialmente Periandro, atendían lo que sería. Y, a la escasa luz de la luna, que cubierta de nubes no dejaba verse, vieron que hacia ellos venían dos bultos que no pudieran diferenciar lo que eran, si uno de ellos con voz clara no dijera:

-No os alborote, señores, quienquiera que seáis, nuestra improvisa llegada, pues sólo venimos a serviros. Esta estancia que tenéis, desierta y sola, la podéis mejorar, si quisiéredes, en la nuestra, que en la cima desta montaña está puesta; luz y lumbre hallaréis en ella, y manjares, que, si no delicados y costosos, son por lo menos necesarios y de gusto.

Yo le respondí:

-¿Sois, por ventura, Renato y Eusebia, los limpios y verdaderos amantes en quien la fama ocupa sus lenguas, diciendo el bien que en ellos se encierra?

-Si dijérades los desdichados -respondió el bulto-, acertárades en ello; pero, en fin, nosotros somos los que decís, y los que os ofrecimos con volunt ad sincera el acogimiento que puede daros nuestra estrecheza.

Arnaldo fue de parecer que se tomase el consejo que se les ofrecía, pues el rigor del tiempo que amenazaba les obligaba a ello. Levantáronse todos, y siguiendo a Renato y a Eusebia, que les sirvieron de guías, llegaron a la cumbre de una montañuela, donde vieron dos ermitas, más cómodas para pasar la vida en su pobreza que para alegrar la vista con su rico adorno. Entraron dentro, y, en la que parecía algo mayor, hallaron luces que de dos lámparas procedían, con que podían distinguir los ojos lo que dentro estaba, que era un altar con tres devotas imágenes: la una, del Autor de la vida, ya muerto y crucificado; la otra, de la Reina de los cielos y de la señora de la alegría, triste y puesta en pie del que tiene los pies sobre todo el mundo; y la otra, del amado dicípulo que vio más, estando durmiendo, que vieron cuantos ojos tiene el cielo en sus estrellas. Hincáronse de rodillas, y, hecha la debida oración con devoto respeto, les llevó Renato a una estancia que estaba junto a la ermita, a quien se entraba por una puerta que junto al altar se hacía.

Finalmente, pues las menudencias no piden ni sufren relaciones largas, se dejarán de contar las que allí pasaron, ansí de la pobre cena como del estrecho regalo, que sólo se alargaba en la bondad de los ermitaños, de quien se notaron los pobres vestidos, la edad, que tocaba en los márgenes de la vejez; la hermosura de Eusebia, donde todavía resplandecían las muestras de haber sido rara en todo estremo. Auristela, Transila y Constanza se quedaron en aquella estancia, a quien sirvieron de camas secas espadañas con otras yerbas, más para dar gusto al olfato que a otro sentido alguno. Los hombres se acomodaron en la ermita, en diferentes puestos, tan fríos como duros y tan duros como fríos.

Corrió el tiempo como suele, voló la noche, y amaneció el día claro y sereno; descubrióse la mar, tan cortés y bien criada que parecía que estaba convidando a que la gozasen volviéndose a embarcar; y sin duda alguna se hicie ra así si el piloto de la nave no subiera a decir que no se fiasen de las muestras del tiempo, que, puesto que prometían serenidad tranquila, los efetos habían de ser muy contrarios. Salió con su parecer, pues todos se atuvieron a él; que, en el arte de la marinería, más sabe el más simple marinero que el mayor letrado del mundo. Dejaron sus herbosos lechos las damas, y los varones su duras piedras, y salieron a ver desde aquella cumbre la amenidad de la pequeña isla, que sólo podía bojar hasta doce millas, pero tan llena de árboles frutíferos, tan fresca por muchas aguas, tan agradable por las yerbas verdes, y tan olorosa por las flores, que en un igual grado y a un mismo tiempo podía satisfacer a todos cinco sentidos.

Pocas horas se había entrado por el día, cuando los dos venerables ermitaños llamaron a sus huéspedes, y, tendiendo dentro de la ermita verdes y secas espadañas, formaron sobre el suelo una agradable alfombra, quizá mas vistosa que las que suelen adornar los palacios de los reyes. Luego tendieron sobre ella diversidad de frutas, así verdes como secas, y pan no tan reciente que no semejase bizcocho, coronando la mesa asimismo de vasos de corcho con maestría labrados, de fríos y líquidos cristales llenos. El adorno, las frutas, las puras y limpia s aguas, que, a pesar de la parda color de los corchos, mostraban su claridad, y la necesidad juntamente, obligó a todos, y aun les forzó, por mejor decir, a que alrededor de la mesa se sentasen. Hiciéronlo así, y, después de la tan breve como sabrosa comida, Arnaldo suplicó a Renato que les contase su historia y la causa que a la estrecheza de tan pobre vida le había conducido. El cual, como era caballero, a quien es aneja siempre la cortesía, sin que segunda vez se lo pidiesen, desta manera comenzó el cuento de su verdadera historia:


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

Libro Primero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII

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Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV