Los trabajos de Persiles y Sigismunda: 79

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Cuarto Libro

Capítulo Doce[editar]

Donde se dice quién eran Periandro y Auristela

Parece que el bien y el mal distan tan poco el uno del otro, que son como dos líneas concurrentes, que, aunque parten de apartados y diferentes principios, acaban en un punto.

Sollozando estaba Periandro, en compañía del manso arroyuelo y de la clara luz de la noche; hacíanle los árboles compañía, y un aire blando y fresco le enjugaba las lágrimas; llevábale la imaginación Auristela, y la esperanza de tener remedio de sus males el viento, cuando llegó a sus oídos una voz estranjera que, escuchándola con atención, vio que era en lenguaje de su patria, sin poder distinguir si murmuraba o si cantaba; y la curiosidad le llevó cerca, y, cuando lo estuvo, oyó que eran dos personas las que no cantaban ni murmuraban, sino que en plática corriente estaban razonando; pero lo que más le admiró fue que hablasen en lengua de Noruega, estando tan apartados della; acomodóse detrás de un árbol de tal forma que él y el árbol hacían una misma sombra, recogió el aliento, y la primera razón que llegó a sus oídos fue:

-No tienes, señor, para qué persuadirme de que en dos mitades se parte el día entero de Noruega, porque yo he estado en ella algún tiempo, donde me llevaron mis desgracias, y sé que la mitad del año se lleva la noche y la otra mitad el día. El que sea esto así, yo lo sé; el porqué sea así, ignoro.

A lo que respondió:

-Si llegamos a Roma, con una esfera te haré tocar con la mano la causa dese maravilloso efeto, tan natural en aquel clima como lo es en éste ser el día y la noche de venticuatro horas. «También te he dicho cómo en la última parte de Noruega, casi debajo del polo Ártico, está la isla que se tiene por última en el mundo, a lo menos por aquella parte, cuyo nombre es Tile, a quien Virgilio llamó Tule en aquellos versos que dicen, en el libro

I, Georg.:

...Ac tua nautae

Numina sola colant: tibi serviat ultima Thule;

que Tule, en griego, es lo mismo que Tile en latín. Esta isla es tan grande, o poco menos, que Inglaterra, rica y abundante de todas las cosas necesarias para la vida humana. Más adelante, debajo del mismo norte, como trecientas leguas de Tile, está la isla llamada Frislanda, que habrá cuatrocientos años que se descubrió a los ojos de las gentes, tan grande que tiene nombre de reino, y no pequeño. De Tile es rey y señor Magsimino, hijo de la reina Eustoquia, cuyo padre no ha muchos meses que pasó desta a mejor vida, el cual dejó dos hijos, que el uno es el Magsimino que te he dicho, que es el heredero del reino, y el otro, un generoso mozo llamado Persiles, rico de los bienes de la naturaleza sobre todo estremo, y querido de su madre sobre todo encarecimiento; y no sé yo con cuál poderte encarecer las virtudes deste Persiles, y as í, quédense en su punto, que no será bien que con mi corto ingenio las menoscabe; que, puesto que el amor que le tengo, por haber sido su ayo y criádole desde niño, me pudiera llevar a decir mucho, todavía será mejor callar, por no quedar corto.»


Esto escuchaba Periandro, y luego cayó en la cuenta que el que le alababa no podía ser otro que Seráfido, un ayo suyo, y que, asimismo, el que le escuchaba era Rutilio, según la voz y las palabras que de cuando en cuando respondía. Si se admiró o no, a la buena consideración lo dejo; y más cuando Seráfido, que era el mismo que había imaginado Periandro, oyó que dijo:

-«Eusebia, reina de Frislanda, tenía dos hijas de estremada hermosura, principalmente la mayor, llamada Sigismunda (que la menor llamábase Eusebia, como su madre), donde naturaleza cifró toda la hermosura que por todas las partes de la tierra tiene repartida, a la cual, no sé yo con qué disignio, tomando ocasión de que la querían hacer guerra ciertos enemigos suyos, la envió a Tile en poder de Eustoquia, para que seguramente, y sin los sobresaltos de la guerra, en su casa se criase, puesto que yo para mí tengo que no fue esta la ocasión principal de envialla, sino para que el príncipe Magsimino se enamorase della y la recibiese por su esposa: que de las estremadas bellezas se puede esperar que vuelvan en cera los corazones de mármol, y junten en uno los estremos que entre sí están más apartados.

»A lo menos, si esta mi sospecha no es verdadera, no me la podrá averiguar la esperiencia, porque sé que el príncipe Magsimino muere por Sigismunda, la cual, a la sazón que llegó a Tile, no estaba en la isla Magsimino, a quien su madre la reina envió el retrato de la doncella y la embajada de su madre, y él respondió que la regalasen y la guardasen para su esposa. Respuesta que sirvió de flecha que atravesó las entrañas de mi hijo Persiles, que este nombre le adquirió la crianza que en él hice. Desde que la oyó no supo oír cosas de su gusto, perdió los bríos de su juventud, y, finalmente, encerró en el honesto silencio todas las acciones que le hacían memorable y bien querido de todos, y sobre todo vino a perder la salud y a entregarse en los brazos de la desesperación de ella.

»Visitáronle médicos; como no sabían la causa de su mal, no acertaban con su remedio: que, como no muestran los pulsos el dolor de las almas, es dificultoso y casi imposible entender la enfermedad que en ellas asiste. La madre, viendo morir a su hijo, sin saber quién le mataba, una y muy muchas veces le preguntó le descubriese su dolencia, pues no era posible sino que él supiese la causa, pues sent ía los efetos. Tanto pudieron estas persuasiones, tanto las solicitudes de la doliente madre, que, vencida la pertinacia o la firmeza de Persiles, le vino a decir cómo él moría por Sigismunda, y que tenía determinado de dejarse morir antes que ir contra el decoro que a su hermano se le debía, cuya declaración resucitó en la reina su muerta alegría, y dio esperanzas a Persiles de remediarle, si bien se atropellase el gusto de Magsimino, pues, por conservar la vida, mayores respetos se han de posponer que el enojo de un hermano.

»Finalmente, Eustoquia habló a Sigismunda, encareciéndole lo que se perdía en perder la vida Persiles, sujeto donde todas las gracias del mundo tenían su asiento, bien al revés del de Magsimino, a quien la aspereza de sus costumbres en algún modo le hacían aborrecible. Levantóle en esto algo más testimonios de los que debiera, y subió de punto, con los hipérboles que pudo, las bondades de Persiles.

»Sigismunda, muchacha, sola y persuadida, lo que respondió fue que ella no tenía voluntad alguna, ni tenía otra consejera que la aconsejase, sino a su misma honestidad; que, como ésta se guardase, dispusiesen a su voluntad della. Abrazóla la reina, contó su respuesta a Persiles, y entre los dos concertaron que se ausentasen de la isla antes que su hermano viniese, a quien dar ían por disculpa, cuando no la hallase, que había hecho voto de venir a Roma, a enterarse en ella de la fe católica, que en aquellas partes setentrionales andaba algo de quiebra, jurándole primero Persiles que en ninguna manera iría en dicho ni en hecho contra su honestidad. Y as í, colmándoles de joyas y de consejos, los despidió la reina, la cual después me contó todo lo que hasta aquí te he contado.

»Dos años, poco más, tardó en venir el príncipe Magsimino a su reino, que anduvo ocupado en la guerra que siempre tenía con sus enemigos; preguntó por Sigismunda, y el no hallarla fue hallar su desasosiego. Supo su viaje, y al momento se partió en su busca, si bien confiado de la bondad de su hermano, temeroso pero de los recelos, que por maravilla se apartan de los amantes.

»Como su madre supo su determinación, me llamó aparte, y me encargó la salud, la vida y la honra de su hijo, y me mandó me adelantase a buscarle y a darle noticia de que su hermano le buscaba. Partióse el príncipe Magsimino en dos gruesísimas naves, y, entrando por el estrecho hercúleo, con diferentes tiempos y diversas borrascas, llegó a la isla de Tinacria, y desde allí a la gran ciudad de Parténope, y agora queda no lejos de aquí, en un lugar llamado Terrachina, último de los de Nápoles y primero de los de Roma; queda enfermo, porque le ha cogido esto que llaman mutación, que le tiene a punto de muerte. Yo, desde Lisboa, donde me desembarqué, traigo noticia de Persiles y Sigismunda, porque no pueden ser otros una peregrina y un peregrino, de quien la fama viene pregonando tan grande estruendo de hermosura, que si no son Persiles y Sigismunda, deben de ser ángeles humanados.»

-Si como los nombras -respondió el que escuchaba a Seráfido- Persiles y Sigismunda, los nombraras Periandro y Auristela, pudiera darte nueva certísima dellos, porque ha muchos días que los conozco, en cuya compañía he pasado muchos trabajos.

Y luego le comenzó a contar los de la Isla Bárbara, con otros algunos, en tanto que se venía el día y en tanto que Periandro, porque allí no le hallasen, los dejó solos, y volvió a buscar a Auristela, para contar la venida de su hermano, y tomar consejo de lo que debían de hacer para huir de su indignación, teniendo a milagro haber sido informado en tan remoto lugar de aquel caso. Y así, lleno de nuevos pensamientos, volvió a los ojos de su contrita Auristela, ya las esperanzas casi perdidas de alcanzar su deseo.


Los trabajos de Persiles y Sigismunda de Miguel de Cervantes y Saavedra

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