Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 63

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Tercer Libro

Capítulo Diez y Siete[editar]

La ira, según se dice, es una revolución de la sangre que está cerca del corazón, la cual se altera en el pecho con la vista del objeto que agravia, y tal vez con la memoria; tiene por último fin y paradero suyo la venganza, que, como la tome el agraviado, sin razón o con ella, sosiega.

Esto nos lo dará a entender la hermosa Ruperta, agraviada y airada, y con tanto deseo de vengarse de su contrario que, aunque sabía que era ya muerto, dilataba su cólera por todos sus decendientes, sin querer dejar, si pudiera, vivo ninguno dellos; que la cólera de la mujer no tiene límite.

Llegóse la hora de que la fueron a ver los peregrinos, sin que ella los viese, y viéronla hermosa en todo estremo, con blanquísimas tocas, que desde la cabeza casi le llegaban a los pies, sentada delante de una mesa, sobre la cual tenía la cabeza de su esposo en la caja de plata, la espada con que le habían quitado la vida y una camisa que ella se imaginaba que aún no estaba enjuta de la sangre de su esposo. Todas estas insignias dolorosas despertaron su ira, la cual no tenía necesidad que nadie la despertase, porque nunca dormía; levantóse en pie, y, puesta la mano derecha sobre la cabeza del marido, comenzó a hacer y a revalidar el voto y juramento que dijo el enlutado escudero. Llovían lágrimas de sus ojos, bastantes a bañar las reliquias de su pasión; arrancaba suspiros del pecho, que condensaban el aire cerca y lejos; añadía al ordinario juramento razones que le agravaban, y tal vez parecía que arrojaba por los ojos, no lágrimas, sino fuego, y por la boca, no suspiros, sino humo: tan sujeta la tenía su pasión y el deseo de vengarse. ¿Veisla llorar, veisla suspirar, veisla no estar en sí, veisla blandir la espada matadora, veisla besar la camisa ensangrentada, y que rompe las palabras con sollozos?; pues esperad no más de hasta la mañana, y veréis cosas que os den sujeto para hablar en ellas mil siglos, si tantos tuviésedes de vida.

En mitad de la fuga de su dolor estaba Ruperta, y casi en los umbrales de su gusto, porque mientras se amenaza descansa el amenazador, cuando se llegó a ella uno de sus criados, como si se llegara una sombra negra, según venía cargado de luto, y en mal pronunciadas palabras le dijo:

-Señora, Croriano el galán, el hijo de tu enemigo, se acaba de apear agora con algunos criados. Mira si quieres encubrirte, o si quieres que te conozca, o lo que sería bien que hagas, pues tienes lugar para pensarlo.

-Que no me conozca -respondió Ruperta-; y avisad a todos mis criados que por descuido no me nombren, ni por cuidado me descubran.

Y, esto diciendo, recogió sus prendas, y mandó cerrar el aposento y que ninguno entrase a hablalla.

Volviéronse los peregrinos al suyo, quedó ella sola y pensativa, y no sé cómo se supo que había hablado a solas estas o otras semejantes razones:

-Advierte, ¡oh Ruperta!, que los piadosos cielos te han traído a las manos, como simple víctima al sacrificio, al alma de tu enemigo; que los hijos, y más los únicos, pedazos del alma son de los padres. ¡Ea, Ruperta! Olvídate de que eres mujer, y si no quieres olvidarte desto, mira que eres mujer, y agraviada. La sangre de tu marido te está dando voces, y en aquella cabeza sin lengua te está diciendo: ``¡Venganza, dulce esposa mía, que me mataron sin culpa! Sí, que no espantó la braveza de Holofernes a la humildad de Judit; verdad es que la causa suya fue muy diferente de la mía: ella castigó a un enemigo de Dios, y yo quiero castigar a un enemigo que no sé si lo es mío; a ella le puso el hierro en las manos el amor de su patria, y a mí me le pone el de mi esposo. Pero, ¿para qué hago yo tan disparatadas comparaciones? ¿Qué tengo que hacer más, sino cerrar los ojos y envainar el acero en el pecho deste mozo, que tanto será mi venganza mayor cuanto fuere menor su culpa? Alcance yo renombre de vengadora, y venga lo que viniere. Los deseos que se quieren cumplir no reparan en inconvenientes, aunque sean mortales: cumpla yo el mío, y tenga la salida por mi misma muerte.

Esto dicho, dio traza y orden en cómo aquella noche se encerrase en la estancia de Croriano, donde le dio fácil entrada un criado suyo, traidor por dádivas, aunque él no pensó sino que hacía un gran servicio a su amo, llevándole al lecho una tan hermosa mujer como Ruperta; la cual, puesta en parte donde no pudo ser vista ni sentida, ofreciendo su suerte al disponer del cielo, sepultada en maravilloso silencio, estuvo esperando la hora de su contento, que le tenía puesto en la de la muerte de Croriano.

Llevó, para ser instrumento del cruel sacrificio, un agudo cuchillo, que, por ser arma mañera y no embarazosa, le pareció ser más a propósito; llevó asimismo una linterna bien cerrada, en la cual ardía una vela de cera; recogió los espíritus de manera que apenas osaba enviar la respiración al aire. ¿Qué no hace una mujer enojada?; ¿qué montes de dificultades no atropella en sus disignios?; ¿qué inormes crueldades no le parecen blandas y pacíficas? No más, porque lo que en este caso se podía decir es tanto que será mejor dejarlo en su punto, pues no se han de hallar palabras con que encarecerlo.

Llegóse, en fin, la hora; acostóse Croriano; durmióse, con el cansancio del camino, y entregóse, sin pensamiento de su muerte, al de su reposo. Con atentos oídos estaba escuchando Ruperta si daba alguna señal Croria no de que durmiese, y aseguráronla que dormía, así el tiempo que había pasado desde que se acostó hasta entonces, como algunos dilatados alientos que no los dan sino los dormidos; viendo lo cual, sin santiguarse ni invocar ninguna deidad que la ayudase, abrió la lanterna, con que quedó claro el aposento, y miró dónde pondría los pies, para que, sin tropezar, la llevasen al lecho.

La bella matadora, dulce enojada, verdugo agradable: ejecuta tu ira, satisface tu enojo, borra y quita del mundo tu agravio, que delante tienes en quien puedes hacerlo; pero mira, ¡oh hermosa Ruperta!, si quieres, que no mires a ese hermoso Cupido que vas a descubrir, que se deshará en un punto toda la máquina de tus pensamientos.

Llegó, en fin, y, temblándole la mano, descubrió el rostro de Croriano, que profundamente dormía, y halló en él la propiedad del escudo de Medusa, que la convirtió en mármol: halló tanta hermosura que fue bastante a hacerle caer el cuchillo de la mano, y a que diese lugar la consideración del inorme caso que cometer quería; vio que la belleza de Croriano, como hace el sol a la niebla, ahuyentaba las sombras de la muerte que darle quería, y en un instante no le escogió para víctima del cruel sacrificio, sino para holocausto santo de su gusto.

-¡Ay -dijo entre sí-, generoso mancebo, y cuán mejor eres tú para ser mi esposo que para ser objeto de mi venganza! ¿Qué culpa tienes tú de la que cometió tu padre, y qué pena se ha de dar a quien no tiene culpa? Gózate, gózate, joven ilustre, y quédese en mi pecho mi venganza y mi crueldad encerrada, que, cuando se sepa, mejor nombre me dará el ser piadosa que vengativa.

Esto diciendo, ya turbada y arrepentida, se le cayó la lanterna de las manos sobre el pecho de Croriano, que despertó con el ardor de la vela. Hallóse a escuras; quiso Ruperto salirse de la estancia, y no acertó, por donde dio voces Croriano, tomó su espada y saltó del lecho, y, andando por el aposento, topó con Ruperta, que toda temblando le dijo:

-No me mates, ¡oh Croriano!, puesto que soy una mujer que no ha una hora que quise y pude matarte, y agora me veo en términos de rogarte que no me quites la vida. En esto, entraron sus criados al rumor, con luces, y vio Croriano y conoció a la bellísima viuda, como quien vee a la resplandeciente luna de nubes bla ncas rodeada.

-¿Qué es esto, señora Ruperta? -le dijo-. ¿Son los pasos de la venganza los que hasta aquí os han traído, o queréis que os pague yo los desafueros que mi padre os hizo? Que este cuchillo que aquí veo, ¿qué otra señal es, sino de que habéis venido a ser verdugo de mi vida? Mi padre es ya muerto, y los muertos no pueden dar satisfación de los agravios que dejan hechos. Los vivos sí que pueden recompensarlos; y así, yo, que represento agora la persona de mi padre, quiero recompensaros la ofensa que él os hizo lo mejor que pudiere y supiere. Pero dejadme primero honestamente tocaros, que quiero ver si sois fantasma que aquí ha venido o a matarme, o a engañarme, o a mejorar mi suerte.

-Empeórese la mía -respondió Ruperta- (si es que halla modo el cielo como empeorarla), si entré este día pasado en este mesón con alguna memoria tuya. Veniste tú a él; no te vi cuando entraste; oí tu nombre, el cual despertó mi cólera y me movió a la venganza; concerté con un criado tuyo que me encerrase esta noche en este aposento; hícele que callase, sellándole la boca con algunas dádivas; entré en él, apercebíme deste cuchillo y acrecenté el deseo de quitarte la vida; sentí que dormías, salí de donde estaba, y a la luz de una lanterna que conmigo traía te descubrí y vi tu rostro, que me movió a respeto y a reverencia, de manera que los filos del cuchillo se embotaron, el deseo de mi venganza se deshizo, cayóseme la vela de las manos, despertóte su fuego, diste voces, quedé yo confusa, de donde ha sucedido lo que has visto. Yo no quiero más venganzas ni más memorias de agravios: vive en paz, que yo quiero ser la primera que haga mercedes por ofensas, si ya lo son el perdonarte la culpa que no tienes.

-Señora -respondió Croriano-, mi padre quiso casarse contigo, tú no quisiste; él, despechado, mató a tu esposo: murióse llevando al otro mundo esta ofensa; yo he quedado, como parte tan suya, para hacer bien por su alma; si quieres que te entregue la mía, recíbeme por tu esposo, si ya, como he dicho, no eres fantasma que me engañas; que las grandes venturas que vienen de improviso siempre traen consigo alguna sospecha.

-Dame esos brazos -respondió Ruperta-, y verás, señor, cómo este mi cuerpo no es fantástico, y que el alma que en él te entrego es sencilla, pura y verdadera.

Testigos fueron destos abrazos, y de las manos que por esposos se dieron, los criados de Croriano, que habían entrado con las luces. Triunfó aquella noche la blanda paz desta dura guerra, volvióse el campo de la batalla en tálamo de desposorio; nació la paz de la ira; de la muerte, la vida, y del disgusto, el contento. Amaneció el día, y halló a los recién desposados cada uno en los brazos del otro.

Levantáronse los peregrinos con deseo de saber qué habría hecho la lastimada Ruperto con la venida del hijo de su enemigo, de cuya historia estaban ya bien informados. Salió el rumor del nuevo desposorio, y, haciendo de los cortesanos, entraron a dar los parabienes a los novios, y al entrar en el aposento vieron salir del de Ruperta el anciano escudero que su historia les había contado, cargado con la caja donde iba la calavera de su primero esposo, y con la camisa y espada que tantas veces había renovado las lágrimas de Ruperta; y dijo que lo llevaba adonde no renovasen otra vez, en las glorias presentes, pasadas desventuras. Murmuró de la facilidad de Ruperta, y en general, de todas las mujeres, y el menor vituperio que dellas dijo fue llamarlas antojadizas.

Levantáronse los novios antes que entrasen los peregrinos, regocijáronse los criados, así de Ruperta como de Croriano, y volvióse aquel mesón en alcázar real, digno de tan altos desposorios.

En fin, Periandro y Auristela, Constanza y Antonio, su hermano, hablaron a los desposados y se dieron parte de sus vidas; a lo menos, la que convenía que se diese.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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