Los tres mosqueteros: Capítulo XLV

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Como Athos había previsto, el cardenal no tardó en descender; abrió la puerta de la habitación en que habían entrado los mosqueteros y encontró a Porthos jugando una encarnizada partida de dados con Aramis. De rápida ojeada registró todos los rincones de la sala y vio que le faltaba uno de los hombres.
-¿Qué ha sido del señor Athos? - preguntó.
-Monseñor - respondió Porthos-, ha partido como explorador por algunas frases de nuestro hostelero, que le han hecho creer que la ruta no era segura.
-¿Y vos, que habéis hecho vos, señor Porthos?
-Le he ganado cinco pistolas a Aramis.
-Y ahora, ¿podéis volver conmigo?
-Estamos a las órdenes de Vuestra Eminencia.
-A caballo pues, señores, que se hace tarde.
-El escudero estaba a la puerta y sostenía por las bridas el caballo del cardenal. Un poco más lejos, un grupo de dos hombres y de tres caballos aparecía en la sombra: aquellos dos hombres eran los que debían conducir a Milady al fuerte de La Pointe y velar por su embarque.
El escudero confirmó al cardenal lo que los dos mosqueteros ya le habían dicho a propósito de Athos. El cardenal hizo un gesto aprobador y emprendió la ruta, rodeándose de las mismas precauciones que había tomado al partir.
Dejémosle seguir el camino del campamento, protegido por el escudero y los dos mosqueteros, y volvamos a Athos.
Durante una centena de pasos, había caminado al mismo trote; mas una vez fuera de la vista, había lanzado su caballo a la derecha, había dado un rodeo, y había vuelto a una veintena de pasos, al bosquecillo, para acechar el paso de la pequeña tropa; una vez reconocidos los sombreros bordados de sus compañeros y la franja dorada de la capa del señor cardenal, esperó a que los caballeros hubieran doblado el recodo del camino, y habiéndoles perdido de vista, volvió al galope al albergue que se le abrió sin dificultad.
El hostelero lo reconoció.
-Mi oficial - dijo Athos - ha olvidado hacer a la dama del primero una recomendación importante; me envía para reparar su olvido.
-Subid - dijo el hostelero-, todavía está en su habitación.
Athos aprovechó el permiso, subió la escalera con su paso más ligero, llegó a la meseta y a través de la puerta entreabierta vio a Milady que se ataba su sombrero.
Entró en la habitación y cerró la puerta tras sí.
Al ruido que hizo al empujar el cerrojo, Milady se volvió.
Athos estaba de pie ante la puerta, envuelto en su capa, la capa cubriéndole hasta los ojos.
Al ver aquella figura muda a inmóvil como una estatua, Milady tuvo miedo.
-¿Quién sois? ¿Y qué queréis? - exclamó.
-Vamos, ¡es ella! - murmuró Athos.
Y dejando caer su capa y alzando su sombrero avanzó hacia Milady.
-¿Me reconocéis, señora? - dijo.
Milady dio un paso adelante, luego retrocedió como ante la vista de una serpiente.
-Vamos - dijo Athos-, está bien, ya veo que me reconocéis.
-¡El conde de La Fère! - murmuró Milady palideciendo y retrocediendo hasta que el muro le impidió ir más lejos.
-Sí, Milady - respondió Athos-, el conde de La Fère en persona, que vuelve directamente del otro mundo para tener el placer de veros. Sentémonos, pues, y hablemos, como dice Monseñor el cardenal.
Milady, dominada por un terror inexpresable, se sentó sin proferir una sola palabra.
-¿Sois acaso un demonio enviado a la tierra? - dijo Athos-. Vuestro poder es grande, pero sabéis también que con la ayuda de Dios los hombres han vencido con frecuencia a los demonios más terribles. Ya os cruzasteis en mi camino, creía haberos vencido, señora; pero, o yo me equivocaba o el infierno os ha resucitado.
A estas palabras que le traían recuerdos espantosos, Milady bajó la cabeza con un gemido sordo.
-Sí, el infierno os ha resucitado - prosiguió Athos-, el infierno os ha hecho rica, el infierno os ha dado otro nombre, el infierno os ha rehecho casi otro rostro; pero no ha borrado ni las mancillas de vuestra alma ni la marca de vuestro cuerpo.
Milady se levantó como movida por un resorte, y sus ojos lanzaron destellos. Athos permaneció sentado.
-Me creíais muerto, como yo os creía muerta, ¿no es as? ¡Y este nombre de Athos había ocultado al conde de La Fère, como el nombre de Milady Clarick había ocultado a Anne de Breuil! ¿No era así como os llamabais cuando vuestro honrado hermano nos casó? Nuestra posición es realmente extraña - prosiguió Athos riendo ; uno y otro sólo hemos vivido hasta ahora porque nos creíamos muertos, y porque un recuerdo molesta menos que una criatura, aunque ésta sea más devoradora a veces que un recuerdo.
-Pero, en fin - dijo Milady con una voz sorda-, ¿qué os trae a mí? ¿Y qué queréis de mí?
-Quiero deciros que, aunque permaneciendo invisible a vuestros ojos, no os he perdido de vista.
-¿Sabéis lo que he hecho?
-Puedo contar día por día vuestras acciones, desde vuestra entrada al servicio del cardenal hasta esta noche.
Una sonrisa de incredulidad pasó por los labios pálidos de Milady.
-Oíd: sois vos quien cortó los dos herretes de diamantes del hombro del duque de Buckingham; sois vos quien ha hecho raptar a la señora Bonacieux; sois vos quien, enamorada de De Wardes, y creyendo pasar la noche con él, habéis abierto vuestra puerta al señor D'Artagnan; sois vos quien, creyendo que De Wardes os había engañado quisisteis hacerlo matar por su rival; sois vos quien, cuando este rival hubo descubierto vuestro infame secreto, habéis querido hacerlo matar por dos asesinos que enviasteis en su persecución; sois vos quien, viendo que las balas habían fallado su tiro, habéis enviado vino envenenado con una carta falsa para hacer creer a vuestra víctima que aquel vino venía de sus amigos; sois vos, en fin, quien en esta habitación, y sentada en la silla en que estoy, acabáis de aceptar con el cardenal Richelieu el compromiso de hacer asesinar al duque de Buckingham, a cambio de la promesa que él os ha hecho de dejaros asesinar a D'Artagnan.
Milady estaba lívida.
-Pero ¿sois acaso Satán? - dijo ella.
-Quizá - dijo Athos-, pero en cualquier caso, escuchad bien esto: asesinéis o hagáis asesinar al duque de Buckingham, poco importa; no lo conozco, además es un inglés. Pero no toquéis con la punta de los dedos ni un solo pelo de D'Artagnan, que es un fiel amigo a quien amo y a quien defiendo, o os juro por la cabeza de mi padre que el crimen que hayáis cometido será el último.
-El señor D'Artagnan me ha ofendido cruelmente - dijo Milady con voz sorda-. El señor D'Artagnan morirá.
-¿De veras es posible que alguien os ofenda, señora? - dijo riendo Athos-. ¿Os ha ofendido y morirá? -Morirá - replicó Milady ; ella primero, él después.
Athos fue arrebatado como por un vértigo: la vista de aquella criatura, que no tenía nada de mujer, le traía recuerdos terribles; pensó que un día, en una situación menos peligrosa que aquella en que se encontraba, había ya querido sacrificarla a su honor; su deseo de crimen le volvió quemándole y lo invadió como una fiebre ardiente: se levantó a su vez, llevó la mano a su cintura, sacó de él una pistola y la armó.
Milady, pálida como un cadáver, quiso gritar, pero su lengua helada no pudo proferir más que un sonido ronco que no tenía nada de palabra humana y que parecía el estertor de una bestia fiera; pegada contra la sombría tapicería, con los cabellos esparcidos, parecía como la imagen espantosa del terror.
Athos alzó lentamente su pistola, extendió el brazo de manera que el arma tocase casi la frente de Milady y luego, con una voz tanto más terrible cuanto que tenía la calma suprema de una inflexible resolución:
-Señora - dijo-, ahora mismo vais a entregarme el papel que os ha firmado el cardenal, o por mi alma que os salto la tapa de los sesos.
Con otro hombre Milady habría podido conservar alguna duda, pero ella conocía a Athos; sin embargo, permaneció inmóvil.
-Tenéis un segundo para decidiros - dijo él.
Milady vio en la contracción de su rostro que el disparo iba a salir; llevó vivamente la mano a su pecho, sacó de él un papel y lo tendió a Athos.
-¡Tomad - dijo ella-, y sed maldito!
Athos cogió el papel, volvió a poner la pistola en su cintura, se acercó a la lámpara para asegurarse de que era aquél, lo desplegó y leyó:

«El portador de la presente ha "hecho lo que ha hecho" por orden mía y para bien del Estado.
3 de diciembre de 1627.
Richelieu»
-Y ahora - dijo Athos recobrando su capa y volviendo a ponerse el sombrero en la cabeza-, ahora que le he arrancado los dientes, víbora, muerde si puedes.
Y salió de la habitación sin mirar siquiera para atrás.
A la puerta encontró a los dos hombres y el caballo que tenían de la mano.
-Señores - dijo - la orden de Monseñor, ya lo sabéises conducir a esa mujer, sin perder tiempo, al fuerte de La Pointe y no dejarla hasta que esté a bordo.
Como estas palabras concordaban efectivamente con la orden que había recibido, inclinaron la cabeza en señal de asentimiento.
En cuanto a Athos, montó con ligereza y partió al galope; sólo que, en lugar de seguir la ruta, tomó campo a través, picando con vigor a su caballo y deteniéndose de vez en cuando para escuchar.
En uno de estos altos, oyó por el camino el paso de varios caballos. No dudó que fueran el cardenal y su escolta. Entonces echó una nueva carrera, restregó a su caballo con los brezales y las hojas de los árboles y vino a situarse de través en el camino, a doscientos pasos del campamento aproximadamente.
-¿Quién vive? - gritó de lejos cuando divisó a los caballeros.
-Es nuestro valiente mosquetero, según creo - dijo el cardenal.
-Sí, Monseñor - respondió Athos-, el mismo.
-Señor Athos - dijo Richelieu-, recibid mi agradecimiento por la buena custodia que habéis hecho de nosotros; señores, hemos llegado: tomad la puerta de la izquierda, la contraseña es Rey y Ré.
Al decir estas palabras, el cardenal saludó con la cabeza a los tres amigos y giró a la derecha seguido de su escudero; porque aquella noche dormía en el campamento.
-¡Y bien! - dijeron a una Porthos y Aramis cuando el cardenal estuvo fuera del alcance de la voz-. Y bien, ha firmado el papel que ella pedía.
-Lo sé - dijo tranquilamente Athos-, porque es éste.
Y los tres amigos no intercambiaron una sola palabra hasta su acuartelamiento, excepto para dar la contraseña a los centinelas.
Sólo que enviaron a Mosquetón a decir a Planchet que rogaban a su amo que, al ser relevado de trinchera, se dirigiese al momento al alojamiento de los mosqueteros.
Por otra parte, como Athos había previsto, Milady, al encontrarse en la puerta a los hombres que la esperaban, no puso ninguna dificultad en seguirlos; por un instante había tenido ganas de hacerse llevar ante el cardenal y contarle todo, pero una revelación por su parte llevaba a una revelación por parte de Athos: ella diría que Athos la había colgado, pero Athos diría que ella estaba marcada; pensó que más valía guardar silencio, partir discretamente, cumplir con su habilidad ordinaria la difícil misión de que se había encargado y luego, una vez cumplido todo a satisfacción del cardenal, ir a reclamar su venganza.
Por consiguiente, tras haber viajado toda la noche, a las siete de la mañana estaba en el fuerte de La Pointe, a las ocho había embarcado y a las nueve el navío, que con la patente de corso del cardenal se suponía en franquía para Bayonne, levaba el ancla y navegaba rumbo a Inglaterra.




Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas (padre)

Prefacio - Capítulo I - Capítulo II - Capítulo III - Capítulo IV - Capítulo V - Capítulo VI - Capítulo VII - Capítulo VIII - Capítulo IX
Capítulo X - Capítulo XI - Capítulo XII - Capítulo XIII - Capítulo XIV - Capítulo XV - Capítulo XVI - Capítulo XVII - Capítulo XVIII - Capítulo XIX
Capítulo XX - Capítulo XXI - Capítulo XXII - Capítulo XXIII - Capítulo XXIV - Capítulo XXV - Capítulo XXVI - Capítulo XXVII - Capítulo XXVIII - Capítulo XXIX
Capítulo XXX - Capítulo XXXI - Capítulo XXXII - Capítulo XXXIII - Capítulo XXXIV - Capítulo XXXV - Capítulo XXXVI - Capítulo XXXVII - Capítulo XXXVIII
Capítulo XXXIX - Capítulo XL - Capítulo XLI - Capítulo XLII - Capítulo XLIII - Capítulo XLIV - Capítulo XLV - Capítulo XLVI - Capítulo XLVII - Capítulo XLVIII
Capítulo XLIX - Capítulo L - Capítulo LI - Capítulo LII - Capítulo LIII - Capítulo LIV - Capítulo LV - Capítulo LVI - Capítulo LVII - Capítulo LVIII
Capítulo LIX - Capítulo LX - Capítulo LXI - Capítulo LXII - Capítulo LXIII - Capítulo LXIV - Capítulo LXV - Capítulo LXVI - Capítulo LXVII - Epílogo