Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 69

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Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Cuarto Capítulo II
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Cuarto Libro

Capítulo Segundo[editar]

Bien podía intitular el libro del peregrino español: Historia peregrina sacada de diversos autores, y dijera verdad, según habían sido y iban siendo los que la componían; no les dio poco que reír la firma de Diego de Ratos, el zapatero de viejo, y aun también les dio que pensar el dicho de Bartolomé el Manchego, que dijo que no había carga más pesada que la mujer liviana, señal que le debía de pesar ya la que llevaba en la moza de Talavera.

En esto fueron hablando otro día que dejaron al español, moderno y nuevo autor de nuevos y esquisitos libros, y aquel mismo día vieron a Roma, alegrándoles las almas, de cuya alegría redundaba salud en los cuerpos. Alborozáronse los corazones de Periandro y de Auristela, viéndose tan cerca del fin de su deseo; los de Croriano y Ruperta y los de las tres damas francesas ansimismo, por el buen suceso que prometía el fin próspero de su viaje, entrando a la parte de este gusto los de Constanza y Antonio.

Heríales el sol por cenit, a cuya causa, puesto que está más apartado de la tierra que en ninguna otra sazón del día, hiere con más calor y vehemencia; y, habiéndoles convidado una cercana selva que a su mano derecha se descubr ía, determinaron de pasar en ella el rigor de la siesta que les amenazaba, y aun quizá la noche, pues les quedaba lugar demasiado para entrar el día siguiente en Roma.

Hiciéronlo así, y, mientras más entraban por la selva adelante, la amenidad del sitio, las fuentes que de entre las hierbas salían, los arroyos que por ella cruzaban, les iban confirmando en su mismo propósito. Tanto habían entrado en ella, cuanto, volviendo los ojos, vieron que estaban ya encubiertos a los que por el real camino pasaban; y, haciéndoles la variedad de los sitios variar en la imaginación cuál escogerían, según eran todos buenos y apacibles, alzó acaso los ojos Auristela, y vio pendiente de la rama de un verde sauce un retrato, del grandor de una cuartilla de papel, pintado en una tabla no más, del rostro de una hermosísima mujer; y, reparando un poco en él, conoció claramente ser su rostro el del retrato, y, admirada y suspensa, se le enseñó a Periandro.

A este mismo instante dijo Croriano que todas aquellas hierbas manaban sangre, y mostró los pies en caliente sangre teñidos.

El retrato, que luego descolgó Periandro, y la sangre que mostraba Croriano, los tuvo confusos a todos y en deseo de buscar así el dueño del retrato como el de la sangre. No podía pensar Auristela quién, dónde o cuándo pudiese haber sido sacado su rostro, ni se acordaba Periandro que el criado del duque de Nemurs le había dicho que el pintor que sacaba los de las tres francesas damas, sacaría también el de Auristela, con no más de haberla visto; que si de esto él se acordara, con facilidad diera en la cuenta de lo que no alcanzaba.

El rastro que siguieron de la sangre llevó a Croriano y a Antonio, que le seguían, hasta ponerlos entre unos espesos árboles que allí cerca estaban, donde vieron al pie de uno un gallardo peregrino sentado en el suelo, puestas las manos casi sobre el corazón y todo lleno de sangre: vista que les turbó en gran manera, y más cuando, llegándose a él Croriano, le alzó el rostro, que sobre los pechos tenía derribado y lleno de sangre, y, limpiándosele con un lienzo, conoció, sin duda alguna, ser el herido el duque de Nemurs; que no bastó el diferente traje en que le hallaba para dejar de conocerle: tanta era la amistad que con él tenía.

El duque herido, o a lo menos el que parecía ser el duque, sin abrir los ojos, que con la sangre los tenía cerrados, con mal pronunciadas palabras dijo:

-Bien hubieras hecho, ¡oh quienquiera que seas, enemigo mortal de mi descanso!, si hubieras alzado un poco más la mano, y dádome en mitad del corazón, que allí sí que hallaras el retrato más vivo y más verdadero que el que me hiciste quitar del pecho y colgar en el árbol, porque no me sirviese de reliquias y de escudo en nuestra batalla.

Hallóse Constanza en este hallazgo, y, como naturalmente era de condición tierna y compasiva, acudió a mirarle la herida y a tomarle la sangre, antes que a tener cuenta con las lastimosas palabras que decía. Casi otro tanto le sucedió a Periandro y a Auristela, porque la misma sangre les hizo pasar adelante a buscar el origen de donde procedía, y hallaron entre unos verdes y crecidos juncos tendido otro peregrino, cubierto casi todo de sangre, excepto el rostro, que descubierto y limpio tenía; y así, sin tener necesidad de limpiársele, ni de hacer diligencias para conocerle, conocieron ser el príncipe Arnaldo, que más desmayado que muerto estaba.

La primera señal que dio de vida fue probarse a levantar, diciendo:

-No le llevarás, traidor, porque el retrato es mío, por ser el de mi alma; tú le has robado, y, sin haberte yo ofendido en cosa, me quieres quitar la vida.

Temblando estaba Auristela con la no pensada vista de Arnaldo; y, aunque las obligaciones que le tenía la impelían a que a él se llegase, no osaba, por la presencia de Periandro, el cual, tan obligado como cortés, asió de las manos del príncipe, y, con voz no muy alta, por no descubrir lo que quizá el príncipe querría que se callase, le dijo:

-Volved en vos, señor Arnaldo, y veréis que estáis en poder de vuestros mayores amigos, y que no os tiene tan desamparado el cielo que no os podáis prometer mejora de vuestra suerte. Abrid los ojos, digo, y veréis a vuestro amigo Periandro y a vuestra obligada Auristela, tan deseosos de serviros como siempre. Contadnos vuestra desgracia y todos vuestros sucesos, y prometeos de nosotros todo cuanto nuestra industria y fuerzas alcanzaren. Decidnos si estáis herido, y quién os hirió y en qué parte, para que luego se procure vuestro remedio.

Abrió en esto los ojos Arnaldo, y, conociendo a los dos que delante tenía, como pudo, que fue con mucho trabajo, se arrojó a los pies de Auristela, puesto que abrazado también a los de Periandro (que hasta en aquel punto guardó el decoro a la honestidad de Auristela), en la cual puestos los ojos, dijo:

-No es posible que no seas tú, señora, la verdadera Auristela, y no imagen suya, porque no tendría ningún espíritu licencia ni ánimo para ocultarse debajo de apariencia tan hermosa. Auristela eres, sin duda, y yo, también sin ella, soy aquel Arnaldo que siempre ha deseado servirte; en tu busca vengo, porque si no es parando en ti, que eres mi centro, no tendrá sosiego el alma mía.

En el tiempo que esto pasaba, ya habían dicho a Croriano y a los demás el hallazgo del otro peregrino, y que daba también señales de estar mal herido. Oyendo lo cual

Constanza, habiendo tomado ya la sangre al duque, acudió a ver lo que había menester el segundo herido, y, cuando conoció ser Arnaldo, quedó atónita y confusa, y, supliendo su discreción su sobresalto, sin entrar en otras razones, le dijo le descubriese sus heridas, a lo que Arnaldo respondió con señalarle con la mano derecha el brazo izquierdo, señal de que allí tenía la herida. Desnudóle luego Constanza, y hallósele por la parte superior atravesado de parte a parte; tomóle luego la sangre, que aún corría, y dijo a Periandro cómo el otro herido que allí estaba era el duque de Nemurs; y que convenía llevarlos al pueblo más cercano, donde fuesen curados, porque el mayor peligro que tenían era la falta de la sangre.

Al oír Arnaldo el nombre del duque, se estremeció todo, y dio lugar a que los fríos celos se entrasen hasta el alma por las calientes venas, casi vacías de sangre; y así, dijo, sin mirar lo que decía:

-Alguna diferencia hay de un duque a un rey; pero en el estado del uno ni del otro, ni aun en el de todos los monarcas del mundo, cabe el merecer a Auristela.

Y añadió y dijo:

-No me lleven adonde llevaren al duque, que la presencia de los agraviadores no ayuda nada a las enfermedades de los agraviados.

Dos criados traía consigo Arnaldo, y otros dos el duque, los cuales, por orden de sus señores, los habían dejado allí solos, y ellos se habían adelantado a un lugar allí cercano, para tenerles aderezado alojamiento cada uno de por sí, porque aún no se conocían.

-Miren también -dijo Arnaldo- si en un árbol de estos que están aquí a la redonda, está pendiente un retrato de Auristela, sobre quien ha sido la batalla que entre mí y el duque hemos pasado. Quítese, déseme, porque me cuesta mucha sangre, y de derecho es mío.

Casi esto mismo estaba diciendo el duque a Ruperta y a Croriano y a los demás que con él estaban; pero a todos satisfizo Periandro, diciendo que él le tenía en su poder como en depósito, y que le volvería en mejor coyuntura a cuyo fuese.

-¿Es posible -dijo Arnaldo- que se puede poner en duda la verdad de que el retrato sea mío? ¿No sabe ya el cielo que desde el punto que vi el original le trasladé en mi alma?

Pero téngale mi hermano Periandro, que en su poder no tendrán entrada los celos, las iras y las soberbias de sus pretensores; y llévenme de aquí, que me desmayo.

Luego acomodaron en que pudiesen ir los dos heridos, cuya vertida sangre, más que la profundidad de las heridas, les iba poco a poco quitando la vida; y as í, los llevaron al lugar donde sus criados les tenían el mejor alojamiento que pudieron, y hasta entonces no había conocido el duque ser el príncipe Arnaldo su contrario.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

Autorización - Prólogo

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Libro Tercero - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX - XXI

Libro Cuarto - I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV