Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 55

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Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Tercero Capítulo IX
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Tercer Libro

Capítulo Nono[editar]

Con los aires de su patria se regocijaron los espírit us de Antonio, y con el visitar a Nuestra Señora de Esperanza, a todos se les alegró el alma. Ricla y sus dos hijos se alborozaron con el pensamiento de que habían de ver presto, ella a sus suegros, y ellos a sus abuelos, de quien ya se había informado Antonio que vivían, a pesar del sentimiento que la ausencia de su hijo les había causado: supo asimismo cómo su contrario había heredado el estado de su padre, y que había muerto en amistad de su padre de Antonio, a causa que, con infinitas pruebas, nacidas de la intrincada seta del duelo, se había averiguado que no fue afrenta la que Antonio le hizo, porque las palabras que en la pendencia pasaron fueron con la espada desnuda, y la luz de las armas quita la fuerza a las palabras, y las que se dicen con las espadas desnudas no afrentan, puesto que agravian; y así, el que quiere tomar venganza dellas, no se ha de entender que satisface su afrenta, sino que castiga su agravio, como se mostrará en este ejemplo. Presupongamos que yo digo una verdad manifiesta; respóndeme un desalumbrado que miento y mentiré todas las veces que lo dijere, y, poniendo mano a la espada, sustenta aquella desmentida; yo, que soy el desmentido, no tengo necesidad de volver por la verdad que dije, la cual no puede ser desmentida en ninguna manera, pero tengo necesidad de castigar el poco respeto que se me tuvo; de modo que el desmentido, desta suerte, puede entrar en campo con otro, sin que se le ponga por objeción que está afrentado, y que no puede entrar en campo con nadie hasta que se satisfaga, porque, como tengo dicho, es grande la diferencia que hay entre agravio y afrenta.

En efeto, digo que supo Antonio la amistad de su padre y de su contrario, y que, pues ellos habían sido amigos, se habría bien mirado su causa. Con estas buenas nue vas, con más sosiego y más contento, se puso otro día en camino con sus camaradas, a quien contó todo aquello que de su negocio sabía, y que un hermano del que pensó ser su enemigo le había heredado y quedado en la misma amistad con su padre que su hermano el muerto.

Fue parecer de Antonio que ninguno saliese de su orden, porque pensaba darse a conocer a su padre, no de improviso, sino por algún rodeo que le aumentase el contento de hacerle conocido, advirtiendo que tal vez mata una súbita alegría como suele matar un improviso pesar.

De allí a tres días llegaron, al crepúsculo de la noche, a su lugar y a la casa de su padre, el cual, con su madre, según después pareció, estaba sentado a la puerta de la calle, tomando, como dicen, el fresco, por ser el tiempo de los calurosos del verano. Llegaron todos juntos, y el primero que habló fue Antonio a su mismo padre:

-¿Hay por ventura, señor, en este lugar hospital de peregrinos?

-Según es cristiana la gente que le habita -respondió su padre-, todas las casas dél son hospital de peregrinos, y, cuando otra no hubiera, esta mía, según su capacidad, sirviera por todas: prendas tengo yo por esos mundos adelante, que no sé si andarán agora buscando quien las acoja.

-¿Por ventura, señor -replicó Antonio-, este lugar no se llama el Quintanar de la Orden, y en él no viven un apellido de unos hidalgos que se llaman Villaseñores? Dígolo, porque he conocido yo un tal Villaseñor, bien lejos desta tierra, que si él estuviera en ésta, no nos faltara posada a mí ni a mis camaradas.

-¿Y cómo se llamaba, hijo -dijo su madre-, ese Villaseñor que decís?

-Llamábase Antonio -replicó Antonio-, y su padre, según me acuerdo, me dijo se llamaba Diego de Villaseñor.

-¡Ay, señor -dijo la madre, levantándose de donde estaba-, que ese Antonio es mi hijo, que por cierta desgracia ha al pie de diez y seis años que falta desta tierra! Comprado le tengo a lágrimas, pesado a suspiros y granjeado con oraciones. ¡Plegue a Dios que mis ojos le vean antes que descubra la noche de la eterna sombra! Decidme -dijo-: ¿Ha mucho que le vistes? ¿Ha mucho que le dejastes? ¿Tiene salud? ¿Piensa volver a su patria? ¿Acuérdase de sus padres, a quien podrá venir a ver, pues no hay enemigos que se lo impidan, que ya no son sino amigos los que le hicieron desterrar de su tierra?

Todas estas razones escuchaba el anciano padre de Antonio, y, llamando a grandes voces a sus criados, les mandó encender luces y que metiesen dentro de casa a aquellos honrados peregrinos; y, llegándose a su no conocido hijo, le abrazó estrechamente, diciéndole:

-Por vos sólo, señor, sin que otras nuevas os hiciesen el aposento, os le diera yo en mi casa, llevado de la costumbre que tengo de agasajar en ella a todos cuantos peregrinos por aquí pasan; pero agora, con las regocijadas nuevas que me habéis dado, ensancharé la voluntad, y sobrepujarán los servicios que os hiciere a mis mismas fuerzas.

En esto, ya los sirvientes habían encendido luces, y, guiando los peregrinos dentro de la casa, y en mitad de un gran patio que tenía, salieron dos hermosas y honestas doncellas, hermanas de Antonio, que habían nacido después de su ausencia, las cuales, viendo la hermosura de Auristela y la gallardía de Constanza, su sobrina, con el buen parecer de Ricla, su cuñada, no se hartaban de besarlas y de bendecirlas; y, cuando esperaban que sus padres entrasen dentro de casa con el nuevo huésped, vieron entrar con ellos un confuso montón de gente, que traían en hombros, sobre una silla sentado, un hombre como muerto, que luego supieron ser el conde que había heredado al enemigo que solía ser de su tío.

El alboroto de la gente, la confusión de sus padres, el cuidado de recebir los nuevos huéspedes, las turbó de manera que no sabían a quién acudir ni a quién preguntar la causa de aquel alboroto. Los padres de Antonio acudieron al conde, herido de una bala por las espaldas, que en una revuelta que dos compañías de soldados, que estaban en el pueblo alojadas, habían tenido con los del lugar, y le habían pasado por las espaldas el pecho; el cual, viéndose herido, mandó a sus criados que le trujesen en casa de Diego de Villaseñor, su amigo, y el traerle fue a tiempo que comenzaba a hospedar a su hijo, a su nuera y a sus dos nietos, y a Periandro y a Auristela, la cual, asiendo de las manos a las hermanas de Antonio, les pidió que la quitasen de aquella confusión y la llevasen a algún aposento donde nadie la viese. Hiciéronlo ellas así, siempre admirándose de nuevo de la sin par belleza de Auristela.

Constanza, a quien la sangre del parentesco bullía en el alma, ni quería ni podía apartarse de sus tías, que todas eran de una misma edad y casi de una igual hermosura. Lo mismo le aconteció al mancebo Antonio, el cual, olvidado de los respetos de la buena crianza y de la obligación del hospedaje, se atrevió, honesto y regocijado, a abrazar a una de sus tías, viendo lo cual un criado de casa, le dijo:

-¡Por vida del señor peregrino, que tenga quedas las manos, que el señor desta casa no es hombre de burlas; si no, a fee que se las haga tener quedas, a despecho de su desvergonzado atrevimiento!

-¡Por Dios, hermano -respondió Antonio-, que es muy poco lo que he hecho para lo que pienso hacer, si el cielo favorece mis deseos, que no son otros que servir a estas señoras y a todos los desta casa!

Ya en esto habían acomodado al conde herido en un rico lecho, y llamado a dos cirujanos que le tomasen la sangre y mirasen la herida, los cuales declararon ser mortal, sin que por vía humana tuviese remedio alguno.

Estaba todo el pueblo puesto en arma contra los soldados, que en escuadrón formado se habían salido al campo, y esperaban si fuesen acometidos del pueblo, dándoles la batalla.

Valía poco para ponerlos en paz la solicitud y la prudencia de los capitanes, ni la diligencia cristiana de los sacerdotes y religiosos del pueblo, el cual, por la mayor parte, se alborota de livianas ocasiones, y crece bien así como van creciendo las olas del mar de blando viento movidas, hasta que, tomando el regañón el blando soplo del céfiro, le mezcla con su huracán y las levanta al cielo; el cual, dándose prie sa a entrar el día, la prudencia de los capitanes hizo marchar a sus soldados a otra parte, y los del pueblo se quedaron en sus límites, a pesar del rigor y mal ánimo que contra los soldados tenían concebido.

En fin, por términos y pausas espaciosas, con sobresaltos agudos, poco a poco vino Antonio a descubrirse a sus padres, haciéndoles presente de sus nietos y de su nuera, cuya presencia sacó lágrimas de los ojos de los viejos, y la belleza de Auristela y gallardía de Periandro les sacó el pasmo al rostro y la admiración a todos los sentidos.

Este placer, tan grande como improviso; esta llegada de sus hijos, tan no esperada, se la aguó, turbó y casi deshizo la desgracia del conde, que por momentos iba empeorando.

Con todo eso, le hizo presente de sus hijos, y de nuevo le hizo ofrecimiento de su casa y de cuanto en ella había que para su salud fuese conveniente; porque, aunque quisiera moverse y llevarle a la de su estado, no fuera posible: tales eran las pocas esperanzas que se tenían de su salud.

No se quitaban de la cabecera del conde, obligadas de su natural condición, Auristela y Constanza, que, con la compasión cristiana y solicitud posible, eran sus enfermeras, puesto que iban contra el parecer de los cirujanos, que ordenaban le dejasen solo, o a lo menos no acompañado de mujeres. Pero la disposición del cielo, que, con causas a nosotros secretas, ordena y dispone las cosas de la tierra, ordenó y quiso que el conde llegase al último de su vida; y un día, antes que della se despidiese, cierto ya de que no podía vivir, llamó a Diego de Villaseñor, y, quedándose con él solo, le dijo desta manera:

-Yo salí de mi casa con intención de ir a Roma este año, en el cual el sumo Pontífice ha abierto las arcas del tesoro de la Iglesia, y comunicádonos, como en año santo, las infinitas gracias que en él suelen ganarse. Iba a la ligera, más como peregrino pobre que como caballero rico; entré en este pueblo; hallé trabada una pendencia, como ya, señor, habéis visto, entre los soldados que en él estaban alojados y entre los vecinos dél; mezcléme en ella, y, por reparar las ajenas vidas, he venido a perder la mía, porque esta herida que a traición, si así se puede decir, me dieron, me la va quitando por momentos. No sé quién me la dio, porque las pendencias del vulgo traen consigo a la misma confusión. No me pesa de mi muerte, si no es por las que ha de costar, si por justicia o por venganza quisiere castigarse. Con todo esto, por hacer lo que en mí es, y todo aquello que de mi parte puedo, como caballero y cristiano, digo que perdono a mi matador y a todos aquéllos que con él tuvieron culpa; y es mi voluntad, asimismo, de mostrar que soy agradecido al bien que en vuestra casa me habéis hecho, y la muestra que he de dar deste agradecimiento no será así comoquiera, sino con el más alto estremo que pueda imaginarse. En esos dos baúles que ahí están, donde llevaba recogida mi recámara, creo que van hasta veinte mil ducados en oro y en joyas, que no ocupan mucho lugar; y, si como esta cantidad es poca, fuera la grande que encierra las entrañas de Potosí, hiciera della lo mismo que desta hacer quiero. Tomalda, señor, en vida, o haced que la tome la señora doña Constanza, vuestra nieta, que yo se lo doy en arras y para su dote; y más, que le pienso dar esposo de mi mano, tal que, aunque presto quede viuda, quede viuda honradísima, juntamente con quedar doncella honrada. Llamadla aquí, y traed quien me despose con ella; que su valor, su cristiandad, su hermosura, merecían hacerla señora del universo. No os admire, señor, lo que oís, creed lo que os digo, que no será novedad disparatada casarse un título con una doncella hijadalgo, en quien concurren todas las virtuosas partes que pueden hacer a una mujer famosa. Esto quiere el cielo, a esto me inclina mi voluntad; por lo que debéis al ser discreto, que no lo estorbe la vuestra. Id luego, y, sin replicar palabra, traed quien me despose con vuestra nieta, y quien haga las escrituras tan firmes, así de la entrega destas joyas y dineros, y de la mano que de esposo la he de dar, que no haya calumnia que la deshaga.

Pasmóse a estas razones Villaseñor, y creyó sin duda alguna que el conde había perdido el juicio, y que la hora de su muerte era llegada, pues en tal punto, por la mayor parte, o se dicen grandes sentencias o se hacen grandes disparates; y así, lo que le respondió fue:

-Señor, yo espero en Dios que tendréis salud, y entonces con ojos más claros, y sin que algún dolor os turbe los sentidos, podréis ver las riquezas que dais y la mujer que escogéis; mi nieta no es vuestra igual, o a lo menos no está en potencia propincua, sino muy remota, de merecer ser vuestra esposa, y yo no soy tan codicioso que quiera comprar esta honra que queréis hacerme, con lo que dirá el vulgo, casi siempre mal intencionado, del cual ya me parece que dice que os tuve en mi casa, que os trastorné el sentido y que por vías de la solicitud codiciosa os hice hacer esto.

-Diga lo que quisiere -dijo el conde-; que si el vulgo siempre se engaña, también quedará engañado en lo que de vos pensare.

-Alto, pues -dijo Villaseñor- : no quiero ser tan ignorante que no quiera abrir a la buena suerte que está llamando a las puertas de mi casa.

Y con esto se salió del aposento, y comunicó lo que el conde le había dicho con su mujer, con sus nietos, y con Periandro y Auristela, los cuales fueron de parecer que, sin perder punto, asiesen a la ocasión por los cabellos que les ofrecía, y trujesen quien llevase al cabo aquel negocio.

Hízose así, y en menos de dos horas ya estaba Costanza desposada con el conde, y los dineros y joyas en su posesión, con todas las circunstancias y revalidaciones que fueron posible hacerse. No hubo músicas en el desposorio, sino llantos y gemidos, porque la vida del conde se iba acabando por momentos. Finalmente, otro día después del desposorio, recebidos todos los sacramentos, murió el conde en los brazos de su esposa la condesa Costanza, la cual, cubriéndose la cabeza con un velo negro, hincada de rodillas y levantando los ojos al cielo, comenzó a decir:

-Yo hago voto...

Pero, apenas dijo esta palabra, cuando Auristela le dijo:

-¿Qué voto queréis hacer, señora?

-De ser monja -respondió la condesa.

-Sedlo, y no le hagáis -replicó Auristela-, que las obras de servir a Dios no han de ser precipitadas, ni que parezcan que las mueven acidentes, y éste de la muerte de vuestro esposo, quizá os hará prometer lo que después, o no podréis, o no querréis cumplir. Dejad en las manos de Dios y en las vuestras vuestra voluntad, que así vuestra discreción, como la de vuestros padres y hermanos, os sabrá aconsejar y encaminar en lo que mejor os estuviere. Y dése agora orden de enterrar vuestro marido, y confiad en Dios, que quien os hizo condesa tan sin pensarlo os sabrá y querrá dar otro título que os honre y os engrandezca con más duración que el presente.

Rindióse a este parecer la condesa, y, dando trazas al entierro del conde, llegó un su hermano menor, a quien ya habían ido las nuevas a Salamanca, donde estudiaba. Lloró la muerte de su hermano, pero enjugáronle presto las lágrimas el gusto de la herencia del estado. Supo el hecho; abrazó a su cuñada; no contradijo a ninguna cosa; depositó a su hermano para llevarle después a su lugar; partióse a la corte para pedir justicia contra los matadores; anduvo el pleito; degollaron a los capitanes y castigaron muchos de los del pueblo; quedóse Costanza con las arras y el título de condesa; apercibióse Periandro para seguir su viaje, a quien no quisieron acompañar Antonio el padre, ni Ricla, su mujer, cansados de tantas peregrinaciones, que no cansaron a Antonio el hijo, ni a la nueva condesa, que no fue posible dejar la compañía de Auristela ni de Periandro.

A todo esto, nunca había mostrado a su abuelo el lienzo donde venía pintada su historia. Enseñósele un día Antonio, y dijo que faltaba allí de pintar los pasos por donde Auristela había venido a la Isla Bárbara, cuando se vieron ella y Periandro en los trocados trajes: ella en el de varón, y él en el de hembra (metamorfosis bien estraño), a lo que Auristela dijo que en pocas razones lo diría. Que fue que, cuando la robaron los piratas de las riberas de Dinamarca a ella, Cloelia y a las dos pescadoras, vinieron a una isla despoblada a repartir la presa entre ellos, y «no pudiéndose hacer el repartimiento con igualdad, uno de los más principales se contentó con que por su parte le diesen mi persona, y aun añadió dádivas para igualar la demasía. Entré en su poder sola, sin tener quien en mi desventura me acompañase; que de las miserias suele ser alivio la compañía; éste me vistió en hábitos de varón, temeroso que en los de mujer no me solicitase el viento; muchos días anduve con él peregrinando por diversas partes, y sirviéndole en todo aquello que a mi honestidad no ofendía; finalmente, un día llegamos a la Isla Bárbara, donde de improviso fuimos presos de los bárbaros, y él quedó muerto en la refriega de mi prisión, y yo fui traída a la cueva de los prisioneros, donde hallé a mi amada Cloelia, que por otros no menos desventurados pasos allí había sido traída, la cual me contó la condición de los bárbaros, la vana superstición que guardaban, y el asunto ridículo y falso de su profecía. Díjome asimismo, que tenía barruntos de que mi hermano Periandro había estado en aquella sima, a quien no había podido hablar por la priesa que los bárbaros se daban a sacarle para ponerle en el sacrificio»; y que había querido acompañarle para certificarse de la verdad, pues se hallaba en hábitos de hombre; y que, así, rompiendo por las persuasiones de Cloelia, que se lo estorbaban, salió con su intento, y se entregó de toda su voluntad para ser sacrificada de los bárbaros, persuadiéndose ser bien de una vez acabar la vida, que no de tantas gustar la muerte, con traerla a peligro de perderla por momentos; y que no tenía más que decir, pues sabían lo que desde aquel punto le había sucedido.

Bien quisiera el anciano Villaseñor que todo esto se añadiera al lienzo, pero todos fueron de parecer que no solamente no se añadiese, sino que aun lo pintado se borrase, porque tan grandes y tan no vistas cosas no eran para andar en lienzos débiles, sino en láminas de bronce escritas, y en las memorias de las gentes grabadas.

Con todo eso, quiso Villaseñor quedarse con el lienzo, siquiera por ver los bien sacados retratos de sus nietos y la sin igual hermosura y gallardía de Auristela y Periandro. Algunos días se pasaron poniendo en orden su partida para Roma, deseosos de ver cumplidos los votos de su promesa. Quedóse Antonio el padre y no quiso quedarse Antonio el hijo, ni menos la nueva condesa; que, como queda dicho, la afición que a Auristela tenía la llevara no solamente a Roma, sino al otro mundo, si para allá se pudiera hacer viaje en compañía. Llegóse el día de la partida, donde hubo tiernas lágrimas y apretados abrazos y dolientes suspiros, especialmente de Ricla, que en ver partir a sus hijos se le partía el alma. Echóles su bendición su abuelo a todos, que la bendición de los ancianos parece que tiene prerrogativa de mejorar los sucesos. Llevaron consigo a uno de los criados de casa, para que los sirviese en el camino, y, puestos en él, dejaron soledades en su casa y padres, y en compañía, entre alegre y triste, siguieron su viaje.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

Libro Primero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII

Libro Segundo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV