Luisa de Bustamante: 3

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Capítulo II[editar]

Tristísimo aunque grandioso espectáculo presenta un moribundo que, esperando con certeza la muerte entre penas interiores y exteriores, la ve dilatarse de día en día, teniendo de este modo que saborear poco a poco la disolución que todo viviente teme por instinto. Ésta es la situación que prueba fortaleza de alma y manifiesta la más pura filosofía práctica, que consiste en el hábito de gobernarse en todo caso por la razón y no por las pasiones y humores. Empero, grande es el engaño de los que, conociendo el verdadero estoicismo sólo por el nombre, imaginan que esta sublime filosofía, hermana del cristianismo, exige la extirpación de los afectos que la naturaleza grabó en el pecho humano. El verdadero filósofo no se propone la insensibilidad, sino la superioridad de la razón sobre las sensaciones molestas. La filosofía no reprueba los gemidos que arranca el dolor, mas condena la impaciencia que se entrega a discreción al torrente de las pasiones, ora sean tímidas o irascibles.

La muerte parece que quería dar ocasión al pobre Bustamante de manifestar el ánimo varonil, aunque tierno, que había cultivado en tiempos felices. Desmintiendo las predicciones del médico, la enfermedad lo consumió tan poco a poco que no alcanzó el deseado descanso del sepulcro hasta que la primavera, como si quisiese hacer más duro el contraste, empezó a renovar la vida de la naturaleza. Entre tanto, era digno de verse con cuánto esmero el paciente buscaba las circunstancias más pequeñas que contribuían a su alivio para fijar su atención, en ella y apartarla de sus aflicciones. Cada vez que Mis. Christian, el médico o yo le enviábamos, ora utensilios de conveniencia, ora alimento de la clase que más convenía a su situación, el placer que la gratitud le causaba era un bálsamo que acallaba sus sufrimientos.

-La tardanza de la muerte -solía decir-, que parece la mayor de mis calamidades, ha sido por el contrario una de mis mayores ventajas. Irritado por la traidora conducta de dos a quienes yo había dado mi confianza, me vi en riesgo inminente de cerrar mis ojos a la luz del día negando la existencia de la virtud. Pero, gracias al cielo, tres almas generosas vinieron a sacarme de este peligro. Tres meses de intervalo he tenido en que observar a los amigos de mis últimos días. Es verdad que he sufrido muchísimo en este tiempo, pero de buena voluntad sufriría el doble por no perder el placer de haberlos conocido. Por la disminución de mis dolores entiendo que el último término está cercano. Pero ¡con cuánta paz y satisfacción muero, dejando en tan buenas manos las caras prendas de que la segur inflexible de la muerte me aparta!

Mucho aprendí en esta triste escuela de adversidad. ¡Cuánto se ensanchó mi pecho para mis semejantes! ¡Cuán dulcemente me vi enlazado a los infelices que esperaban de mí compasión más bien que socorro! ¡Cuán libres de egoísmo fueron nuestros placeres en medio de los pesares! Quien quisiere saber qué cosa es la felicidad verdadera, búsquela no entre los que ríen sino entre los que lloran. El que quiera saber a qué fin se halla colocado entre los males inevitables de esta vida, procure emplearse en aliviarlos y pronto se hallará libre de la sensación de acusar a la Providencia.

No intento mover a mis lectores con la descripción de los últimos instantes del infeliz expatriado. Baste decir que a principios de mayo exhaló el último suspiro entre mis brazos.

Los entierros no se hacen aquí tan precipitadamente como en España. Es verdad que en algunas provincias de aquel país el calor del clima admite muy poca dilación, pero la grande importancia de evitar el error fatal de una muerte aparente impone una solemne obligación de esperar hasta que las primeras señales de disolución disipen toda posibilidad de duda.

No obstante el triste clima de Inglaterra, se gozan en ella ciertos días que, aunque no tienen el brillo y la alegría de los de España, inspiran un placer suavísimo mezclado con melancolía. De esta clase son algunos días hacia mediados del mes de mayo. Los árboles están cubiertos de una verdura tan virgen que parece a cada instante haber salido del seno de la planta. La inclinación de los rayos del sol les da, por medio de la refracción, una especie de esmalte agradabilísimo a los ojos. Nubes quebradas y ligeras, en mil figuras caprichosas, pasan rápidamente en las alas del viento, que parece jugar con ellas. Por este tiempo y algunas semanas más tarde, se hace la corte del heno, que es parte principal del alimento de los caballos todo el año y del ganado vacuno en el invierno. El heno consiste en una variedad de yerbas que nacen espontáneamente en los prados; pero entre ellas abunda una con un olor tan refrigerante y delicado que en el tiempo de esta cosecha el aire se respira embalsamado por algunas millas en contorno. Como la vendimia en países de viñas antes parece regocijo que trabajo, así acontece aquí con el heno. Largas hileras de segadores, con hoz cuyas cuchillas tienen vara y media de largo, se ven marchar a compás, dándose lugar uno a otro y dejando la yerba postrada en lomos o caballetes. De cuando en cuando se paran a afilar las hoces con un pedazo de piedra de amolar que llevan a la cintura en una vaina de cuero. El sonido es de los más alegres que pueden oírse, ora sea por la reunión de ideas deliciosas que excita, ora por cierto retintín campestre que naturalmente agrada cuando se oye en la amplitud de los prados. En pos de los segadores va un número considerable de mujeres con perchas para separar la yerba y exponerla al sol y al viento a fin de que, secándose, se convierta en heno. Los muchachos y muchachas del contorno tienen el mayor placer en revolcarse sobre el heno al punto que empieza a secarse, tirándose unos a otros puñados de la olorosa yerba y frecuentemente cubriendo del todo a algún otro que yace pacientemente en tierra para este juego. Todo respira animación y vida; todo convida a la alegría, al amor y a la esperanza. ¡Ay, Dios, qué contraste para los que al través de estos mismos campos caminábamos a pasos lentos conduciendo a nuestro difunto amigo al jardín mortuorio de una iglesia rural en que él había buscado recreo algunas veces sentado sobre una de las piedras sepulcrales, con su mujer y su hija!

Siguiendo la costumbre del país, la viuda y la huérfana, acompañadas por mí, por el señor Powell y la señora Christian, habían tenido el valor de ver depositar los restos del que tanto amaban en el silencio de la sepultura. Un carro cubierto, tirado de cuatro caballos negros guiados por un cochero de luto, y acompañados de criados envueltos en capas negras, llevaban en su hueco la caja, forrada por dentro y por fuera con un paño negro y claveteada con clavos plateados. Una chapa plateada expresaba el nombre y la edad del difunto. Como esta especie de honores funerales son de costumbre universal, tanto que hasta los más pobres usan al menos alguna parte de ellos, hay en todas partes de Inglaterra gentes cuya ocupación es proveer lo necesario para entierros, desde la pompa más costosa hasta el acompañamiento más humilde. Nosotros, los amigos del difunto Bustamante, habíamos procurado sólo lo que era indispensable para un entierro decente: el carro funeral y un coche enlutado para los dolientes.

Era casi imposible el contener las lágrimas cuando, apeándonos junto a una abertura de la empalizada del prado de heno que estaba delante de la iglesia, los criados sacaron la caja de dentro del carro y, echando encima de ella una cubierta de terciopelo negro que colgaba hasta los pies de los cuatro que llevaban el difunto sobre sus hombros, el médico y yo tomamos en la mano derecha dos borlones que colgaban de las esquinas del paño. Seguidos de las señoras, que habían envuelto sus rostros en los velos negros que llevaban sobre la cabeza, empezamos a marchar lentamente hacia la iglesia, abriéndonos camino cuantos se hallaban en el prado, que, al ver venir el entierro, se acercaron respetuosamente con las cabezas descubiertas y en silencio. Este silencio es verdaderamente majestuoso. Al llegar a las rejas que rodean la iglesia y el jardín mortuorio, el clérigo de la misma, con la sobrepelliz talar de lienzo blanco que aquí se usa, salió a recibirnos y, teniendo el libro de los oficios en la mano, se puso delante de los que llevaban la caja dirigiéndolos a la iglesia. Había en ella unas banquetas elevadas sobre las cuales colocaron al difunto, entre tanto que el clérigo decía ciertos salmos que son de costumbre. Acabados éstos, volvimos a salir, en el mismo orden, a donde la sepultura, cavada en la tierra de ocho a diez pies de profundidad, se hallaba abierta con dos tablones gruesos cruzados. Habiendo leído el ministro ciertos pasajes de la Escritura que contienen promesas de inmortalidad, los criados pusieron la caja sobre los tablones, y, pasando por debajo unas cuerdas, quitados que fueron aquéllos, la caja se deslizó lentamente mientras que el ministro decía las palabras acostumbradas, palabras que no se pueden oír sin grande emoción de alma, tan solemnes y tan sublimes son en tales circunstancias:

-A la tierra te entregamos, hermano nuestro. Polvo al polvo, ceniza a las cenizas, con la esperanza de una inmortalidad gloriosa.

En esto, tomando cada uno de los dolientes un puñado de tierra, la derramamos sobre la caja, que resonó en el fondo de la hoya con un sonido lúgubre.

Aquí faltaron enteramente las fuerzas a la infeliz viuda, y, dando un gemido agudo, hubiera caído como muerta en tierra, a no ser por el pronto auxilio del Sr. Powell, que la recogió en sus brazos. Luisita, más muerta que viva, asistió a Mistress Christian en administrar los medios de hacer volver del desmayo a su pobre madre; y, entre todos, la llevamos al coche de luto, que acaso nunca antes habría llevado dolientes más verdaderos que los que ahora lo ocupaban.

Yo no sé qué efecto tendrá mi simple relación en mis futuros lectores; sólo sé que, si la mitad de las lágrimas que involuntariamente he derramado al escribirla corriesen de sus ojos al leerla, esta obrita no caería prontamente en olvido, como temo que será su suerte. Sea de esto lo que fuere, no quiero exponerme otra vez a la impresión melancólica de otra pintura semejante. Baste decir que cinco meses después tuvimos que acompañar a la viuda Bustamante por este mismo camino y al través del mismo prado, no ya verde y respirando esperanzas para sus dueños, sino árido y en toda la decadencia del otoño, que ya empezaba a confundirse con el invierno. La infeliz había cerrado los ojos al mundo y sus vicisitudes para descansar en la misma huesa en que había depositado a su esposo. Cuando la próxima primavera rejuveneció el césped que cubre los silenciosos habitantes del jardín cementerio de la iglesia de N..., la yerba se halló excluida de un espacio pequeño que una simple lápida había ocupado en testimonio de nuestros respetos a la virtud hermanada con la desgracia. La leyenda en inglés dice:


AQUÍ YACEN DOS ESPOSOS A QUIENES LES FUE
NEGADO EL REPOSAR EN SU SUELO PATRIO, Y
A QUIENES PERSIGUIÓ LA FORTUNA EN EL
EXTRANJERO. LA HUMANIDAD INGLESA NO LOS
DEJÓ PERECER SIN ALIVIO, Y A ELLA DEBEN
TAMBIÉN LA SATISFACCIÓN DE QUE ESTA
LÁPIDA PERPETÚE SU AGRADECIMIENTO.
____
ANTONIO Y MARIANA DE BUSTAMANTE
DICTARON ESTA INSCRIPCIÓN PARA SU COMÚN
SEPULCRO, Y SUS BUENOS AMIGOS SE
ENCARGARON DE HACERLA GRABAR PARA
PERPETUA MEMORIA.
____


La bella, la amable Luisita, empezó ahora a ocupar toda la atención del pequeño grupo de amigos que, por casi un año entero, se habían empleado en dar consuelo a la familia emigrada. Miss. Powell, la hermana del médico, se la llevó sin tardanza a su casa, y todos convenimos en buscar medios de completar su educación y procurarle modo de que ganase la vida decentemente. Poco había que dudar sobre este punto. Las jóvenes que nacen sin medios de independencia en las clases no acostumbradas a empleos serviles no tienen otro recurso que emplearse en enseñar, ora sea música, leer y escribir, diseño, geografía, según sus talentos y previa instrucción. Estas ayas o maestras tal vez viven con sus madres o parientes, si los tienen, y van a dar lecciones de casa en casa, tal vez encuentran familias más o menos ricas que les dan comida y alojamiento además de un cierto salario. Como hay una multitud de jóvenes de esta clase que buscan empleo, la suerte de las más no es envidiable. El defecto general de los ingleses es una afectación de importancia, riqueza y refinamiento, que excede mucho a sus verdaderas pretensiones. Las familias más intolerables de este género son las que, habiendo realizado algún capital como tenderos (clase generalmente inferior a los tenderos ricos de España), dejan el tráfico y se meten a caballeros. Las mujeres de esta clase son más vulgares que los maridos, aunque los unos y las otras son en extremo ignorantes. Pero la pomposidad de estas damas nuevas, sus mimos ridículos y su tiranía, cuando tienen personas inferiores sobre quienes ejercerla, son absolutamente intolerables. La suerte de una pobre aya delicada y modesta, que no sabe defenderse con desenfado y teme ser despedida, es sumamente miserable si cae en manos de una de estas mujeres toscas e insensibles a todo placer fuera de los de la mesa, incapaces de simpatía a no ser que hallen su propio interés en fingirla. No hay regla sin excepción, pero éste es el carácter general de la clase, como creo que se verá bien claro en el discurso de esta historia.

Por lo que hace a Luisa Bustamante, pocas jóvenes podrían hallarse con disposiciones y talentos más aventajados. Hablemos en primer lugar de su buen parecer, que es como una carta de recomendación en todo el mundo. Figúrense los lectores españoles las facciones más delicadas, con aquel color a que damos el nombre de trigueño y que no se encuentra en el norte de Europa, un cutis transparente que casi dejaría ver circular la sangre en las venas, un cuerpo que pudiera ser modelo para otra Venus de Médicis, y añadan a todo esto una voz que no hallaría compañera sino en la de otra, casi española, la desgraciada Malibrán, a quien la mala suerte cortó la vida en la edad más floreciente, no a mucha distancia de donde escribo esto. Viva en extremo, y con una comprensión que casi anticipaba lo que los maestros venían a enseñarle, tres años fueron más que suficientes para darle una educación tan completa que pocas de las señoritas principales de Londres podrían competir con ella. En este espacio aprendió el inglés con tanta perfección que jamás se le escapaba una falta; y, aunque lo hablaba con cierto acento extranjero, los naturales decían que este acento daba a su lenguaje una gracia inimitable. En el francés se perfeccionó al mismo tiempo, aprendiendo de paso geografía, aritmética y los principios de la historia general, sin pasar de ligero por la de su patria, España.

Es cosa digna de atención que la historia de España fuese la ocasión de que se manifestara completamente el carácter heroico de su alma ternísima y sensible. Aunque patriota decidida en todas sus aficiones, nunca manifestó el menor fanatismo mezclado con estos sentimientos. La larga lucha de los cristianos contra los musulmanes la llenaba de entusiasmo, pero nunca se declaraba contra los moros como si fuesen criaturas inferiores a nosotros. En una palabra: sus sentimientos eran semejantes a los de los castellanos nobles de los siglos nono y décimo, cuando los musulmanes españoles se hallaban adelantados en ciencias más que todas las naciones del Occidente, de modo que los que tenían medios de viajar para aprender pasaban algunos años en las escuelas de Córdoba, olvidándose de las disputas, que antes debían su origen a la ambición política que a la diferencia de religiones. De cuantos libros españoles modernos le procuré, ninguno le interesó más que la Historia de los árabes españoles por Conde. Tal era la afición que mostraba a los personajes heroicos de aquella noble raza, que era una chanza establecida entre nosotros decirle que si hubiera vivido en aquellos tiempos se habría pasado a los moros. Esto casi la enojaba, porque le parecía traición a su patria, y con gran ardor se empeñaba en asegurarnos que antes se habría expuesto a morir quemada por los cadís fanáticos de que Conde nos da noticia que renunciar a su España. Pero decía al mismo tiempo, con muchísima gracia y animación, que los cristianos habían sido grandes majaderos en muchas ocasiones y no habían sabido convertir a los moros, que, en vez de tratarlos insolentemente y con dicterios, hubieran hecho mejor en mirarlos como paisanos, pues lo fueron en verdad en el discurso de pocos años.

-Dejáranme a mí -concluía-, si la suerte me hubiera dado la vida entonces; dejáranme a mí el manejo de aquellas cosas, y yo los hubiera hecho cristianos por docenas.

Con risa general nos dábamos por convencidos. Pero como no le decíamos la razón que nos movía a creerlo, que eran sus bellísimos ojos, más poderosos aún que los misioneros, se desesperaba a causa de nuestra risa, diciendo que éramos peor que niños y que no se podía disputar con nosotros.

Pero más que todo, movía la admiración de los que la trataban el entusiasmo músico que constantemente la animaba. En España había aprendido a tocar la guitarra con gusto y ejecución, acompañándose en el canto con gran delicadeza. Adelantó mucho lo que había aprendido en España durante su educación inglesa, pues, habiendo tomado excelentes lecciones de piano y adquirido los principios de contrapunto, se halló capaz de componer varias piececitas para su propio uso, especialmente boleros de un carácter serio y canciones por el estilo de las francesas, y, lo que es más de admirar, componiendo los versos que quería poner en música. De este modo la música le inspiraba los versos, y los versos la música. Algunas de sus primeras composiciones poéticas se hallan entre mis papeles, pero no estoy cierto en si haré bien o mal en darlas a luz, porque, a decir verdad, aunque al oírlas expresadas por su voz divina me parecieron dignas de atención de por sí e independientemente de la música, temo que mi larga ausencia de España me haya privado de aquella delicadeza de oído que se requiere para juzgar con acierto en poesía y, particularmente, cuando la medida del verso es poco acostumbrada. Pero, confiado en la bondad de los lectores, insertaré aquí una canción que Luisa compuso cuando, llevada de su amor a la lengua patria, se aventuró por la primera vez a expresar su entusiasmo en ella.


Canción

¡Oh! ¿Qué anhelar es éste que me inspira?
¡Qué agitación, qué dulce y puro ardor!
Sin yo querer resuena ya mi lira,
Sin yo querer al aire doy mi voz.

Nunca esperé que don tan noble el cielo
Diérame a mí sin penar y afanar;
Supo el Amor mi cuita y rasgó el velo,
Vi un mar de luz, y en él miradme ya.

¡Dichosa yo! Con alas venturosas
Penetraré donde reside el bien,
Coronaré con inmortales rosas
De eterno olor la enardecida sien.

No más temer, no más dudar; me siento
Del suelo alzar, cercada de esplendor.
Tímida fui; pero de hoy más mi acento
Será el clarín del bien y del honor.


Quien tenga vivamente en la memoria a nuestro inmortal paisano García cuando, dejándose arrebatar de la ilusión en el Teatro Italiano, parecía convertir los afectos más poderosos en música, haciéndonos percibir que ningún otro lenguaje podía expresarlos con más viveza y verdad, podrá formarse alguna idea de la inspiración que poseía a nuestra joven al cantar estos versos. La música se ha perdido; pero, si nuestro Ledesma conserva todavía el poder con que lo dotó la naturaleza, si ha dejado algún digno discípulo de su escuela, tal vez no se desdeñarán de restituir esta canción a su elemento propio, que es la música.

Con menos confianza que los versos anteriores, daré a luz algunas seguidillas serias de nuestra Luisa, no por lo que en sí merezcan, pues es una especie de composición tan ligera que el genio puede hacer poco o nada en ella, sino para que los lectores se impongan desde el principio en el carácter de nuestra verdadera heroína. La seriedad que respiran estas coplas puede ser que ofenda a primera vista, pero, así como la música del vals alemán admite una gran variedad de estilos, desde el más juguetón hasta el más afectuoso, la seguidilla española, tanto el verso como la música, es capaz, a mi parecer, de una multitud de caracteres. Goethe, el mayor poeta de Europa en nuestros días, ha usado el metro de la seguidilla española, aunque sin estribillo, en varias de sus composiciones. Mi deseo es que los poetas españoles se empeñen en reanimar una multitud de metros que casi han perecido al presente. ¡Cuánto daría por la medida latina de hexámetros y pentámetros naturalizada en España como lo está en Alemania! En mi opinión, los españoles no romperán enteramente los lazos de la imitación italiana hasta que no hallen otro metro serio además del endecasílabo.

Pero vamos a nuestras seguidillas. ¡Quién pudiera darme una miniatura de la autora, con la guitarra en la mano y con sus ojos negros elevados como si la inspiración del momento no la dejase percibir el auditorio! ¡Quién me diera uno de los divinos acentos de su voz y el poder de expresarlo por escrito!


Seguidillas

I

Me dicen que los ecos
De mis canciones
Pondrán luego a mis plantas
Mil corazones.
No quiera el cielo
Tengan en mí sus dones
Tan vil empleo.

II

No quiero aduladores.
La ambición mía
Es propagar la llama
Que en mí respira.
Llantos no quiero.
Valor, virtud, franqueza
Ganen mi pecho.

III

Denme de la hermosura
Ser el modelo,
Y el que salve a mi patria
Me tendrá en premio.

Pues nada valgo,
Mi amor será de un héroe
Imaginario.


Pero ya es tiempo de volver a nuestra narración.

En una ciudad como Londres, una muchacha bellísima de dieciséis a diecisiete años, si no tiene la protección de riquezas y parientes, se halla expuesta a los mayores peligros. El carácter de los ingleses participa de las ventajas y defectos de la situación política de la nación. El poder nacional hace frecuentemente orgullosos a los individuos. El espíritu determinado y frío que les da victoria en las batallas los hace formidables para la moralidad del otro sexo. Las jóvenes con caudal y con parientes bien conocidos son generalmente miradas con respeto por los ricos ociosos que, según la opinión pública, fijan la moda y son llamados fashionables. Pero, según los principios disolutos que esta clase generalmente adopta por código moral, toda joven pobre y bien educada, como por ejemplo las ayas, es, según su diccionario de germanía, caza (game), dando a entender que es lícito perseguirlas por entretenimiento donde quiera que se encuentren. Por supuesto que las pobres modistas se consideran como ferae natura e indomesticables. Los corsarios de profesión las reclaman como suyas.

Esta era la mayor de nuestras dificultades respecto a Luisita. Su talle, su donaire, hasta su modo de andar, la distinguían entre miles. ¿Cómo sería posible evitarle una persecución diaria si había de ir de casa en casa dando lecciones? Por otra parte, la vida de un aya que reside con la familia en que tiene que dar lecciones es generalmente infeliz. Si los que la emplean son gentes de clase inferior, aunque ricas, se ven constantemente expuestas a los caprichos vulgares, y a la vanidad inquieta y atormentadora de las aspirantes a Señoría. Si el empleo de aya es en familias de lujo y comm'il faut, los criados las tratan mal, teniéndolas por igual suyas, y las señoras y señoritas las más veces les muestran un desdén intolerable. La situación de una de estas ayas, cuando en las casas de lujo hay lo que aquí llaman partida (party) o reunión al principio de la noche, es humillante. El aya tiene que presentarse con las señoritas pequeñas que por lo común toman asiento alrededor de una mesa pretendiendo leer o mirar una colección de láminas. Varios de los convidados se suelen acercar a decir cuatro niñerías por vía de cumplimiento a los padres. Pero el aya debe estar inmóvil y muda como una estatua. Por lo común, mas bien diré sin excepción, estas ayas son de treinta a cuarenta años y no notables por su belleza, de modo que están acostumbradas a esta especie de olvido de parte del mundo. Pero ¡infeliz del aya que en una de estas casas de gran tono, donde se reúne una multitud de jóvenes de la misma clase, mostrase atractivos personales! Pronto se vería acosada de los galgos de dos pies, sin respeto alguno. Pero no hay mucho riesgo de que esto se verifique, por dos razones muy claras. Las madres saben el peligro de un aya agraciada y temen más que todo que sus hijas tengan cerca caras bonitas que las hagan sombra. Antes tomarían por aya a un alférez de guardias que a una joven como Luisa, quien sería una rival formidable para sus hijas casaderas.

En medio de estas dificultades, la señora Cristina, quien, más por la bondad de su corazón que por el dictamen de su buen juicio, trataba varias familias de las que se llaman religiosas o evangélicas, nos vino a decir que había hallado una casa en que poner a Luisita por aya, fuera de todo peligro moral y con la perspectiva de una vida tranquila.

-Sólo hay una dificultad -nos dijo- y es que la gente de la casa es protestante vigorosa, y Luisita es católica. Pero yo les he hecho una pintura tan ventajosa que espero no desecharán aya tan excelente por esta causa. Dentro de dos días he de llevar a nuestra Luisa a comer con la dicha familia para que formen juicio de sus talentos y modales, y, si ustedes no tienen reparo -estábamos unidos el médico, su hermana y yo para consultar sobre este punto-, veremos cómo se concluye este negocio. Por mi parte estoy persuadida de que Luisa no pudiera estar en mejores manos. Es una familia muy devota, y casi todos sus amigos son clérigos de la misma clase, dados a la mística.

Powell, que sabía muy bien mis opiniones, me dio una guiñada a escondidas de la buena señora. Pero ni él ni yo nos opusimos, supuesto que, aunque existía mucha hipocresía bajo esta capa de santidad, también se hallan entre esta clase personas sinceras y honradas, llenas, no hay duda, de preocupaciones que hacen que su trato sea difícil y no muy agradable, pero que al mismo tiempo merecen la estimación de las gentes de bien.

No creo que será fuera de propósito hacer una pintura general de la clase numerosa llamada en Inglaterra de santos. Estas gentes creen que tienen trato más íntimo con Dios que los demás mortales y, como es natural, se creen por esta razón superiores a los que no pertenecen a su clase. Ningún hombre o mujer es reconocido por verdadero devoto a no haber tenido un llamamiento particular a este estado. Los verdaderos evangélicos deben saber el día y la hora en que la Gracia los convirtió, el instante en que nacieron de nuevo. Este paso espiritual es acompañado de mortales congojas. El parturiente se halla en un estado de desesperación que nada puede consolar; el infierno se le presenta abierto para devorarlo, y ya se cree en las garras de Satanás, cuando he aquí que un rayo de luz invisible le penetra el alma, y en un instante se siente libre de todo pecado, seguro del cielo y tan inocente como el infante recién bautizado.

El origen de esta ilusión es el de todo género de entusiasmo religioso: una imaginación vehemente, un juicio débil y una predisposición natural a creer lo que halaga el amor propio. No hay método más seguro para obtener importancia entre una multitud de gentes que el de hacerse santos de profesión. Familia de una clase decente pero con pocos medios, mujeres de esta misma clase con quienes la naturaleza no ha sido pródiga de atractivos o a quienes la fortuna ha contrariado en sus afectos, frecuentemente recurren al Evangelismo por consuelo. Si una mujer entremetida y bulliciosa pierde las esperanzas de casarse, si el espejo le dice claramente que la naturaleza la ha condenado a virginidad perpetua fuera del claustro, hágase evangélica y pronto se hallará llena de importancia e influjo. Como si tuviese comisión del cielo para corregir a los demás mortales, se presentará, sin ser introducida, a familias de buena condición y pasta, ya pidiendo contribuciones para la Sociedad Bíblica (asociación riquísima que imprime una infinidad de Biblias en todas las lenguas, pero que pocos leen) o para otros objetos más o menos benéficos. La Comunión de los Santos, en Inglaterra, es un mundo de por sí que produce una gran variedad de ventajas a los que viven en él. Tal es la manía de las buenas gentes, que los menestrales y mercaderes profesan en ella para ser preferidos en sus diversos tráficos por los santos adinerados. Por supuesto que esta clase no carece de placeres, aunque declama contra el mundo y sus vanidades. Partidas que llaman de Fe y Biblia son muy generales entre los evangélicos; y en estas reuniones, que describiré en lugar más oportuno, hay santísimos cortejos y enamoramientos espirituales. Pero lo más notable es el tino de los clérigos evangélicos en pescar las muchachas más bonitas y acaudaladas de su misma clase. Es verdad que todo esto es de resultas de un celo ardiente por la gloria de la religión y sin relación alguna con su interés propio, pero, como somos de carne y sangre, no es posible que vivamos sin someternos algún tanto a sus inclinaciones. Por lo demás, es de notar que todas estas gentes son serviles en política e intolerantes en religión. En el Parlamento tienen un partido fuerte que se empeña constantemente en convertir sus ideas religiosas en leyes del reino.

Acompañando a la señora Christian y a Luisa, fui a ver a la familia de Chub, en la cual se trataba de colocar a nuestra ahijada. Los que no hayan observado las variedades de la nación inglesa apenas creerán que en un pueblo tan adelantado se encuentre la estupidez, la estólida vanidad, el grosero egoísmo que forman el carácter de ciertas gentes. Chub, el padre, había sido corredor de lonja, o por mejor decir, corredor de los fondos, que esta clase de gentes de pueblo convierte en una especie de lotería o, más bien, juego de azar, que durante la guerra con Francia enriqueció y arruinó a muchos. El juego consiste en adivinar si dentro de un cierto número de días los fondos o seguridades del gobierno subirán o bajarán de valor. Por medio de los corredores, cualquiera que se halla dispuesto a aventurar su dinero hace una compra imaginaría de fondos al precio corriente en aquel día, obligándose a pagar en otro día, estipulada la misma suma imaginaria, al precio corriente entonces. Todo lo cual se reduce a pagar la diferencia de la suma según los dos precios. Esta lotería causaba el mayor entusiasmo durante los años en que la suerte de las armas beligerantes estaba expuesta a oscilaciones perpetuas. Las resultas morales fueron malísimas: el deseo de ganancias cegó a muchos que, a no ser por esta tentación, hubieran pasado la vida sin tacha, de modo que inventaban y manejaban los medios más fraudulentos de hacer bajar y subir los precios de los fondos.

Mister Chub tuvo buena suerte en sus especulaciones y en pocos años se encontró rico e independiente de su industria personal. Su mujer, de baja extracción y maleducada, se creyó obligada a imitar, a su manera, las gentes de moda. Tenían tres hijas y un hijo, la mayor de trece o catorce años, y el muchacho, que era el menor de la familia, nueve. Padre y madre eran pequeños de estatura, de facciones vulgares y de modales poco superiores a los de los criados que empleaban. La familia menuda eran miniaturas de los padres, con la diferencia de que, hallándose en tierna edad tratados como gente de importancia, habían cobrado un orgullo grosero e intolerable. El muchacho era un pequeño bruto, glotón, malicioso, ingobernable e incapaz de aprender cosa alguna. Éste era el favorito.

Pero esta preciosa familia estaba gobernada por un santo de calibre, el reverendo Ezequiel Paunek o Panza, como diríamos en castellano. La luna pintada de bermellón le podría servir de retrato. El nombre Panza correspondía exactamente a su corpulencia. En una palabra: el director y los dirigidos formaban un cuadro sin igual. Pero ¿quién podrá describir la viveza, los donaires y el carácter juguetón de este profundo teólogo cuando, desnudándose de su grandeza profesional, condescendía (y lo hacía constantemente) en ser el gracioso de la familia Chub? La casa se venía abajo con las risotadas, y los vecinos, a no estar acostumbrados, hubieran dudado si el ruido lo causaban animales de dos pies o de cuatro con orejas de más de palmo. Los españoles que se acuerdan de aquellos tiempos en que entre los frailes había uno o dos coristas graciosos que, visitando en la vecindad, particularmente las casas en que abundaba el género femenino, se levantaban las faldas del hábito hasta media pierna, tomaban la guitarra y, habiendo cantado una o dos coplitas, con varias ojeadas y otros ademanes a que las niñas respondían a media voz «¡Qué malo es usted!», tales españoles podrán, con poca variación, hacerse una pintura de nuestro reverendo Ezequiel Paunch. Es verdad que su aire era más reposado que el de los dichos coristas, y que las muchachas Chubs eran todavía demasiado jóvenes, pero la madre que, a los cincuenta años no se veía demasiado vieja para hacer impresión, tenía algunas veces que explicar la conducta del santo varón por la regla infalible de los Evangelios rigorosos, que dice que todos somos igualmente pecadores y que lo que los cristianos ignorantes y no vencidos llaman virtudes y buenas obras son como trapos sucios a los ojos de Dios. «¡Es cosa extraña -decía Mistres Chub entre sí- que cuando este siervo del señor está a solas conmigo parece enteramente un ángel y en otras ocasiones, cuando hay visitas, especialmente cuando Mr. Rollikin está aquí, se parece tanto a los hombres del mundo!».

Llegó por fin la tarde que tenía yo que acompañar a la señora Christian y a Luisita a tomar té con los Chubs, a fin de que determinasen si la habían de recibir o no. Cuando la fuerza de la verdad me obliga a mostrar los defectos generales de cierta clase, ¡cuánto me alegraría de poner por contraste la pintura de esta excelente mujer! Los que son como ella, y en verdad que hay muchas en este país, se pueden poner por modelos de su sexo. Pero mi objeto es presentar las cosas más notables, y, por desgracia, éstas son generalmente no las mejores.

El reverendo Ezequiel había sido convidado a comer con los Chubs como la persona más importante en cuanto a la elección de un aya. Él solo podría sosegar la conciencia del padre y de la madre y aun de las niñas en cuanto a si sería pecado o no tener un aya católica. No hay duda que en otro cualquier caso la propuesta hubiera sido desechada al momento. Pero Luisita era muy joven, y tal vez había proporción de convertirla.

A la caída del sol llegamos a la casa y, como el tiempo era templado, hallamos a la familia, al gran Ezequiel y a Miss. Rollikin en el pequeño jardín que formaba el fondo de la casa. La señora Chub, a pesar de su santidad, estaba vestida con un lujo extravagante. El vestido de seda era de los más costosos, y se oía crujir a veinte pasos de distancia. De la escofieta de holán y encaje finísimo le colgaban más cintas que banderolas tiene un navío de guerra en día de gala. Las niñas parecían muñecas, tan estiradas y sin movimiento desde el instante en que entramos que un extraño podía creer que eran figurones de jardín. El muchacho nos vino a examinar con la boca abierta, como si fuésemos bestias feroces de las que aquí se enseñan en las ferias. Miss Rollikin era, en su propia opinión, la única persona elegante y de gusto en tal sociedad. Es cierto que estaba mejor vestida, aunque el vestido era no muy abundante hacia el cuello. Difícil sería el dar razón de esta desnudez en una persona dirigida espiritualmente por el reverendo Ezequiel. Algunas personas piadosas lo explicaban diciendo que Miss Rollikin estaba todavía en la niñez, pues sólo tenía dieciocho años y manifestaba tanta inocencia en sus juegos con personas de otro sexo que sus parientes la vestían algún tanto a lo infantil, con aprobación, por supuesto, del sabio y prudente director.

Del Chub papá no hay que decir sino que era un buen hombre a su manera, no muy agradable en sus modales, que con grande horror de su elegantísima mujer fumaba su pipa cada día después de almorzar y de comer. En esta ocupación se hallaba empleado cuando entramos. Su mujer, al adelantarse a recibirnos, le dio un tirón de tan buena gana que le hizo caer la pipa al suelo, donde se hizo pedazos.

-¡Vive Dios, mujer mía -exclamó el buen hombre, con mejor humor que podía esperarse-, vive Dios que...!

-¡Oh, papá, papá -gritaron las muchachas-, no jure usted el santo nombre en vano!

-¿No, te da vergüenza -prosiguió Mistres Chub- de manifestar tu impiedad delante de la gente?

Ezequiel, que tal vez hubiera predicado un sermoncito en esta ocasión, no dijo palabra porque estaba del todo empleado en examinar la persona de Luisita, a quien se había acercado.

Pasados los primeros cumplimientos, entramos en la sala principal y, habiendo un criado traído luces, nos sentamos esperando el té.

-Permita Vd. -me dijo la señora Chub- que mis hijas se acerquen a verlo, y luego tendrán la satisfacción de ver con sus propios ojos una española en esa niña.

-¡Oh, mamá -dijo la muchacha mayor-, no me engañe Vd.! ¿Es posible que este señor sea español? No lo creo. Mi libro de geografía tiene una pintura que no se le parece en nada.

-¿Qué ha hecho Vd. de su trabuco? -me preguntó, mirándome de frente.

Iba yo a responderle cuando, dando un chillido, exclamó:

-¡Ay, mamá, si me matará este hombre con el cuchillo que dice el libro que todos los españoles llevan oculto!

-¡Calla, tonta! -dijo la madre-. Yo no me fiaría, a decir verdad, de este señor en su tierra, pero, gracias a Dios, aquí tenemos un gobierno cristiano que castiga a los malhechores.

-Pues ¿qué? -contesté yo-, ¿piensa Vd. que yo he nacido entre turcos?

-¡Oh, no, turcos no del todo, pero idólatras, que es lo mismo!

-No tanto -interrumpió el reverendo Ezequiel, que había estado diciendo mil cosas graciosas, si habíamos de juzgar con la risa con que las acompañaba, al oído de Luisita-; los españoles no son enteramente turcos, aunque descienden de los gentiles que se establecieron allí poco después del diluvio.

La señora Christian, que había callado hasta entonces y que era demasiado instruida para tolerar tales sandeces, dijo con voz pausada:

-En cuanto a eso, Mister Paunch, todos somos descendientes de gentiles.

-¡No lo permita Dios! -dijo la señora Chub, cubriéndose los ojos con las manos.

-¡La Biblia, la Biblia -dijo Ezequiel- terminará toda disputa!

Al decir esto, todas las muchachas corrieron a una mesa donde estaba una Biblia en folio, cubierta con paño verde, y, tomándola entre todas sin dejar a Benjamín, el muchacho travieso, que ayudase a llevarla, vino el pesado volumen, no al suelo, sino perpendicularmente sobre las uñas del pie derecho del joven, quien lanzó un berrido que pudiera pasar por el de un becerro. Furioso y no acostumbrado a obedecer a nadie, pues era el favorito de la señora Chub, empezó a descargar patadas sobre sus hermanas, quienes, huyendo como un bando de palomos silvestres a refugiarse en su madre para escapar de la furia del milano que había ya comenzado a emplear en ellas sus uñas, dieron contra la mesa redonda cubierta con tazas, platos, tetera, azucarero y, lo que es peor, la urna de agua hirviendo que silbaba como un barco de vapor al levantar el ancla. Un torrente de agua capaz de pelar un marrano se dirigió al lado en que el Chub padre se hallaba medio dormido en una silla poltrona; y aunque por fortuna el agua se estancó en la alfombra antes de escaldarle los pies, le salpicó tan abundantemente las piernas, que no tenían más defensa que las medias de seda, que, echando más maldiciones que un soldado borracho, rompió por el grupo de su mujer e hijas arrojando a tierra, o más bien al agua, que había formado una pequeña laguna, a dos de las niñas, quienes, por supuesto, unieron sus llantos al concierto general que nos aturdía. Miss Rollikin, que era una masa de sensibilidad, hizo la desmayada echándose de repente sobre el sofá. El reverendo Ezequiel corrió a asistirla. El lacayo con las criadas entraron tumultuariamente en la sala, pensando que el fuego de la chimenea se había comunicado a las enaguas de algunas de las señoras, accidente bastante común en Inglaterra.

Nosotros, que, desde el principio de la tormenta, nos habíamos acogido a un rincón hacia los pies de la sala no sabiendo a quién dar auxilio, tuvimos tiempo bastante de observar la escena ridícula que se presentaba a nuestros ojos. La señora Christian, acostumbrada a gobernarse a sí misma, se mantuvo seria y aún hizo ademán de ir a socorrer a Miss Rollikin, pero Ezequiel no le permitió acercarse. Yo no podía contener la risa, y la pobre Luisita estaba a punto de dar suelta a la suya, aumentando la mía al mirar los esfuerzos y contorsiones con que esperaba contenerla. En un instante desgraciado, la Rollikin, que estaba luchando en su convulsión con el reverendo, le dio un bofetón tan intempestivo que en un momento le quitó de la cabeza una peluca muy disimulada que le ocultaba la calva. A esto, la pobre Luisa, con su viveza española, no pudo contenerse y rompió en tal risa que llamó la atención de todos. Al observar este descomedimiento, todos recobraron el aire de dignidad grotesca que les era natural, a excepción del muchacho Benjamín, el cual, apoderándose de la peluca se la puso al revés y salió corriendo, perseguido del avergonzado clérigo galán, de quien la Rollikin recobrada enteramente y como por encanto de su alferecía, se estaba riendo a carcajadas. Todo era confusión en este nuevo campo de Agramante cuando, en vez de tratar de calmarla, el Chub padre la empezó tomando un bastón y jurando que había de romper una costilla, por lo menos, al muchacho.

-¡Vive el cielo, que este demonio de niño no me deja tomar alimento en paz! Mi estómago no puede aguantar más la falta del té y las tostadas, y he aquí que tendremos que aguardar tres cuartos de hora más. ¡Que me emplumen si no me la pagará!

Iba a salir, cuando su mujer le echó sobre los hombros la enorme masa de carne de que se componía su albondigada persona, gritando:

-¡Monstruo, caníbal, Holofernes, bruto! ¿Quieres matarme a mi ángel, a mi Benjamín? ¡Antes te sacaré los ojos, salvaje, que no mereces tal hijo y en tenerlo creo que hay algún milagro!

Por fortuna del milagroso padre Chub, las muchachas se pusieron de por medio y, pellizcando al padre y echándose sobre la madre, a quien su corpulencia tenía casi sin respiración, lo separaron a tiempo que el reverendo volvía, con su calva al aire, habiendo dado la caza del muchacho por perdida.

Confusos por demás estábamos los tres convidados, cuando, recobrándose un poco, el ama de la casa nos dijo:

-Me avergüenzo de que Vds. hayan visto cómo el pecado puede tomar por sorpresa aún en los que están confirmados en gracia como nosotros.

-No hable Vd. disparates, señora -exclamó Ezequiel-; el pecado nos puede perturbar por algunos instantes, pero es imposible que nos domine y avasalle. Los que tienen fe verdadera como nosotros no pueden pecar. Tengamos compasión de los verdaderos pecadores que nos oyen y tratemos de implorar al cielo en su favor. Oremos.

Y, echándose de rodillas junto a la mesa, que aún estaba en pie, empezó una oración de repente, ejercicio espiritual en que lo miraban sus discípulos como sin igual y totalmente inspirado. El Chub padre salió de la sala gruñendo, a ver si se podía comer las tostadas en la cocina. La señora Christian se lanzó de rodillas por no irritar más a aquella cuadrilla de insensatos. Luisa y yo nos quedamos sentados, en tanto que el Tartuffe inglés, con las manos cruzadas, ora cerrando los ojos, ora levantándolos al techo, ensartaba una fila interminable de frases sin sentido, a no ser cuando se proponía insultarnos con achaque de pedir a Dios por las almas perdidas de los incrédulos.

Acabada que fue esta letanía, los santos y santitos se levantaron más pacíficos y contentos, dando manifiestas señales de impaciencia por el té. Vino éste al cabo; y, en el entretanto que los de la familia arreglaban sus estómagos con la bebida favorita, se tocó de paso el asunto por cuya causa habíamos venido. Yo no sé si el devoto Ezequiel conservaba aún sus intenciones de convertir a Luisita o se había resuelto a dedicarse enteramente a Miss Rollikins haciéndola subir hasta la perfección de la vía unitiva. Lo que sé de cierto es que Luisa me había dicho al oído que antes se dedicaría a la costura y viviría a pan y agua que emplearse en instruir esta cría de asnos bajo la dirección de un hipócrita odioso. La señora Christian, convencida de que Luisa no podía tener sosiego ni seguridad en aquella casa, dio a entender, con su acostumbrada dulzura, que el genio del muchacho era demasiado violento para encomendarlo a una joven tan tierna.

-No tema Vd. -dijo con desdén la Chub- que yo ponga mi angelito en manos de su española de Vd., que, a pesar de su juventud, echa fuego por los ojos. Dios me perdone si hago un mal juicio, pero juraría que esa niña lleva consigo un puñal español, como dicen los libros de astrología.

-Geografía, mamá -exclamó la muchacha mayor.

-Geografía o teología o cualquiera de esas logias de que hablan las gentes, lo cierto es lo cierto, y yo sé lo que me digo.

-Está muy bien -dije yo-. La señorita Bustamante, por su parte, no se siente dispuesta a quedarse aquí; y, con licencia de Vd., señora, nos retiraremos.

-Cuando Vds. gusten. Pero, supuesto que la Providencia ha traído a Vds. dos, que son idólatras, a esta casa en que habita la luz del cielo, les daré a Vds. media docena de trataditos contra la Ramera de Babilonia. Es una obrita admirable que el Tract Society distribuye con mucha actividad, y espera que en pocos años no dejará un católico sobre la haz de la tierra. No se sonrían Vds.; si Vds. tuvieran experiencia del poder del Espíritu no dudarían del triunfo próximo que esperamos contra el Demonio, el Mundo y la Carne. Dios tenga misericordia de Vds. Me da pena de dejarlos ir por el camino que lleva al fuego eterno; pero los que no están predestinados no pueden ser salvos.

-Por fortuna -dije yo- Dios no le ha pedido a Vd. parecer sobre este punto, y, a decir verdad, un consuelo nos queda, y es que, si Vds. dicen verdad, no nos encontraremos en la otra vida.

-¡Qué impiedad! -exclamó el gran Ezequiel.

Yo, sin parar la atención en su impertinencia, tomé a mis dos compañeras del brazo y salimos a la calle contentos de habernos separado de estos solemnes majaderos para siempre jamás.