Lucía Miranda/Lucía Miranda

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Había entre los españoles una dama de extremada hermosura, llamada Lucía Miranda, mujer del valeroso Sebastián Hurtado.

Era la Miranda, no una de esas heroínas pertenecientes a todos los poetas y novelistas, herencia común de cuantos plagian la belleza, molde donde todo el que escribe novelas, o hace versos, vacía sus divinidades.

No tenía quince años, ni labios de coral, ni dientes de perlas, ni ojos color de cielo, ni cabellos de ángel, ni sus divinos ojos estaban siempre contemplando el firmamento, ni menos se alimentaba de suspiros y lágrimas.

Lucía Miranda era más bien una de las mujeres de Balzac, en todo el brillo y fuerza de la edad, en toda la plenitud de la hermosura, en toda la elegancia de las formas.

No tenía la edad de las heroínas favoritas de los poetas, no era una niña Lucía, tenía treinta años.

Era el verdadero tipo español, hermosa como la primera mujer que Dios diera por compañera al hombre, esbelta como el más bello árbol del paraíso, seductora como nuestra amorosa madre Eva.

Puede ser fuera sevillana, pues que Gaboto concertó la expedición con unos comerciantes de Sevilla, pero yo me inclino más a creer fuera gaditana, mujeres cuya gracia y hermosura, no tienen rival en el mundo.

Su estatura era lo que se llama regular, y sus formas tan proporcionadas, que sus brazos habrían podido servir de modelo al más hábil escultor. Su pie diminuto como generalmente lo tienen las andaluzas, y su talle tan flexible y delicado, que bien podía hacer su cintura de una liga, como dice Eugenio Sué.

Su tez de un moreno pálido, había adquirido ese tinte sonrosado que tiñe suavemente las mejillas de las mujeres, cuando viven cerca de los trópicos, en los países meridionales.

Los ojos grandes, rasgados y aterciopelados, sombreados por largas y crespas pestañas, radiaban de amor y felicidad.

Su rostro ovalado, y en toda su morbidez, era adornado con largas trenzas de cabellos más negros que el ébano, recogidas con gracia y sencillez, sobre su bellísima cabeza, conforme al uso de aquel tiempo. Era su garganta de alabastro, ondulosa, y sus lindísimos hombros perdían casi su redondez, deslizándose en sus contorneados brazos perfectamente armonizados con su regularmente abultado seno, donde azulaban las trasparentes venas, y lo bien formadas de sus blanquísimas espaldas.

Sus cejas graciosamente arqueadas, remataban en sus sienes de raso, completando todo este hermoso, a la par que gracioso conjunto, una boca que sin ser pequeña era perfecta y voluptuosa, y una nariz fina, un poco elevada, sin que por eso perdiera su rectitud y perfección.

Un imperceptible y finísimo bello, cubría sus frescas mejillas, haciéndolas aparecer aterciopeladas.

Era un verdadero conjunto de gracia, de hermosura y de belleza, era lo que se llama una mujer irresistible.

No era linda ni blanquísima en la extensión de la palabra, ni tenía color de rosa, pero simpática e interesante: una mujer que no se podía mirar sin amar.

Su andar, su hablar, el menor de sus movimientos, sus miradas tiernas y expresivas a la vez, atraían todos los corazones, tanto españoles como indios. Tanta bondad y afabilidad había contribuido en gran manera a atraer a la colonia Espíritu Santo la buena fe y amistad de los Timbúes.

Su cacique frecuentaba, con gran gusto la sociedad de los españoles, se extasiaba oyendo hablar a Lucía de España, de las costumbres de los europeos, de su religión y modo de vivir en sociedad con los demás hombres, abriendo el comercio con los otros pueblos por medio de la industria y el cambio de sus manufacturas.

Aprendía su idioma, tomaba sus maneras, y como era joven, hermoso y amigo de instruirse, Lucía y Sebastián habían tomado a su cargo esta voluntaria tarea.

Amaban al cacique como a un hermano, y pensaban ambos esposos completar su obra casándolo con una joven española.

Para atraerle a este propósito, Lucía con un candor y gracia especial, hacía una bella pintura al cacique del amor conyugal, de los tiernos lazos que unen a dos esposos que ligados al pie de los altares, juran amarse siempre. De los deberes de las mujeres europeas para con sus maridos, y del amor noble y caballerezco de estos para con sus esposas.

El indio la escuchaba silencioso, y sin percibirlo Lucía, iba encendiendo una llama en el apasionado corazón del cacique, llama que fue causa de tan espantosos infortunios tanto para los tiernos y amorosos esposos, como también para toda la colonia.

Fue imposible a Mangora seguir contemplando tantos encantos y seducciones, sin quedar locamente enamorado de Lucía.

El cacique amaba en secreto a la española, y ella sin sospechar siquiera en la pasión que había inspirado al indio, seguía amistosa y complaciente con él.

Así habían pasado cerca de dos años, el cacique se había vuelto concentrado, triste y meditabundo; y parecía poner gran en no hallarse a solas con la española.

Lucía, le dijo un día, con una ternura verdaderamente fraternal:

-Hermano, ¿por qué estas triste? ¿por qué huyes de la sociedad de tus amigos? tú sabes que Sebastián y yo te amamos, ¿por qué no vienes como antes a pasar los días con nosotros? ¿por qué no te haces cristiano?

Mangora, -continuó la española más animada, al ver la atención expresiva con que la escuchaba el indio-, tú conoces bien la religión del crucificado, yo te la he enseñado, sólo falta que un sacerdote te eche el agua del bautismo; dime, prosiguió con un acento más dulce y persuasivo, ¿cuándo quieres serlo?

-Cristiana, contestó el infiel fijando en Lucía una mirada larga y apasionada, ¿me amarás más tomando a tu Dios por mi Dios, y a tus hermanos por hermanos míos?

-Ya te lo he dicho Mangora, hazte cristiano, unámonos por una misma creencia, toma por esposa a una española, y viviremos felices como hermanos, formando una sola familia.

-Pero esa española no serás tú, cristiana, contestó el indio animándose sus cobrizas facciones de todo el fuego de la más concentrada pasión. Yo sólo tomaría por mujer a ti, Lucía, y sus chispeantes miradas abrasaban a la joven esposa de Sebastián.

La bondadosa Lucía comprendió entonces a su pesar la infortunada pasión que había tenido la desgracia de inspirar al cacique, y este triste descubrimiento llenó su corazón del más acervo pesar, pues que estas palabras dichas con tanta resolución y firmeza, demostraban tal vez una determinación tomada después de largos combates y deliberaciones.

-Eso no puede ser, Mangora, dijo Lucía conservando con gran esfuerzo una serenidad que estaba muy lejos de tener, y tratando con refinada urbanidad de que el indio no conociese que ella había comprendido toda la fuerza de su pasión. Yo soy, como tú sabes, esposa de otro hombre, yo no puedo amar más que a Sebastián; mi Dios y mi deber me lo prohíben, así es imposible lo que tú me propones. Creedme Mangora, yo te amo como a un hermano, y mi esposo te ama lo mismo...

-¡No lo nombres por tu Dios! dijo el cacique interrumpiendo a la española con un arranque apasionado. ¡No lo nombres! Yo aborrezco a tu marido.

Esto diciendo echó una mirada aterradora sobre la infeliz Lucía; su frente despejada hasta entonces de todo pensamiento que llevara el sello de la infamia, se cubrió de una sombría tristeza, sus labios se contrajeron y dejaron escapar palabras salvajes que no entendió Lucía.

Desde ese día el salvaje evitó cuidadosamente volver a la fortaleza.

La esposa de Sebastián estaba triste y afligida, las lágrimas corrían por sus mejillas descoloridas y caían sobre el corazón de su marido sin querer decirle la causa.