Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 60

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Tercer Libro

Capítulo Catorce[editar]

La historia, la poesía y la pintura simbolizan entre sí, y se parecen tanto que, cuando escribes historia, pintas, y cuando pintas, compones. No siempre va en un mismo peso la historia, ni la pintura pinta cosas grandes y magníficas, ni la poesía conversa siempre por los cielos. Bajezas admite la historia; la pintura, hierbas y retamas en sus cuadros; y la poesía tal vez se realza cantando cosas humildes.

Esta verdad nos la muestra bien Bartolomé, bagajero del escuadrón peregrino: el tal, tal vez habla y es escuchado en nuestra historia. Éste, revolviendo en su imaginación el cuento del que vendió su libertad por sustentar a sus hijos, una vez dijo, hablando con Periandro:

-Grande debe de ser, señor, la fuerza que obliga a los padres a sustentar a sus hijos; si no, dígalo aquel hombre que no quiso jugarse por no perderse, sino empeñarse por sustentar a su pobre familia. La libertad, según yo he oído decir, no debe de ser vendida por ningún dinero, y éste la vendió por tan poco, que lo llevaba la mujer en la mano.

Acuérdome también de haber oído decir a mis mayores que, llevando a ahorcar a un hombre anciano, y ayudándole los sacerdotes a bien morir, les dijo:

-Vuesas mercedes se sosieguen, y déjenme morir de espacio, que, aunque es terrible este paso en que me veo, muchas veces me he visto en otros más terribles.

Preguntáronle cuáles eran.

Respondióles que el amanecer Dios, y el rodealle seis hijos pequeños pidiéndole pan y no teniéndolo para dárselo; ``la cual necesidad me puso la ganzúa en la mano y fieltros en los pies, con que facilité mis hurtos, no viciosos, sino necesitados. Estas razones llegaron a los oídos del señor que le había sentenciado al suplicio, que fueron parte para volver la justicia en misericordia y la culpa en gracia.

A lo que respondió Periandro:

-El hacer el padre por su hijo es hacer por sí mismo, porque mi hijo es otro yo, en el cual se dilata y se continúa el ser del padre; y, así como es cosa natural y forzosa el hacer cada uno por sí mismo, así lo es el hacer por sus hijos. Lo que no es tan natural ni tan forzoso hacer los hijos por los padres, porque el amor que el padre tiene a su hijo deciende, y el decender es caminar sin trabajo; y el amor del hijo con el padre aciende y sube, que es caminar cuesta arriba, de donde ha nacido aquel refrán: "un padre para cien hijos, antes que cien hijos para un padre".

Con estas pláticas y otras entretenían el camino por Francia, la cual es tan poblada, tan llana y apacible, que a cada paso se hallan casas de placer, adonde los señores de ellas están casi todo el año, sin que se les dé algo por estar en las villas ni en las ciudades.

A una de éstas llegaron nuestros viandantes, que estaba un poco desviada del camino real. Era la hora de mediodía, herían los rayos del sol derechamente a la tierra, entraba el calor, y la sombra de una gran torre de la casa les convidó que allí esperasen a pasar la siesta, que con calor riguroso amenazaba.

El solícito Bartolomé desembarazó el bagaje, y, tendiendo un tapete en el suelo, se sentaron todos a la redonda, y de los manjares, de quien tenía cuidado de hacer Bartolomé su repuesto, satisfacieron la hambre, que ya comenzaba a fatigarles. Pero, apenas habían alzado las manos para llevarlo a la boca, cuando, alzando Bartolomé los ojos, dijo a grandes voces:

-Apartaos, señores, que no sé quién baja volando del cielo, y no será bien que os coja debajo.

Alzaron todos la vista, y vieron bajar por el aire una figura, que, antes que distinguiesen lo que era, ya estaba en el suelo junto casi a los pies de Periandro. La cual figura era de una mujer hermosísima, que, habiendo sido arrojada desde lo alto de la torre, sirviéndole de campana y de alas sus mismos vestidos, la puso de pies y en el suelo sin daño alguno: cosa posible sin ser milagro. Dejóla el suceso atónita y espantada, como lo quedaron los que volar la habían visto. Oyeron en la torre gritos, que los daba otra mujer que, abrazada con un hombre, que parecía que pugnaban por derribarse el uno al otro.

-¡Socorro, socorro! -decía la mujer-. ¡Socorro, señores, que este loco quiere despeñarme de aquí abajo!

La mujer voladora, vuelta algún tanto en sí, dijo:

-Si hay alguno que se atreva a subir por aquella puerta -señalándoles una que al pie de la torre estaba-, librará de peligro mortal a mis hijos y a otras gentes flacas que allí arriba están.

Periandro, impelido de la generosidad de su ánimo, se entró por la puerta, y a poco rato le vieron en la cumbre de la torre abrazado con el hombre, que mostraba ser loco, del cual, quitándole un cuchillo de las manos, procuraba defenderse; pero la suerte, que quería concluir con la tragedia de su vida, ordenó que entrambos a dos viniesen al suelo, cayendo al pie de la torre: el loco, pasado el pecho con el cuchillo que Periandro en la mano traía, y Periandro, vertiendo por los ojos, narices y boca cantidad de sangre; que, como no tuvo vestidos anchos que le sustentasen, hizo el golpe su efeto y dejóle casi sin vida.

Auristela, que ansí le vio, creyendo indubitablemente que estaba muerto, se arrojó sobre él, y, sin respeto alguno, puesta la boca con la suya, esperaba a recoger en sí alguna reliquia, si del alma le hubiese quedado; pero, aunque le hubiera quedado, no pudiera recebilla, porque los traspillados dientes le negaron la entrada. Constanza, dando lugar a la pasión, no le pudo dar a mover el paso para ir a socorrerla, y quedóse en el mismo sitio donde la halló el golpe, pegada los pies al suelo, como si fueran de raíces, o como si ella fuera estatua de duro mármol formada. Antonio, su hermano, acudió a apartar los semivivos y a dividir los que ya pensaba ser cadáveres. Sólo Bartolomé fue el que mostró con los ojos el grave dolor que en el alma sentía, llorando amargamente.

Estando todos en la amarga aflicción que he dicho, sin que hasta entonces ninguna lengua hubiese publicado su sentimiento, vieron que hacia ellos venía un gran tropel de gente, la cual, desde el camino real, había visto el vuelo de los caídos, y venían a ver el suceso. Y era el tropel que venía las hermosas damas francesas, Deleasir, Belarminia y Feliz Flora. Luego como llegaron, conocieron a Auristela y a Periandro, como a aquellos que por su singular belleza quedaban impresos en la imaginación del que una vez los miraba. Apenas la compasión les había hecho apear para socorrer, si fuese posible, la desventura que miraban, cuando fueron asaltados de seis o ocho hombres armados, que por las espaldas les acometieron.

Este asalto puso en las manos de Antonio su arco y sus flechas, que siempre las tenía a punto, o ya para ofender o ya para defenderse. Uno de los armados, con descortés movimiento, asió a Feliz Flora del brazo y la puso en el arzón delantero de su silla, y dijo, volviéndose a los demás compañeros:

-Esto es hecho. Ésta me basta. Demos la vuelta.

Antonio, que nunca se pagó de descortesías, pospuesto todo temor, puso una flecha en el arco, tendió cuanto pudo el brazo izquierdo, y con la derecha estiró la cuerda hasta que llegó al diestro oído, de modo que las dos puntas y estremos del arco casi se juntaron; y, tomando por blanco el robador de Feliz Flora, disparó tan derechamente la flecha que, sin tocar a Feliz Flora, sino en una parte del velo con que se cubría la cabeza, pasó al salteador el pecho de parte a parte. Acudió a su venganza uno de sus compañeros, y, sin dar lugar a que otra vez Antonio el arco armase, le dio una herida en la cabeza, tal, que dio con él en el suelo más muerto que vivo. Visto lo cual de Constanza, dejó de ser estatua y corrió a socorrer a su hermano: que el parentesco calienta la sangre que suele helarse en la mayor amistad, y lo uno y lo otro son indicios y señales de demasiado amor. Ya en esto habían salido de la casa gente armada, y los criados de las tres damas, apercebidos de piedras (digo los que no tenían armas), se pusieron en defensa de su señora. Los salteadores, que vieron muerto a su capitán, y que según los defensores acudían podían ganar poco en aquella empresa, especialmente considerando ser locura aventurar las vidas por quien ya no podía premiarlas, volvieron las espaldas y dejaron el campo solo.

Hasta aquí, de esta batalla pocos golpes de espada hemos oído, pocos instrumentos bélicos han sonado; el sentimiento que por los muertos suelen hacer los vivos no ha salido a romper los aires; las lenguas, en amargo silencio tienen depositadas sus quejas; sólo algunos ayes entre roncos gemidos andan envueltos, especialmente en los pechos de las lastimadas Auristela y Constanza, cada cual abrazada con su hermano, sin poder aprovecharse de las quejas con que se alivian los lastimados corazones. Pero, en fin, el cielo, que tenía determinado de no dejarlas morir tan apriesa y tan sin quejarse, les despegó las lenguas, que al paladar pegadas tenían, y la de Auristela prorrumpió en razones semejantes:

-No sé yo, desdichada, cómo busco aliento en un muerto, o cómo, ya que le tuviese, puedo sentirle, si estoy tan sin él que ni sé si hablo ni si respiro. ¡Ay, hermano, y qué caída ha sido ésta, que así ha derribado mis esperanzas, como que la grandeza de vuestro linaje no se hubiera opuesto a vuestra desventura! Mas, ¿cómo podía ella ser grande, si vos no lo fuérades? En los montes más levantados caen los rayos, y, adonde hallan más resistencia, hacen más daño. Monte érades vos, pero monte humilde, que con las sombras de vuestra industria y de vuestra discreción os encubríades a los ojos de las gentes. Ventura íbades a buscar en la mía, pero la muerte ha atajado el paso, encaminando el mío a la sepultura. ¡Cuán cierta la tendrá la reina, vuestra madre, cuando a sus oídos llegue vuestra no pensada muerte! ¡Ay de mí, otra vez sola y en tierra ajena, bien así como verde yedra a quien ha faltado su verdadero arrimo!

Estas palabras de reina, de montes y grandezas, tenían atentos los oídos de los circunstantes que les escuchaban, y aumentóles la admiración las que también decía

Constanza, que en sus faldas tenía a su malherido hermano, apretándole la herida y tomándole la sangre la compasiva Feliz Flora, que, con un lienzo suyo, blandamente se la esprimía, obligada de haberla el herido librado de su deshonra.

-¡Ay, digo -decía-, amparo mío!, ¿de qué ha servido haberme levantado la fortuna a título de señora, si me había de derribar al de desdichada? Volved, hermano, en vos, si queréis que yo vuelva en mí, o si no, haced, ¡oh piadosos cielos!, que una misma suerte nos cierre los ojos, y una misma sepultura nos cubra los cuerpos: que el bien que sin pensar me había venido, no podía traer otro descuento que la presteza de acabarse.

Con esto se quedó desmayada, y Auristela ni más ni menos, de modo que tan muertas parecían ellas y aun más que los heridos.

La dama que cayó de la torre, causa principal de la caída de Periandro, mandó a sus criados, que ya habían venido muchos de la casa, que le llevasen al lecho del conde

Domicio, su señor; mandó también llevar a Domicio, su marido, para dar orden en sepultalle. Bartolomé tomó en brazos a su señor Antonio; a Constanza se las dio Feliz Flora; y a Auristela, Belarminia y Deleasir. Y, en escuadrón doloroso y con amargos pasos, se encaminaron a la casi real casa.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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