Los viajes de Gulliver: Parte III, Capítulo XI

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Los viajes de Gulliver
Parte III: Capítulo XI''
 de Jonathan Swift

El autor abandona Luggnagg y embarca para el Japón. -Desde allí regresa a Amsterdam en un barco holandés, y desde Amsterdam, a Inglaterra.


Pensé que este relato sobre los struldbrugs podía ser de algún interés para el lector, porque me parece que se sale de lo acostumbrado; al menos, yo no recuerdo haber visto nada semejante en ningún libro de viajes de los que han llegado a mis manos. Y si me equivoco, sírvame de excusa que es necesario muchas veces a los viajeros que describen el mismo país coincidir en el detenimiento sobre ciertos particulares, sin por ello merecer la censura de haber tomado o copiado de los que antes escribieron.

Hay, ciertamente, constante comercio entre aquel reino y el gran imperio del Japón, y es muy probable que los autores japoneses hayan dado a conocer en algún modo a los struldbrugs; pero mi estancia en el Japón fue tan corta y yo desconocía el lenguaje tan por completo, que no estaba capacitado para hacer investigación ninguna. Confío, sin embargo, en que los holandeses, noticiosos de esto, tendrán curiosidad y méritos suficientes para suplir mis faltas.

Su Majestad, que muchas veces me había instado para que aceptase un empleo en la corte, viéndome absolutamente decidido a volverme a mi país natal, se dignó concederme licencia para partir y me honró recomendándome en una carta de su propia mano al emperador del Japón. Asimismo me hizo un presente de cuatrocientas cuarenta y cuatro monedas grandes de oro -esta nación se perece por los números que se leen igual cualquiera que sea el lado por que se comience- y un diamante rojo que vendí en Inglaterra por mil cien libras.

El 6 de mayo de 1709 me despedí solemnemente de Su Majestad y de todos mis amigos. Este príncipe me dispensó la gracia de mandar que una guardia me condujese a Glanguenstald, puerto real situado en la parte Sudoeste de la isla. A los seis días encontré navío que me llevase al Japón, y tardé en el viaje quince días. Desembarcamos en el pequeño puerto llamado Jamoschi, situado en la parte Sudeste del Japón; la ciudad cae al Oeste, donde hay un estrecho angosto que conduce por el Norte a un largo brazo de mar en cuya parte Noroeste se asienta Yedo, la metrópoli. Al desembarcar mostré a los oficiales de la aduana la carta del rey de Luggnagg para Su Majestad Imperial. Conocían perfectamente el sello, que era de grande como la palma de mi mano, y cuya impresión representaba a un rey levantando del suelo a un mendigo lisiado. Los magistrados de la ciudad, sabedores de que llevaba tal carta sobre mí, me recibieron como a un ministro público; pusieron a mi disposición carruajes y servidumbre y pagaron mis gastos hasta Yedo, donde fui recibido en audiencia. Entregué mi carta, que fue abierta con gran ceremonia, y hablé al emperador por mediación de un intérprete, el cual me dijo, de orden de Su Majestad, que cualquier cosa que pidiese me sería concedida por amor de su real hermano de Luggnagg. Este intérprete se dedicaba a negociar con los holandeses; de mi aspecto dedujo inmediatamente que yo era europeo y repitió las órdenes de Su Majestad en bajo holandés, que hablaba a la perfección. Respondí -como de antemano había pensado- que era un comerciante holandés que había naufragado en un país muy remoto, de donde por mar y tierra había llegado a Luggnagg, y allí embarcado para el Japón, país en el que sabía que mis compatriotas realizaban frecuente comercio. Esperaba tener ocasión de regresar con algunos de ellos a Europa, y, de consiguiente, suplicaba del real favor orden para que me condujesen salvo a Nangasac. A esto agregué la petición de que, en gracia a mi protector el rey de Luggnagg, permitiese Su Majestad que se me dispensara de la ceremonia de hollar el crucifijo, impuesta a mis compatriotas, pues yo había caído en aquel reino por mis desventuras y no con intención ninguna de traficar. El emperador, cuando le hubieron traducido esta última demanda, se mostró un poco sorprendido y dijo que creía que era el primero de mis compatriotas que había tenido jamás escrúpulo en este punto; tanto que empezaba a dudar si era holandés o no y a sospechar que más bien había de ser cristiano. Sin embargo, ante las razones que le daba, y principalmente para obligar al rey de Luggnagg con una muestra excepcional de su favor, consentía en esta rareza de mi genio; pero el asunto debía llevarse con mucho tiento y sus oficiales recibirían orden de dejarme pasar como por olvido, pues me aseguró que si mis compatriotas los holandeses llegaran a descubrir el secreto, me degollarían de fijo en la travesía. Volví a darle gracias, valiéndome del intérprete, por tan excepcional favor; y como en aquel punto y hora se ponían en marcha algunas tropas para Nangasac, el comandante recibió orden de conducirme allá en salvo, con particulares instrucciones respecto del negocio del crucifijo.

El 9 de junio de 1709 llegué a Nangasac, después de muy larga y molesta travesía. Pronto caí en la compañía de unos marineros holandeses pertenecientes al Amboyna, de Amsterdam, sólido barco de cuatrocientas cincuenta toneladas. Yo había vivido mucho tiempo en Holanda, con ocasión de hallarme estudiando en Leyden y hablaba bien el holandés. Los marinos supieron pronto de dónde llegaba y mostraron curiosidad por averiguar mis viajes y mi vida. Les conté una historia tan corta y verosímil como pude, pero ocultando la mayor parte. Conocía muchas personas en Holanda y pude inventarme nombres para mis padres, de quienes dije que eran gente obscura de la provincia de Gelderland. Hubiera podido pagar al capitán -un tal Teodoro Vangrult- lo que me hubiese pedido por el viaje a Holanda; pero enterado él de que yo era cirujano, se conformó con la mitad del precio corriente a cambio de que le prestase los servicios de mi profesión. Antes de embarcar me preguntaron muchas veces algunos de los tripulantes si había cumplido la ceremonia a que ya he hecho referencia. Evadí la respuesta diciendo en términos vagos que había satisfecho al emperador y a la corte en todo lo preciso. Sin embargo, un bribonazo paje de escoba se acercó a un oficial y, apuntándome con el dedo, díjole que yo no había aún hollado el crucifijo; pero el otro, ya advertido para dejarme pasar, dio al tunante veinte latigazos en las espaldas con un bambú; después de lo cual no volvió a molestarme nadie con tales preguntas.

No me sucedió en esta travesía nada digno de mención. Navegamos con buen viento hasta el Cabo de Buena Esperanza, donde sólo nos detuvimos para hacer aguada. El 16 de abril llegamos salvos a Amsterdam, sin más pérdidas que tres hombres por enfermedad durante el viaje y otro que cayó al mar desde el palo de trinquete, no lejos de la costa de Guinea. En Amsterdam embarqué poco después para Inglaterra en un pequeño navío perteneciente a este país.

El 10 de abril de 1710 entramos en las Dunas. Desembarqué a la mañana siguiente, y de nuevo vi mi tierra natal, después de una ausencia de cinco años y seis meses justos. Marché directamente a Redriff, adonde llegué el mismo día, a las dos de la tarde, y encontré a mi mujer y familia en buena salud.