Los viajes de Gulliver: Parte I, Capítulo VIII

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Los viajes de Gulliver
Parte I: Capítulo VIII''
 de Jonathan Swift

El autor, por un venturoso accidente, encuentra modo de abandonar Blefuscu. -Después de varias dificultades, vuelve sano y salvo a su país natal.


Tres días después de mi llegada, paseando por curiosidad hacia la costa nordeste de la isla, descubrí, como a media legua dentro del mar, algo que parecía como un bote volcado. Me quité los zapatos y las medias, y, vadeando dos o trescientas yardas, vi que el objeto iba aproximándose por la fuerza de la marea, y luego reconocí claramente ser, en efecto, un bote, que supuse podría haber arrastrado de un barco alguna tempestad. Con esto, volví inmediatamente a la ciudad y supliqué a Su Majestad Imperial que me prestase veinte de las mayores embarcaciones que le quedaron después de la pérdida de su flota y tres mil marineros, bajo el mando del vicealmirante. Esta flota se hizo a la vela y avanzó costeando, mientras yo volvía por el camino más corto al punto desde donde primero descubriera el bote; encontré que la marea lo había acercado más todavía. Todos los marineros iban provistos de cordaje que yo de antemano había trenzado para darle suficiente resistencia. Cuando llegaron los barcos me desnudé y vadeé hasta acercarme como a cien yardas del bote, después de lo cual tuve que nadar hasta alcanzarlo. Los marineros me arrojaron el cabo de la cuerda, que yo amarré a un agujero que tenía el bote en su parte anterior, y até el otro cabo a un buque de guerra. Pero toda mi tarea había sido inútil, pues como me cubría el agua no podía trabajar. En este trance me vi forzado a nadar detrás y dar empujones al bote hacia adelante lo más frecuentemente que podía con una de las manos; y como la marea me ayudaba, avancé tan de prisa, que en seguida hice pie y pude sacar la cabeza. Descansé dos o tres minutos y luego di al bote otro empujón, y así continué hasta que el agua no me pasaba de los sobacos; y entonces, terminada ya la parte más trabajosa, tomé los otros cables, que estaban colocados en uno de los buques, y los amarré primero al bote y después a nueve de los navíos que me acompañaban. El viento nos era favorable, y los marineros remolcaron y yo empujé hasta que llegamos a cuarenta yardas de la playa, y, esperando a que bajase la marea, fui a pie enjuto adonde estaba el bote, y con la ayuda de dos mil hombres con cuerdas y máquinas me di traza para restablecerlo en su posición normal, y vi que sólo estaba un poco averiado.

No he de molestar al lector relatando las dificultades en que me hallé para, con ayuda de ciertos canaletes, cuya hechura me llevó diez días, conducir mi bote al puerto real de Blefuscu, donde se reunió a mi llegada enorme concurrencia de gentes, llenas del asombro en presencia de embarcación tan colosal. Dije al emperador que mi buena fortuna había puesto este bote en mi camino como para trasladarme a algún punto desde donde pudiese volver a mi tierra natal, y supliqué de Su Majestad órdenes para que se me facilitasen materiales con que alistarlo, así como su licencia para partir, lo que después de algunas reconvenciones de cortesía se dignó concederme.

En todo este tiempo se me hacía maravilla no tener noticia de que nuestro emperador hubiese enviado algún mensaje referente a mí a la corte de Blefuscu; pero después me hicieron saber secretamente que Su Majestad Imperial, no imaginando que yo tuviera el menor conocimiento de su propósito, creía que sólo había ido a Blefuscu en cumplimiento de mi promesa, de acuerdo con el permiso que él me había dado y era notorio en nuestra corte, y que regresaría a los pocos días, cuando la ceremonia terminase. Mas sintióse, al fin, inquietado por mi larga ausencia, y, luego de consultar con el tesorero y el resto de aquella cábala, se despachó a una persona de calidad con la copia de los artículos dictados en contra mía. Este enviado llevaba instrucciones para exponer al monarca de Blefuscu la gran clemencia de su señor, que se contentaba con castigarme no más que a la pérdida de los ojos, así como que yo había huido de la justicia y sería despojado de mi título de nardac y declarado traidor si no regresaba en un plazo de dos horas. Agregó además el enviado que su señor esperaba que, a fin de mantener la paz y la amistad entre los dos imperios, su hermano de Blefuscu daría orden de que me devolviesen a Liliput sujeto de pies y manos, para ser castigado como traidor.

El emperador de Blefuscu, que se tomó tres días para consultar, dio una respuesta consistente en muchas cortesías y excusas. Decía que por lo que tocaba a enviarme atado, su hermano sabía muy bien que era imposible; que aun cuando yo le había despojado de su flota, no obstante, él me estaba muy obligado por los muchos buenos oficios que le había dispensado al concertarse la paz; que, sin embargo, sus dos majestades podían quedar pronto tranquilas, por cuanto yo había encontrado en la costa una colosal embarcación capaz de llevarme por mar, la cual había él dado orden de alistar con mi propia ayuda y dirección, y así confiaba en que dentro de pocas semanas ambos imperios se verían libres de carga tan insoportable.

Con esta respuesta se volvió a Liliput el enviado. El monarca de Blefuscu me refirió todo lo acontecido, ofreciéndome al mismo tiempo -pero en el seno de la más estrecha confianza- su graciosa protección si quería continuar a su servicio. Pero en este punto, aun cuando yo creía sus palabras sinceras, resolví no volver a depositar confianza en príncipes ni ministros mientras me fuera posible evitarlo; y así, con todo el reconocimiento debido a sus generosas intenciones, le supliqué humildemente que me excusase. Le dije que ya que la fortuna, por bien o por mal, había puesto una embarcación en mi camino, estaba resuelto a aventurarme en el Océano antes que ser ocasión de diferencias entre dos monarcas tan poderosos. Tampoco encontré que el emperador mostrase el menor disgusto, y descubrí, gracias a cierto incidente, que estaba muy contento de mi resolución, lo mismo que la mayor parte de sus ministros.

Estas consideraciones me movieron a apresurar mi marcha algo más de lo que yo tenía pensado; a lo que la corte, impaciente por verme partir, contribuyó con gran diligencia. Se dedicaron quinientos obreros a hacer dos velas para mi bote, según instrucciones mías, disponiendo en trece dobleces el más fuerte de sus lienzos. Pasé grandes trabajos para hacer cuerdas y cables, trenzando diez, veinte o treinta de los más fuertes de los suyos. Una gran piedra que vine a hallar después de larga busca por la playa me sirvió de ancla. Me dieron el sebo de trescientas vacas para engrasar el bote y para otros usos. Pasé trabajos increíbles para cortar algunos de los mayores árboles de construcción con que hacerme remos y mástiles, tarea en que me auxiliaron mucho los armadores de Su Majestad, ayudándome a alisarlos una vez que yo había hecho el trabajo más duro.

Transcurrido como un mes, cuando todo estuvo dispuesto, envié a ponerme a las órdenes del emperador y a pedirle licencia para partir. El emperador y la familia real salieron del palacio; me acosté, juntando la cara al suelo, para besar su mano, que él muy graciosamente me alargó, y otro tanto hicieron la emperatriz y los jóvenes príncipes de la sangre. Su Majestad me obsequió con cincuenta bolsas de a doscientos sprugs cada una, con más un retrato suyo de tamaño natural, que yo coloqué inmediatamente dentro de uno de mis guantes para que no se estropeara. Las ceremonias que se celebraron a mi partida fueron demasiadas para que moleste ahora al lector con su relato.

Abastecí el bote con un centenar de bueyes y trescientos carneros muertos, pan y bebida en proporción y tanta carne ya aderezada como pudieron procurarme cuatrocientos cocineros. Tomé conmigo seis vacas y dos toros vivos, con otras tantas ovejas y moruecos, proyectando llevarlos a mi país y propagar la casta. Y para alimentarlos a bordo cogí un buen haz de heno y un saco de grano. De buena gana me hubiese llevado una docena de los pobladores pero ésta fue cosa que el emperador no quiso en ningún modo permitir; y además de un diligente registro que en mis bolsillos se practicó, Su Majestad me hizo prometer por mi honor que no me llevaría a ninguno de sus súbditos, a menos que mediase su propio consentimiento y deseo.

Preparado así todo lo mejor que pude, me di a la vela el 24 de septiembre de 1701, a las seis de la mañana; y cuando había andado unas cuatro leguas en dirección Norte, con viento del Sudeste, a las seis de la tarde divisé una pequeña isla, como a obra de media legua al Noroeste. Avancé y eché el ancla en la costa de sotavento de la isla, que parecía estar inhabitada. Tomé algún alimento y me dispuse a descansar. Dormí bien y, según calculé, seis horas por lo menos, pues el día empezó a clarear a las dos horas de haberme despertado. Hacía una noche clara. Tomé mi desayuno antes de que saliera el sol, y levando ancla, con viento favorable, tomé el mismo rumbo que había llevado el día anterior, en lo que me guié por mi brújula de bolsillo. Era mi intención arribar, a ser posible, a una de las islas que yo tenía razones para creer que había al Nordeste de la tierra de Van Dieme. En todo aquel día no descubrí nada; pero el siguiente, sobre las tres de la tarde, cuando, según mis cálculos, había hecho veinticuatro leguas desde Blefuscu, divisé una vela que navegaba hacia el Sudeste; mi rumbo era Levante. La saludé a la voz, sin obtener respuesta; aprecié, no obstante, que le ganaba distancia, porque amainaba el viento. Tendí las velas cuanto pude, y a la media hora, habiéndome divisado, enarboló su enseña y disparé un cañonazo. No es fácil de expresar la alegría que experimenté ante la inesperada esperanza de volver a ver a mi amado país y a las prendas queridas que en él había dejado. Amainó el navío sus velas, y yo le alcancé entre cinco y seis de la tarde del 26 de septiembre; el corazón me saltaba en el pecho viendo su bandera inglesa. Me metí las vacas y los carneros en los bolsillos de la casaca y salté a bordo con todo mi pequeño cargamento de provisiones. El navío era un barco mercante inglés que volvía del Japón por los mares del Norte y del Sur, y su capitán, Mr. John Biddel, de Deptford, hombre muy amable y marinero excelente. Nos hallábamos a la sazón a la latitud de 30 grados Sur; había unos cincuenta hombres en el barco y allí encontré a un antiguo camarada mío, un tal Peter Williams, que me recomendó muy bien al capitán. Este caballero me trató con toda cortesía y me rogó que le diese a conocer cuál era el sitio de donde venía últimamente y adónde debía dirigirme, lo que yo hice en pocas palabras; pero él pensó que yo desvariaba y que los peligros porque había pasado me habían vuelto el juicio. Entonces saqué del bolsillo mi ganado vacuno y mis carneros, y por ellos, después de asombrarse grandemente, quedó del todo convencido de mi veracidad. Le enseñé después el oro que me había dado el emperador de Blefuscu, así como el retrato de tamaño natural de Su Majestad y algunas otras curiosidades de aquel país. Le di dos bolsas de doscientos sprugs, y le prometí que en llegando a Inglaterra le regalaría una vaca y una oveja preñadas.

No he de molestar al lector con la relación detallada de este viaje, que fue en su mayor parte muy próspero. Llegamos a las Dunas el 13 de abril de 1702. Sólo tuve una desgracia, y fue que las ratas de a bordo me llevaron uno de los dos carneros; encontré sus huesos en un agujero, completamente mondados de carne. El resto de mi ganado lo saqué salvo a tierra y le di a pastar en una calle de césped de los jardines de Greenwich, donde la finura de la hierba les hizo comer con muy buena gana, en contra de lo que yo había temido. Y tampoco me hubiera sido posible conservarlo durante tan largo viaje si el capitán no me hubiese cedido parte de su mejor bizcocho, que, reducido a polvo y amasado con agua, fue su alimento constante. El poco tiempo que estuve en Inglaterra, obtuve considerable provecho de enseñar mi ganado a numerosas personas de calidad y a otras, y antes de emprender mi segundo viaje lo vendí por seiscientas libras. A mi último regreso he encontrado que la casta ha aumentado considerablemente, especialmente los carneros; y espero que ello sea muy en ventaja de la manufactura lanera, a causa de la finura del vellón.

Sólo estuve dos meses con mi mujer y mis hijos, pues mi deseo insaciable de ver países extraños no podía permitirme continuar más. Dejé a mi mujer mil quinientas libras y la instalé en una buena casa de Recriff. El resto de mis reservas lo llevé conmigo, parte en dinero, parte en mercancías, con esperanza de aumentar mi fortuna. El mayor de mis tíos, Juan, me había dejado una hacienda en tierras, cerca de Epping, de unas treinta libras al año, y yo tenía un buen arrendamiento del Black Bull en Fetter Lane, que me rendía otro tanto; así que no corría el peligro de dejar mi gente a la caridad de la parroquia.

Mi hijo Juanito, que se llamaba así por su tío, estaba en la Escuela de Gramática y era aún muchacho. Mi hija Betty -hoy casada y con hijos- aprendía entonces a bordar. Me despedí de mi mujer, mi niño y mi niña, con lágrimas por ambas partes, y pasé a bordo del Adventure, barco mercante de trescientas toneladas, destinado para Surat, mandado por el capitán John Nicholas, de Liverpool.

Pero la relación de esta travesía debo remitirla a la segunda parte de mis viajes.