Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 68

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Cuarto Libro

Capítulo Primero[editar]

Disputóse entre nuestra peregrina escuadra, no una, sino muchas veces, si el casamiento de Isabela Castrucha, con tantas máquinas fabricado, podía ser valedero, a lo que Periandro muchas veces dijo que sí; cuanto más, que no les tocaba a ellos la averiguación de aquel caso. Pero lo que a él le había descontentado, era la junta del bautismo, casamiento y la sepultura, y la ignorancia del médico, que no atinó con la traza de Isabela ni con el peligro de su tío. Unas veces trataban en esto, y otras en referir los peligros que por ellos habían pasado.

Andaban Croriano y Ruperta, su esposa, atent ísimos inquiriendo quién fuesen Periandro y Auristela, Antonio y Constanza, lo que no hacían por saber quién fuesen las tres damas francesas, que, desde el punto que las vieron, fueron dellos conocidas. Con esto, a más que medianas jornadas, llegaron a Acuapendente, lugar cercano a Roma, a la entrada de la cual villa, adelantándose un poco Periandro y Auristela de los demás, sin temor que nadie los escuchase ni oyese, Periandro habló a Auristela desta manera:

-Bien sabes, ¡oh señora!, que las causas que nos movieron a salir de nuestra patria y a dejar nuestro regalo fueron tan justas como necesarias. Ya los aires de Roma nos dan en el rostro; ya las esperanzas que nos sustentan nos bullen en las almas; ya, ya hago cuenta que me veo en la dulce posesión esperada. Mira, señora, que será bien que des una vuelta a tus pensamientos, y, escudriñando tu voluntad, mires si estás en la entereza primera, o si lo estarás después de haber cumplido tu voto, de lo que yo no dudo, porque tu real sangre no se engendró entre promesas mentirosas, ni entre dobladas trazas. De mí te sé decir, ¡oh hermosa Sigismunda!, que este Periandro que aquí ves es el Persiles que en la casa del rey mi padre viste. Aquel, digo, que te dio palabra de ser tu esposo en los alcázares de su padre, y te la cumplirá en los desiertos de Libia, si allí la contraria fortuna nos llevase.

Íbale mirando Auristela atent ísimamente, maravillada de que Periandro dudase de su fe, y así le dijo:

-Sola una voluntad, ¡oh Persiles!, he tenido en toda mi vida, y ésa habrá dos años que te la entregué, no forzada, sino de mi libre albedrío; la cual tan entera y firme está agora como el primer día que te hice señor della; la cual, si es posible que se aumente, se ha aumentado y crecido entre los muchos trabajos que hemos pasado. De que tú estés firme en la tuya me mostraré tan agradecida que, en cumpliendo mi voto, haré que se vuelvan en posesión tus esperanzas. Pero dime, ¿qué haremos después que una misma coyunda nos ate y un mismo yugo oprima nuestros cuellos? Lejos nos hallamos de nuestras tierras, no conocidos de nadie en las ajenas, sin arrimo que sustente la yedra de nuestras incomodidades. No digo esto porque me falte el ánimo de sufrir todas las del mundo, como esté contigo, sino dígolo porque cualquiera necesidad tuya me ha de quitar la vida.

Hasta aquí, o poco menos de hasta aquí, padecía mi alma en sí sola; pero de aquí adelante padeceré en ella y en la tuya, aunque he dicho mal en partir estas dos almas, pues no son más que una.

-Mira, señora -respondió Periandro-, como no es posible que ninguno fabrique su fortuna, puesto que dicen que cada uno es el artífice della desde el principio hasta el cabo, así yo no puedo responderte agora lo que haremos después que la buena suerte nos ajunte. Rómpase agora el inconveniente de nuestra división, que, después de juntos, campos hay en la tierra que nos sustenten y chozas que nos recojan, y hatos que nos encubran; que a gozarse dos almas que son una, como tú has dicho, no hay contentos con que igualarse, ni dorados techos que mejor nos alberguen. No nos faltará medio para que mi madre, la reina, sepa dónde estamos, ni a ella le faltará industria para socorrernos; y, en tanto, esa cruz de diamantes que tienes y esas dos perlas inestimables comenzarán a darnos ayudas, sino que temo que al deshacernos dellas se ha de deshacer nuestra máquina; porque, ¿cómo se ha de creer que prendas de tanto valor se encubran debajo de una esclavina?

Y, por venir dándoles alcance la demás compañía, cesó su plática, que fue la primera que habían hablado en cosas de su gusto, porque la mucha honestidad de Auristela jamás dio ocasión a Periandro a que en secreto la hablase; y, con este artificio y seguridad notable, pasaron la plaza de hermanos entre todos cuantos hasta allí los habían conocido.

Solamente en el desalmado y ya muerto Clodio pasó la malicia tan adelante que llegó a sospechar la verdad.

Aquella noche llegaron una jornada antes de Roma, y en un mesón, adonde siempre les solía acontecer maravillas, les aconteció ésta, si es que así puede llamarse.

Estando todos sentados a una mesa, la cual la solicitud del huésped y la diligencia de sus criados tenían abundantemente proveída, de un aposento del mesón salió un gallardo peregrino con unas escribanías sobre el brazo izquierdo, y un cartapacio en la mano; y, habiendo hecho a todos la debida cortesía, en lengua castellana dijo:

-Este traje de peregrino que visto, el cual trae consigo la obligación de que pida limosna el que lo trae, me obliga a que os la pida, y tan aventajada y tan nueva que, sin darme joya alguna, ni prendas que lo valgan, me habéis de hacer rico. Yo, señores, soy un hombre curioso; sobre la mitad de mi alma predomina Marte, y sobre la otra mitad Mercurio y Apolo. Algunos años me he dado al ejercicio de la guerra, y algunos otros, y los más maduros, en el de las letras. En los de la guerra he alcanzado algún buen nombre, y por los de las letras he sido algún tanto estimado. Algunos libros he impreso, de los ignorantes non condenados por malos, ni de los discretos han dejado de ser tenidos por buenos. Y como la necesidad, según se dice, es maestra de avivar los ingenios, este mío, que tiene un no sé qué de fantástico e inventivo, ha dado en una imaginación algo peregrina y nueva, y es que a costa ajena quiero sacar un libro a la luz, cuyo trabajo sea, como he dicho, ajeno, y el provecho mío. El libro se ha de llamar Flor de aforismos peregrinos; conviene a saber, sentencias sacadas de la misma verdad, en esta forma: cuando en el camino o en otra parte topo alguna persona cuya esperiencia muestre ser de ingenio y de prendas, le pido me escriba en este cartapacio algún dicho agudo, si es que le sabe, o alguna sentencia que lo parezca, y de esta manera tengo ajuntados más de trecientos aforismos, todos dignos de saberse y de imprimirse, y no en nombre mío, sino de su mismo autor, que lo firmó de su nombre, después de haberlo dicho. Ésta es la limosna que pido, y la que estimaré sobre todo el oro del mundo.

-Dadnos, señor español -respondió Periandro-, alguna muestra de lo que pedís, por quien nos guiemos, que en lo demás, seréis servido como nuestros ingenios lo alcanzaren.

-Esta mañana -respondió el español- llegaron aquí y pasaron de largo un peregrino y una peregrina españoles, a los cuales, por ser españoles, declaré mi deseo, y ella me dijo que pusiese de mi mano -porque no sabía escribir- esta razón: Más quiero ser mala con esperanza de ser buena, que buena con propósito de ser mala; y díjome que firmase: La peregrina de Talavera. Tampoco sabía escribir el peregrino, y me dijo que escribiese: No hay carga más pesada que la mujer liviana; y firmé por él: Bartolomé el Manchego.

Deste modo son los aforismos que pido; y los que espero desta gallarda compañía serán tales que realcen a los demás, y les sirvan de adorno y de esmalte.

-El caso está entendido -respondió Croriano-; y por mí -tomando la pluma al peregrino y el cartapacio- quiero comenzar a salir desta obligación y escribo: Más hermoso parece el soldado muerto en la batalla que sano en la huida.

Y firmó: Croriano. Luego tomó la pluma Periandro y escribió: Dichoso es el soldado que, cuando está peleando, sabe que le est á mirando su príncipe; y firmó. Sucedióle el bárbaro Antonio, y escribió: La honra que se alcanza por la guerra, como se graba en láminas de bronce y con puntas de acero, es más firme que las demás honras; y firmóse: Antonio el Bárbaro.

Y, como allí no había más hombres, rogó el peregrino que también aquellas damas escribiesen, y fue la primera que escribió Ruperta, y dijo: La hermosura que se acompaña con la honestidad es hermosura; y la que no, no es más de un buen parecer; y firmó. Segundóla Auristela, y, tomando la pluma, dijo: La mejor dote que puede llevar la mujer principal es la honestidad, porque la hermosura y la riqueza el tiempo la gasta o la fortuna la deshace; y firmó. A quien siguió Constanza, escribiendo: No por el suyo, sino por el parecer ajeno ha de escoger la mujer el marido; y firmó. Feliz Flora escribió también, y dijo: A mucho obligan las leyes de la obediencia forzosa, pero a mucho más las fuerzas del gusto; y firmó. Y, siguiendo Belarminia, dijo: La mujer ha de ser como el armiño, dejándose antes prender que enlodarse; y firmó. La última que escribió fue la hermosa Deleasir, y dijo: Sobre todas las acciones de esta vida tiene imperio la buena o la mala suerte, pero más sobre los casamientos.

Esto fue lo que escribieron nuestras damas y nuestros peregrinos, de lo que el español quedó agradecido y contento; y, preguntándole Periandro si sabía algún aforismo de memoria, de los que tenía allí escritos, le dijese; a lo que respondió que sólo uno diría, que le había dado gran gusto por la firma del que lo había escrito, que decía: No desees, y serás el más rico hombre del mundo; y la firma decía: Diego de Ratos, corcovado, zapatero de viejo en Tordesillas, lugar en Castilla la Vieja, junto a Valladolid.

-¡Por Dios -dijo Antonio-, que la firma está larga y tendida, y que el aforismo es el más breve y compendioso que puede imaginarse!; porque está claro que lo que se desea es lo que falta, y el que no desea no tiene falta de nada, y así, será el más rico del mundo. Algunos otros aforismos dijo el español, que hicieron sabrosa la conversación y la cena.

Sentóse el peregrino con ellos, y en el discurso de la cena dijo:

-No daré el privilegio de este mi libro a ningún librero de Madrid, si me da por él dos mil ducados; que allí no hay ninguno que no quiera los privilegios de balde, o, a lo menos, por tan poco precio que no le luzga al autor del libro. Verdad es que tal vez suelen comprar un privilegio y imprimir un libro con quien piensan enriquecer, y pierden en él el trabajo y la hacienda, pero el de estos aforismos, escrito se lleva en la frente la bondad y la ganancia.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

Libro Primero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI - XXII - XXIII

Libro Segundo - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV