Los viajes de Gulliver: Parte IV, Capítulo XI

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Los viajes de Gulliver
Parte IV: Capítulo XI''
 de Jonathan Swift

Peligroso viaje del autor. -Llega a Nueva Holanda con la esperanza de establecerse allí. -Un indígena le hiere con una flecha. -Es apresado y conducido por fuerza a un barco portugués. -La gran cortesía del capitán. -El autor llega a Inglaterra.


Comencé esta desesperada travesía el 15 de febrero de 1714, a las nueve de la mañana. Aunque el viento era muy favorable, al principio empleé los remos solamente; pero considerando que me cansaría pronto y que era probable que se mudase el viento, me decidí a largar mi pequeña vela, y así, con la ayuda de la marea, anduve a razón de legua y media por hora según mi cálculo. Mi amo y sus amigos siguieron en la playa casi hasta perderme de vista, y yo oía con frecuencia al potro alazán, quien siempre sintió gran cariño por mí, que gritaba «Xnuy illa nyha majah yahoo» (¡Ten cuidado, buen yahoo!)

Mi designio era descubrir, si me fuera posible, alguna pequeña isla inhabitada, pero suficiente para proporcionarme con mi trabajo lo necesario para la vida. Esto lo habría tenido por mayor felicidad que ser primer ministro en la corte más civilizada de Europa: tan horrible era para mí la idea de volver a la vida de sociedad y bajo el gobierno de yahoos. Al menos, en la sociedad que anhelaba podría gozarme en mis propios pensamientos y reflexionar con delicia sobre las virtudes de aquellos inimitables houyhnhnms, sin ocasión de degenerar hasta los vicios y corrupciones de mi propia especie.

El lector recordará lo que dejé referido acerca de la conjura de mi tripulación y de mi encierro en mi camarote; cómo seguí en él varias semanas, sin saber qué rumbo llevábamos, y cómo los marinos, cuando me llevaron a la costa en la lancha, me afirmaron con juramentos, no sé si verdaderos o falsos, que no sabían en qué parte del mundo nos hallábamos. No obstante, yo juzgué entonces que estaríamos unos diez grados al sur del cabo de Buena Esperanza, o sea a unos 45 de latitud Sur, por lo que pude adivinar de algunas palabras sueltas que les entreoí; al Sudeste, suponía yo, en su proyectado viaje a Madagascar. Y aunque esto valía poco mas que una simple suposición, me resolví a tomar rumbo Este, con la esperanza de encontrar la costa sudoeste de Nueva Holanda y tal vez alguna isla como la que deseaba yo, situada a su Oeste. El viento soplaba de lleno por el Oeste, y hacia las seis de la tarde calculé que habría andado lo menos dieciocho leguas al Este; descubrí como a media legua de distancia una isla muy pequeña, que no tardé en alcanzar. Era sólo una roca con una caleta abierta, naturalmente, por la fuerza de las tempestades. En esta caleta metí la canoa, y trepando a la roca, descubrí con toda claridad tierra al Este, que se extendía de Sur a Norte. Pasé la noche en la canoa, y continuando mi viaje por la mañana temprano, en siete horas llegué a la parte sudoeste de Nueva Holanda. Esto me confirmó en la opinión, que vengo de antiguo sosteniendo, de que los mapas y cartas sitúan este país por lo menos tres grados más al Este de lo que realmente está; pensamiento que hace muchos años comuniqué a mi digno amigo mister Herman Moll, y cuyas razones le expuse, aunque él prefirió seguir a otros autores.

No vi habitantes en el sitio donde desembarqué, y, como iba desarmado, tuve miedo de internarme en el país. Encontré en la playa algunos mariscos, que comí crudos, pues temía que haciendo fuego me descubriesen los indígenas. Pasé tres días más alimentándome de ostras y lápades, a fin de ahorrarme víveres, y por ventura encontré un arroyo de agua excelente, la que me sirvió de gran alivio.

El cuarto día me aventuré por la mañana temprano un poco más al interior, y vi veinte o treinta indígenas en una loma, no más de quinientas yardas de mí. Estaban por completo desnudos, hombres, mujeres y chicos, alrededor de una hoguera, según pude conocer por el humo. Uno de ellos me advirtió y dio cuenta a los demás; avanzaron hacia mí cinco, dejando a las mujeres y los chicos junto al fuego. Corrí a la costa todo lo ligero que pude, y saltando a la canoa emprendí la retirada. Los salvajes, al ver mi huída, corrieron tras de mí, y sin darme tiempo a entrarme bastante en el mar, me dispararon una flecha que me produjo una profunda herida en la cara interna de la rodilla izquierda, de la que tendré cicatriz mientras viva. Temiendo que la flecha estuviese envenenada, una vez que a fuerza de remos -el día estaba en calma- me puse fuera del alcance de sus dardos, me hice la succión de la herida y me la curé como pude.

No sabía qué partido tomar, pues no me atrevía a volver al mismo desembarcadero, sino que me mantenía al Norte a fuerza de remo, porque el viento, aunque suave, me era contrario y me arrastraba al Noroeste. Buscaba con la vista un desembarcadero seguro, cuando vi una embarcación al Nornordeste, que se hacía más visible por minutos. Dudé si aguardarla o no; pero al fin pudo más mi aversión a la raza yahoo, y, volviendo la canoa, huí a vela y remo hacia el Sur y entré en la misma caleta de donde había partido por la mañana, más dispuesto a aventurarme entre aquellos bárbaros que a vivir entre yahoos europeos. Acerqué la canoa a la playa todo lo que pude y me escondí detrás de una piedra cerca del arroyuelo, que, como he dicho ya, era de agua riquísima.

El barco llegó a menos de media legua de esta ensenada y envió la lancha con vasijas para hacer aguada -pues, a lo que parece, el lugar era muy conocido-; pero yo no lo advertí hasta que casi estaba el bote en la playa y ya era demasiado tarde para buscar otro escondite. Los marinos, al saltar a tierra, vieron mi canoa, y después de registrarla minuciosamente coligieron que el propietario no debía de encontrarse lejos de allí. Cuatro de ellos, bien armados, buscaron por todas las grietas y rincones, hasta que por fin me encontraron acostado boca abajo detrás de la piedra. Contemplaron por buen espacio con admiración mi traje singular, mi chaqueta hecha de pieles, mis zapatos con piso de madera, mis medias forradas de piel, lo que por lo pronto les sirvió para conocer que yo no era natural de aquella tierra, en que todos van desnudos. Uno de los marinos me dijo en portugués que me levantase y me preguntó quién era. Yo sabía este idioma muy bien, y poniéndome en pie respondí que era pobre yahoo desterrado del país de los houyhnhnms, y suplicaba que me permitiesen partir. Se asombraron ellos de oírme hablar en su propia lengua, y por el color de mi piel pensaron que debía de ser europeo; pero no les era posible comprender lo que yo quería decir con mis yahoos y mis houyhnhnms, y al mismo tiempo les provocaba la risa el extraño tono de mi habla, que se parecía al relincho de un caballo. Temblaba yo, en tanto, de miedo y de odio, y de nuevo pedí licencia para partir y fui a acercarme poco a poco a la canoa; mas se apoderaron de mí con la pretensión de que les contestase quién era, de dónde venía y a muchas preguntas más. Les dije que había nacido en Inglaterra, de donde había salido hacía unos cinco años, época en que su país y el nuestro vivían en paz. Y esperaba, en consecuencia, que no me tratasen como enemigo, ya que no hacía daño ninguno, pues era un pobre yahoo que buscaba un lugar desolado donde pasar el resto de su infortunada vida.

Cuando empezaron a hablar me pareció no haber oído nunca cosa tan extraña. Se me antojó tan monstruoso como si hubiera roto a hablar en Inglaterra un perro o una vaca, o en Houyhnhnmlandia un yahoo. Los honrados portugueses se asombraban a su vez de mis extrañas vestiduras y del modo raro en que yo pronunciaba las palabras, que, no obstante, entendían muy bien. Me hablaban con toda humanidad, y me dijeron que estaban seguros de que su capitán me conduciría gratis a Lisboa, desde donde podría regresar a mi país; dos marinos volverían al barco, informarían al capitán de lo que habían visto y recibirían órdenes. En tanto, a menos que les hiciese solemne juramento de no escaparme, tendrían que sujetarme por la fuerza. Juzgué que lo mejor sería allanarme a su proposición. Mostraron gran curiosidad por saber mi historia, pero yo les di satisfacción muy escasa; por donde vinieron a pensar que las desventuras me habían vuelto el juicio. Al cabo de dos horas, el bote, que marchó cargado de vasijas de agua, volvió con orden del capitán de llevarme a bordo. Caí de rodillas implorando mi libertad; pero todo en vano; los hombres, después de amarrarme con cuerdas, me llevaron al bote, de éste al barco y luego al cuarto del capitán.

Llamábase éste Pedro de Méndez. Era hombre muy amable y generoso. Me rogó le dijese quién era y qué quería comer o beber; añadió que se me trataría como a él mismo, y tantas cortesías más, que me sorprendió recibir tales atenciones de un yahoo. No obstante, yo permanecía silencioso y taciturno; solamente el olor que exhalaban él y sus hombres me tenía a punto de desvanecerme. Por último, pedí que me llevasen de mi canoa algo que comer; pero el capitán hizo que me sirviesen un pollo y vino excelente, y mandó luego que me llevaran a acostar a un muy aseado camarote. No me desnudé, sino que me eché sobre las ropas de la cama, y a la media hora, cuando calculé que la tripulación estaba comiendo, me escabullí, corrí al costado del navío e iba a arrojarme al agua, más dispuesto a luchar con las olas que a seguir entre yahoos. Pero un marino me lo impidió, e informado el capitán, me encadenaron en el camarote.

Después de comer fue a verme don Pedro, y me pidió que le dijese la razón de tan desesperado intento. Me aseguró que su único propósito era prestarme servicio en todo aquello que pudiera, y habló, en suma, tan afectuosamente, que al fin descendí a tratarle como a un animal dotado de una pequeña dosis de razón. Le hice una corta relación de mi viaje, de la conjura de mi gente contra mí, del país en que me desembarcaron y de mi estancia allí durante tres años. Él consideró todo aquello un sueño o una alucinación, de lo que yo recibí gran ofensa, pues había olvidado completamente la facultad de mentir, tan peculiar en los yahoos en todos los países en que dominan, y la consiguiente predisposición a poner en duda las verdades de los de su misma especie. Le pregunté si en su país había la costumbre de decir la cosa que no era; le aseguré que casi había olvidado lo que él designaba con la palabra «falsedad», y que así hubiera vivido mil años en Houyhnhnmlandia no hubiese oído una mentira al criado más ruin; y añadí que me era por completo indiferente que me creyese o no, aunque, por corresponder a sus favores, estaba dispuesto a conceder a su naturaleza corrompida la indulgencia de contestar cualquier objeción que quisiera hacerme, y así, él mismo podría fácilmente descubrir la verdad.

El capitán, hombre de gran discreción, luego de intentar varias veces cogerme en renuncios sobre alguna parte de mi historia, empezó a concebir mejor opinión de mi veracidad. Pero me pidió, ya que profesaba a la verdad tan inviolable acatamiento, que le diese palabra de honor de acompañarle en el viaje sin atentar contra mi vida, pues de otro modo tendría que considerarme prisionero hasta que llegásemos a Lisboa. Le hice la promesa que me pedía, pero al mismo tiempo protesté que, antes de volver a vivir entre los yahoos, prefería sufrir las mayores penalidades.

La travesía transcurrió sin ningún incidente digno de referencia. A veces, por gratitud hacia el capitán y a insistente requerimiento suyo, me sentaba con él y me esforzaba en ocultar mi antipatía hacia la especie humana, que, sin embargo, estallaba a menudo a pesar mío, lo que él toleraba sin decir nada. Pero la mayor parte del día me lo pasaba encerrado en mi camarote para no ver a ninguno de la tripulación. El capitán quiso muchas veces convencerme de que me despojara de mis vestiduras salvajes y me ofreció prestarme el traje mejor que tenía, pero no pudo conseguir que lo aceptara, pues aborrecía cubrirme con nada que hubiese tenido un yahoo sobre su cuerpo. Solamente le pedí que me prestara dos camisas limpias, que, lavadas después de usadas, creía yo que no me ensuciarían tanto. Me las cambiaba un día sí y otro no y las lavaba yo mismo.

Llegamos a Lisboa el 5 de noviembre de 1715. Al desembarcar me obligó el capitán a cubrirme con su capa, para impedir que la gente me rodease. Me llevó a su casa, y a formal requerimiento mío me instaló en la habitación trasera más alta. Le rogué encarecidamente que ocultase a todo el mundo lo que yo le había dicho de los houyhnhnms, pues la menor insinuación de tal historia no sólo atraería a verme gentes en gran número, sino que probablemente me pondría en riesgo de ser encarcelado o quemado por la Inquisición. El capitán me persuadió para que aceptase un traje nuevo, pero no quise consentir que el sastre me tomase medida; sin embargo, como don Pedro venía a ser de mi cuerpo, me sentó no mal el vestido hecho como para él. Me equipó de otras cosas necesarias, todas nuevas, que aireé veinticuatro horas antes de usarlas.

El capitán no tenía esposa ni más que tres criados, a los cuales no se permitía servir la mesa; y su conducta obsequiosísima, unida a un clarísimo entendimiento humano, me hicieron en verdad ir tolerando su compañía. Tanto llegó a influir en mí, que me aventuré a mirar por la ventana trasera. Poco a poco me llevó a otra habitación, desde donde me asomé a la calle; pero aparté la cabeza horrorizado. En una semana consiguió que bajase a la puerta. Noté que mi terror disminuía gradualmente, mas parecían aumentar mi odio y mi desprecio. Al fin tuve el valor de pasear por la calle en su compañía, pero tapándome bien las narices con ruda o a veces con tabaco.

A los diez días, don Pedro, a quien yo había dado cuenta de mis asuntos domésticos, me presentó como caso de honor y de conciencia la obligación de volver a mi país natal y vivir con mi mujer y mis hijos. Díjome que había en el puerto un barco inglés próximo a darse a la vela y que él me proporcionaría todo lo preciso. Sería cansado repetir sus argumentos y mis contradicciones. Me hizo observar que era de todo punto imposible encontrar islas solitarias como en la que yo quería vivir; en cambio, dueño en mi casa, podía pasar en ella mi vida tan retirado como me acomodase.

Accedí al cabo, como lo mejor que podía hacer. Salí de Lisboa el 24 de noviembre en un barco mercante inglés, del que no pregunté quién fuese el patrón. Me acompañó don Pedro hasta el navío y me prestó veinte libras. Se despidió de mí cortésmente, y al partir me abrazó, lo que yo conllevé como pude. Durante el último viaje no tuve relación con el capitán ni con ninguno de sus hombres; fingiéndome enfermo, me mantuve encerrado en mi camarote. El 15 de diciembre de 1715 echamos el ancla en las Dunas, sobre las nueve de la mañana, y a las tres de la tarde llegué sano y salvo a mi casa de Rotherhithe.

Mi mujer y demás familia me recibieron con gran sorpresa y contento, pues tenían por cierta mi muerte. Pero debo confesar con toda franqueza que a mí su vista sólo me llenó de odio, disgusto y desprecio, y más cuando pensaba en los estrechos vínculos que a ellos me unían. Porque aunque después de mi desgraciado destierro del país de los houyhnhnms me había obligado a tolerar la vista de los yahoos y a conversar con don Pedro de Méndez, mi memoria y mi imaginación estaban constantemente ocupadas por las virtudes y las ideas de aquellos gloriosos houyhnhnms; y cuando empecé a considerar que por cópula con un ser de la especie yahoo me había convertido en padre de otros, quedé hundido en la vergüenza, la confusión, y el horror más profundos.

Tan pronto como entré en mi casa, mi mujer me abrazó y me besó, y como llevaba ya tantos años sin sufrir contacto con este aborrecible animal, me tomó un desmayo por más de una hora. Cuando escribo esto hace cinco años que regresé a Inglaterra. Durante el primero no pude soportar la presencia de mi mujer ni mis hijos; su olor solamente me era insoportable, y mucho menos podía sufrir que comiesen en la misma habitación que yo. En la hora presente no osan tocar mi pan ni beber en mi copa, ni he podido permitir que me coja uno de ellos de la mano. El primer dinero que desembolsé fue para comprar dos caballos jóvenes, que tengo en una buena cuadra, y, después de ellos, el mozo es mi favorito preferido, pues noto que el olor que le comunica la cuadra reanima mi espíritu. Mis caballos me entienden bastante bien; converso con ellos por lo menos cuatro horas al día. Sin conocer freno ni silla, viven en gran amistad conmigo y en intimidad mutua.