Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 46

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Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Segundo Capítulo XXI
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Segundo Libro

Capítulo Veintiuno[editar]

No sé si tenga por cierto, de manera que ose afirmar, que Mauricio y algunos de los más oyentes se holgaron de que Periandro pusiese fin en su plática, porque las más veces, las que son largas, aunque sean de importancia, suelen ser desabridas. Este pensamiento pudo tener Auristela, pues no quiso acreditarle con comenzar por entonces la historia de sus acontecimientos; que, puesto que habían sido pocos desde que fue robada de poder de Arnaldo hasta que Periandro la halló en la Isla Bárbara, no quiso añadirlos hasta mejor coyuntura; ni, aunque quisiera, tuviera lugar para hacerlo, porque se lo estorbara una nave que vieron venir por alta mar encaminada a la isla, con todas las velas tendidas, de modo que en breve rato llegó a una de las calas de la isla, y luego fue de Renato conocida, el cual dijo:

-Esta es, señores, la nave donde mis criados y mis amigos suelen visitarme algunas veces.

Ya en esto hecha la zaloma y arrojado el esquife al agua, se llenó de gente, que salió a la ribera, donde ya estaban para recebirle Renato y todos los que con él estaban. Hasta veinte serían los desembarcados, entre los cuales salió uno de gentil presencia, que mostró ser señor de todos los demás, el cual, apenas vio a Renato, cuando con los brazos abiertos se vino a él, diciéndole:

-Abrázame, hermano, en albricias de que te traigo las mejores nuevas que pudieras desear.

Abrazóle Renato, porque conoció ser su hermano Sinibaldo, a quien dijo:

-Ningunas nuevas me pueden ser más agradables, ¡oh hermano mío!, que ver tu presencia; que, puesto que en el siniestro estado en que me veo ninguna alegría sería bien que me alegrase, el verte pasa adelante y tiene excepción en la común regla de mi desgracia.

Sinibaldo se volvió luego a abrazar a Eusebia, y le dijo:

-Dadme también vos los brazos, señora, que también me debéis las albricias de las nuevas que traigo, las cuales no será bien dilatarlas, porque no se dilate más vuestra pena.

Sabed, señores, que vuestro enemigo es muerto de una enfermedad, que, habiendo estado seis días antes que muriese sin habla, se la dio el cielo seis horas antes que despidiese el alma, en el cual espacio, con muestras de un grande arrepentimiento, confesó la culpa en que había caído de haberos acusado falsamente; confesó su envidia, declaró su malicia, y, finalmente, hizo todas las demostraciones bastantes a manifestar su pecado. Puso en los secretos juicios de Dios el haber salido vencedora su maldad contra la bondad vuestra, y no sólo se contentó con decirlo, sino que quiso que quedase por instrumento público esta verdad; la cual sabida por el rey, también por público instrumento os volvió vuestra honra y os declaró a ti, ¡oh, hermano!, por vencedor, y a Eus ebia por honesta y limpia, y ordenó que fuésedes buscados, y que, hallados, os llevasen a su presencia para recompensaros con su magnanimidad y grandeza las estrechezas en que os debéis de haber visto. Si éstas son nuevas dignas de que os den gusto, a vuestra buena consideración lo dejo.

-Son tales -dijo entonces Arnaldo-, que no hay acrecentamiento de vida que las aventaje, ni posesión de no esperadas riquezas que las lleguen; porque la honra perdida y vuelta a cobrar con estremo, no tiene bien alguno la tierra que se le iguale. Gocéisle luengos años, señor Renato, y gócele en vuestra compañía la sin par Eusebia, yedra de vuestro muro, olmo de vuestra yedra, espejo de vuestro gusto, y ejemplo de bondad y agradecimiento.

Este mismo parabién, aunque con palabras diferentes, les dieron todos, y luego pasaron a preguntarle por nuevas de lo que en Europa pasaba y en otras partes de la tierra, de quien ellos por andar en el mar tenían poca noticia.

Sinibaldo respondió que de lo que más se trataba era de la calamidad en que estaba puesto por el rey de los danaos, Leopoldio, el rey antiguo de Dinamarca, y por otros allegados que a Leopoldio favorecían. Contó asimismo cómo se murmuraba que por la ausencia de Arnaldo, príncipe heredero de Dinamarca, estaba su padre tan a pique de perderse, del cual príncipe decían que, cual mariposa, se iba tras la luz de unos bellos ojos de una su prisionera, tan no conocida por linaje que no se sabía quién fuesen sus padres. Contó con esto guerras del de Transilvania, movimientos del turco, enemigo común del género humano; dio nuevas de la gloriosa muerte de Carlos V, rey de España y emperador romano, terror de los enemigos de la Iglesia y asombro de los secuaces de Mahoma. Dijo asimismo otras cosas más menudas, que unas alegraron y otras suspendieron, y las unas y las otras dieron gusto a todos, si no fue al pensativo Arnaldo, que desde el punto que oyó la opresión de su padre, puso los ojos en el suelo y la mano en la mejilla, y, al cabo de un buen espacio que así estuvo, quitó los ojos de la tierra, y, poniéndolos en el cielo, exclamando en voz alta, dijo:

-¡Oh amor, oh honra, oh compasión paterna, y cómo me apretáis el alma! Perdóname, amor, que no porque me aparto te dejo; espérame, ¡oh honra!, que no porque tenga amor dejaré de seguirte; consuélate, ¡oh padre!, que ya vuelvo; esperadme, vasallos, que el amor nunca hizo ninguno cobarde, ni lo he de ser yo en defenderos, pues soy el mejor y el más bien enamorado del mundo. Para la sin par Auristela quiero ir a ganar lo que es mío, y para poder merecer, por ser rey, lo que no merezco por ser amante: que el amante pobre, si la ventura a manos llenas no le favorece, casi no es posible que llegue a felice fin su deseo. Rey la quiero pretender, rey la he de servir, amante la he de adorar; y si con todo esto no la pudiere merecer, culparé más a mi suerte que a su conocimiento.

Todos los circunstantes quedaron suspensos oyendo las razones de Arnaldo; pero el que más lo quedó de todos fue Sinibaldo, a quien Mauricio había dicho cómo aquél era el príncipe de Dinamarca, y aquélla, mostrándole a Auristela, la prisionera que decían que le traía rendido. Puso algo más, de propósito, los ojos en Auristela Sinibaldo, y luego juzgó a discreción la que en Arnaldo parecía locura, porque la belleza de Auristela, como otras veces se ha dicho, era tal que cautivaba los corazones de cuantos la miraban, y hallaban en ella disculpa todos los errores que por ella se hicieran.

Es, pues, el caso que aquel mismo día se concertó que Renato y Eusebia se volviesen a Francia, llevando en su navío a Arnaldo para dejalle en su reino, el cual quiso llevar consigo a Mauricio y a Transila, su hija, y a Ladislao, su yerno, y que en el navío de la huida, prosiguiendo su viaje, fuesen a España Periandro, los dos Antonios, Auristela, Ricla y la hermosa Constanza. Rutilio, viendo este repartimiento, estuvo esperando a qué parte le echarían; pero, antes que la declarasen, puesto de rodillas ante Renato, le suplicó le hiciese heredero de sus alhajas y le dejase en aquella isla, siquiera para que no faltase en ella quien encendiese el farol que guiase a los perdidos navegantes; porque él quería acabar bien la vida, hasta entonces mala. Reforzaron todos su cristiana petición, y el buen Renato, que era tan cristiano como liberal, le concedió todo cuanto pedía, diciéndole que quisiera que fueran de importancia las cosas que le dejaba, puesto que eran todas las necesarias para cultivar la tierra y pasar la vida humana, a lo que añadió Arnaldo que él le prometía, si se viese pacífico en su reino, de enviarle cada un año un bajel que le socorriese. A todos hizo señales de besar los pies Rutilio, y todos le abrazaron, y los más dellos lloraron de ver la santa resolución del nuevo ermitaño; que, aunque la nuestra no se enmiende, siempre da gusto ver enmendar la ajena vida, si no es que llega a tanto la protervidad nuestra, que querríamos ser el abismo que a otros abismos llamase.

Dos días tardaron en disponerse y acomodarse para seguir cada uno su viaje, y, al punto de la partida, hubo corteses comedimientos, especialmente entre Arnaldo, Periandro y Auristela; y, aunque entre ellos se mezclaron amorosas razones, todas fueron honestas y comedidas, pues no alborotaron el pecho de Periandro. Lloró Transila, no tuvo enjutos los ojos Mauricio, ni lo estuvieron los de Ladislao; gimió Ricla, enternecióse Constanza, y su padre y su hermano también se mostraron tiernos. Andaba Rutilio de unos en otros, ya vestido con los hábitos de ermitaño de Renato, despidiéndose déstos y de aquéllos, mezclando sollozos y lágrimas todo a un tiempo.

Finalmente, convidándoles el sosegado tiempo, y un viento que podía servir a diferentes viajes, se embarcaron y le dieron las velas, y Rutilio mil bendiciones, puesto en lo alto de las ermitas.

Y aquí dio fin a este segundo libro el autor desta peregrina historia.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV