Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 72

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Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Libro Cuarto Capítulo V
 de Miguel de Cervantes y Saavedra

Cuarto Libro

Capítulo Quinto[editar]

Desta manera los dos contrarios celosos y amantes, cuyas esperanzas tenían fundadas en el aire, se despidieron, el uno de Periandro y el otro de Croriano, quedando, ante todas cosas, de reprimir sus ímpetus y disimular sus agravios, a lo menos hasta tanto que Auristela se declarase, de la cual cada uno esperaba que había de ser en su favor, pues al ofrecimiento de un reino y al de un estado tan rico como el del duque, bien se podía pensar que había de titubear cualquier firmeza, y mudarse el propósito de escoger otra vida, por ser muy natural el amarse las grandezas y apetecerse la mejoría de los estados; especialmente suele ser este deseo más vivo en las mujeres.

De todo esto estaba bien descuidada Auristela, pues todos sus pensamientos, por entonces, no se estendían a más que de enterarse en las verdades que a la salvación de su alma convenían; que, por haber nacido en partes tan remotas y en tierras adonde la verdadera fe católica no está en el punto tan perfecto como se requiere, tenía necesidad de acrisolarla en su verdadera oficina.

Al apartarse Periandro de Arnaldo, llegó a él un hombre español, y le dijo:

-Según traigo las señas, si es que vuesa merced es español, para vuesa merced viene esta carta.

Púsole una en las manos cerrada, cuyo sobreescrito decía: Al ilustre señor Antonio de Villaseñor, por otro nombre llamado el Bárbaro.

Preguntóle Periandro que quién le había dado aquella carta. Respondióle el portador que un español que estaba preso en la cárcel, que llaman Torre de Nona, y por lo menos condenado a ahorcar por homicida, él y otra su amiga, mujer hermosa llamada la Talaverana.

Conoció Periandro los nombres y casi adivinó sus culpas, y respondió:

-Esta carta no es para mí, sino para este peregrino que hacia acá viene.

Y fue porque en aquel instante llegó Antonio, a quien Periandro dio la carta, y, apartándose los dos a una parte, la abrió y vio que así dec ía:

Quien en mal anda, en mal para; de dos pies, aunque el uno esté sano, si el otro está cojo, tal vez cojea; que las malas compañías no pueden enseñar buenas costumbres. La que yo trabé con la Talaverana, que no debiera, me tiene a mí y a ella sentenciados de remate para la horca. El hombre que la sacó de España la halló aquí, en Roma, en mi compañía; recibió pesadumbre dello, asentóle la mano en mi presencia, y yo, que no soy amigo de burlas, ni de recebir agravios, sino de quitarlos, volví por la moza, y a puros palos maté a su agraviador.

Estando en la fuga de esta pendencia, llegó otro peregrino, que por el mismo estilo comenzó a tomarme la medida de las espaldas; dice la moza que conoció que el que me apaleaba era un su marido, de nación polaco, con quien se había casado en Talavera; y, temiéndose que, en acabando conmigo, había de comenzar por ella, porque le tenía agraviado, no hizo más de echar mano a un cuchillo, de dos que traía consigo siempre en la vaina, y, llegándose a él bonitamente, se le clavó por los riñones, haciéndole tales heridas que no tuvieran necesidad de maestro. En efeto, el amigo a palos y el marido a puñaladas, en un instante concluyeron la carrera mortal de su vida.

Prendiéronnos al mismo punto y trajéronnos a esta cárcel, donde quedamos muy contra nuestra voluntad; tomáronnos la confesión; confesamos nuestro delito, porque no le podíamos negar, y con esto ahorramos el tormento, que aquí llaman tortura. Sustancióse el proceso, dándose más prisa a ello de la que quisiéramos; ya está concluso, y nosotros sentenciados a destierro sino que es desta vida para la otra. Digo, señor, que estamos sentenciados a ahorcar, de lo que está tan pesarosa la Talaverana que no lo puede llevar en paciencia, la cual besa a vuesa merced las manos y a mi señora Constanza y del señor Periandro, y a mi señora Auristela, y dice que ella se holgara de estar libre para ir a besárselas a vuesas mercedes a sus casas. Dice también que si la sin par Auristela pone haldas en cinta y quiere tomar a su cargo nuestra libertad, que le será fácil; porque ¿qué pedirá su grande hermosura que no lo alcance, aunque la pida a la dureza misma? Y añade más, y es que si vuesas mercedes no pudieren alcanzar el perdón, a lo menos procuren alcanzar el lugar de la muerte, y que, como ha de ser en Roma, sea en España; porque está informada la moza, que aquí no llevan los ahorcados con la autoridad conveniente, porque van a pie y apenas los vee nadie; y así, apenas hay quien les rece una Avemaría, especialmente si son españoles los que ahorcan; y ella querr ía, si fuese posible, morir en su tierra y entre los suyos, donde no faltaría algún pariente que de compasión le cerrase los ojos. Yo también digo lo mismo, porque soy amigo de acomodarme a la razón, porque estoy tan mohíno en esta cárcel que, a trueco de escusar la pesadumbre que me dan las chinches en ella, tomaría por buen partido que me sacasen a ahorcar mañana.

Y advierto a vuesa merced, señor mío, que los jueces desta tierra no desdicen nada de los de España: todos son corteses y amigos de dar y recebir cosas justas, y que, cuando no hay parte que solicite la justicia, no dejan de llegarse a la misericordia, la cual, si reina en todos los valerosos pechos de vuesas mercedes, que sí debe de reinar, sujeto hay en nosotros en que se muestre, pues estamos en tierra ajena, presos en la cárcel, comidos de chinches y de otros animales inmundos, que son muchos por pequeños y enfadan como si fuesen grandes; y, sobre todo, nos tienen ya en cueros y en la quinta esencia de la necesidad solicitadores, procuradores y escribanos, de quien Dios Nuestro Señor nos libre por su infinita bondad. Amén.

Aguardando la respuesta quedamos, con tanto deseo de recebirla buena como le tienen los cigoñinos en la torre, esperando el sustento de sus madres.

Y firmaba: EL DESDICHADO BARTOLOMÉ MANCHEGO.

En estremo dio la carta gusto a los dos que la habían leído, y en estremo les fatigó su aflición; y luego, diciéndole al que la había llevado dijese al preso que se consolase y tuviese esperanza de su remedio, porque Auristela y todos ellos, con todo aquello que dádivas y promesas pudiesen, le procurarían; y al punto fabricaron las diligencias que habían de hacerse.

La primera fue que Croriano hablase al embajador de Francia, que era su pariente y amigo, para que no se ejecutase la pena tan presto, y diese lugar el tiempo a que le tuviesen los ruegos y las solicitudes; determinó también Antonio de escribir otra carta, en respuesta de la suya, a Bartolomé, con que de nuevo se renovase el gusto que les había dado la suya; pero, comunicando este pensamiento con Auristela y con su hermana Constanza, fueron las dos de parecer que no se la escribiese, porque a los afligidos no se ha de añadir aflición, y podría ser que tomasen las burlas por veras y se afligiesen con ellas.

Lo que hicieron, dejar todo el cargo de aquella negociación sobre los hombros y diligencia de Croriano, y en las de Ruperta, su esposa, que se lo rogó ahincadamente, y en seis días ya estaban en la calle Bartolomé y la Talaverana: que, adonde interviene el favor y las dádivas, se allanan los riscos y se deshacen las dificultades.

En este tiempo, le tuvo Auristela de informarse de todo aquello que a ella le parecía que le faltaba por saber de la fe católica; a lo menos, de aquello que en su patria oscuramente se platicaba. Halló con quien comunicar su deseo por medio de los penitenciarios, con quien hizo su confesión entera, verdadera y llana, y quedó enseñada y satisfecha de todo lo que quiso, porque los tales penitenciarios, en la mejor forma que pudieron, le declararon todos los principales y más convenientes misterios de nuestra fe.

Comenzaron desde la invidia y soberbia de Lucifer, y de su caída con la tercera parte de las estrellas, que cayeron con él en los abismos; caída que dejó vacas y vacías las sillas del cielo, que las perdieron los ángeles malos por su necia culpa. Declaráronle el medio que Dios tuvo para llenar estos asientos, criando al hombre, cuya alma es capaz de la gloria que los ángeles malos perdieron. Discurrieron por la verdad de la creación del hombre y del mundo, y por el misterio sagrado y amoroso de la Encarnación, y, con razones sobre la razón misma, bosquejaron el profund ísimo misterio de la Santísima Trinidad. Contaron cómo convino que la segunda persona de las tres, que es la del Hijo, se hiciese hombre, para que, como hombre, Dios pagase por el hombre, y Dios pudiese pagar como Dios, cuya unión hipostática sólo podía ser bastante para dejar a Dios satisfecho de la culpa infinita cometida, que Dios infinitamente se había de satisfacer, y el hombre, finito por sí, no podía, y Dios, en sí solo, era incapaz de padecer; pero, juntos los dos, llegó el caudal a ser infinito, y así lo fue la paga.

Mostráronle la muerte de Cristo, los trabajos de su vida desde que se mostró en el pesebre hasta que se puso en la cruz. Exageráronle la fuerza y eficacia de los sacramentos, y señalaron con el dedo la segunda tabla de nuestro naufragio, que es la penitencia, sin la cual no hay abrir la senda del cielo, que suele cerrar el pecado. Mostráronle asimismo a Jesucristo, Dios vivo, sentado a la diestra del Padre, estando tan vivo y entero como en el cielo, sacramentado en la tierra, cuya santísima presencia no la puede dividir ni apartar ausencia alguna, porque uno de los mayores atributos de Dios, que todos son iguales, es el estar en todo lugar, por potencia, por esencia y por presencia. Asegurárosle infaliblemente la venida deste Señor a juzgar el mundo sobre las nubes del cielo, y asimismo la estabilidad y firmeza de su Iglesia, contra quien pueden poco las puertas, o por mejor decir, las fuerzas del infierno. Trataron del poder del Sumo Pontífice, visorrey de Dios en la tierra y llavero del cielo. Finalmente, no les quedó por decir cosa que vieron que convenía para darse a entender, y para que Auristela y Periandro los entendiesen.

Estas liciones ansí alegraron sus almas, que las sacó de sí mismas, y se las llevó a que paseasen los cielos, porque sólo en ellos pusieron sus pensamientos.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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