Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 49

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Tercer Libro

Capítulo Tercero[editar]

La doncella encerrada en el árbol: de quién era

Preñada estaba la encina -digámoslo así-, preñadas estaban las nubes, cuya escuridad la puso en los ojos de los que por la prisionera del árbol preguntaron; pero al compasivo pastor, que era mayoral del hato, ninguna cosa le pudo turbar para que dejase de acudir a proveer lo que fuese necesario al recebimiento de sus huéspedes: la criatura tomó los pechos de la cabra; la encerrada, el rústico sustento; y los peregrinos, el nuevo y agradable hospedaje.

Quisieron todos saber luego qué causas habían traído allí a la lastimada y al parecer fugitiva, y a la desamparada criatura; pero fue parecer de Auristela que no le preguntasen nada hasta el venidero día, porque los sobresaltos no suelen dar licencia a la lengua, aun a que cuente venturas alegres, cuanto más desdichas tristes; y, puesto que el anciano pastor visitaba a menudo el árbol, no preguntaba nada al depósito que tenía, sino solamente por su salud; y fuele respondido que, aunque tenía mucha ocasión para no tenerla, le sobraría como ella se viese libre de los que la buscaban, que era su padre y hermanos. Cubrióla y encubrióla el pastor, y dejóla, y volvióse a los peregrinos, que aquella noche la pasaron con más claridad de las hogueras y fuegos de los pastores que con aquélla que ella les concedía; y, antes que el cansancio les obligase a entregar los sentidos al sueño, quedó concertado que el pastor que había llevado la criatura a procurar que las cabras fuesen sus amas, la llevase y entregase a una hermana del anciano ganadero, que, casi dos leguas de allí, en una pequeña aldea, vivía. Diéronle que llevase la cadena, con orden de darla a criar en la misma aldea, diciendo ser de otra algo apartada. Todo esto se hizo así, con que se aseguraron y apercibieron a desmentir las espías, si acaso volviesen, o viniesen otras de nuevo, a buscar los perdidos; a lo menos, los que perdidos parecían. En tratar desto y en satisfacer la hambre y en un breve rato que se apoderó de sus ojos el sueño y de sus lenguas el silencio, se pasó el de la noche, y se vino a más andar el día, alegre para todos, si no para la temerosa que, encerrada en el árbol, apenas osaba ver del sol la claridad hermosa.

Con todo eso, habiendo puesto primero, cerca y lejos del rebaño, de trecho en trecho, centinelas que avisasen si alguna gente venía, la sacaron del árbol para que le diese el aire, y para saber della lo que deseaban; y con la luz del día vieron que la de su rostro era admirable, de modo que puso en duda a cuál darían, della y de Constanza, después de Auristela, el segundo lugar de hermosa; porque dondequiera se llevó el primero Auristela, a quien no quiso dar igual la naturaleza.

Muchas preguntas le hicieron y muchos ruegos precedieron antes, todos encaminados a que su suceso les contase, y ella, de puro cortés y agradecida, pidiendo licencia a su flaqueza, con aliento debilitado así comenzó a decir:

-Puesto, señores, que, en lo que deciros quiero, tengo de descubrir faltas que me han de hacer perder el crédito de honrada, todavía quiero más parecer cortés por obedeceros, que desagradecida por no contentaros. «Mi nombre es Feliciana de la Voz; mi patria, una villa no lejos de este lugar; mis padres son nobles mucho más que ricos; y mi hermosura, en tanto que no ha estado tan marchita como agora, ha sido de algunos estimada y celebrada.

Junto a la villa que me dio el cielo por patria vivía un hidalgo riquísimo, cuyo trato y cuyas muchas virtudes le hacían ser caballero en la opinión de las gentes. Éste tiene un hijo que desde agora muestra ser tan heredero de las virtudes de su padre, que son muchas, como de su hacienda, que es infinita. Vivía, ansimismo, en la misma aldea un caballero con otro hijo suyo, más nobles que ricos, en una tan honrada medianía, que ni los humillaba ni los ensoberbecía. Con este segundo mancebo noble ordenaron mi padre y dos hermanos que tengo de casarme, echando a las espaldas los ruegos con que me pedía por esposa el rico hidalgo; pero yo, a quien los cielos guardaban para esta desventura en que me veo, y para otras en que pienso verme, me di por esposa al rico, y yo me le entregué por suya a hurto de mi padre y de mis hermanos, que madre no la tengo, por mayor desgracia mía. Vímonos muchas veces solos y juntos, que para semejantes casos nunca la ocasión vuelve las espaldas; antes, en la mitad de las imposibilidades, ofrece su guedeja.

»Destas juntas y destos hurtos amorosos se acortó mi vestido y creció mi infamia, si es que se puede llamar infamia la conversación de los desposados amantes. En este tiempo, sin hacerme sabidora, concertaron mi padre y hermanos de casarme con el mozo noble; con tanto deseo de efetuarlo que anoche le trajeron a casa, acompañado de dos cercanos parientes suyos, con propósito de que luego luego nos diésemos las manos. Sobresaltéme cuando vi entrar a Luis Antonio (que éste es el nombre del mancebo noble), y más me admiré cuando mi padre me dijo que me entrase en mi aposento y me aderezase algo más de lo ordinario, porque en aquel punto había de dar la mano de esposa a Luis Antonio.

Dos días había que había entrado en los términos que la naturaleza pide en los partos, y, con el sobresalto y no esperada nueva, quedé como muerta; y, diciendo entraba a aderezarme a mi aposento, me arrojé en los brazos de una mi doncella, depositaria de mis secretos, a quien dije, hechos fuentes mis ojos: ``¡Ay, Leonora mía, y cómo creo que es llegado el fin de mis días! Luis Antonio está en esa antesala, esperando que yo salga a darle la mano de esposa. Mira si es este trance riguroso, y la más apretada ocasión en que pueda verse una mujer desdichada. Pásame, hermana mía, si tienes con qué, este pecho; salga primero mi alma destas carnes, que no la desvergüenza de mi atrevimiento. ¡Ay, amiga mía, que me muero, que se me acaba la vida! Y, diciendo esto, y dando un gran suspiro, arrojé una criatura en el suelo, cuyo nunca visto caso suspendió a mi doncella, y a mí me cegó el discurso de manera que, sin saber qué hacer, estuve esperando a que mi padre o mis hermanos entrasen, y, en lugar de sacarme a desposar, me sacasen a la sepultura.»

Aquí llegaba Feliciana de su cuento, cuando vieron que las centinelas que habían puesto para asegurarse hacían señal de que venía gente, y con diligencia no vista, el pastor anciano quería volver a depositar a Feliciana en el árbol, seguro asilo de su desgracia; pero, habiendo vuelto las centinelas a decir que se asegurasen, porque un tropel de gente que habían visto, cruzaba por otro camino, todos se aseguraron, y Feliciana de la Voz volvió a su cuento, diciendo:

-«Considerad, señores, el apretado peligro en que me vi anoche: el desposado en la sala, esperándome, y el adúltero, si así se puede decir, en un jardín de mi casa, atendiéndome para hablarme, ignorante del estrecho en que yo estaba, y de la venida de Luis Antonio; yo, sin sentido, por el no esperado suceso; mi doncella turbada, con la criatura en los brazos; mi padre y hermanos dándome priesa que saliese a los desdichados desposorios.

Aprieto fue éste que pudiera derribar a más gallardos entendimientos que el mío, y oponerse a toda buena razón y buen discurso. No sé qué os diga más, sino que sentí, estando sin sentido, que entró mi padre, diciendo: ``Acaba, muchacha; sal comoquiera que estuvieres, que tu hermosura suplirá tu desnudez y te servirá de riquísimas galas.

Diole, a lo que creo, en esto, a los oídos el llanto de la criatura, que mi doncella, a lo que imagino, debía de ir a poner en cobro, o a dársela a Rosanio, que este es el nombre del que yo quise escoger por esposo. Alborotóse mi padre, y con una vela en la mano me miró el rostro, y coligió por mi semblante, mi sobresalto y mi desmayo. Volvióle a herir en los oídos el eco del llanto de la criatura, y, echando mano a la espada, fue siguiendo adonde la voz le llevaba. El resplandor del cuchillo me dio en la turbada vista, y el miedo en la mitad del alma; y, como sea natural cosa el desear conservar la vida cada uno, del temor de perderla salió en mí el ánimo de remediarla; y, apenas hubo mi padre vuelto las espaldas, cuando yo, así como estaba, bajé por un caracol a unos aposentos bajos de mi casa, y de ellos con facilidad me puse en la calle, y de la calle en el campo, y del campo en no sé qué camino; y, finalmente, aguijada del miedo y solicitada del temor, como si tuviera alas en los pies, caminé más de lo que prometía mi flaqueza. Mil veces estuve para arrojarme en el camino de algún ribazo, que me acabara con acabarme la vida, y otras tantas estuve por sentarme o tenderme en el suelo, y dejarme hallar de quien me buscase; pero, alentándome la luz de vuestras cabañas, procuré llegar a ellas a buscar descanso a mi cansancio, y si no remedio, algún alivio a mi desdicha. Y así llegué como me vistes, y así me hallo como me veo, merced a vuestra caridad y cortesía. Esto es, señores míos, lo que os puedo contar de mi historia, cuyo fin dejo al cielo, y le remito en la tierra a vuestros buenos consejos.»

Aquí dio fin a su plática la lastimada Feliciana de la Voz, con que puso en los oyentes admiración y lástima en un mismo grado. Periandro contó luego el hallazgo de la criatura, la dádiva de la cadena, con todo aquello que le había sucedido con el caballero que se la dio.

-¡Ay! -dijo Feliciana-. ¿Si es por ventura esa prenda mía? ¿Y si es Rosanio el que la trajo? Y si yo la viese, si no por el rostro, pues nunca le he visto, quizá por los paños en que viene envuelta sacaría a luz la verdad de las tinieblas de mi confusión; porque mi doncella, no apercebida, ¿en qué la podía envolver, sino en paños que estuviesen en el aposento, que fuesen de mí conocidos? Y, cuando esto no sea, quizá la sangre hará su oficio, y por ocultos sentimientos le dará a entender lo que me toca.

A lo que respondió el pastor:

-La criatura está ya en mi aldea en poder de una hermana y de una sobrina mía; yo haré que ellas mismas nos la traigan hoy aquí, donde podrás, hermosa Feliciana, hacer las esperiencias que deseas. En tanto, sosiega, señora, el espíritu, que mis pastores y este árbol servirán de nubes que se opongan a los ojos que te buscaren.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

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Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

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