Los viajes de Gulliver: Parte II, Capítulo II

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Los viajes de Gulliver
Parte II: Capítulo II''
 de Jonathan Swift

Retrato de la hija del labrador. -Llevan al autor a un pueblo en día de mercado y luego a la metrópoli.- Detalles de su viaje.


Mi ama tenía una hija de nueve años, niña de excelentes prendas para su corta edad, muy dispuesta con la aguja y muy mañosa para vestir su muñeca. Su madre y ella discurrieron arreglarme la cama del muñeco para que pasase la noche. Pusieron la cama dentro de una gaveta colocada en un anaquel colgante por miedo de las ratas. Éste fue mi lecho todo el tiempo que permanecí con aquella gente, y fue mejorándose poco a poco, conforme yo aprendía el idioma y podía ir exponiendo mis necesidades. La niña de que hablo era tan mañosa, que con sólo haberme despojado de mis ropas delante de ella una o dos veces ya sabía vestirme y desnudarme, aunque yo nunca quise darle este trabajo cuando ella me permitía que me lo tomase yo mismo. Me hizo siete camisas y alguna ropa blanca más de la tela más fina que pudo encontrarse, y que era, ciertamente, más áspera que harpillera, y ella me las lavaba siempre con sus propias manos. Asimismo era mi maestra para la enseñanza del idioma. Cuando yo señalaba alguna cosa, ella me decía el nombre en su lengua, y así en pocos días me encontré capaz de pedir lo que me era preciso. Era muy bondadosa y no más alta de cuarenta pies, pues estaba muy pequeña para su tiempo. Me dio el nombre de Grildrig, que la familia adoptó, y después todo el reino. La palabra vale tanto como la latina Nanunculus, la italiana Homunceletino y la inglesa Mannikin. A esta niña debo principalmente mi salvación en aquel país. Nunca nos separamos mientras estuve allá. Le llamaba yo mi Glumdalclitch, o sea mi pequeña niñera; y cometería grave pecado de ingratitud si omitiese esta justa mención de su cuidado y su afecto para mí, a los cuales quisiera yo que hubiese estado en mi mano corresponder como ella merecía, en lugar de verme convertido en el inocente pero fatal instrumento de su desventura, como tengo demasiadas razones para temer que haya sucedido.

Por entonces empezaba ya a saberse y comentarse en las cercanías que mi amo se había encontrado en el campo un animal extraño, del grandor aproximado de un splacknuck, pero formado exactamente en todas sus partes como un ser humano, al que asimismo imitaba en todas sus acciones. Parecía hablar una especie de lenguaje peculiar; había aprendido ya varias palabras del de ellos; andaba en dos pies; era manso y amable; acudía cuando le llamaban; hacía lo que le mandaban y tenía los más lindos miembros del mundo y un cutis más fino que pudiera tenerlo la hija de un noble a los tres años de edad. Otro labrador que vivía cerca y era muy amigo de mi amo pasó a hacerle una visita con la intención de averiguar lo que hubiese de cierto en este rumor. Me sacaron inmediatamente y me colocaron sobre una mesa, donde paseé según me ordenaron, saqué mi alfanje, lo volví a la vaina, hice una reverencia al huésped de mi amo, le pregunté en su propia lengua cómo estaba y le di la bienvenida, todo del modo que me había enseñado mi niñera. Este hombre, que era viejo y corto de vista, se puso los anteojos para observarme mejor, ante lo cual no pude evitar el reírme a carcajadas, pues sus ojos parecían la luna llena resplandeciendo en una habitación con dos ventanas. Mi gente, que descubrió la causa de mi regocijo, me acompañó en la risa, y el pobre viejo fue lo bastante necio para enfurecerse y turbarse. Tenía aquel hombre fama de muy tacaño, y, por mi desgracia, la merecía cumplidamente, a juzgar por el maldito consejo que dio a mi amo de que en calidad de espectáculo me enseñase un día de mercado en la ciudad próxima, que distaba media hora de marcha a caballo, o sea unas veintidós millas de nuestra casa. Adiviné que maquinaban algún mal cuando advertí que mi amo y su amigo cuchicheaban una buena pieza, a veces señalando hacia mí, y el mismo temor me hacía imaginar que entreoía y comprendía algunas palabras. Pero a la mañana siguiente Glumdalclitch, mi niñera, me enteró de todo el asunto, que ella había sonsacado hábilmente a su madre. La pobre niña me puso en su seno y rompió a llorar de vergüenza y dolor. Recelaba ella que me causara algún daño el vulgo brutal, como, por ejemplo, oprimirme hasta dejarme sin vida, o romperme un miembro cuando me cogiesen en las manos. Había advertido también cuán recatado era yo de mí y cuán cuidadoso de mi honor y suponía lo indigno que había de parecerme ser expuesto por dinero como espectáculo público a las gentes de más baja ralea. Decía que su papá y su mamá le habían prometido que Grildrig sería para ella; pero que ahora veía que iba a sucederle lo mismo que el año pasado, que hicieron como que le regalaban un corderito y tan pronto como estuvo gordo se lo vendieron a un carnicero.

Por lo que a mí toca puedo sinceramente afirmar que la cosa me importaba mucho menos que a mi niñera. Mantenía yo la firme esperanza, que nunca me abandonó, de que algún día podría recobrar la libertad; y en cuanto a la ignominia de ser paseado como un fenómeno, consideraba que yo era perfectamente extraño en el país y que tal desventura nunca podría achacárseme como reproche si alguna vez regresaba a Inglaterra, ya que el mismo rey de la Gran Bretaña en mis circunstancias hubiese tenido que sufrir la misma calamidad.

Mi amo, siguiendo el consejo de su amigo, me condujo el primer día de mercado dentro de una caja a la ciudad vecina y llevó conmigo a su hijita, mi niñera, sentada en una albarda detrás de mí. La caja era cerrada por todos lados y tenía una puertecilla para que yo entrase y saliese y unos cuantos agujeros para que no me faltase el aire. La niña había tenido el cuidado de meter en ella la colchoneta de la cama de su muñeca para que me acostase. No obstante, quedé horriblemente zarandeado y molido del viaje, aunque sólo duró media hora, pues el caballo avanzaba unos cuarenta pies de cada paso y levantaba tanto en el trote, que la agitación equivalía al cabeceo de un barco durante una gran tempestad, pero mucho más frecuente. Nuestra jornada fue algo más que de Londres a San Albano. Mi amo se apeó en la posada donde solía parar, y luego de consultar durante un rato con el posadero y de hacer algunos preparativos necesarios asalarió al grultond, o pregonero, para que corriese por la ciudad que en la casa del Águila Verde se exhibía un ser extraño más pequeño que un splacknuck -bonito animal de aquel país, de unos seis pies de largo-, y conformado en todo su cuerpo como un ser humano, que hablaba varias palabras y hacía mil cosas divertidas.

Me colocaron sobre una mesa en el cuarto mayor de la posada, que muy bien tendría trescientos pies en cuadro. Mi niñera tomó asiento junto a la mesa, en una banqueta baja, para cuidar de mí e indicarme lo que había de hacer. Mi amo, para evitar el agolpamiento, sólo permitía que entrasen a verme treinta personas de cada vez. Anduve por encima de la mesa, obedeciendo las órdenes de la niña; me hizo ella varias preguntas, teniendo en cuenta mis alcances en el conocimiento del idioma, y yo las respondí lo más alto que me fue posible. Me volví varias veces a la concurrencia, le ofrecí mis humildes respetos, le di la bienvenida y dije otras razones que se me habían enseñado. Alcé, lleno de licor, un dedal que Glumdalclitch me había dado para que me sirviese de copa, y bebí a la salud de los espectadores. Saqué mi alfanje y lo blandí al modo de los esgrimidores de Inglaterra. Mi niñera me dio parte de una paja, y con ella hice ejercicio de pica, pues había aprendido este arte en mi juventud. Aquel día me enseñaron a doce cuadrillas de público, y otras tantas veces me vi forzado a volver a las mismas necedades, hasta quedar medio muerto de cansancio y enojo, porque los que me habían visto daban tan maravillosas referencias, que la gente parecía querer derribar las puertas para entrar. Mi amo, por su propio interés, no hubiera consentido que me tocase nadie, excepto mi niñera; y para evitar riesgos, se dispusieron en torno de la mesa bancos a distancia que me mantuviese fuera del alcance de todos. No obstante, un colegial revoltoso me asestó a la cabeza una avellana que estuvo en muy poco que me diese; venía la tal además con tanta violencia, que infaliblemente me hubiera saltado los sesos, pues casi era tan grande como una calabaza de poco tamaño. Pero tuve la satisfacción de ver al bribonzuelo bien zurrado y expulsado de la estancia.

Mi amo hizo público que me enseñaría otra vez el próximo día de mercado, y entretanto me dispuso un vehículo más conveniente, lo que no le faltaban razones para hacer, pues quedé tan rendido de mi primer viaje y de divertir a la concurrencia durante ocho horas seguidas, que apenas podía tenerme en pie ni articular una palabra. Lo menos tres días tardé en recobrar las fuerzas; y ni en casa tenía descanso, porque todos los señores de las cercanías, en un radio de cien millas, noticiosos de mi fama, acudían a verme a la misma casa de mi amo. No bajarían los que lo hicieron de treinta, con sus mujeres y sus niños -porque el país es muy populoso-, y mi amo pedía el importe de una habitación llena cada vez que me enseñaba en casa, aunque fuera a una sola familia. Así, durante algún tiempo apenas tuve reposo ningún día de la semana -excepto el viernes, que es el sábado entre ellos-, aunque no me llevaron a la ciudad.

Conociendo mi amo cuánto provecho podía sacar de mí, se resolvió a llevarme a las poblaciones de más consideración del reino. Y después de proveerse de todo lo preciso para una larga excursión y dejar resueltos los asuntos de su casa, se despidió de su mujer, y el 17 de agosto de 1703, a los dos meses aproximadamente de mi llegada, salimos para la metrópoli, situada hacia el centro del imperio y a unas tres mil millas de distancia de nuestra casa. Mi amo montó a su hija Glumdalclitch detrás de él y ella me llevaba en su regazo dentro de una caja atada a la cintura. La niña había forrado toda la caja con la tela más suave que pudo hallar, acolchándola bien por la parte de abajo, amoblándola con la cama de su muñeca, provístome de ropa blanca y otros efectos necesarios y dispuesto todo lo más convenientemente que pudo. No llevábamos otra compañía que un muchacho de la casa, que cabalgaba detrás con el equipaje.

Era el designio de mi amo enseñarme en todas las ciudades que cogieran de camino y desviarse hasta cincuenta o cien millas para visitar alguna aldea o la casa de alguna persona de condición, donde esperase encontrar clientela. Hacíamos jornadas cómodas, de no más de ciento cincuenta a ciento setenta millas por día, porque Glumdalclitch, con propósito de librarme a mí, se dolía de estar fatigada con el trote del caballo. A menudo me sacaba de la caja, atendiendo mis deseos, para que me diese el aire y enseñarme el paisaje, pero sujetándome siempre fuertemente con ayuda de unos andadores. Atravesamos cinco o seis ríos por gran modo más anchos y más profundos que el Nilo o el Ganges, y apenas había algún riachuelo tan chico como el Támesis por London Bridge. Empleamos diez semanas en el viaje, y fui enseñado en dieciocho grandes poblaciones, aparte de muchas aldeas y familias particulares.

El 26 de octubre llegamos a la metrópoli, llamada en la lengua de ellos Lorbrulgrud, o sea Orgullo del Universo. Mi amo tomó un alojamiento en la calle principal de la población, no lejos del palacio real, y publicó carteles en la forma acostumbrada, con una descripción exacta de mi persona y mis méritos. Alquiló un aposento grande, de tres o cuatrocientos pies de ancho. Puso una mesa de sesenta pies de diámetro, sobre la cual debía yo desempeñar mi papel, y la cercó a tres pies del borde y hasta igual altura para evitar que me cayese. Me enseñaban diez veces al día, con la maravilla y satisfacción de todo el mundo. A la sazón hablaba yo el idioma regularmente y entendía a la perfección palabra por palabra todo lo que se me decía. Además había aprendido el alfabeto y a las veces podía valerme para declarar alguna frase, pues Glumdalclitch me había dado lección cuando estábamos en casa y en las horas de ocio durante nuestro viaje. Llevaba en el bolsillo un librito, no mucho mayor que un Atlas de Sansón; era uno de esos tratados para uso de las niñas, en que se daba una sucinta idea de su religión. Con él me enseñó las letras y el significado de las palabras.