Los tres mosqueteros: Capítulo LVII

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Los tres mosqueteros

Un recurso de tragedia clásica

de Alejandro Dumas (padre)



Tras un momento de silencio, empleado por Milady en observar al joven que la escuchaba, continuó su relato:
-Hacía casi tres días que no había comido ni bebido, sufría torturas atroces: a veces pasaban por mí como nubes que me apretaban la frente, que me tapaban los ojos: era el delirio. Llegó la noche; estaba tan débil que a cada instante me desvanecía y cada vez que me desvanecía daba gracias a Dios, porque creía que iba a morir. En medio de unos de estos desvanecimientos, oí abrirse la puerta; el terror me volvió en mí. Mi perseguidor entró seguido de un hombre enmascarado: él también estaba enmascarado; pero yo reconí su paso, yo reconocí aquel aire imponente que el infierno ha dado a su persona para desgracia de la humanidad. «Y bien - me dijo-, ¿estáis decidida a hacerme el juramento que os he pedido?» «Vos lo habéis dicho, los puritanos no tienen más que una palabra: la mía ya la habéis oído, ¡y es llevaros en la tierra ante el tribunal de los hombres; en el cielo, ante el tribunal de Dios!» «¿Así que persistís?» «Juro ante Dios que me oye: tomaré el mundo entero por testigo de vuestro crimen, y esto hasta que encuentre un vengador.
» «Sois una prostituta - dijo con voz tonante-, y sufriréis el suplicio de las prostitutas. Marcada a los ojos del mundo que invocaréis, ¡tratad de probar a ese mundo que no so¡s culpable ni loca!» Luego, dirigiéndose al hombre que le acompañaba: «Verdugo - dijo-, cumple tu deber.»
-¡Oh, su nombre, su nombre! - exclamó Felton-. ¡Su nombre, decídmelo!
-Entonces, pese a mis gritos, pese a mi resistencia, porque yo comenzaba a comprender que para mí se trataba de algo peor que la muerte, el verdugo me cogió, me volcó sobre el suelo, me magulló con sus agarrones y, ahogada por los sollozos, casi sin conocimiento, invocando a Dios que no me escuchaba, lancé de pronto un espantoso grito de dolor y de vergüenza: un hierro ardiendo, un hierro candente, el hiero del verdugo, se había impreso en mi hombro.
Felton lanzó un rugido.
-Mirad - dijo Milady, levantándose entonces con una majestad de reina-, mirad, Felton, ved cómo han inventado un nuevo martirio para la doncella pura y, sin embargo, víctima de la brutalidad de un malvado. Aprended a conocer el corazón de los hombres, y en adelante haceos con menos facilidad instrumento de sus injustas venganzas.
Con rápido gesto, Milady abrió su vestido, desgarró la batista que cubría su seno y, ruborizada por una fingida cólera y una vergüenza teatral, mostró al joven la huella indeleble que deshonraba aquel hombro tan bello.
-Pero - exclamó Felton - es una flor de lis lo que ahí veo.
-Precisamente ahí es donde está la infamia - respondió Milady-. La marca de Inglaterra... había que probar qué tribunal me la había impuesto, yo habría hecho una apelación pública a todos los tribunales del reino; mas la marca de Francia..., ¡oh!, con ella estaba bien marcada.
Aquello era demasiado para Felton.
Pálido, inmóvil, aplastado por esta revelación espantosa, deslumbrado por la belleza sobrehumana de aquella mujer que se desnudaba ante él con un impudor que le pareció sublime, terminó cayendo de rodillas ante ella como hacían los primeros cristianos ante aquellas puras y santas mártires que la persecución de los emperadores libraba en el circo a la sanguinaria lubricidad del populacho. La marca desapareció, sólo quedó la belleza.
-¡Perdón, perdón! - exclamó Felton-. ¡Oh, perdón! Milady leyó en sus ojos: amor, amor.
-¿Perdón de qué? - preguntó ella.
-Perdón por haberme unido a vuestros perseguidores.
Milady le tendió la mano.
-¡Tan bella, tan joven! - exclamó Felton cubriendo aquella mano de besos.
Milady dejó caer sobre él una de esas miradas que de un esclavo hacen un rey.
Felton era puritano: dejó la mano de esta mujer para besar sus pies.
El ya no la amaba más, la adoraba.
Cuando aquella crisis hubo pasado, cuando Milady pareció haber recobrado su sangre fría, que no había perdido nunca; cuando Felton hubo visto volverse a cerrar bajo el velo de la castidad aquellos tesoros de amor que no se le ocultaban sino para hacérselos desear más ardientemente:
-¡Ah! Ahora - dijo - no tengo más que una cosa que pediros, es el nombre de vuestro verdadero verdugo; porque para mí no hay más que uno; el otro era el instrumento nada más.
-¿Cómo, hermano? - exclamó Milady-. ¿Es preciso que todavía te lo nombre, no lo has adivinado?
-¿Qué? - contestó Felton-. ¡El..., también él..., siempre él! ¿Qué? El verdadero culpable...
-El verdadero culpable - dijo Milady - es el estragador de Inglaterra, el perseguidor de los verdaderos creyentes, el cobarde rapaz del honor de tantas mujeres, el que por un capricho de su corazón corrompido va a hacer derramar tanta sangre a dos reinos, el que protege a los protestantes hoy y que mañana los traicionará...
-¡Buckingham! ¡Entonces es Buckingham! - exclamó Felton exasperado.
Milady ocultó su rostro en sus manos, como si no hubiera podido soportar la vergüenza que este hombre le recordaba.
-¡Buckingham el verdugo de esta angélica criatura! - exclamó Felton-. Y tú, Dios mío, no lo has fulminado, y tú lo has dejado noble, honrado, poderoso para la perdición de todos nosotros.
-Dios abandona a quien se abandona a sí mismo - dijo Milady.
-Pero, entonces, ¡quiere atraer sobre su cabeza el castigo reservado a los malditos! - continuó Felton con exaltación creciente-. ¡Quiere que la venganza humana anticipe la justicia celeste!
-Los hombres lo temen y lo protegen.
-¡Oh, yo - dijo Felton-, yo no lo temo y no lo protegeré!...
Milady sintió su alma bañada por una alegría infernal.
-Pero ¿cómo lord de Winter, mi protector, mi padre - preguntó Felton-, está mezclado en todo esto?
-Escuchad, Felton - prosiguió Milady-, porque al lado de hombres cobardes y despreciables todavía hay naturalezas grandes y generosas. Yo tenía un prometido, un hombre al que yo amaba y que me amaba; un corazón como el vuestro, Felton, un hombre como vos. Fui a él y le conté todo; me conocía y no dudó ni un solo instante. Era un gran señor, era un hombre en todo el igual de Buckingham. No me dijo nada, se ciñó solamente su espada, se envolvió en su capa y se dirigió a Buckingham Palace.
-Sí, sí - dijo Felton-, comprendo; aunque con semejantes hombres no sea la espada lo que hay que emplear, sino el puñal.
-Buckingham se había ido la víspera, enviado como embajador a España, donde iba a pedir la mano de la infanta para el rey Carlos I, que no era entonces más que príncipe de Gales. Mi prometido volvió. «Escuchad - me dijo-, ese hombre ha partido y, por consiguiente, por ahora, escapa a mi venganza; pero, mientras tanto, unámonos, como debíamos estarlo; luego, confiad en lord de Winter para sostener su honor y el de su mujer.
» -¡Lord de Winter! - exclamó Felton.
-Sí - dijo Milady - lord de Winter, y ahora debéis comprenderlo todo, ¿no es así?: Buckingham permaneció ausente más de un año. Ocho días antes de su llegada lord de Winter murió súbitamente, dejándome única heredera. ¿De dónde venía el golpe? Dios, que todo lo sabe, lo sabe sin duda, yo a nadie acuso...
-¡Oh, qué abismo, qué abismo! - exclamó Felton.
-Lord de Winter había muerto sin decir nada a su hermano. El secreto terrible debía quedar oculto a todos hasta que estallase como el rayo sobre la cabeza del culpable. Vuestro protector había visto con pesar este matrimonio de su hermano mayor con una joven sin fortuna. Sentí que no podía esperar de un hombre engañado en sus esperanzas de herencia apoyo alguno. Pasé a Francia resuelta a permanecer allí durante todo el resto de mi vida. Pero toda mi fortuna está en Inglaterra; cerradas las comunicaciones por la guerra, todo me faltó: me vi obligada entonces a volver; hace seis días arribé a Portsmouth.
-¿Y bien? - dijo Felton.
-Y bien. Buckingham se enteró sin duda de mi regreso, habló de él a lord de Winter, ya prevenido contra mí, y le dijo que su cuñada era una prostituida, una mujer marcada. La voz pura y noble de mi marido no estaba allí para defenderme. Lord de Winter creyó todo cuanto se le dijo, con tanta mayor facilidad cuanto que tenía interés en creerlo. Me hizo detener, me condujo aquí, me puso bajo vuestra custodia. El resto vos lo sabéis: pasado mañana me destierra, me deporta; pasado mañana me relega entre los infames. ¡Oh!, la trampa está bien urdida, la conspiración es hábil y mi honor no sobrevivirá a ella. De sobra veis que es preciso que yo muera, Felton; ¡Felton, dadme ese cuchillo!
Y tras estas palabras, como si todas sus fuerzas estuvieran agotadas, Milady se dejó ir débil y lánguida entre los brazos del joven oficial que, ebrio de amor, de cólera y de voluptuosidades desconocidas, la recibió con transporte, la apretó contra su corazón, todo tembloroso ante el aliento de aquella boca tan bella, todo extraviado al contacto de aquel seno tan palpitante.
-No, no - dijo ; no, tú vivirás honrada y pura, vivirás para triunfar de tus enemigos.
Milady lo rechazó lentamente con la mano atrayéndolo con la mirada; mas Felton, a su vez, se apoderó de ella, implorándola como a una divinidad.
-¡Oh! ¡La muerte, la muerte! - dijo ella, velando su voz y sus párpados-. ¡Oh, la muerte antes que la vergüenza! Felton, hermano mío, amigo mío, te lo ruego.
-No - exclamó Felton-, no, ¡tú vivirás y serás vengada!
-Felton, llevo la desgracia a todo lo que me rodea. ¡Felton, abandóname! ¡Felton, déjame morir!
-Pues bien, muramos entonces juntos - exclamó él apoyando sus labios sobre los de la prisionera.
Varios golpes sonaron en la puerta; esta vez, Milady lo rechazó realmente.
-Escucha - dijo-, nos han oído; alguien viene. ¡Se acabó, estamos perdidos!
-No - dijo Felton-, es el centinela que me previene sólo de que llega una ronda.
-Entonces, corred a la puerta y abrid vos mismo.
Felton obedeció: aquella mujer era ya todo su pensamiento, toda su alma.
Se encontró frente a un sargento que mandaba una patrulla de vigilancia.
-¡Y bien! ¿Qué ocurre? - preguntó el joven teniente.
-Me habíais dicho que abriese la puerta si oía pedir ayuda - dijo el soldado-, pero habéis olvidado dejarme la llave; os he oído gritar sin comprender lo que decíais, he querido abrir la puerta, estaba cerrada por dentro y entonces he llamado al sargento.
-Y aquí estoy - dijo el sargento.
Felton, extraviado, casi loco, permanecía sin voz.
Milady comprendió que le correspondía coger las riendas de la situación; corrió a la mesa y cogió el cuchillo que había depositado Felton:
-¿Y con qué derecho queréis impedirme morir? - dijo ella.
-¡Gran Dios! - exclamó Felton viendo brillar el cuchillo en su mano.
En aquel momento, una carcajada irónica resonó en el corredor.
El barón, atraído por el ruido, en bata, con la espada bajo el brazo, estaba de pie en el umbral de la puerta.
-¡Ah, ah! - dijo-. Ya estamos ante el último acto de la tragedia; ya lo veis, Felton el drama ha seguido todas las fases que yo había indicado; pero estad tranquilo, la sangre no correrá.
Milady comprendió que estaba perdida si no daba a Felton una prueba inmediata y terrible de su valor.
-Os equivocáis, milord, la sangre correrá. ¡Ojalá esa sangre caiga sobre los que la hacen correr!
Felton lanzó un grito y se precipitó hacia ella; era demasiado tarde: Milady se había golpeado.
Pero el cuchillo había encontrado, afortunadamente, deberíamos decir que hábilmente, la ballena de hierro que en esa época defendía como una coraza el pecho de las mujeres; se había deslizado desgarrando el vestido y había penetrado al bies entre la carne y las costillas.
El vestido de Milady no por ello quedó menos manchado de sangre en un segundo.
Milady había caído de espaldas y parecía desvanecida.
Felton arrancó el cuchillo.
-Ved, milord - dijo con aire sombrío-. ¡Ahí tenéis una mujer que estaba bajo mi custodia y que se ha matado!
-Estad tranquilo, Felton - dijo lord de Winter-, no está muerta, los demonios no mueren tan fácilmente, tranquilizaos e id a esperarme en mi cuarto.
-Pero, milord.
-Id, os lo ordeno.
A esta conminación de su superior, Felton obedeció; pero, al salir, puso el cuchillo en su pecho.
En cuanto a lord de Winter, se contentó con llamar a la mujer que servía a Milady, y cuando hubo venido le recomendó a la prisionera que seguía desvanecida, y la dejó sola con ella.
Sin embargo, como en conjunto, pese a sus sospechas, la herida podía ser grave, envió al instante un hombre a caballo a buscar un médico.




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