Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 59

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Tercer Libro

Capítulo Trece[editar]

Por la parte de Perpiñán quiso tocar la primera de Francia nuestra escuadra, a quien dio que hablar el suceso de Ambrosia muchos días, en la cual fueron disculpa sus pocos años de sus muchos yerros, y juntamente halló en el amor que a su esposo tenía perdón de su atrevimiento. En fin, ella se volvió, como queda dicho, a su patria. Las galeras siguieron su viaje, y el suyo nuestros peregrinos, los cuales, llegando a Perpiñán, pararon en un mesón, a cuya gran puerta estaba puesta una mesa y alrededor de ella mucha gente, mirando jugar a dos hombres a los dados, sin que otro alguno jugase.

Parecióles a los peregrinos ser novedad que mirasen tantos y jugasen tan pocos.

Preguntó Periandro la causa, y fuele respondido que, de los que jugaban, el perdidoso perdía la libertad, y se hacía prenda del rey para bogar el remo seis meses; y el que ganaba, ganaba veinte ducados que los ministros del rey habían dado al perdidoso para que probase en el juego su ventura.

Uno de los dos que jugaba la probó, y no le supo bien, porque la perdió, y al momento le pusieron en una cadena; y al que la ganó, le quitaron otra que para seguridad de que no huiría, si perdía, le tenían puesta: ¡miserable juego y miserable suerte, donde no son iguales la pérdida y la ganancia!

Estando en esto, vieron llegar al mesón gran golpe de gente, entre la cual venía un hombre, en cuerpo, de gentil parecer, rodeado de cinco o seis criaturas, de edad de cuatro a siete años; venía junto a él una mujer amargamente llorando, con un lienzo de dineros en la mano, la cual, con lastimada voz, venía diciendo:

-Tomad, señores, vuestros dineros, y volvedme a mi marido, pues no el vicio, sino la necesidad, le hizo tomar este dinero. Él no se ha jugado, sino vendido, porque quiere a costa de su trabajo sustentarme a mí y a sus hijos: ¡amargo sustento y amarga comida para mí y para ellos!

-Callad, señora -dijo el hombre-, y gastad ese dinero, que yo le desquitaré con la fuerza de mis brazos, que todavía se amañarán antes a domeñar un remo que un azadón; no quise ponerme en aventura de perderlos, jugándolos, por no perder, juntamente con mi libertad, vuestro sustento.

Casi no dejaba oír el llanto de los muchachos esta dolorid a plática que entre marido y mujer pasaba. Los ministros que le traían les dijeron que enjugasen las lágrimas, que si lloraran cuantas cabían en el mar, no serían bastantes a darle la libertad que había perdido.

Prevalecían en su llanto los muchachos, diciendo a su padre:

-Señor, no nos deje, porque nos moriremos todos si se va.

El nuevo y estraño caso enterneció las entrañas de nuestros peregrinos, especialmente las de la tesorera Constanza, y todos se movieron a rogar a los ministros de aquel cargo fuesen contentos de tomar su dinero, haciendo cuenta que aquel hombre no había sido en el mundo, y que les conmoviese a no dejar viuda a una mujer, ni huérfanos a tantos niños.

En fin, tanto supieron decir, y tanto quisieron rogar, que el dinero volvió a poder de sus dueños, y la mujer cobró su marido y los niños a su padre.

La hermosa Constanza, rica después de condesa, más cristiana que bárbara, con parecer de su hermano Antonio, dio a los pobres perdidos, con que se cobraron, cincuenta escudos de oro; y así, se volvieron tan contentos como libres, agradeciendo al cielo y a los peregrinos la tan no vista como no esperada limosna.

Otro día pisaron la tierra de Francia, y, pasando por Lenguadoc, entraron en la Provenza, donde en otro mesón hallaron tres damas francesas de tan estremada hermosura que, a no ser Auristela en el mundo, pudieran aspirar a la palma de la belleza. Parecían señoras de grande estado, según el aparato con que se servían; las cuales, viendo los peregrinos, así les admiró la gallardía de Periandro y de Antonio como la sin igual belleza de Auristela y de Costanza. Llegáronlas a sí, y habláronlas con alegre rostro y cortés comedimiento; preguntáronlas quién eran, en lengua castellana, porque conocieron ser españolas las peregrinas, y en Francia ni varón ni mujer deja de aprender la lengua castellana.

En tanto que las señoras esperaban la respuesta de Auristela, a quien se encaminaban sus preguntas, se desvió Periandro a hablar con un criado, que le pareció ser de las ilustres francesas; preguntóle quién eran y adónde iban, y él le respondió, diciendo:

-El duque de Nemurs, que es uno de los que llaman de la sangre en este reino, es un caballero bizarro y muy discreto, pero muy amigo de su gusto. Es recién heredado, y ha prosupuesto de no casarse por ajena voluntad, sino por la suya, aunque se le ofrezca aumento de estado y de hacienda, y aunque vaya contra el mandamiento de su rey; porque dice que los reyes bien pueden dar la mujer a quien quisieren de sus vasallos, pero no el gusto de recebilla. Con esta fantasía, locura o discreción, o como mejor debe llamarse, ha enviado a algunos criados suyos a diversas partes de Francia a buscar alguna mujer que, después de ser principal, sea hermosa, para casarse con ella, sin que reparen en hacienda, porque él se contenta con que la dote sea su calidad y su hermosura. Supo la de estas tres señoras, y envióme a mí, que le sirvo, para que las viese y las hiciese retratar de un famoso pintor que envió conmigo. Todas tres son libres, y todas de poca edad, como habéis visto; la mayor, que se llama Deleasir, es discreta en estremo, pero pobre; la mediana, que Belarminia se llama, es bizarra y de gran donaire, y rica medianamente; la más pequeña, cuyo nombre es Feliz Flora, hace gran ventaja a las dos en ser rica. Ellas también han sabido el deseo del duque, y querrían, según a mí se me ha traslucido, ser cada una la venturosa de alcanzarle por esposo; y, con ocasión de ir a Roma a ganar el jubileo de este año, que es como el centésimo que se usaba, han salido de su tierra y quieren pasar por París y verse con el duque, fiadas en el quizá que trae consigo la buena esperanza. Pero después, señores peregrinos, que aquí entrastes, he determinado de llevar un presente a mi amo que borre del pensamiento todas y cualesquier esperanzas que estas señoras en el suyo hubieren fabricado; porque le pienso llevar el retrato de esta vuestra peregrina, única y general señora de la humana belleza; y si ella fuese tan principal como es hermosa, los criados de mi amo no tendrían más que hacer, ni el duque más que desear. Decidme, por vida vuestra, señor, si es casada esta peregrina, cómo se llama y qué padres la engendraron.

A lo que, temblando, respondió Periandro:

-Su nombre es Auristela, su viaje a Roma, sus padres nunca ella los ha dicho; y de que sea libre os aseguro, porque lo sé sin duda alguna; pero hay otra cosa en ello: que es tan libre y tan señora de su voluntad que no la rendirá a ningún príncipe de la tierra, porque dice que la tiene rendida al que lo es del cielo. Y, para enteraros en que sepáis ser verdad todo lo que os he dicho, sabed que yo soy su hermano y el que sabe lo escondido de sus pensamientos; así que no os servirá de nada el retratalla, sino de alborotar el ánimo de vuestro señor, si acaso quisiese atropellar por el inconveniente de la bajeza de mis padres.

-Con todo eso -respondió el otro-, tengo de llevar su retrato, siquiera por curiosidad y porque se dilate por Francia este nuevo milagro de hermosura.

Con esto se despidieron, y Periandro quiso partirse luego de aquel lugar, por no dársele al pintor para retratar a Auristela. Bartolomé volvió luego a aderezar el bagaje y a no estar bien con Periandro, por la priesa que daba a la partida.

El criado del duque, viendo que Periandro quería partirse luego, se llegó a él y le dijo:

-Bien quisiera, señor, rogaros que os detuviérades un poco en este lugar, siquiera hasta la noche, porque mi pintor con comodidad y de espacio pudiera sacar el retrato del rostro de vuestra hermana; pero bien os podéis ir a la paz de Dios, porque el pintor me ha dicho que, de sola una vez que la ha visto, la tiene tan aprehendida en la imaginación que la pintará a sus solas tan bien como si siempre la estuviera mirando.

Maldijo Periandro entre sí la rara habilidad del pintor; pero no dejó por esto de partirse, despidiéndose luego de las tres gallardas francesas, que abrazaron a Auristela y a Constanza estrechamente y les ofrecieron de llevarlas hasta Roma en su compañía, si dello gustaban.

Auristela se lo agradeció con las más corteses palabras que supo, diciéndoles que su voluntad obedecía a la de su hermano Periandro, y que así, no podían detenerse ella ni Constanza, pues Antonio, hermano de Constanza, y el suyo se iban.

Y, con esto, se partieron, y de allí a seis días llegaron a un lugar de la Provenza, donde les sucedió lo que se dirá en el siguiente capítulo.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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