Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 66

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Tercer Libro

Capítulo Veinte[editar]

Las posadas de Luca son capaces para alojar una compañía de soldados, en una de las cuales se alojó nuestro escuadrón, siendo guiado de las guardas de las puertas de la ciudad, que se los entregaron al huésped por cuenta, porque a la mañana, o cuando se partiesen, la había de dar dellos. Al entrar vio la señora Ruperta que salía un médico –que tal le pareció en el traje- diciendo a la huéspeda de la casa -que también le pareció no podía ser otra:

-Yo, señora, no me acabo de desengañar si esta doncella está loca o endemoniada, y, por no errar, digo que está endemoniada y loca; y, con todo eso, tengo esperanza de su salud, si es que su tío no se da priesa a partirse.

-¡Ay, Jesús! -dijo Ruperta-. ¿Y en casa de endemoniados y locos nos apeamos? En verdad, en verdad, que si se toma mi parecer, no hemos de poner los pies dentro.

A lo que dijo la huéspeda:

-Sin escrúpulo puede vuesa señoría -que éste es el merced de Italia- apearse, porque de cien leguas se podía venir a ver lo que está en esta posada.

Apeáronse todos, y Auristela y Constanza, que habían oído las razones de la huéspeda, le preguntaron qué había en aquella posada que tanto encarecía el verla.

-Vénganse conmigo -respondió la huéspeda-, y verán lo que verán, y dirán lo que yo digo.

Guió, y siguiéronla, donde vieron echada en un lecho dorado a una hermosísima muchacha, de edad, al parecer, de diez y seis o diez y siete años; tenía los brazos aspados y atados con unas vendas a los balaustres de la cabecera del lecho, como que le querían estorbar el moverlos a ninguna parte; dos mujeres, que debían de servirla de enfermeras, andaban buscándole las piernas para atárselas también, a lo que la enferma dijo:

-Basta que se me aten los brazos, que todo lo demás las ataduras de mi honestidad lo tiene ligado.

Y, volviéndose a las peregrinas, con levantada voz dijo:

-¡Figuras del cielo!, ¡ángeles de carne!, sin duda creo que venís a darme salud, porque de tan hermosa presencia y de tan cristiana visita no se puede esperar otra cosa. Por lo que debéis a ser quien sois, que sois mucho, que mandéis que me desaten, que con cuatro o cinco bocados que me dé en el brazo, quedaré harta y no me haré más mal, porque no estoy tan loca como parezco, ni el que me atormenta es tan cruel que dejará que me muerda.

-¡Pobre de ti, sobrina -dijo un anciano que había entrado en el aposento-, y cuál te tiene ése que dices que no ha de dejar que te muerdas! Encomiéndate a Dios, Isabela, y procura comer, no de tus hermosas carnes, sino de lo que te diere este tu tío, que bien te quiere. Lo que cría el aire, lo que mantiene el agua, lo que sustenta la tierra, te traeré: que tu mucha hacienda y mi voluntad mucha te lo ofrece todo.

La doliente moza respondió:

-Déjenme sola con estos ángeles; quizá mi enemigo el demonio huirá de mí por no estar con ellos.

Y, señalando con la cabeza que se quedasen con ella Auristela, Constanza, Ruperta y Feliz Flora, dijo que los demás se saliesen, como se hizo con voluntad, y aun con ruegos de su anciano y lastimado tío, del cual supieron ser aquella la gentil dama de lo verde que, al salir de la cueva del sabio español, habían visto pasar por el camino, que el criado que se quedó atrás les dijo que se llamaba Isabela Castrucha, y que se iba a casar al reino de Nápoles.

Apenas se vio sola la enferma, cuando, mirando a todas partes, dijo que mirasen si había otra persona en el aposento que aumentase el número de los que ella dijo que se quedasen. Mirólo Ruperta, y escudriñólo todo, y aseguró no haber otra persona que ellos.

Con esta seguridad, sentóse Isabela como pudo en el lecho, y, dando muestras de que quería hablar de propósito, rompió la voz con un tan grande suspiro, que pareció que con él se le arrancaba el alma; el fin del cual fue tenderse otra vez en el lecho, y quedar desmayada, con señales tan de muerte que obligó a los circunstantes a dar voces pidiendo un poco de agua para bañar el rostro de Isabela, que a más andar se iba al otro mundo.

Entró el mísero tío, llevando una cruz en la una mano, y en la otra un hisopo bañado en agua bendita; entraron asimismo con él dos sacerdotes, que, creyendo ser el demonio quien la fatigaba, pocas veces se apartaban della; entró asimismo la huéspeda con el agua; rociáronle el rostro, y volvió en sí diciendo:

-Escusadas son por agora estas prevenciones; yo saldré presto; pero no ha de ser cuando vosotros quisiéredes, sino cuando a mí me parezca, que será cuando viniere a esta ciudad Andrea Marulo, hijo de Juan Bautista Marulo, caballero desta ciudad, el cual Andrea agora está estudiando en Salamanca, bien descuidado destos sucesos.

Todas estas razones acabaron de confirmar en los oyentes la opinión que tenían de estar Isabela endemoniada, porque no podían pensar cómo pudiese saber ella Juan Bautista Marulo quién fuese, y su hijo Andrea; y no faltó quien fuese luego a decir al ya nombrado Juan Bautista Marulo lo que la bella endemoniada dél y de su hijo había dicho.

Tornó a pedir que la dejasen sola con los que antes había escogido; dijéronle los sacerdotes los Evangelios, y hicieron su gusto, llevándole todos de la señal que había dado quedaría, cuando el demonio la dejase, libre; que indubitablemente la juzgaron por endemoniada.

Feliz Flora hizo de nuevo la pesquisa de la estancia, y, cerrando la puerta della, dijo a la enferma:

-Solos estamos; mira, señora, lo que quieres.

-Lo que quiero es -respondió Isabela- que me quiten estas ligaduras; que, aunque son blandas, me fatigan, porque me impiden.

Hiciéronlo así con mucha diligencia, y, sentándose Isabela en el lecho, asió de la una mano a Auristela y de la otra a Ruperta, y hizo que Constanza y Feliz Flora se sentasen junto a ella en el mismo lecho; y así, apiñadas en un hermoso montón, con voz baja y lágrimas en los ojos, dijo:

-«Yo, señoras, soy la infelice Isabela Castrucha, cuyos padres me dieron nobleza, la fortuna, hacienda, y los cielos, algún tanto de hermosura. Nacieron mis padres en Capua, pero engendráronme en España, donde nací, y me crié en casa deste mi tío que aquí está, que en la corte del emperador la tenía. ¡Válame Dios, y para qué tomo yo tan de atrás la corriente de mis desventuras! Estando, pues, yo en casa deste mi tío, ya huérfana de mis padres, que a él me dejaron encomendada y por tutor mío, llegó a la corte un mozo, a quien yo vi en una iglesia, y le miré tan de propósito... (y no os parezca esto, señoras, desenvoltura, que no parecerá, si consideráredes que soy mujer); digo que le miré en la iglesia de tal modo que en casa no podía estar sin mirarle, porque quedó su presencia tan impresa en mi alma que no la podía apartar de mi memoria. Finalmente, no me faltaron medios para entender quién él era, y la calidad de su persona, y qué hacía en la corte o dónde iba, y lo que saqué en limpio fue que se llamaba Andrea Marulo, hijo de Juan Bautista Marulo, caballero desta ciudad, más noble que rico, y que iba a estudiar a Salamanca. En seis días que allí estuvo, tuve orden de escribirle quién yo era y la mucha hacienda que tenía, y que de mi hermosura se podía certificar, viéndome en la iglesia; escribíle, asimismo, que entendía que este mi tío me quería casar con un primo mío, porque la hacienda se quedase en casa, hombre no de mi gusto, ni de mi condición, como es verdad; díjele asimismo que la ocasión en mí le ofrecía sus cabellos, que los tomase, y que no diese lugar en no hacello al arrepentimiento, y que no tomase de mi facilidad ocasión para no estimarme.

»Respondió, después de haberme visto no sé cuántas veces en la iglesia, que por mi persona sola, sin los adornos de la nobleza y de la riqueza, me hiciera señora del mundo si pudiera, y que me suplicaba durase firme algún tiempo en mi amorosa intención, a lo menos hasta que él dejase en Salamanca a un amigo suyo, que con él desta ciudad había partido a seguir el estudio. Respondíle que sí haría, porque en mí no era el amor importuno, ni indiscreto, que presto nace y presto se muere. Dejóme entonces por honrado, pues no quiso faltar a su amigo, y con lágrimas, como enamorado, que yo se las vi verter, pasando por mi calle, el día que se partió sin dejarme y yo me fui con él sin partirme.

»Otro día... (¿Quién podrá creer esto? ¡Qué de rodeos tienen las desgracias para alcanzar más presto a los desdichados!) Digo, que otro día concertó mi tío que volviésemos a Italia, y, sin poderme escusar ni valerme el fingirme enferma, porque el pulso y la color me hacían sana, mi tío no quiso creer que de enferma, sino de mal contenta del casamiento, buscaba trazas para no partirme. En este tiempo le tuve para escribir a Andrea de lo que me había sucedido, y que era forzoso el partirme; pero que yo procuraría pasar por esta ciudad, donde pensaba fingirme endemoniada, y dar lugar con esta traza a que él le tuviese de dejar a Salamanca y venir a Luca, adonde, a pesar de mi tío, y aun de todo el mundo, sería mi esposo; así que, en su diligencia estaba mi ventura y aun la suya, si quería mostrarse agradecido. Si las cartas llegaron a sus manos, que sí debieron de llegar, porque los portes las hacen ciertas, antes de tres días ha de estar aquí.

Yo, por mi parte, he hecho lo que he podido; una legión de demonios tengo en el cuerpo, que lo mismo es tener una onza de amor en el alma, cuando la esperanza desde lejos la anda haciendo cocos.»

Ésta es, señoras mías, mi historia; ésta, mi locura; ésta, mi enfermedad; mis amorosos pensamientos son los demonios que me atormentan; paso hambre, porque espero hartura, pero, con todo eso, la desconfianza me persigue, porque, como dicen en Castilla: "a los desdichados se les suelen helar las migas entre la boca y la mano". Haced, señoras, de modo que acreditéis mi mentira y fortalezcáis mis discursos, haciendo con mi tío que, puesto que yo no sane, no me ponga en camino por algunos días: quizá permitirá el cielo que llegue el de mi contento con la venida de Andrea.

No habrá para qué preguntar si se admiraron o no los oyentes de la historia de Isabela, pues la historia misma se trae consigo la admiración, para ponerla en las almas de los que la escuchan.

Ruperta, Auristela, Constanza y Feliz Flora le ofrecieron de fortalecer sus disignios, y de no partirse de aquel lugar hasta ver el fin dellos, pues, a buena razón, no podía tardar mucho.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

Libro Primero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII

Libro Segundo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV