Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 74

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Cuarto Libro

Capítulo Séptimo[editar]

Con la buena crianza, con los ricos ornamentos de la persona y con los aderezos y pompa de la casa se cubren muchas faltas; porque no es posible que la buena crianza ofenda, ni el rico ornato enfade, ni el aderezo de la casa no contente.

Todo esto tenía Hipólita, dama cortesana, que en riquezas podía competir con la antigua Flora, y en cortesía, con la misma buena crianza. No era posible que fuese estimada en poco de quien la conocía, porque con la hermosura encantaba, con la riqueza se hacía estimar y con la cortesía, si así se puede decir, se hacía adorar. Cuando el amor se viste de estas tres calidades, rompe los corazones de bronce, abre las bolsas de hierro y rinde las voluntades de mármol; y más si a estas tres cosas se les añade el engaño y la lisonja, atributos convenientes para las que quieren mostrar a la luz del mundo sus donaires.

¿Hay, por ventura, entendimiento tan agudo en el mundo que, estando mirando una de estas hermosas que pinto, dejando a una parte las de su belleza, se ponga a discurrir las de su humilde trato? La hermosura en parte ciega y en parte alumbra: tras la que ciega corre el gusto, tras la que alumbra el pensar en la enmienda.

Ninguna de estas cosas consideró Periandro al entrar en casa de Hipólita. Pero, como tal vez sobre descuidados cimientos suele levantar amor sus máquinas, ésta sin pensamiento alguno se fabricó, no sobre la voluntad de Periandro, sino en la de Hipólita; que, con estas damas que suelen llamar del vicio, no es menester trabajar mucho para dar con ellas, donde se arrepientan sin arrepentirse.

Ya había visto Hipólita a Periandro en la calle, y ya le había hecho movimientos en el alma su bizarría, su gentileza, y, sobre todo, el pensar que era español, de cuya condición se prometía dádivas imposibles y concertados gustos; y estos pensamientos los había comunicado con Zabulón, y rogádole se lo trajese a casa, la cual tenía tan aderezada, tan limpia y tan compuesta, que más parecía que esperaba ser tálamo de bodas que acogimiento de peregrinos.

Tenía la señora Hipólita -que con este nombre la llamaban en Roma, como si lo fuera- un amigo llamado Pirro Calabrés, hombre acuchillador, impaciente, facinoroso, cuya hacienda libraba en los filos de su espada, en la agilidad de sus manos y en los engaños de Hipólita, que muchas veces con ellos alcanzaba lo que quería, sin rendirse a nadie; pero en lo que más Pirro aumentaba su vida, era en la diligencia de sus pies, que lo estimaba en más que las manos y de lo que él más se preciaba era de traer siempre asombrada a Hipólita en cualquiera condición que se le mostrase, ora fuese amorosa, ora fuese áspera; que nunca les falta a estas palomas duendas milanos que las persigan, ni pájaros que las despedacen: ¡miserable trato de esta mundana y simple gente!

Digo, pues, que este caballero, que no tenía de serlo más que el nombre, se halló en casa de Hipólita, al tiempo que entraron en ella el judío y Periandro. Apartóle aparte Hipólita y díjole:

-Vete con Dios, amigo, y llévate esta cadena de oro de camino, que este peregrino me envió con Zabulón esta mañana.

-Mira lo que haces, Hipólita -respondió Pirro-, que, a lo que se me trasluce, este peregrino es español, y soltar él de su mano, sin haber tocado la tuya, esta cadena, que debe de valer cien escudos, gran cosa me parece, y mil temores me sobresaltan.

-Llévate tú, ¡oh Pirro!, la cadena, y déjame a mí el cargo de sustentarla y de no volverla, a pesar de todas sus españolerías.

Tomó la cadena, que le dio Hipólita, Pirro, que para el efeto la había hecho comprar aquella mañana, y, sellándole la boca con ella, más que de paso le hizo salir de casa. Luego Hipólita, libre y desembarazada de su corma, suelta de sus grillos, se llegó a Periandro, y, sin desenfado y con donaire, lo primero que hizo fue echarle los brazos al cuello, diciéndole:

-En verdad que tengo de ver si son tan valientes los españoles como tienen la fama.

Cuando Periandro vio aquella desenvoltura, creyó que toda la casa se le había caído a cuestas; y, poniéndole la mano delante el pecho a Hipólita, la detuvo y la apartó de sí, y le dijo:

-Estos hábitos que visto, señora Hipólita, no permiten ser profanados, o a lo menos yo no lo permitiré en ninguna manera; y los peregrinos, aunque sean españoles, no están obligados a ser valientes cuando no les importa; pero mirad vos, señora, en qué queréis que muestre mi valor, sin que a los dos perjudique, y seréis obedecida sin replicaros en nada.

-Paréceme -respondió Hipólita-, señor peregrino, que ansí lo sois en el alma como en el cuerpo; pero, pues, según decís que haréis lo que os dijere, como a ninguno de los dos perjudique, entraos conmigo en esta cuadra, que os quiero enseñar una lonja y un camarín mío.

A lo que respondió Periandro:

-Aunque soy español, soy algún tanto medroso, y más os temo a vos sola que a un ejército de enemigos. Haced que nos haga otro la gu ía y llevadme do quisiéredes. Llamó Hipólita a dos doncellas suyas y a Zabulón el judío, que a todo se halló presente, y mandólas que guiasen a la lonja.

Abrieron la sala, y a lo que después Periandro dijo, estaba la más bien aderezada que pudiese tener algún príncipe rico y curioso en el mundo. Parrasio, Polignoto, Apeles, Ceuxis y Timantes tenían allí lo perfecto de sus pinceles, comprado con los tesoros de Hipólita, acompañados de los del devoto Rafael de Urbino y de los del divino Micael Angelo: riquezas donde las de un gran príncipe deben y pueden mostrarse. Los edificios reales, los alcázares soberbios, los templos magníficos y las pinturas valientes son propias y verdaderas señales de la magnanimidad y riqueza de los príncipes, prendas, en efeto, contra quien el tiempo apresura sus alas y apresta su carrera, como a émulas suyas, que a su despecho están mostrando la magnificencia de los pasados siglos. ¡Oh Hipólita, sólo buena por esto! Si entre tantos retratos que tienes, tuvieras uno de tu buen trato, y dejaras en el suyo a Periandro, que, asombrado, atónito y confuso andaba mirando en qué había de parar la abundancia que en la lonja veía en una limpísima mesa, que de cabo a cabo la tomaba la música que de diversos géneros de pájaros en riquísimas jaulas estaban, haciendo una confusa, pero agradable armonía.

En fin, a él le pareció que todo cuanto había oído decir de los huertos hesperídeos, de los de la maga Falerina, de los Pensiles famosos, ni de todos los otros que por fama fuesen conocidos en el mundo, no llegaban al adorno de aquella sala y de aquella lonja. Pero, como él andaba con el corazón sobresaltado, que bien haya su honestidad, que se le aprensaba entre dos tablas, no se le mostraban las cosas como ellas eran; antes, cansado de ver cosas de tanto deleite, y enfadado de ver que todas ellas se encaminaban contra su gusto, dando de mano a la cortesía, probó a salirse de la lonja, y se saliera si Hipólita no se lo estorbara, de manera que le fue forzoso mostrar con las manos ásperas palabras algo descorteses. Trabó de la esclavina de Periandro, y, abriéndole el jubón, le descubrió la cruz de diamantes que de tantos peligros hasta allí había escapado, y así deslumbró la vista a Hipólita como el entendimiento, la cual, viendo que se le iba, a despecho de su blanda fuerza, dio en un pensamiento, que si le supiera revalidar y apoyar algún tanto mejor, no le fuera bien dello a Periandro; el cual, dejando la esclavina en poder de la nueva egipcia, sin sombrero, sin bordón, sin ceñidor ni esclavina, se puso en la calle: que el vencimiento de tales batallas consiste más en el huir que en el esperar. Púsose ella asimismo a la ventana, y a grandes voces comenzó a apellidar la gente de la calle, diciendo:

-¡Ténganme a ese ladrón, que, entrando en mi casa como humano, me ha robado una prenda divina que vale una ciudad!

Acertaron a estar en la calle dos de la guarda del Pontífice, que dicen pueden prender en fragante, y, como la voz era de ladrón, facilitaron su dudosa potestad y prendieron a Periandro; echáronle mano al pecho, y, quitándole la cruz, le santiguaron con poca decencia: paga que da la justicia a los nuevos delincuentes, aunque no se les averigüe el delito.

Viéndose, pues, Periandro puesto en cruz, sin su cruz, dijo a los tudescos, en su misma lengua, que él no era ladrón, sino persona principal, y que aquella cruz era suya, y que viesen que su riqueza no la podía hacer de Hipólita, y que les rogaba le llevasen ante el gobernador, que él esperaba con brevedad averiguar la verdad de aquel caso. Ofrecióles dineros, y con esto y con habelles hablado en su lengua, con que se reconcilian los ánimos que no se conocen, los tudescos no hicieron caso de Hipólita; y así, llevaron a Periandro delante del gobernador, viendo lo cual Hipólita, se quitó de la ventana, y, casi arañándose el rostro, dijo a sus criadas:

-¡Ay, hermanas, y qué necia he andado! A quien pensaba regalar, he lastimado; a quien pensaba servir, he ofendido; preso va por ladrón el que lo ha sido de mi alma; mirad qué caricias, mirad qué halagos son hacer prender al libre y disfamar al honrado.

Y luego les contó cómo llevaban preso al peregrino dos de la guarda del Papa. Mandó asimismo que la aderezasen luego el coche, que quería ir en su seguimiento y disculpalle, porque no podía sufrir su corazón verse herir en las mismas niñas de sus ojos, y que antes quería parecer testimoñera que cruel; que de la crueldad no tendría disculpa, y del testimonio sí, echando la culpa al amor, que por mil disparates descubre y manifiesta sus deseos, y hace mal a quien bien quiere.

Cuando ella llegó en casa del gobernador, le halló con la cruz en las manos, examinando a Periandro sobre el caso; el cual, como vio a Hipólita, dijo al gobernador:

-Esta señora que aquí viene ha dicho que esa cruz que vuesa merced tiene yo se la he robado, y yo diré que es verdad, cuando ella dijere de qué es la cruz, qué valor tiene y cuántos diamantes la componen; porque si no es que se lo dicen los ángeles o alguno otro espíritu que lo sepa, ella no lo puede saber, porque no la ha visto sino en mi pecho, y una vez sola.

-¿Qué dice la señora Hipólita a esto? -dijo el gobernador.

Y esto cubriendo la cruz, porque no tomase las señas della.

La cual respondió:

-Con decir que estoy enamorada, ciega y loca, quedará este peregrino disculpado y yo esperando la pena que el señor gobernador quisiere darme por mi amoroso delito.

Y le contó punto por punto lo que con Periandro le había pasado, de lo que se admiró el gobernador, antes del atrevimiento que del amor de Hipólita: que de semejantes sujetos son propios los lascivos disparates. Afeóle el caso, pidió a Periandro la perdonase, dióle por libre, y volvióle la cruz, sin que en aquella causa se escribiese letra alguna, que no fue ventura poca.

Quisiera saber el gobernador quién eran los peregrinos que habían dado las joyas en prendas del retrato de Auristela, y asimismo quién era él y quién Auristela.

A lo que respondió Periandro:

-El retrato es de Auristela, mi hermana; los peregrinos pueden tener joyas mucho más ricas; esta cruz es mía; y, cuando me dé el tiempo lugar, y la necesidad me fuerce, diré quién soy; que el decirlo agora no está en mi voluntad, sino en la de mi hermana. El retrato que vuesa merced tie ne ya se lo tengo comprado al pintor por precio convenible, sin que en la compra hayan intervenido pujas, que se fundan más en rancor y en fantasía que en razón.

El gobernador dijo que él se quería quedar con él por el tanto, por añadir con él a Roma cosa que aventajase a las de los más excelentes pintores que la hacían famosa.

-Yo se le doy a vuesa merced -respondió Periandro-, por parecerme que, en darle tal dueño, le doy la honra posible.

Agradecióselo el gobernador, y aquel día dio por libres a Arnaldo y a el duque, y les volvió sus joyas, y él se quedó con el retrato, porque estaba puesto en razón que se había de quedar con algo.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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