Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 65

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Tercer Libro

Capítulo Diez y Nueve[editar]

Aderezóse la pobre más que limpia comida, aunque fue muy limpia cosa, no muy nueva para los cuatro peregrinos, que se acordaron entonces de la Isla Bárbara y de la de las Ermitas, donde quedó Rutilio, y adonde ellos comieron de los ya sazonados, y ya no, frutos de los árboles; también se les vino a la memoria la profecía falsa de los isleños y las muchas de Mauricio, con las moriscas del jadraque, y, últimamente, las del español Soldino. Parecíales que andaban rodeados de adivinanzas y metidos hasta el alma en la judiciaria astrología, que, a no ser acreditada con la esperiencia, con dificultad le dieran crédito.

Acabóse la breve comida, salió Soldino con todos los que con él estaban al camino, para despedirse dellos, y en él echaron menos a la moza castellana y a Bartolomé el del bagaje, cuya fa lta no dio poca pesadumbre a los cuatro, porque les faltaba el dinero y la repostería. Mostró congojarse Antonio, y quiso adelantarse a buscarle, porque bien se imaginó que la moza le llevaba, o él llevaba a la moza, o por mejor decir, el uno se llevaba al otro; pero Soldino le dijo que no tuviese pena, ni se moviese a buscarlos, porque otro día volvería su criado arrepentido del hurto, y entregaría cuanto había llevado. Creyeron, y así no curó Antonio de buscarle, y más, que Feliz Flora ofreció a Antonio de prestarle cuanto hubiese menester para su gusto y el de sus compañeros desde allí a Roma, a cuya liberal oferta se mostró Antonio agradecido lo posible, y aun se ofreció de darle prenda que cupiese en el puño, y en el valor pasase de cincuenta mil ducados; y esto fue pensando de darle una de las dos perlas de Auristela, que, con la cruz de diamantes guardadas, siempre consigo las traía. No se atrevió Feliz Flora a creer la cantidad del valor de la prenda; pero atrevióse a volver a hacer el ofrecimiento hecho.

Estando en esto, vieron venir por el camino y pasar por delante dellos hasta ocho personas a caballo, entre las cuales iba una mujer sentada en un rico sillón y sobre una mula, vestida de camino, toda de verde, hasta el sombrero, que con ricas y varias plumas azotaba el aire, con un antifaz, asimismo verde, cubierto el rostro. Pasaron por delante dellos, y con bajar las cabezas, sin hablar palabra alguna, los saludaron y pasaron de largo; los del camino tampoco hablaron palabra, y al mismo modo les saludaron.

Quedábase atrás uno de los de la compañía, y, llegándose a ellos, pidió por cortesía un poco de agua; diéronsela y preguntáronle qué gente era la que iba allí delante, y qué dama la de lo verde.

A lo que el caminante respondió:

-El que allí delante va es el señor Alejandro Castrucho, gentilhombre capuano, y uno de los ricos varones, no sólo de Capua, sino de todo el reino de Nápoles; la dama es su sobrina, la señora Isabela Castrucho, que nació en España, donde deja enterrado a su padre, por cuya muerte su tío la lleva a casar a Capua, y, a lo que yo creo, no muy contenta.

-Eso será -respondió el escudero enlutado de Ruperta- no porque va a casarse, sino porque el camino es largo; que yo para mí tengo, que no hay mujer que no desee enterarse con la mitad que le falta, que es la del marido.

-No sé esas filosofías -respondió el caminante-; sólo sé que va triste, y la causa ella se la sabe. Y a Dios quedad, que es mucha la ventaja que mis dueños me llevan.

Y, picando apriesa, se les fue de la vista; y ellos, despidiéndose de Soldino, le abrazaron y le dejaron.

Olvidábase de decir cómo Soldino había aconsejado a las damas francesas que siguiesen el camino derecho de Roma, sin torcerle para entrar en París, porque así les convenía. Este consejo fue para ellas como si se le dijera un oráculo; y así, con parecer de los peregrinos, determinaron de salir de Francia por el Delfinado, y, atravesando el Piamonte y el estado de Milán, ver a Florencia y luego a Roma.

Tanteado, pues, este camino, con propósito de alargar algún tanto más las jornadas que hasta allí, caminaron; y otro día, al romper del alba, vieron venir hacia ellos al tenido por ladrón, Bartolomé el bagajero, detrás de su bagaje, y él vestido como peregrino. Todos gritaron, cuando le conocieron, y los más le preguntaron qué huida había sido la suya, qué traje aquel y qué vuelta aquella.

A lo que él, hincado de rodillas delante de Constanza, casi llorando, respondió a todos:

-Mi huida no sé cómo fue; mi traje ya veis que es de peregrino; mi vuelta es a restituir lo que quizá, y aun sin quizá, en vuestras imaginaciones me tenía confirmado por ladrón; aquí, señora Constanza, viene el bagaje, con todo aquello que en él estaba, excepto dos vestidos de peregrinos, que el uno es éste que yo traigo, y el otro queda haciendo romera a la ramera de Talavera, que doy yo al diablo al amor y al bellaco que me lo enseñó; y es lo peor que le conozco, y determino ser soldado debajo de su bandera, porque no siento fuerzas que se opongan a las que hace el gusto con los que poco saben. Écheme vuesa merced su bendición, y déjeme volver, que me espera Luisa, y advierta que vuelvo sin blanca, fiado en el donaire de mi moza más que en la ligereza de mis manos, que nunca fueron ladronas, ni lo serán, si Dios me guarda el juicio, si viviese mil siglos.

Muchas razones le dijo Periandro para estorbarle su mal propósito; muchas le dijo Auristela y muchas más Constanza y Antonio; pero todo fue, como dicen, dar voces al viento y predicar en desierto. Limpióse Bartolomé sus lágrimas, dejó su bagaje, volvió las espaldas y partió en un vuelo, dejando a todos admirados de su amor y de su simpleza. Antonio, viéndole partir tan de carrera, puso una flecha en su arco, que jamás la disparó en vano, con intención de atravesarle de parte a parte y sacarle del pecho el amor y la locura; mas Feliz Flora, que pocas veces se le apartaba del lado, le trabó del arco, diciéndole:

-Déjale, Antonio, que harta mala ventura lleva en ir a poder y a sujetarse al yugo de una mujer loca.

-Bien dices, señora -respondió Antonio-; y, pues tú le das la vida, ¿quién ha de ser poderoso a quitársela?

Finalmente, muchos días caminaron sin sucederles cosa digna de ser contada. Entraron en Milán, admiróles la grandeza de la ciudad, su infinita riqueza, sus oros, que allí no solamente hay oro, sino oros; sus bélicas herrerías, que no parece sino que allí ha pasado las suyas Vulcano; la abundancia infinita de sus frutos, la grandeza de sus templos, y, finalmente, la agudeza del ingenio de sus moradores.

Oyeron decir a un huésped suyo que lo más que había que ver en aquella ciudad era la Academia de los Entronados, que estaba adornada de eminentísimos académicos, cuyos sutiles entendimientos daban que hacer a la fama a todas horas y por todas las partes del mundo. Dijo también que aquel día era de academia, y que se había de disputar en ella si podía haber amor sin celos.

-Sí puede -dijo Periandro-; y, para probar esta verdad, no es menester gastar mucho tiempo.

-Yo -replicó Auristela- no sé qué es amor, aunque sé lo que es querer bien.

A lo que dijo Belarminia:

-No entiendo ese modo de hablar, ni la diferencia que hay entre amor y querer bien.

-Ésta -replicó Auristela-: querer bien puede ser sin causa vehemente que os mueva la voluntad, como se puede querer a una criada que os sir ve o a una estatua o pintura que bien os parece o que mucho os agrada; y éstas no dan celos, ni los pueden dar; pero aquello que dicen que se llama amor, que es una vehemente pasión del ánimo, como dicen, ya que no dé celos, puede dar temores que lleguen a quitar la vida, del cual temor a mí me parece que no puede estar libre el amor en ninguna manera.

-Mucho has dicho, señora -respondió Periandro-, porque no hay ningún amante que esté en posesión de la cosa amada, que no tema el perderla; no hay ventura tan firme que tal vez no dé vaivenes; no hay clavo tan fuerte que pueda detener la rueda de la fortuna; y si el deseo que nos lleva a acabar presto nuestro camino no lo estorbara, quizá mostrara yo hoy en la academia que puede haber amor sin celos, pero no sin temores.

Cesó esta plática. Estuvieron cuatro días en Milán, en los cuales comenzaron a ver sus grandezas, porque acabarlas de ver no dieran tiempo cuatro años. Partiéronse de allí, y llegaron a Luca, ciudad pequeña, pero hermosa y libre, que debajo de las alas del imperio y de España se descuella, y mira esenta a las ciudades de los príncipes que la desean; allí, mejor que en otra parte ninguna, son bien vistos y recebidos los españoles, y es la causa que en ella no mandan ellos, sino ruegan, y como en ella no hacen estancia de más de un día, no dan lugar a mostrar su condición, tenida por arrogante.

Aquí aconteció a nuestros pasajeros una de las más estrañas aventuras que se han contado en todo el discurso deste libro.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

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