Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 58

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Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Tercero Capítulo XII
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Tercer Libro

Capítulo Doce[editar]

En el cual se fueron entreteniendo en contar el pasado peligro, el buen ánimo del jadraque, la valentía del cura, el celo de Rafala, de la cual se les olvidó de saber cómo se había escapado de poder de los turcos que asaltaron la tierra, aunque bien consideraron que con el alboroto, ella se habría escondido en parte que tuviese lugar después de volver a cumplir su deseo, que era de vivir y morir cristiana.

Cerca de Valencia llegaron, en la cual no quisieron entrar por escusar las ocasiones del detenerse; pero no faltó quien les dijo la grandeza de su sitio, la excelencia de sus moradores, la amenidad de sus contornos, y, finalmente, todo aquello que la hace hermosa y rica sobre todas las ciudades, no sólo de España, sino de toda Europa; y principalmente les alabaron la hermosura de las mujeres y su estremada limpieza y graciosa lengua, con quien sola la portuguesa puede competir en ser dulce y agradable.

Determinaron de alargar sus jornadas, aunque fuese a costa de su cansancio, por llegar a Barcelona, adonde tenían noticia habían de tocar unas galeras, en quien pensaban embarcarse, sin tocar en Francia, hasta Génova. Y, al salir de Villarreal, hermosa y amenísima villa, de través, dentre una espesura de árboles, les salió al encuentro una zagala o pastora valenciana, vestida a lo del campo, limpia como el sol, y hermosa como él y como la luna, la cual, en su graciosa lengua, sin hablarles alguna palabra primero, y sin hacerles ceremonia de comedimiento alguno, dijo:

-¿Señores, pedirlos he o darlos he?

A lo que respondió Periandro:

-Hermosa zagala, si son celos, ni los pidas ni los des, porque si los pides, menoscabas tu estimación, y si los das, tu crédito; y si es que el que te ama tiene entendimiento, conociendo tu valor, te estimará y querrá bien, y si no le tiene, ¿para qué quieres que te quiera?

-Bien has dicho -respondió la villana.

Y, diciendo adiós, volvió las espaldas y se entró en la espesura de los árboles, dejándolos admirados con su pregunta, con su presteza y con su hermosura. Otras algunas cosas les sucedieron en el camino de Barcelona, no de tanta importancia que merezcan escritura, si no fue el ver desde lejos las santísimas montañas de Monserrate, que adoraron con devoción cristiana, sin querer subir a ellas, por no detenerse.

Llegaron a Barcelona a tiempo cuando llegaban a su playa cuatro galeras españolas, que, disparando y haciendo salva a la ciudad con gruesa artillería, arrojaron cuatro esquifes al agua, el uno de ellos adornado con ricas alcatifas de Levante y cojines de carmesí, en el cual venía, como después pareció, una hermosa mujer de poca edad, ricamente vestida, con otra señora anciana y dos doncellas hermosas y honestamente aderezadas.

Salió infinita gente de la ciudad, como es costumbre, ansí a ver las galeras como a la gente que de ellas desembarcaba, y la curiosidad de nuestros peregrinos llegó tan cerca de los esquifes, que casi pudieran dar la mano a la dama que de ellos desembarcaba, la cual, poniendo los ojos en todos, especialmente en Constanza, después de haber desembarcado, dijo:

-Llegaos acá, hermosa peregrina, que os quiero llevar conmigo a la ciudad, donde pienso pagaros una deuda que os debo, de quien vos creo que tenéis poca noticia; vengan asimismo vuestras camaradas, porque no ha de haber cosa que obligue a dejar tan buena compañía.

La vuestra, a lo que se vee -respondió Constanza-, es de tanta importancia que carecería de entendimiento quien no la acetase. Vamos donde quisiéredes, que mis camaradas me seguirán, que no están acostumbrados a dejarme.

Asió la señora de la mano a Constanza, y, acompañada de muchos caballeros que salieron de la ciudad a recebirla, y de otra gente principal de las galeras, se encaminaron a la ciudad, en cuyo espacio de camino Constanza no quitaba los ojos de ella, sin poder reducir a la memoria haberla visto en tiempo alguno.

Aposentáronla en una casa principal, a ella y a las que con ella desembarcaron, y no fue posible que dejase ir a los peregrinos a otra parte; con los cuales, así como tuvo comodidad para ello, pasó esta plática:

-«Sacaros quiero, señores, de la admiración en que, sin duda, os debe tener el ver que con particular cuidado procuro serviros; y así, os digo que a mí me llaman Ambrosia Agustina, cuyo nacimiento fue en una ciudad de Aragón, y cuyo hermano es Don Bernardo Agustín, cuatralbo de estas galeras que están en la playa. Contarino de Arbolánchez, caballero del hábito de Alcántara, en ausencia de mi hermano, y a hurto del recato de mis parientes, se enamoró de mí; y yo, llevada de mi estrella, o por mejor decir, de mi fácil condición, viendo que no perdía nada en ello, con título de esposa, le hice señor de mi persona y de mis pensamientos; y el mismo día que le di la mano, recibió él, de la de su Majestad, una carta, en que le mandaba viniese luego al punto a conducir un tercio que bajaba de Lombardía a Génova, de infantería española, a la isla de Malta, sobre la cual se pensaba bajaba el turco. Obedeció Contarino con tanta puntualidad lo que se le mandaba que no quiso coger los frutos del matrimonio con sobresalto, y, sin tener cuenta con mis lágrimas, el recebir la carta y el partirse todo fue uno. Parecióme que el cielo se había caído sobre mí, y que entre él y la tierra me habían apretado el corazón y cogido el alma.

»Pocos días pasaron cuando, añadiendo yo imaginaciones a imaginaciones y deseos a deseos, vine a poner en efeto uno, cuyo cumplimiento, así como me quitó la honra por entonces, pudiera también quitarme la vida. Ausentéme de mi casa, sin sabiduría de ninguno de ella, y, en hábitos de hombre, que fueron los que tomé de un pajecillo, asenté por criado de un atambor de una compañía que estaba en un lugar, pienso que ocho leguas del mío. En pocos días toqué la caja tan bien como mi amo; aprendí a ser chocarrero, como lo son los que usan tal oficio; juntóse otra compañía con la nuestra, y ambas a dos se encaminaron a Cartagena a embarcarse en estas cuatro galeras de mi hermano, en las cuales fue mi disinio pasar a Italia a buscar a mi esposo, de cuya noble condición esperé que no afearía mi atrevimiento, ni culparía mi deseo, el cual me tenía tan ciega que no reparé en el peligro a que me ponía de ser conocida, si me embarcaba en las galeras de mi hermano. Mas, como los pechos enamorados no hay inconvenientes que no atropellen, ni dificultades por quien no rompan, ni temores que se le opongan, toda escabrosidad hice llana, venciendo miedos y esperando aun en la misma desesperación; pero, como los sucesos de las cosas hacen mudar los primeros intentos en ellas, el mío, más mal pensado que fundado, me puso en el término que agora oiréis.

»Los soldados de las compañías de aquellos capitanes que os he dicho trabaron una cruel pendencia con la gente de un pueblo de la Mancha, sobre los alojamientos, de la cual salió herido de muerte un caballero que decían ser conde de no sé qué estado. Vino un pesquisidor de la corte, prendió los capitanes, descarreáronse los soldados, y, con todo eso, prendió a algunos, y entre ellos a mí, desdichada, que ninguna culpa tenía; condenólos a galeras por dos años al remo; y a mí también, como por añadidura, me tocó la misma suerte. En vano me lamenté de mi desventura, viendo cuán en vano se habían fabricado mis disinios. Quisiera darme la muerte, pero el temor de ir a otra peor vida, me embotó el cuchillo en la mano y me quitó la soga del cuello; lo que hice fue enlodarme el rostro, afeándole cuanto pude, y encerréme en un carro donde nos metieron, con intención de llorar tanto y de comer tan poco, que las lágrimas y la hambre hiciesen lo que la soga y el hierro no habían hecho. Llegamos a Cartagena, donde aún no habían llegado las galeras; pusiéronnos en la casa del rey bien guardados, y allí estuvimos, no esperando, sino temiendo nuestra desgracia. No sé, señores, si os acordaréis de un carro que topasteis junto a una venta, en el cual esta hermosa peregrina -señalando a Constanza- socorrió con una caja de conserva a un desmayado delincuente.»

-Sí acuerdo -respondió Constanza.

-Pues sabed que yo era -dijo la señora Ambrosia- el que socorrísteis. Por entre las esteras del carro os miré a todos, y me admiré de todos, porque vuestra gallarda disposición no puede dejar de admirar, si se mira.

-«En efeto, las galeras llegaron con la presa de un bergantín de moros que las dos habían tomado en el camino; el mismo día aherrojaron en ellas a los soldados, desnudándolos del traje que traían y vistiéndoles el de remeros: transformación triste y dolorosa, pero llevadera; que la pena que no acaba la vida, la costumbre de padecerla la hace fácil. Llegaron a mí para desnudarme; hizo el cómitre que me lavasen el rostro, porque yo no tenía aliento para levantar los brazos; miróme el barbero que limpia la chusma y dijo:

``Pocas navajas gastaré yo con esta barba; no sé yo para qué nos envían acá a este muchacho de alfeñique, como si fuesen nuestras galeras de melcocha y sus remeros de alcorza. Y, ¿qué culpas cometiste tú, rapaz, que mereciesen esta pena? Sin duda alguna, creo que el raudal y corriente de otros ajenos delitos te han conducido a este término. Y, encaminando su plática al cómitre, le dijo: ``En verdad, patrón, que me parece que sería bien dejar a que sirviese este muchacho en la popa a nuestro general con una manilla al pie, porque no vale para el remo dos ardites.

»Estas pláticas y la consideración de mi suceso, que parece que entonces se estremó en apretarme el alma, me apretó el corazón de manera que me desmayé y quedé como muerta. Dicen que volví en mí a cabo de cuatro horas, en el cual tiempo se me hicieron muchos remedios para que volviese; y lo que más sintiera yo, si tuviera sentido, fue que debieron de enterarse que yo no era varón, sino hembra. Volví de mi parasismo, y lo primero con quien topó la vista fue con los rostros de mi hermano y de mi esposo, que entre sus brazos me tenían. No sé yo cómo en aquel punto la sombra de la muerte no cubrió mis ojos; no sé yo cómo la lengua no se me pegó al paladar; sólo sé que no supe lo que me dije, aunque sentí que mi hermano dijo: ``¿Qué traje es éste, hermana mía? Y mi esposo dijo: ``¿Qué mudanza es ésta, mitad de mi alma, que si tu bondad no estuviera tan de parte de tu honra, yo hiciera luego que trocaras este traje con el de la mortaja?

``¿Vuestra esposa es ésta? -dijo mi hermano a mi esposo-. Tan nuevo me parece este suceso, como me parece el de verla a ella en este traje; verdad es que, si esto es verdad, bastante recompensa sería a la pena que me causa el ver así a mi hermana.

»A este punto, habiendo yo recobrado parte de mis perdidos espíritus, me acuerdo que dije: ``Hermano mío, yo soy Ambrosia Agustina, tu hermana, y soy ansimismo la esposa del señor Contarino de Arbolánchez. El amor y tu ausencia, ¡oh hermano!, me le dieron por marido, el cual, sin gozarme, me dejó; yo, atrevida, arrojada y mal considerada, en este traje que me veis le vine a buscar. Y con esto les conté toda la historia que de mí habéis oído, y mi suerte, que por puntos se iba, a más andar, mejorando, hizo que me diesen crédito y me tuviesen lástima. Contáronme cómo a mi esposo le habían cautivado moros con una de dos chalupas, donde se había embarcado para ir a Génova, y que el cobrar la libertad había sido el día antes al anochecer, sin que le diese lugar el tiempo de haberse visto con mi hermano, sino al punto que me halló desmayada: suceso cuya novedad le podía quitar el crédito, pero todo es así como lo he dicho. En estas galeras pasaba esta señora que viene conmigo y con estas sus dos nietas a Italia, donde su hijo, en Sicilia, tiene el patrimonio real a su cargo. Vistiéronme estos que traigo, que son sus vestidos, y mi marido y mi hermano, alegres y contentos, nos han sacado hoy a tierra para espaciarnos, y para que los muchos amigos que tienen en esta ciudad se alegren con ellos. Si vosotros, señores, vais a Roma, yo haré que mi hermano os ponga en el más cercano puerto de ella. La caja de conserva os la pagaré con llevaros en la mía hasta adonde mejor os esté; y, cuando yo no pasara a Italia, en fee de mi ruego os llevará mi hermano.» Ésta es, amigos míos, mi historia: si se os hiciere dura de creer, no me maravillaría, puesto que la verdad bien puede enfermar, pero no morir del todo. Y, pues que comúnmente se dice que el creer es cortesía, en la vuestra, que debe de ser mucha, deposito mi crédito. Aquí dio fin la hermosa Agustina a su razonamiento, y aquí comenzó la admiración de los oyentes a subirse de punto; aquí comenzaron a desmenuzarse las circunstancias del caso, y también los abrazos de Constanza y Auristela que a la bella Ambrosia dieron, la cual, por ser así voluntad de su marido, hubo de volverse a su tierra, porque, por hermosa que sea, es embarazosa la compañía de la mujer en la guerra.

Aquella noche se alteró el mar de modo que fue forzoso alargarse las galeras de la playa, que en aquella parte es de contino mal segura. Los corteses catalanes, gente enojada, terrible y pacífica, suave; gente que con facilidad da la vida por la honra, y por defenderlas entrambas se adelantan a sí mismos, que es como adelantarse a todas las naciones del mundo, visitaron y regalaron todo lo posible a la señora Ambrosia Agustina, a quien dieron las gracias, después que volvieron, su hermano y su esposo.

Auristela, escarmentada con tantas esperiencias como había hecho de las borrascas del mar, no quiso embarcarse en las galeras, sino irse por Francia, pues estaba pacífica. Ambrosia se volvió a Aragón. Las galeras siguieron su viaje, y los peregrinos el suyo, entrándose por Perpiñán en Francia.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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