Lydia
LYDIA O LA RESURRECCION
No recuerdo dónde escribió Chamfort: «A los veinticinco años, o el corazón se rompe o se hace de bronce.»
A los veinticinco años mi corazón estaba destrozado.
Enojado de la vida positiva, llegué a considerarla con horror. Todas mis ideas, todas mis esperanzas se referían a la vida de lo por venir, que acaso «no sea»—lo dicen los materialistas,—pero que sigue siendo para nosotros, tal cual somos, un misterio incomprensible.
Todas estas tinieblas eran claridades para mí, y veía en ellas como en la realidad. Yo sentía, comprendía hondamente que Dios—y no podría El mismo, aunque quisiera, según las reglas inmutables en que fundó la creación, destruir ni aun el átomo más pequeño de la materia—, con toda su omnipotencia, no se había reservado el poder de aniquilar ese fuego celestial que se llama inteligencia y amor y que es la más perfecta de sus obras. Y creía por tanto firmemente en la necesidad de las compensaciones eternas, y esto haciendo abstracción de la revelación, que nos las promete, porque nací en un siglo de poca fe. Esta convicción me sostenía contra todos mis dolores. Una vez llegado a tal punto de mi filosofía, o a semejante ilusión, las heridas de mi corazón cicatrizaron poco a poco, y entonces procuré con toda prudencia evitarle nuevas heridas aislándome cuanto me fué posible de mis compañeros de penas. Nada hay que tan fácilmente nos conduzca al egoísmo como el cansancio de una sensibilidad agriada. Me había visto con tanta frecuencia lacerado en los afectos más queridos, que quise buscar un sabio remedio no amando, temeroso de perder lo que amase, y hasta encontraba que podía vivir así cual si amar y vivir no fueran una misma cosa.
Permitíame entonces mi fortuna realizar viajes, manera rápida y mudable de existir, que no se compone sino de sensaciones fugaces, que nos lleva al través de todas las ligaduras de la tierra sin dejarnos tiempo para anudar ni una sola en ninguna parte. La vida misma me decía es un viaje, y sólo cuando no podemos variar de transiciones todos los días es cuando se enlazan a nuestra existencia ataduras difíciles de deshacer. ¿Cuál remordimiento ni qué pesar entenebrecerían los últimos momentos del peregrino incansable que, habiendo cambiado todos los días de familia y de patria, no dejara en nadie el recuerdo de su figura ni de su nombre, aquel que no debe lágrimas sino a los recuerdos de su infancia y que no arrancará lágrimas ni aun a los testigos de su muerte? Morir de esta suerte es cambiar de posada, o, a lo sumo, desarraigarse un poco más que de ordinario, ¡y yo estaré tan habituado cuando ello llegue!
Lo que debía decirme a mí mismo es que morir de tal suerte era morir sin haber vivido, porque estamos en la tierra para amarnos, para servirnos los unos a los otros, para ayudarnos recíprocamente a sobrellevar el peso de la existencia; lo que debí decirme es que la resurrección no le serviría de nada al hombre que no hubiese cumplido estos deberes, y que el hombre que no amó casi no resucita permítaseme expresarme de este modo—, porque no estamos llamados a gozar de los bienes de la resurrección sino por la bondad y la virtud.
Pero estas nuevas ideas germinaron en mi corazón con motivo del suceso que voy a contar.
Lógico con mi sistema, no tenía ni aun criado estable. Un criado puede quereros alguna vez, y puede que lleguemos a quererle; por esto los cambiaba como de domicilio, o, para decirlo mejor, como de residencia, y estas residencias eran cortas.
Si con este modo de arreglar las cosas perdía las ventajas que puede reportar un servicio asiduo, ordenado y quizá afectuoso, ganaba en la calidad de los guías, porque éstos eran, por más conocedores de las comarcas que recorría, más inteligentes, y estaban mejor enterados de las particularidades del país, con lo que lograba más fruto de mis viajes, El que tomé en Ginebra para recorrer todo el cantón de Vaud que había de quedarse en Martigny, donde tenía su casa— —se llamaba Lugón vel Chico por la extrema pequeñez de su estatura, aunque era robusto y bien formado. Parecía que la naturaleza, por uno de sus burlescos caprichos, hubiese opuesto esta miniatura a las gigantescas proporciones del mundo alpino. En Lugón se daban todas las circunstancias que hacen del guía de los Alpes un ser distinto de los demás, un tipo humano particular. Era la historia viva, la geografía y hasta la estadística helvéticas, y declaro que no se le podía pedir más, y no obstante, y afortunadamente, Lugón no era ni sabio, ni escéptico. Todo el encanto de su conversación estribaba en una buena fe ingenua, que se manifestaba sin la esperanza de aprender ni la pretensión de enseñar. Sabía el nombre de las cosas y las fechas de los sucesos, pero su humilde inteligencia no intentó nunca remontarse a la causa de todos los efectos ni a presentir los efectos de todas las causas. Decía lo que sabía y creía lo que decía, y así es como me gusta a mí la erudición.
Cuando un problema complejo surgía en el curso de sus relatos, llevándole desde las realidades de la vida positiva al mundo conjetural de la imaginación y la metafísica, casi siempre salía del atasco con aquella sentencia que una organización favorable enseñó a los pueblos de Oriente, sentencia que por dicha pueden expresar en todos los países los hombres sensatos: Dios es grande, decía Lugón, y reto a todos los filósofos de la tierra a que encuentren una solución más razonable para la mayor parte de las dificultades que surgen en las ciencias. Tengo por cierto que algún día encabezará la Enciclopedia esta invocación, y así será un buen libro, que hoy no lo es. Ahora que Lugón no pensaba de ningún modo en rehacer esta Enciclopedia, de la que jamás oyó hablar.
Un bello día de primavera, en las primeras horas de la tarde, habíamos salido de Vevey con designio de visitar, no los bosquecillos de Claréns, que nunca existieron y que me importaban un bledo, sino el castillo de Chillón, que tampoco me interesaba gran cosa. Los viajeros creen, equivocándose, que se debe ver lo que otros vieron antes que ellos y que suele ser generalmente lo que no merece ser visto.
Caminábamos uno al lado del otro en nuestras cabalgaduras, bajo la sombra de los árboles, a un trote corto, cuando Lugón rompió el silencio hablando alto consigo mismo: —Aquí está la casa de Jorge—dijo, pero no veo a Lydia. De seguro que la pobre aprovecha este buen tiempo para coger flores en el rincón de tierra arenosa que llama jardín y con ellas formar un ramo para Jorge.
Pasábamos a la sazón por delante de una linda casita blanca con puerta y ventanas verdes, cuyo aspecto suscitaba gratas ideas de tranquilidad, cuidados y limpieza.
—La casa de Jorge interrumpí—. ¿Y quién es Jorge?
—Jorge?—respondió Lugón—. Jorge es el marido de Lydia.
—Bueno; pero se puede saber quién es Lydia?
¿Lydia?—volvió a contestar Lugón, ahora con cierto desdén, bien porque cayera en la cuenta de que iba a meterse en un círculo vicioso o porque tuviese un deseo recóndito de excitar mi curiosidad. Lydia, señor, es la mujer de Jorge.
—Perfectamente!—grité conteniendo mi impaciencia. Pero esta Lydia y este Jorge, que tanto te interesan, ¡no podré yo saber de una vez quiénes son, ni por qué tienen la dicha de interesarte?fic —Lydia y Jorge?—dijo acercando su cabalgadura a la mía y apoyando una mano en mi silla—..
¡Una historia!
—Vaya por la historia, ya que nada mejor tengo que hacer que escucharla.
Y pusimos los caballos al paso.
Lugón el Chico» meditó un momento, se acarició la frente con los dedos cual si de tal modo ordenara sus recuerdos, levantó después la cabeza y comenzó así: Jorge y Lydia eran marido y mujer, como acabo de decir, y nunca se vió matrimonio mejor dotado de todas las cosas, porque nadie hubo más hermoso que Jorge, si no es Lydia, ni nadie mejor que Lydia, si no fué Jorge. Dicen que no andaban sobrados de dinero cuando vinieron a este país, hará como cuatro o cinco años, porque fueron a parar a casa de la madre Zurich, que entonces vivía en una humilde choza allá arriba, junto a aquellas viñas. Podría enseñaros la choza, aunque la oculta el follaje, pero ello no conduciría a nada, puesto que la cedió a unos vecinos más pobres que ella. ¡Es una buena mujer la madre Zurich! Al poco tiempo Jorge se presentó en las orillas del lago poniéndose al servicio de los barqueros y los pescadores. Como era fuerte, hábil, sobrio, cariñoso y simpático, bien pronto tuvo tanto trabajo como el mejor remero del lago; pero no abusó por esto, y después se ha sabido que cuando alguno de sus compañeros había tenido mal día, Jorge le entregaba parte de lo que ganara, de modo que todo el mundo le quería a causa de su generosidad; así, lo que es muy raro, cuanto más prosperaba tenía menos envidiosos. Acaso nunca había ocurrido esto. Se explicará usted que pronto tuviese una barca y unas redes suyas, y entonces, y para estar más cerca del lago, compró esta linda casita que os he enseñado. Verdad que no le costó muy cara, porque no valía lo que hoy, después de que a fuerza de cuidados y de gastar sus ahorros la embelleció. Pero lo que principalmente le hizo abandonar la choza de arriba fué la muerte de su hija. Lydia no podía vivir en un lugar que le recordaba su dolor, y entonces vino con ellos la madre Zurich.
Esta madre Zurich había cuidado a la pequeña y la había querido; Lydia lloraba muchas veces cuando la miraba, y entonces las dos lloraban juntas.
A Lydia no se la veía mas que los domingos, cuando iba a oír misa a la capilla católica, o en los días de fiesta mayor, cuando cruzaba el lago para rezar en Saint—Gengoux. Y ya sabe el señor quién era Jorge y quién es Lydia.» Te doy las gracias, Lugón—dije haciendo un movimiento para poner mi caballo al trote. ¡Nunca la bendición de Dios caerá sobre una casa más honrada! Pero eso no es una historia.
—Dios es grande! replicó Lugón. No es la historia entera.
Recogí riendas y esperé.
«Como Jorge no era de este país, las gentes se enteraron de dónde podría haber venido, y unos a otros se contaron lo que oyeran a algunos extranjeros, porque, como el señor sabe, no hay comarca en el mundo más visitada de los viajeros que este cantón de Vaud. Jorge nació, de una familia muy honrada y muy rica, en un puerto de mar de Francia, no me acuerdo si en Estrasburgo o en Perpiñán, aunque estoy seguro de que debía de ser hacia las costas de Inglaterra. Su padre era armador de barcos para el comercio y tenía como asociado en este negocio al padre de Lydia, por lo cual las familias habían resuelto que los muchachos se casaran así que tuviesen edad para ello. Como los pobres chicos se querían tiernamente y sus fortunas venían a ser iguales, nadie tenía nada que decir de este arreglo. Pero el hombre propone y Dios dispone. Una tempestad, una quiebra y un pirata se lo llevaron todo. Los dos amigos murieron del pesar con diferencia de pocos días, y los novios quedaron tan tristes, tan pobres y tan abandonados, que no debía ni aun hablarse de boda. Jorge, a quien habían enseñado un oficio inútil, como el de diputado, el de escritor c el de abogado, se sintió, no obstante, lleno de valor. Y fué a trabajar al puerto y ganó valientemente su vida cargando y descargando fardos como un hijo del pueblo, porque, como ya dije al señor, era fuerte y nada orgulloso. Sus antiguos compañeros le miraron con desprecio, mas aquello le importaba a él muy poco.
»Cierto día en que iba a comenzar la descarga de un barco preguntó las señas de la casa adonde había que llevar los fardos, y he aquí que le dieron las señas de la casa de su padre. Aquel barco era el único que se salvó del accidente en que desaparecieron los demás del armador.
¡Qué bien! dijo Jorge. Muchos negociantes pusieron su confianza en mi padre; la desgracia que hemos sufrido quebrantó sus fortunas; voy a pagarles lo que pueda.
Y pagó honradamente todas las deudas de su padre, no quedándose para él sino con lo poco que quisieron cederle los acreedores, y después volvió a trabajar como antes. Aunque era lo natural, su conducta fué alabada, porque los hombres ven con gusto la honradez, aunque no todos la practiquen.
»Ha de saber el señor que Jorge tenía un tío viejo, soltero y muy rico, que colocó capitales en los negocios del padre de Jorge, que los mantuvo mientras fueron bien las cosas y que los retiró a la primera señal de que iban mal. El tío le hizo llamar, y las gentes que nos contaron todo esto dicen que le habló así: ¡Muy bien, señorito! ¡He sabido cosas muy lindas respecto de tu conducta! Aun cuando tu madre no hubiera puesto los bienes suyos en los negocios de su marido y sabes que era mi hermana, y te digo que traté inútilmente de disuadirla, pudiste retener o reclamar mucho más de lo que el azar devolvió a tus manos; pero has tenido la vanidad de pagar a todos los acreedores, como si fuese de tu incumbencia cumplir lo que llaman deberes de probidad y como si esto fueran a estimártelo. Con esas niñadas no se hace una buena casa. Pero todo ello me importaría poco si no llegase a mis oídos la noticia de que vives del trabajo de tus manos para subvenir a tus insensatas prodigalidades. Pero no caíste en la cuenta de que tu pobreza puede causarme enojos en esta villa, donde todos me tienen por riquísimo, aunque sin razón. ¡Sabrás, señorito, que nunca los hombres de nuestro linaje trabajaron para los demás, y que la herramienta del obrero o los cordeles del faquín son oprobio para nuestra familia!
¡Ay, señor!—respondió Jorge. Nunca creí que mi conducta pudiese traer estas consecuencias.
Miré el trabajo como el único recurso honrado de los que nada tienen, y habréis de permitirme que persista en tal propósito para ganar mi vida, porque la conciencia no me dice que ella no sea digna de un hombre de corazón y de un cristiano. Creo sin dificultad que mi indigencia, no merecida, sea desde luego una humillación para el legítimo orgullo de una familia honorable, y, sin quejarme, le evitaré esta vergüenza marchándome lejos de aquí para trabajar. Hace mucho tiempo que pensé hacerlo, y si no realicé antes este propósito fué porque necesitaba tiempo para reunir algunos ahorros con los que pudiera ser algo más de lo que soy en el oficio que ejerzo. Desde este momento, y puesto que lo queréis, podéis estar cierto de que no se afligirán más vuestros ojos con el espectáculo de mi miseria. Estoy dispuesto a partir.
¡Muy bien! exclamó el tío arrugando el entrecejo ¿Podría ayudarte a dejar esta villa dándote algún dinero para el viaje? Mas te advierto que no será mucho, porque el dinero escasea.
¡No, señor, no!—respondió Jorge con indignación mal contenida. Puedo dejar esta villa y la dejaré. Los ahorros que quería reunir ya están reunidos. Se gasta poco cuando no se es bastante rico para dar. No necesito dinero. Desde que trabajo, nunca le necesité.
»Al oír estas palabras la tranquilidad volvió al rostro del viejo millonario.
Escucha dijo a Jorge en tono dulce. Eres mi sobrino, sangre de mi sangre, el hijo de mi hermana querida... ¡Sí, querida, puedo decirlo! ¡Nos queríamos mucho cuando éramos pequeños! Cuando uno es joven tiene tierno el corazón. Es la experiencia de la vida la que nos enseña a conocer las cosas y eleva nuestro espíritu al conocimiento de las verdades positivas... Ello es que soy tu tío, tu buen tío, y que no anhelo sino labrar tu bienestar si me es posible. Es verdad que me tienen por rico, pero es porque no conocen el verdadero estado de mis negocios. Y luego los impuestos, que se lo llevan todo. ¿Qué dirías, sin embargo, si yo quisiera asegurar tu felicidad, o sea tu fortuna? No es que piense deshacerme de mis pobres bienes—¡Dios me libre! La prudencia me lo veda, y en los azarosos días que corremos los hombres avisados conservan lo que tienen Pero tú eres mi único heredero legal, y puedo, sin caer en la indigencia, garantizarte una parte razonable de mi herencia si te casas a mi gusto; porque yo soy tu tío, tu buen tío, mi pobre Jorge, y me euido mucho de tu bienestar para lo futuro. Se debe uno sacrificar por los parientes. La mujer que yo te destino es precisamente la viuda de uno de los acreedores de tu padre, una mujer ordenada e inteligente, bastante bella aún para su edad, que colocó el dinero que tú le devolviste en prestar al doce por ciento de interés sobre prendas que valen el triple de lo prestado y que de seguro no podrán ser rescatadas, porque da su dinero a plazos muy cortos. Además, serás rico cuando yo muera, y ahora y por de pronto podrás sostener con decoro el nombre de nuestra familia si vives con cierta economía... Pero yo te explicaré esto más tarde. Vete a prepararlo todo para ponerte en estado de merecer mis beneficios, y mañana comeremos con tu futura... en su casa.
Os doy las gracias, querido tío, por los proyectos que habéis formado para hacerme dichoso, y os ruego que creáis en el reconocimiento que vuestra bondad me inspira; mas es imposible que yo pueda recoger el fruto de vuestros afanes. No ignoráis que antes de la muerte de mi padre estaba en vísperas de casarme con Lydia, la hija de su amigo, y el infortunio que nos hirió a los dos a un mismo tiempo hace aún más inviolable este compromiso. Dos voluntades, sagradas para nosotros, resolvieron unirnos, y la pobreza no nos ha separado.
¿Que te vas a casar con Lydia, con una muchacha que no tiene absolutamente nada?—gritófurioso, el tío.
»— —Pensaba habéroslo dicho contestó Jorge.
Y acto seguido se retiró, respetuoso, cuando la cólera del viejo sólo se manifestaba en imprecaciones, porque temía que le maldijese.
»Ocho días después se celebró la boda, en efecto, y partieron en seguida. Jorge cumplía su palabra de dejar la villa para que no tuvieran que ruborizarse de su rebajamiento las honorables gentes que llevaban su mismo apellido.
»El tío de Jorge, cuya edad no era muy avanzada, pero al que el amor al oro, la avaricia, agobiaba de cuidados, murió a las pocas semanas, y como era filántropo un oficio nuevo que produce muchodejó toda su fortuna a la enseñanza mutua, la invención más linda de que he oído hablar; la manera de saber sin aprender y de estudiar sin maestros.
¡Dios es grande! El pobre Jorge oró por su tío cual si le hubiese heredado, y no se afligió de su abandono, así que trabajó hasta el día de su muerte.» —¿Luego Jorge murió?—interrumpí.
Creí que ya se lo había dicho al señor. Fué el día ó de octubre del otoño pasado; el día del Corpus hará ocho meses, y prosiguió: "Jorge volvía alegremente en su barco, concluída LYDIA.
la jornada, cuando sus ojos vieron, extrañados, una nube de fuego y de humo que el viento empujaba hacia el lago. Presintiendo un accidente terrible, forzó los remos para llegar pronto a este rincón de arena que antes llamé el jardín de Lydia. En efecto, un incendio devoraba la casa que ocupa el otro lado del camino, y cuyas ruinas os mostraré bien pronto. Apenas amarró su barca, agarró la escalera que unos viejos arrastraban penosamente, porque los obreros no habían vuelto aún de sus tareas, y la fijó bajo una ventana de la que salían gritos.
Un segundo después atravesaba las llamas y reaparecía con una mujer desvanecida, que depositó en mis brazos, porque yo le había seguido. «¡Está salvada!», gritó el pueblo. Pero la pobre criatura, a quien el aire le había vuelto los sentidos, lanzó gritos espantosos llamando a sus hijos. Yo me había acercado a la ventana tanto como podía y buscaba algo donde agarrarme, porque todo estaba ardiendo, y he aquí que Jorge reapareció de nuevo entregándome un paquete, y luego un tercero: eran los niños y yo sentí mucho placer cuando los oí gritar que pasando de mano en mano llegaron a los brazos de la madre. Mas la desgraciada seguía lanzando ayes desgarradores, y yo no comprendía la causa de sus gritos, y menos cuando las llamas me chamuscaban ya las orejas. «La cuna! ¡La cuna!», dijeron voces que iban llegando a mí, porque habíamos formado una especie de cadena desde la orilla del lago hasta el lugar de la escalera en que yo estaba. ¡La cuna!», repetí en voz casi ahogada, porque el humo me sofocaba. Jorge volvió a entrar, y bien creí que no volvía. En aquel momento el fuego prendía ya en la parte superior de la escalera, de manera que todo cedió a la vez, incluso el escalón en que yo estaba. Los que me seguían contuvieron la caída, y de nuevo quedó apoyada la escala en las paredes ardiendo ya, desgarradas por grietas que hacían imposible el que yo pudiera permanecer allí. La distancia que me separaba de la ventana se había aumentado en seis pies. Jorge la midió de una ojeada, desató de su cintura su cuerda de barquero y, en un abrir y cerrar de ojos, lió con ella el cuerpo de la inocente criatura que había sacado de la cuna. «Toma, Lugón, gritó, ten cuidado. El niño está vivo!» Estaba salvado; pero Jorge estaba perdido. Apenas había salido el niño de mis brazos, el tejado cayó sobre el cielo raso, y todo se abatió sobre Jorge, formando un brasero espantoso, en el que después no pudieron ser encontrados los restos de Jorge. O ardió por entero, o bien los ángeles le llevaron al cielo. ¡Dios es grande!» Bien! dije a Lugón oprimiendo tiernamente su mano con la mía. ¡Bien, noble amigo mío!
¿Y después?
Después?—repitió Lugón. ¡Oh!, los niños están bien, y los hubierais visto ya si no jugaran ahora bajo los sauces.
—Pero, ¿y Lydia? Nada me dices de ella. ¿¡Murió también?
—Si he de decirle la verdad al señor, hay gentes que piensan que más le hubiera valido. Se volvió loca a los pocos días, con una locura muy rara. Cree que está resucitada a medias y que pasa las noches con Jorge en no sé cuál rincón del cielo. Nadie puede quitarle esa idea de la cabeza...
Esto diciendo, Lugón se detuvo.
—Mire el señor—dijo mostrándome a la derecha un montón de escombros ennegrecidos, ésa es la casa.
Mire ahora añadió acercándose al seto que bordeaba la derecha del camino—, éste es el jardín de Lydia, ¡y esa pobre mujer que se pasea con los ojos fijos en la tierra, buscando flores, es Lydia, la mujer de Jorge!
Volvió bruscamente su caballo, se pasó el dorso de la mano sobre los ojos, y pareció disponerse a reanudar la marcha.
Yo me apeé.
—Tú me esperarás aquí, amigo mío—le dije—.
Deja que tus caballos descansen bajo la sombra de aquel tilo. ¡Es preciso que yo vea a Lydia y hable con ella' —Guárdese bien el señor de hacerlo respondió queriéndome retener del brazo. El médico dice que la locura es algunas veces contagiosa y que la de Lydia es de esa especie. Y debe de ser cierto, puesto que la madre Zurich cree cuanto Lydia le cuenta.
—Es posible que un hombre tan sensato como tú—repliqué riendo—pueda dar crédito a esas quimeras? Los médicos no ejercen imperio sobre nuestra credulidad mas que significándose con proposiciones extravagantes o con descubrimientos falsos. Por lo que a mí atañe, puedes estar tranquilo, porque estoy a salvo por completo de que un loco me contagie sus ideas, y si no puedo dar a esta infortunada consuelo alguno, sé que nada tengo que temer de ella.ou A todo esto salvaba yo el seto, mientras que Lugón, un tanto tranquilizado, se sentaba a la sombra, silbando. Lydia no había parado mientes en mí. Su canastillo estaba lleno, y ella sentada para convertir en ramos las florecillas.
Llegué a la orilla del lago cogiendo algunas aquí y allá, para llamar la atención de la pobre mujer.
—No os aflijáis si me permito pasear por vuestro jardín—dije presentándome a ella. Aunque esas flores sean más frescas y más bellas que cuantas vi en mis viajes, mi intención no es llevármelas; las reuní para juntarlas a vuestro ramo.
¡Ah, ah!—me contestó mirándome, sonriéndose y colocándolas en el canastillo. Son para Jorge. Las hay que son mucho más hermosas y con aromas de los que ninguna flor de la tierra puede dar idea; pero a él le agrada volver a ver estas flores de las orillas del lago, que tantas veces cogimos juntos.
—Entonces no ta dará en venir?—pregunté sentándome a algunos pasos.
—Aquí no respondió. No viene aquí; no puede venir, puesto que está muerto. ¡No sabéis que murió?
Sentí que mi corazón se acongojaba.
—Perdonad, Lydia; yo creí que le esperabais.
¡Oh, no! exclamó Es él quien me espera.
Pero iré pronto, en cuanto se ponga el Sol. ¡Ah si se pudiera dormir siempre!
—Vuestro sueño es dulce, Lydia, puesto que deseáis que llegue la hora que os le trae. Durante él, por lo menos, no sufriréis.
Sufrir? dijo acercándose a mí ¿Qué es sufrir? Yo no sufro nunca, nunca; durante el día espero. Algunas veces me parece que las jornadas son largas, pero las acorto rezando, cogiendo flores para Jorge, pensando en él, forjando planes para nuestra larga felicidad, que nada podrá turbar cuando estemos siempre juntos.
—La noche, Lydia, la noche, ¿la preferís al día?
—¡Oh la noche! Estamos juntos. ¡No os lo había dicho? Ahora caigo, es verdad, en que no os veía desde hace mucho tiempo; pero os lo diré, si queréis.
El relato me interesa: ía mucho si no os fatigase; pero...
Cogió mi mano con una de las suyas y pasó la otra por su frente como para evocar un recuerdo.
Después calló, mientras que sus ideas se encadenaban las unas a las otras; su rostro se animaba y en sus ojos brillaba una inspiración sobrenatural.
—De seguro no habréis olvidado el día del incendio dijo. Nadie le ha olvidado. Aquello fué espantoso, ¿verdad? Se extinguió el fuego; los niños estaban en salvo; su madre era dichosa. Todo el mundo estaba reunido; sólo Jorge faltaba. No sé si me dijeron la razón de ello o yo la adiviné. Jorge estaba muerto, y en aquel tiempo yo consideraba la muerte como una cosa espantosa, como una separación eterna. Pensaba que mi unión con Jorge había acabado para toda la eternidad, y sentía que mi dolor no me aniquilase en aquel instante mismo. Me parecía que no le había amado cuanto merecía, puesto que él estaba muerto y yo vivía; pero me tranquilicé pensando que, siendo la desesperación una enfermedad como las demás, tendría sus períodos de crisis como la fiebre, y que no mataba de pronto como un puñal. Sería demasiado dulce, pensaba entre mí, morir al primer ataque, morir casi sin sentirlo, cuando Jorge sufrió tanto.
Sin embargo, por los latidos de mi corazón, que parecía que iba a estallar, esperaba que no padecería yo mucho tiempo. Y así viví no sé cuántos días o semanas, sin moverme, sin hablar, sin comer, sin dormir, con el espíritu agitado de ilusiones singulares. La imagen del incendio me perseguía. De tiempo en tiempo sentía sus vahos ardientes correr por todo mi cuerpo cual un torrente, sofocando mi respiración, quemando mis cabellos y mis párpados, y cuando volvía en torno de mí mis ojos secos veía las llamas saliendo por todos los huecos, alargándose, encogiéndose, redondeándose, retirándose para volver como lenguas de fuego que lamen el leño antes de consumirle, y me decía: «Qué bien; voy a morir con Jorge! ¿Por qué me han hecho creer que murió sin mí?...» Algunas veces oía voces fuertes que gritaban en mis oídos: «Animo, ánimo; está en salvo! ¡Ya veréis cómo las vigas se cruzaron milagrosamente sobre su cabeza formando bóvedas y le libraron de todo daño!...» «Está salvado!», repetían las muchachas de los lugares vecinos cuando iban o volvían de la vendimia, saltando.
Yo quería sacar un grito inarticulado del fondo de mi pecho para preguntar si Jorge estaba salvado...
¡Soy yo, soy yo, Jorge! ¡No me oyes?» Yo le veía y no podía soportar tanta dicha; su aliento había rozado mis mejillas, pero en el instante en que creía que iba a cogerle, noté que mi mano se apoyaba en la mano de un hombre pálido y triste que me miraba con ojos secos y duros. «Acaso no muera, decía, pero ha perdido la razón. Está loca.» Al llegar aquí, Lydia se detuvo un momento como para fijar de nuevo sus ideas, y después reanudó la frase en la misma palabra en que la cortara, arrastrada en apariencia por un nuevo orden de ideas, pero sin desvariar.
—Loca—siguió. ¿Y qué es estar loca? La locura es el estado de un espíritu que se abandona sin freno a todas las quimeras que le impresionan...; un estado dichoso ciertamente, el más dichoso de todos después de la muerte, y acaso el único envidiable para los afligidos, puesto que es crimen desear la muerte. ¡Yo no estaba loca! ¡Yo no olvidaba nada! ¡Yo no imaginaba nada que no fuese verdadero! Sabía que Jorge había muerto, sabía que estaba sola, sabía que él no volvería jamás. ¡Ah, cuánto hubiese querido estar loca!; pero no lo estaba. Yo tenía aún más razón de la necesaria para comprender mi infortunio, y le comprendía harto bien para que me distrajese. Y me decía: «Esta horrible opresión que siento en el corazón es forzoso que dure hasta que se rompa y que yo la sufra.
Esta tremenda angustia de la que muero es forzoso que dure hasta que acabe de morir y que yo la sufra. Pero morir es tan bueno, añadía, y perdonadme como Dios me perdonó. ¡Aquella joven que Jorge sacó del lago y a la que tanto trabajo costó volver a la vida ya no vivía, ya no sen ía, ya no tenía amores, ni penas, ni dolores! Un minuto más y la pobre criatura gozaría del reposo eterno.
Y este reposo que ella pudo encontrar tan pronto, ¿quién me impediría a mí que le encontrase y le gustase como ella? ¡Cerca de aquí está el lago, y son tan hondas sus aguas!... Ya comprenderéis, amigo mío, que esta resolución se me ocurrió porque no pensaba en Dios... ¡Ay, yo no pensaba mas que en Jorge, y, sin embargo, Dios me calmó! Estuve tranquila con la esperanza de estar lo pronto. Abrí los ojos para ver si era de noche, porque mi resolución no podía llevarla a cabo sino en la obscuridad.
Aun no se había puesto el Sol, pero frente a mí se ocultaban sus últimos rayos; sonaban los cuernos llamando al ganado a los establos; se levantaban los tropeles de mosquitos nocturnos; mi tórtola ocultaba su cabecita bajo el ala. Entonces me dije: «En seguidas. Y casi me encontré bien.
En ste pasaje de su relato Lydia le interrumpió un instante, suspirando, como el viajero que toma aliento después de un trayecto penoso y que mide con seguridad la pendiente fácil que resta de su camino. Continuó: —Hacía más de cien horas que no dormía, y aunque todo mi afán era aguardar la llegada de las tinieblas, que serían mi liberación, no pude impedir que mis párpados se cerraran. Todos los objetos desaparecieron juntos entonces, todas mis ideas se desvanecieron en no sé qué confusa sensación de existir que no difería casi nada de la muerte, porque era tranquila y, como ella, casi insensible. Unicamente oía aún un ruido vago, aunque melodioso y dulce como el de la brisa ligera de la tarde, que muere acariciando a las rosas, o cual la última y casi imperceptible onda que lame las orillas del lago. La noche que estuve aguardando tan impaciente parecía disiparse ya con claridades matutinas, o más bien con una luz que no era la del día ni la de una llama, una luz que penetraba poco a poco en la obscuridad dándole transparencia. Como crecía gradualmente aquella claridad, el instinto me hizo fijarme en tal fenómeno con una atención completamente despojada de todo otro pensamiento; es decir, que yo no tenía mas que ojos. La claridad era cada vez más intensa, y, no obstante, mi vista no sufría molestia alguna, y por ello me preguntaba a mí misma cómo órganos mortales podían soportar semejantes resplandores sin cegar. De pronto, y cual si mis sentidos se fuesen despertando uno después del otro, oí como un batir de alas en aquella atmósfera maravillosa, y me pareció que el ruido venía de un núcleo más luminoso y que llegaba a mí desde lo alto de los cielos, creciendo y hasta delineándose al caer, adquiriendo al acercarse forma y colores.
Eran alas, en efecto, alas de plumas de oro que vibraban con armonía infinitamente más grata al oído que todas las armonías de la tierra, ¡y el ángel o el dios que iba a devolverse a mi amor habréis adivinado que era Jorge! Mas en el éxtasis en que tanta dicha me había sumergido, más capaz fuí de adivinar que de ver.
Pero ya sus alas se plegaron sobre mí, sus brazos me rodearon con suave cariño, sus labios se posaron en mi boca, en mis ojos, en mi frente, y los rizos de su cabellera se mezclaron con los bucles de la mía. «Ven conmigo, decía, confíate sin miedo a tu hermano, a tu amigo bien amado. Esta tierra no es nuestra tierra; esta morada no es nuestra morada.» Y en el mismo instante nos elevamos por los espacios con tan maravillosa rapidez, que habíamos entrado por el último límite de las tinieblas de la noche cuando yo me preguntaba adónde íbamos. Nos anegábamos, como en un océano sin fondo y sin orillas, en el éter eterno, donde jamás hubo noche, al que todos los astros del espacio insondable iluminan con sus claridades. Nuestro mundo, al que sin echarle de menos busqué con la mirada, no era mas que un planeta pálido que apenas si parecía una manchita blanca próxima a desaparecer. A su vez, el Sol no tardó en extinguirse, mientras que un sol nuevo se dibujaba en el horizonte, venía a nosotros creciendo en tamaño y en resplandores, para hundirse después en las profundidades del infinito, en que hay tantos soles. Un instante después nuestro vuelo se hizo más suave, cual si nos acercásemos al sitio de destino, y los astros innúmeros cruzaban ante mis ojos cual relámpagos, semejando a las estrellas fugaces que vemos correr por el firmamento en las noches serenas del bello otoño. Mis sentidos, atónitos, no bastaban para admirar aquellos torbellinos que huían a mi paso y de los que me pareció oír una misteriosa armonía.
Hízose más pausado el batir de las alas de Jorge, las abrió en toda su extensión, como águila que se sostiene en el aire, manteniéndolas inmóviles, aunque sólo en apariencia, porque los extremos se movían suave y acompasadamente. El sol que últimamente nos alumbrara no se precipitaba en el abismo adonde fueron los demás, cual meteoro que va a desvanecerse. Estaba como fijo en el cielo, mucho mayor y más radiante que el nuestroy, sin embargo, con luz más suave, puesto que mis ojos toleraban bien aquel resplandor, y hasta parecía que hubiesen adquirido mayor potencia visual.
Otro instante, y brisas frescas, los soplos cariñosos de una atmósfera desconocida, llegaron a juguetear con mis cabellos; creí oír un rumor lejano, en que se unían los rumores más graciosos de la tierra: el murmullo de las ramas que el aire hace temblar con su soplo; el gorjeo de los últimos pajarillos que se mecen en el borde del nido para ensayar el vuelo; el suspiro eterno en el lago apenas rizado de la onda última que muere al pie de los rosales. El horizonte, hasta aquel momento sin límites, se acercaba cerrándose poco a poco. Las montañas, que antes me parecieran islas que flotaban en medio de un mar inmenso, crecían al lado mío envueltas en sus túnicas de verdor y de flores, porque no tenían la severa austeridad de estos montes de hielo y de granito. Otro instante más y las copas de árboles gigantescos abrían ante nosotros sus frondas flexibles, elevándolas ágiles después para cubrirnos con un dosel de ramilletes y de frutos, en que brillaban colores y que exhalaban aromas con los que nuestros órganos mortales ni aun soñar pueden. Al cabo, Jorge me depositó en un lecho de césped embalsamado, plegó sus alas y cayó a mi lado como mariposa de oro que se posa. Después pasó su brazo bajo mi cabeza, besóme en la frente, f.jó sus ojos en los míos, sonr endo, porque aguardaba a que yo fuera quien hablase primero.
—¡Oh! le dije—. ¡Cuán feliz soy por verme junto a ti! ¡No me dices dónde estamos?
En el mundo de los resucitados contestó Jorge; en el sitio al que vienen las almas dichosas para tomar otras formas y sufrir nuevas pruebas, más prolongadas, pero menos rigurosas que las primeras, para hacerse dignas de comparecer algún día ante Dios.
—¡Cómo!—exclamé. Aun no son éstos los celestiales jardines que el Señor nos prometió por la fe de nuestros padres y donde empieza, para no concluir nunca, la felicidad inalterable del justo?
Al oírme hablar de este modo, la actitud de Jorge fué más grave y más seria la expresión de su rostro, como la del hombre que tiene cosas solemnes que revelar, y sentí que su mirada me llenaba de un respeto ternísimo, porque al través del dulce contento del amor se veía resplandecer la majestad de una naturaleza superior.
¿Crees tú—me respondió que aun entre las criaturas más favorecidas por la gracia del Todopoderoso hubo alguna vez un alma tan casta y tanpura que pudiera presentarse con toda seguridad ante la presencia del Señor en el momento mismo en que abandonara nuestra vida de oprobio y de pecado? ¡Tu corazón está harto limpio para que concibiera tan atrevida esperanza! Tú misma con frecuencia sentiste en tu conciencia sencilla y humilde que la noción de nuestra indignidad aumentaba, por el contrario, a cada paso que nos era permitido dar en el áspero camino de la perfección, y no ignoras que esta misma idea es motivo de intranquilidad para cuantos aman a Dios, puesto que sobresalta a los santos aun en la agonía con las incertidumbres de la salvación. La soberbia de los filósofos y de los sabios se detiene en el borde de este abismo, y así prefirieron dejar un vacío sin límites en la obra de la creación antes de admitir que entre el autor de ella y el hombre pueda haber intermediarios no conocidos; por esto inventaron la más imposible de las hipótesis: la muerte eterna, la nada. Nada muere, querida Lydia, y nada puede morir; pero todo cambia de forma, modificándose siempre, hasta que el alma vuelve al alma y la materia a la materia. El mundo al que te he traído, aunque sea incomparablemente mejor que el nuestro, no es sino un peldaño de esta escala inmensa que nos lleva a la eterna morada, cuya posesión nos prometieran las divinas palabras de Cristo.
Aquí han de cumplir las almas elegidas que practicaron los preceptos del amor el reinado de mil años, cuyo misterio preocupa en vano a los teólogos de la tierra; en vano, porque la explicación está oculta por otro misterio, que es la muerte. Bien sé que tú no me pedirás esta explicación, porque tienes fe en mis palabras, y, además, no podría dártela porque los órganos capaces de transmitirla a tu entendimiento no pertenecen a los vivos.
—¡Dios mío! —repliqué espantada. Estoy muerta y resucité? ¿Habremos aún de separarnos?
—Cálmate, mi bien amada—dijo Jorge sonriendo; no estaremos separados más tiempo del que lo estábamos en la tierra, y aun esta separación no tendrá ni los enojos ni las inquietudes de aquélla. Entonces, cada mañana, después del beso de despedida, iba con mi barca a arrostrar las dudas de la niebla, las borrascas del lago, los azares de una navegación no exenta de peligros. Ahora eres tú quien viaja, y yo estoy seguro de tu regreso. Si cuando no teníamos mas que algunos años para vivir como vivíamos éramos dichosos, ¿qué no será ahora, cuando la bondad infinita de Dios nos otorga tantos siglos? Y si recuerdas verás que no lo dije todo. ¡Siempre había en el fondo de nuestra dicha un sentimiento de tristeza! Para acabar con ella bastaba un accidente: ¡la muerte! No sabíamos entonces lo que era la muerte, y hoy sabemos que el único bien que puede arrebatarnos, ella misma nos le devolverá.
—¡Por eso mismo—grité oprimiéndole sobre mi corazón era por lo que anhelaba la muerte con tanta impaciencia! ¡Oh! Si tú no hubieses venido a mí, yo hubiera ido a ti; pero, más diligente que yo, porque tu alma vale más que la mía, viniendo te adelantaste a mi resolución...
—¡Detente! interrumpió Jorge mirándome lleno de triste ternura. Si tú hubieses realizado tu fatal propósito, todo habría concluído para siempre. ¡Ni aun los siglos en su eterno rodar nos hubieran reunido! El alma que, iluminada con las luces de Dios, se sumerge en la nada no es merecedora de la gracia del Creador, y si la nada fuese posible, ello sería por el suicidio. El suicida decreta su destierro, quebranta la ley de penas y de resignación que le fué impuesta, y sin duda vegetará triste y solo en los limbos obscuros de un mundo desconocido, hasta el día en que las expiaciones de su arrepentimiento hayan satisfecho a la Justicia divina. Dichosamente para nosotros, la criminal resolución tuya no era sino efecto del delirio. Por un sentido maravillosoque nos es otorgado y que nos asocia a todas las sensaciones de los seres queridos que dejamos en la tierra, yo seguí aterrorizado el encadenamiento de tus ideas, cuando una revelación súbita me hizo saber que estabas salvada porque la inteligencia se había retirado de ti. Y me eras devuelta al propio tiempo, que tal es el privilegio de las almas puras que Dios guardó para sí y a las que un piadoso dolor turba de improviso la razón. Tus días parecen pertenecer a ensueños de extravíos; el sueño te eleva a la posesión de verdades que escapan a las impotentes investigaciones de los sabios.
Los recuerdos que llevarás a la tierra cuando el despertar te separe de mis brazos harán de ti un ser que sirva de irrisión a los hombres o al que compadezcan; mas tú sola conocerás el destino futuro de los humanos, ese destino que nunca conocerán los hombres. Tu cuerpo está atado, no sé por cuánto tiempo, con las toscas ataduras de la vida; mas tu alma fué llamada anticipadamente al goce de la inmortalidad. Sufre resignada los dolores de esta cárcel transitoria, cárcel cuyas puertas se abrirán para ti cada noche, dejándote vagar por los espacios sin fin de la liberación eterna.
—Comprendo bien todo—respondí—, y mi espíritu, humillado ante la grandeza de Dios, se somete, reconocido, a su infinita bondad; pero ya que en estos momentos de muerte aparente y de separación anticipada que el Todomisericordioso nos otorgó para consuelo de nuestro dolor me permiten verte, ¿por qué no he de ver también a mi hija, a nuestra dulce y linda pequeña? Quizá more en otro mundo distinto de este en que estamos ahora; pero ¿qué será para las madres la resurrección si LYDIA no han de encontrarse con sus hijos? El corazón inocente de aquel pobre ángel aun no se había abierto al pecado, y Dios no ha podido negar a la más amable de las criaturas aquello a lo que yo creo que tiene tantos derechos la inocencia como la virtud. ¿Por qué no contestas? ¿Por qué humedecen tus ojos las lágrimas, al mismo tiempo que quieres consolarme con una sonrisa? ¿Es que Dios quiso guardar para sí a mi pobre hijita?
¡Todos los seres son de él! exclamó ¡El los posee todos! Dios es incapaz de engañar la ternura que El mismo puso en tu corazón. Sólo que, más prudente que lo eres tú, con la impaciencia de tu corazón, retarda la resurrección de los niños hasta que puedan despertar como de un sueño tranquilo en el seno mismo que los crió. Nuestra hija no te ha sido devuelta porque aun no estás resucitada; mas el día en que renazca joven en mis brazos, así sean muchos los días que vivas, porque la vejez no es para esta nueva vida mas que el rápido crepúsculo de un día que lleva al día eterno, en tal momento de gloria y de dicha, que no puede sustraerse a nuestra esperanza, verás a la niña, cual si naciese a nuestro primer abrazo, llegar a acariciarnos como si nunca hubiésemos estado separados de ella. De aquí a entonces seguirá durmiendo en su sudario tan dulcemente como entre las ropas de su cunita, a menos que Dios no llame también a estas almas inocentes a disfrutar de las visiones celestiales que ni aun los resucitados conocen. La paciencia requiere de nuestra naturaleza grandes esfuerzos cuando no la ayuda la resignación; pero ¡es tan fácil con el auxilio de la fe! El día en que tu hija habrá de despertar entre nosotros con la sucesión de los días está tan cercano, que ahora mismo sentirías para despertarla igual escrúpulo que sentías cuando dormía en tu regazo. ¿Ni qué importa que duerma mucho o poco, ya que no envejece? Procura, Lydia mía, vencer las vanas inquietudes de los vivos, que yo no puedo disipar, porque únicamente la muerte te dará los sentidos inteligentes y puros de que ahora careces para comprender lo que digo. Conténtate con gozar de la apariencia de los bienes que Dios nos da pródigo, esperando segura los bienes que nos ha prometido.
Piensa que las horas huyen; piensa que tenemos tantas horas para estar separados el uno del otro como para estar juntos. Y no te vayas hoy sin conocer tus jardines y tus dominios.
Al decir esto Jorge me levantó suavemente de la alfombra de verdura en que estábamos sentados y me llevó, por florestas deliciosas, de hermosura en hermosura, con maravillas que se renovaban a cada paso, aunque lo extraño y lo sublime de ellas era que, habiendo desplegado allí la creación todo el lujo de sus fantasías divinas, en parte alguna se atuvo a reproducir exactamente especies.
Cada árbol, cada tallo, cada brizna de hierba tenía su aspecto, su figura, su matiz; cada flor se diferenciaba de las otras por su color y su aroma, y esto no excluía el privilegio de que un alma sensible puede dotar a la flor preferida, que los cuidados del cultivo pueden perpetuar. Allí vi hasta humildes aguileñas, la pobre hierba doncella, vio letas y rosas, y se diría por ello que todo cuanto inspiró al hombre algún sentimiento o le fué consuelo era capaz de resucitar en él. La magnificencia fecunda y variada que Dios mostró aquí en sus obras predilectas brilla allí aun en las obras más obscuras y descuidadas, si puede decirse que El hizo algo con descuido. El grano de arena que hollaban nuestros pies daría valor a los zafiros y a los rubíes de las coronas de los reyes. Los átomos que ruedan en un rayo de aquel sol chispeaban con fulgores mucho más vivos que los de nuestros diamantes. Los arroyos corrían sobre arenas de nácar, más transparentes, más brillantes, más ricas en destellos que el ópalo, y ni una de las leves ondas de la corriente dejaba de mostrarse con todos los colores cual un prisma o un arco iris; mas ¿qué pueden decir a vuestra imaginación, amigo mío, estas pobres comparaciones? Ni qué significa eso de rubíes y de zafiros? ¿Qué eso de diamantes? ¿Qué aun el mismo arco iris en el tesoro inagotable de las creaciones del Señor? Deslumbrada por tantas y tan admirables maravillas, no hubiera ni aun podido dirigir mis miradas a tantos milagros como las Ilamaban por doquiera, si las sensaciones que yo experimentaba no se hubiesen encontrado con Jorge. Jorge, que me parecía como el rey de aquellas soledades celestes y en el que, cosa extraña, noté una belleza augusta que ni casi percibí en la tierra.
¡Oh amado mío—exclamé derramando lágrimas de dicha inefable, no eres tú quien puede engañar a tu Lydia! Quisiste prevenirme, con este éxtasis de mis sentidos mortales, contra las emociones aun mayores que sentiré después de haber muerto aquellos sentidos. No; este mundo en que estamos no es un tránsito entre el tiempo y la eternidad; no es la morada pasajera de criaturas que han de concluir otra vez antes de renacer a la vida eterna. Estos lugares son aquellos en que el Señor otorga a los justos recompensas eternas, eternos goces. Este sol, mil veces más radiante que el nuestro y que no causa enojos, sino placer a mis miradas; esta esplendorosa y tranquila naturaleza, cuya serenidad no parece haber sido alterada jamás por una tormenta; estas aves cubiertas de plumajes tan espléndidos que ni aun en sueños se vieron, que acarician mis cabellos al volar, que suspenden mis oídos con cantos ininteligibles para mí, y más armoniosos que la música y más expresivos que la palabra; toda esta creación, que vive, siente y ama, en la que todos los movimientos, todas las emanaciones, todos los ruidos, todas las voces parecen concertarse de un modo sublime, es, sin duda, la más alta, la más perfecta obra de Dios. ¿Acaso, Jorge, no tienes tú alas? ¡Y no son las alas atributo de los ángeles que rodean el trono del Altísimo? ¿Y cuál puede ser el paraíso de los elegidos si este mundo en que estamos no lo es?
—Me explico este error tuyo—contestó, y me le explicaría aun cuando la muerte te hubiera dotado ya de los sentidos o de los órganos de que ahora careces y con los cuales pudieras gozar en este mundo transitorio de mil y mil sensaciones que ahora son para ti inaccesibles y que sobrepujan en suavidad y en hermosura a las que percibes.
Tendrás de ellas una idea vaga si intentas darte cuenta de las emociones que experimentaría la materia al estar dotada de la facultad de entender y la de pensar en cada una de las transformaciones que la elevan al estado de perfección. ¡Imagina, si puedes elevar tu pensamiento a esta hipótesis imposible, la plenitud de gozo que experimentará la materia inerte cuando adquiere la facultad de crecer con los metales; y éstos cuando consiguen, con las plantas, la facultad de vivir y de reproducirse para siempre; y las plantas cuando pasan del estado sedentario al de movimiento con un organismo animal, cuando truecan su vegetación cautiva y solitaria por instintos y sensaciones; y los animales cuando el más privilegiado de ellos recibe el divino soplo de una inspiración y de un alma!
A cada uno de estos progresos parece agregada la conquista de una creación, y la voluptuosidad que hubiera sentido al realizarla la materia inerte no es ni remotamente comparable con la que experimenta el corazón del hombre cuando entra en la nueva vida que le prepara para la posesión cierta de la eternidad. Todo esto lo conocerás algún día, cuando hayas recibido, con la muerte, el privilegio de saberlo, y entonces me perdonarás el que no haya disipado más claramente tus dudas ni contestado con mayor lucidez a tus preguntas, porque comprenderás que hoy no tengo más remedio que expresarme en el lenguaje adecuado a la imperfección de tus sentidos, débiles y rudimentarios. El conocimiento de los misterios de la otra vida sólo es posible en esa otra vida, que a mí me es dado hacerte presentir, pero que sólo Dios puede otorgarte. Respecto de estas alas que ves—continuó bajando los ojos con modestia llena de gravedad—, he de confesarte que no las tienen todos los resucitados, como podrías creer. Dios estableció entre sus criaturas diferencias necesarias, cuya desigualdad aparente no desaparecerá hasta el advenimiento del día supremo de su justicia, y mantiene alguna de estas jerarquías hasta en el mundo transito rio donde primero llama a los elegidos. Como todos los méritos no son iguales, El quiso distinguir por signos externos y por honores sensibles, propios para inspirar respeto y acatamiento, aquellas virtudes que le son más caras. Esta muestra palmaria de sus favores es para nosotros la certeza de un orden inmutable y el secreto de una política cuyos fundamentos nada puede alterar, y nadie es osado a enorgullecerse por la distinción, porque los designios de Dios son inexcrutables. Por lo que me es posible conjeturar, Dios recompensa con este don extraordinario el espíritu de sacrificio de los hombres que no vacilaron en dar su vida para salvar la de semejantes suyos, y que sobre el interés de su propia conservación pusieron el cumplimiento del deber más sagrado de la humanidad.
Indudablemente tendría escaso mérito el cumplimiento de este instinto tan natural si no se pensase en los peligros y en las consecuencias de él, y hasta habría cierto orgullo obedeciendo a él cuando se despierta en nosotros, crece y nos grita como una voz de la Providencia, por lo cual mi muerte hubiese sido más digna de envidia que de compasión si al dejarte no hubiera sacrificado mas que mi vida. Pero vivías tú, Lydia, y no era a ti a quien iba a salvar, sino que era a ti a quien iba a perder, y no vacilé un momento!—exclamó Jorge llevando mi mano desde su corazón a sus labios. ¡Recompensándome Dios, tuvo más en cuenta mi sacrificio que mi acción!
—¡Qué bien está todo le dije, y cómo se esclarecen mis ideas a cada palabra que sale de tus labios! Deja que te diga lo que pienso. Es decir, Jorge mío, que eres dichoso entre los dichosos porque fuiste bueno entre los buenos, y el privilegio que compartes con algunos otros elegidos nada tiene de humillante para los demás, porque está en la naturaleza de las almas buenas reconocer la superioridad de las almas mejores, y por ello Dios te otorgó, cual a otros semejantes tuyos, un don manifiesto de su predilección. Eres bienaventurado en la vida de gloria que te otorgó la divina Bondad al lado de mis padres y de los tuyos, los que tanto nos quisieron y a los brazos de los cuales no puedes conducirme hasta que no se rompan las ligaduras de la vida que me sujetan aún a la tierra.
Lo que falta a la inmaculada felicidad de que gozas volson tu Lydia y tu Marcelina, a la que, sin embargo, esperas con toda certeza cual al que se espera verá de un continuo viaje despojado de todo riesgo, y aunque mis pruebas hayan de prolongarse, soy feliz porque no puedo dudar de que ellas tendrán fin. ¡Oh, que el sentimiento de lo por venir no lleve a tu alma las tinieblas de la menor inquietud, porque ese porvenir Lydia le disfruta contigo, y los días llenos de penas que aún he de pasar en el mundo aliviadas con una esperanza cierta serán para ti de orgullo por mi tranquilidad y mi valor en sobrellevarlas. Unicamente son desgraciados los malvados, que llorarán en los eternos suplicios el haber contado en vano con la nada; y no quiero ocultarte que este sentimiento amarga en mí con cierta tristeza los goces inefables de la resurrección.
El Creador los hizo hermanos nuestros y nos mandó compadecerlos y amarlos, aun cuando nos odiasen y nos persiguiesen. ¿No llegará a ellos nunca la gracia piadosa del Altísimo? ¿No saldrán jamás del Infierno?
—Esperaba esta pregunta—replicó Jorge sonriendo, porque todos los secretos de tu corazón me son conocidos, y algún día sabrás que me es tan imposible como a ti contestar a ella, porque la muerte no descorre mas que uno de los velos que nos separan de Dios, y así debe ser para que nuestra alma no se abisme aniquilada y temblorosa en la contemplación de sus misterios. Lo que puedo decirte y lo que los sabios nos enseñan en nuestro nuevo estado es que acaso no hay quien sea totalmente malvado y, por tanto, que no habrá pena sin remisión. Quizá brillen luces nuevas en la inteligencia de los rebeldes. Acaso en otros mundos más rigurosos se ven sometidos los insensatos y los perversos a pruebas más penosas y prolongadas, que tienen sus méritos y los premios correspondientes.
Unicamente la obstinación en odiar a Dios y a sus obras será repudiada en el instante solemne d 1 Juicio Final; mas aun para esto es preciso que el divino soplo que anima a la criatura se anule en ella hasta no quedarle nada de humano. También en este mundo de elegidos al que yo vine puede haber caídas, porque no es el de la vida eterna, y en él los buenos están tan expuestos como los malos a las pasiones; pero estas caídas son rarísimas.
Hay posibilidad de lograr reparaciones en el mundo de destierro donde gimen los condenados, y como no puede tranqulizarlos la cruel esperanza en la nada, las rehabilitaciones o redenciones han de ser muchas. Nada hay finito para la Bondad suprema, porque nada sino ella es completo y total.
Te hablé de teorías y no de misterios. Para los resucitados como para los vivos, la sabiduría verdadera está en la humildad.
—Hágase siempre la voluntad del Señor!—respondí. Pero acaba de acallar mis temores, o más bien disipa una duda que tus palabras han hecho nacer en mi espíritu. La revelación es verdadera; no nos es permitido dudarlo, y el lenguaje de la Sagrada Escritura es la expresión de la divina palabra, de las verdades que debemos creer. ¿Por qué estas verdades están envueltas en tinieblas impenetrables? ¿Por qué esta revelación, emanada de Dios, que todo lo sabe y que puede decirlo todo, es imperfecta? Haciendo sensibles todos los destinos de lo por venir, que tan evidentes son a los desengañados ojos de los muertos, la dulce misericordia del Señor hubiera reducido las pruebas a que nos vemos sometidos, porque desde la primera peregrinación, que es la que realizamos en la tierra, las almas todas irían a El de un solo ímpetu. ¿Por qué nos deja sumidos en la ignorancia y en la duda, vecinas de la desesperación, aun cuando anunciaba por sus profetas que se daría a nosotros por su Hijo? ¿No debería la ciencia de la fe tratar de elevarse encima de las enseñanzas de la fe?
—¡Nunca! exclamó Jorge, porque la fe no es una ciencia; la fe es una virtud, cuyo mérito estriba precisamente en el candor y en la sencillez.
Los que creen porque saben, no creen bastante y no creen bien. La convicción es el resultado del examen, y el examen es una operación del entendimiento que denota ingratitud y desconfianza.
Para penetrar en los arcanos de las voluntades de Dios le faltan al hombre órganos que Dios no se dignó darle. ¿Qué dirías del ciego de nacimiento que emitiera juicios acerca de los colores o del sordomudo que analizase las sensaciones de la música? ¿Habré de recordarte que estos misterios le están revelados al cristiano en la página primera de las Escrituras? Aquel que llega a distinguir el bien del mal habrá perdido la inocencia, porque lo propio de la inocencia es desconocer el mal.
Todos los seres que el Señor creó le son igualmente queridos, mas quiso encerrarlos en límites justos, que no pueden salvar sin perderse. No le está al hombre permitido concebir los misterios de la creación, como a la planta le está vedado cambiar por sí misma de suelo y de horizonte, como el animal no puede reflexionar acerca de su existencia y comunicar sus pensamientos a sus semejantes.
A los primeros habitantes de la tierra les estaban otorgadas las dichas más puras que pueda disfrutar nuestra especie, hasta que el espíritu del orgullo y de la demencia les mostró el camino fatal del saber.
Adquirieron la facultad de saber, y con ella todas las dudas que la siguen, todas las desdichas que la acompañan, desde la incertidumbre, donde el alma se extravía, hasta el pensamiento de la nada, que la mata. Es éste el resultado de una impaciencia propia de todos los seres creados, que los lleva incesantemente al grado de perfección que alcanzarán algún día, instinto natural e irresistible a que la piedra obedece creciendo y aspirando a vivir, la planta viviendo y aspirando a sentir, el animal sintiendo y aspirando a pensar, y el mismo hombre pensando y aspirando a comprender. Mas el hombre había recibido la inteligencia, conocía el poder de su organismo y presentía con certeza los fines prometidos, y no se mantuvo en los linderos que le impuso la palabra divina. Quiso ser igual que Dios, y Dios castigó su vanidad dejándole el fruto de la ciencia, que no le enseñó mas que una verdad:
la muerte. Esta es, querida Lydia, la historia de la humanidad. Estos males serían harto grandes si Dios no nos hubiera dejado la Fe para confiar en sus promesas, la Esperanza para aguardarle, la Caridad para amarle, las tres virtudes que la sabiduría de los santos llamó teologales en la lengua de los griegos, porque en ellas se encierra o contiene toda la ciencia de Dios. Creer, esperar y amar es la verdadera ley del cristiano, y cuando éste cumple tales condiciones en la primera vida de prueba se hace digno de la otra. Si ahora me preguntas por qué la revelación, que es la expresión misma de la verdad eterna, no esclareció estas tinieblas, me será fácil satisfacer tu deseo. La revelación no les fué oto.gada ni a seres de una naturaleza superior a la del hombre ni tampoco a los hombres, obstinados en el pecado de la ciencia, que persistían en investigar la razón de las cosas a pesar de la expresa prohibición de Dios, y que renovaban de este modo el pecado original de la raza.
La revelación les fué otorgada a los simples de espíritu y de corazón, que creían porque sentían y no porque sabían. La vida sería una prueba fácil y aun gozosa si el testimonio de nuestros sentidos nos demostrase que la vida no es mas que una prueba, y que lo futuro nos recompensaría de lo presente si lo presente no estuviera cerrado. Además, la revelación llegó a nosotros en forma humana, y el hombre no pudo recibirla sino por los órganos que tiene. La verdad que se nos ha dado es la verdad general que pueden percibir nuestros órganos y comprender nuestras facultades, y tal cual es basta a las necesidades de nuestra naturaleza y a las esperanzas legítimas de las que es fuente.
Por el contrario, la verdad de los sabios es un abismo sin fondo donde ecos formidables repiten siempre la sentencia del Señor: ¡Polvo eres y en polvo te convertirás! ¡El pecado del Paraíso, Lydia, es la ciencia, hija lamentable de la curiosidad! Cree sin esfuerzos lo que Dios te enseña por su Iglesia, aun cuando estas enseñanzas te parezcan imperfectas, porque sabes bien que imperfecta es la especie a la cual perteneces, y que no puede recibir otras en tanto no la ilumine la muerte. La muerte es la luz.
Atiende bien, dulce amiga, lo que voy a decirte, para que mis palabras no sean como signos trazados en la arena, sino que se graben hondamente en tu corazón: Saber es acaso equivocarse; creer es la sabiduría, la dicha; esperar es el remedio y el alivio de los males; amar es toda la virtud. Yo no sé si el Soberano Juez tendrá algún día en cuenta la ciencia que acabas de ambicionar hace un momento; pero yo te aseguro que los más preciados tesoros de su gracia pertenecen al candor, a la piedad y a la caridad.
Me recliné en el pecho de Jorge, derramando algunas lágrimas de gozo, y nuestro paseo prosiguió en silencio, porque ya era menos curiosa. Yo gozaba de delicias aun más puras que aquellas que colmaron los corazones de nuestros antepasados, los primeros seres vivientes en el Paraíso terrenal, y no quería renovar el pecado de Eva en el Paraíso de los muertos. Sabía desde luego que las dudas que pudieran torturarme aún eran un efecto de mi ignorancia y de mi imperfección, y que podían afligir a mi amigo llevándole algún tiempo desde el sentimiento tranquilo de su condición a la tierna compasión que le inspiraba la mía. Además, continuaba recreándome con sensaciones que los hombres ni aun nombrar pueden, porque no hay en ellas nada que las asemeje a nuestras sensaciones ordinarias. Mis ojos, inundados de luces agradables, que los maravillaban sin desvanecerlos; mis oídos, inundados por torrentes inagotables de armonías; todos mis sentidos, colmados de una felicidad para la que no están formados, comenzaban a sumergirse en una languidez deliciosa, de la que ninguna voluptuosidad da idea, si no pudiésemos figurarnos por el éxtasis inefable de un alma arrobada por el amor a Dios. Sentí flaquear mis miembros, pero el brazo de Jorge me sostuvo.
—Llegó el momento dijo. Ahora te duermes en la vida de los que resucitaron para despertar en la vida de los que han de morir y para arrastrarla trabajosamente durante algunas horas, que casi no nos separarán, porque mi pensamiento te seguirá y velará por ti. Acuérdate de creer, de esperar y de amar, y no temas sufrir, porque los sufrimientos de la vida son transitorios y los goces de la resurrección son eternos.
Y en el mismo instante me desperté, efectivamente, en el lecho del dolor, donde el día anterior sufrí tan mortales angustias, y sentí mi mano aun oprimida por la mano del médico, que de nuevo interrogaba a la circulación de mi sangre. Dónde está?, me pregunté. ¿Dónde están los bellos pájaros de plumas de oro, que nos regalaban con sus gorjeos? ¿Qué se hizo de las flores incomparables que inclinaban ante nosotros sus cálices embalsamados para arrobarnos con sus aromas? ¡Apagó el Señor ese sol tan esplendoroso?» Mas pronto recordé las palabras de Jorge, que aun sonaban en mis oídos y vibraban en mi alma; comprendí, resignada, que mi cautividad no había terminado aún, y sonreí.
Está bien dijo el doctor con cierta satisfacción orgullosa. Ocurrió lo que yo había previsto.
Esta joven está loca, y sin pérdida de momento hay que llevarla al asilo de enajenados de Losana, donde podré observar más asiduamente el desarrollo y la crisis de su dolencia.
Y para qué?—preguntó la madre Zurich, una excelente viejecita, vecina nuestra, que me asistió en los días anteriores y que no me abandonó después. Haga el favor de decirnos para qué.
—Pues para curarla dijo el médico, tomando un polvo de su tabaquera de oro.
—¡Ay!—repuso, suspirando, la madre ZurichDios nos lib.e de que se cure, puesto que se encuentra contenta así y en su frente aparece aquella serenidad angelical que la hacía tan bella en los días dichosos. ¿Puede usted resucitar a Jorge y traerle aquí cuando esté curada? Pues si la ciencia de usted no llega a tanto, déjenos a Lydia como está. Esta pobre criatura será nuestra hija, y le aseguro que no la abandonaremos.
Al decir esto me rodeó con sus brazos, y yo correspondí a su ternura con lágrimas de gratitud, porque hubiera sentido en el alma dejar la casa de Jorge y separarme de las personas que le habían querido. Según todas las apariencias, el médico estaba disgustado porque perdía un caso de estudio que comenzaba a darle renombre. No le he vuelto a ver. Mi relato termina aquí, y ahora aguardo, espero.
Hacía buen rato que Lydia no hablaba y, sin embargo, yo seguía oyéndola. Volvió a sus flores, sin acorda se de mí, y como craí que me había olvidado, me puse ante ella.
—¡Unas palabras aúu, Lydia, muy pocas!—exclamé cogiendo una de sus manos con ternura respetuosa. Desde aquella noche en que Jorge os transportó al paraíso de los resucitados, ¡habéis vuelto a tener el mismo sueño?
—El mismo sueño?—respondió con aire de recelo Llamáis a eso un sueño, como hacen los demás? ¡Oh no; no os alarméis, porque no os tengo mala voluntad! Los vivos no pueden juzgar mas que por sus sentidos, y estos sentidos están ofuscados por tinieblas espesas. Desde la noche en que me fué franqueado el paraíso de los resucitados paso en él todas las horas de mi sueño, y he penetrado en misterios aun más dulces e inefables que aquellos de que os hablé. Si así no fuera, ¡creéis que viviría aún?
LYDIA.
Una mujer, cuya presencia no advertí hasta entonces y que de seguro había llegado cuando terminaba mi conversación con Lydia, se colocó delante de ésta y la cogió del brazo. Pensé desde luego que era la madre Zurich. El Sol iba a ponerse y era ya hora de abandonar aquellos lugares.
—¡Pobre inocente!—dije para mí, siguiendo eon la vista a Lydia por los recodos del camino y viéndola desaparecer tras uno de ellos para no verla jamás ¡Pobre Lydia!—proseguí tras unos instantes de meditación. ¡O más bien, mujer dichosa y privilegiada entre todas las mujeres! ¡Vas a dormirte para las tristes realidades de la vida y a soñar sobre el pecho de tu amigo en la felicidad que te ha sido prometida! ¡Duerme mucho tiempo, Lydia, y quieran los cielos acelera el advenimiento del día afortunado en que no despertarás! ¡Y ahora te doy las gracias por los dulces e incomparables consuelos que me dieron tus palabras! En lo que yo no vi mas que un enigma, que esperaba descifrar sin sacrificios ni quebraderos de cabeza, tú me enseñaste que era un imponente problema y que sólo lo resuelven los que saben amar y padecer. El temor de padecer me hacía temer el amar, y yo no sabía que recatando mi corazón, por un pusilánime recelo de mis fuerzas, a los peligros de pruebas dolorosas aniquilaba en mí el principio más vivaz de la inmortalidad, el único que nos da derecho a la recompensa eterna y nos hará partícipes de los eternos goces. Tus palabras encendieron de nuevo la antorcha de la caridad activa que yo quería extinguir en mi pecho. Vuelvo a los hombies para ayudarlos en sus trabajos, o bien para llorar con ellos cuando no esté en mi mano socorrerlos. Voy a recoger de nuevo la parte de desgracias inherentes a nuestra vida pasajera; voy a tomar sobre mí cuanto dolor me sea posible evitar a los demás, y si siento algún remordimiento es el de que este deber, tan ciegamente olvidado por una filosofía falsa, sea tan llevadero para las almas convencidas que quieren hacerse merecedoras de su destino. No hay, en verdad, desgracia real para el amor cuando éste se basa en la esperanza y en la fe, y si esta presciencia de la verdad infalible, joh Dios mío!, nos fuesé dada a todos cual le fué dada a Lydia y a mí, ¿quién osaría decir que el Paraíso terrenal estaba cerrado?
¡Dios es grande!—dijo Lugón, porque yo proferí tales palabras en voz alta cuando me encaminaba al sitio donde me esperaba sujetando por las riendas a los caballejos. El señor observará—prosiguió mientras montábamos que es ya tarde para que vayamos a ver el castillo de Chillón.
¡Bah, amigo mío! ¿Qué me importan ese castillo de Chillón, ni todas las ruinas de la Edad Media, ni todos los recuerdos poéticos, ni aun las maravillas de la naturaleza que vine a admirar en estos Alpes? Mis amigos están apenados por mi ausencia; mi madre es vieja y está achacosa; dejé enfermo al criado; mi vecino más pobre perdió su vaca; el dinero que yo derrocho hace falta en veinte casas de mi aldea, así que mañana tomo el camino del Jura.
Tal respuesta, que para el entendimiento de Lugón no era sino un extravagante encadenamiento de frases sin concierto, le inspiró sin duda alguna inquietud respecto del estado de mi razón, porque sólo me contestó con un movimiento de cabeza acompañado de hondo suspiro. El pobre muchacho no había olvidado que la locura de Lydia era tenida por contagiosa.
¡Dios es grande!—murmuró, y en un solo galope llegamos a Vevey.
Cumplí fielmente todos mis propósitos. Acepté sumiso y reconocido la parte que el Señor me dió de los dolores y las tribulaciones de la humanidad; nunca me quejé de que mi copa de amarguras estuviese muy llena aun cuando desbordara a menudo, y he de repetir aún que mi valor no tuvo mérito alguno, porque este valor le es fácil a la Fe.
No hay nadie que con mis convicciones no pueda hacer lo mismo que yo, siempre que se cuide de no someter su creencia instintiva al examen de las pobres argucias de la filosofía, una vez que haya comprendido que todas nuestras virtudes consisten en amar y que nuestra felicidad estriba en creer...
Y estas palabras de Jorge me recuerdan que este relato debe tener fin.
En la primavera que siguió a mi conversación con Lydia, una ansiedad que no podía acallar me pedía que volviese a verla para saber de ella. Me daba miedo la ciencia de los médicos cuando pensaba que pr dían haberla curado, que sentiría todo el horror de su infortunio y que ya no soñaría.
Mi propia conciencia, vacilante todavía, necesitaba fortalecerse contra las burletas de los chuscos y los desdenes de los sabios.
Para acabar con estas incertidumbres volví a Vevey, mas no me detuve. Pasé ante la casa de Jorge, que estaba cerrada como la vez anterior, y pensé que Lydia estaría en la explanada, porque aun era temprano y el día sereno y templado.
Cuando llegaba encontré un jinete que llevaba un caballo de la brida. Como yo conocía a aquel hombre y él me conocía a mí, nos apeamos y nos saludamos. Era Lugón el Chico».
Adónde va el señor, sin guía y sin criado?
—dijo respondiendo cordialmente a mi apretón de manos.
—Voy al jardín de Lydia contesté. Viste si está en él?
En él está, señor—dijo gravemente y mirando al suelo. La pobre Lydia está en su jardín y no saldrá de él hasta que la trompeta del ángel la llame al Juicio Final. ¡Murió!
¡Muerta! exclamé.
El corazón humano es un abismo de inexplicables contradicciones. Yo no sé cuál sentimiento predominó en mí, si la pena por su muerte o el gozo por su liberación.
—Murió—prosiguió Lugón como un mes después de su larga conversación con el señor. Estaba en el jardín, como llamaba a ese rincón arenoso, rodeada de las flores que había cogido, con las que la pobre mujer hacía el ramillete para Jorge. La madre Zurich se acercó dos veces a llamarla, y las dos se retiró pensando que Lydia dormía. Como ya iba siendo de noche y la gente volvía ya del trabajo, se acercó por vez tercera para despertarla y se encontró con que estaba muerta. Entonces la madre Zurich llamó a gritos a los que pasaban.
¡Mirad, mirad; está muerta!» Y lo más extraño, señor, es que cuando llegaron para levantar el cuerpo de Lydia, que la madre Zurich había estrechado entre sus brazos sin decir más palabras, vieron que la vieja también estaba muerta. Abrieron las dos sepulturas que hay ahí y les dieron tierra, porque eran católicas y no podían ir al cementerio de los hugonotes.
—Y tú, Lugón, ¡eres católico?—pregunté sin pensar, porque mi pensamiento estaba distraído en otras ideas.
—Es claro, señor—respondió con cierta frialdad, puesto que soy del Valais.
—¿Y qué dicen en la comarca de estas dos muertes tan repentinas y ocurridas al mismo tiempo?
—El doctor las encontró naturales. Dijo que la joven había muerto de una congestión cerebral; me parece que dijo así, y la vieja, de apoplejía.
¡Oh, es un médico muy sabio!
—La joven murió porque había concluído el tiempo de sus pruebas, y la vieja, porque no tenía a nadie a quien consolar en la tierra. El Cielo debía tal recompensa a su piedad.
Lugón miróme fíjamente entre triste y sorprendido, porque no había olvidado sus antiguas prevenciones, y si las hubiera olvidado, lo que le dije se las recordaría.
—La vieja repuso—había vivido bastante.
¡Pero Lydia era aún tan joven y tan bella!
—¡No la llores, amigo mío! ¡Lydia está ahora libre de sus dolores! ¡Lydia goza ahora, sin intervalos y sin ensueños, la felicidad con que soñaba!
Lugón me miró de nuevo.
—Dios es grande!—dijo.
FIN DE LYDIA opp