Macbeth/Acto I

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Dramas de Guillermo Shakespeare pg 127a.jpg

ACTO I.


ESCENA PRIMERA.

(Tarde tempestuosa.)

Tres BRUJAS.
BRUJA 1.ª

CUándo volvemos á juntarnos, cuándo relampaguee, cuándo truene ó cuándo llueva?

BRUJA 2.ª

Cuando acabe el estruendo de la batalla, y unos la pierdan y otros la ganen.

BRUJA 3.ª

Entonces será antes de ponerse el sol.

BRUJA 1.ª

Dónde hemos de encontrarnos?

BRUJA 2.ª

En el yermo.

BRUJA 3.ª
Allí toparemos con Macheth.
BRUJA 1.ª

Me llama Morrongo.

BRUJA 2.ª

Y á mí el Sapo.

LAS TRES JUNTAS.

El mal es bien, y el bien es mal: cortemos los aires y la niebla.

ESCENA II.

Campamento.

DUNCAN, MALCOLM, un ESCUDERO, un SARGENTO, LÉNNOX y ROSS.
DUNCAN.

¿Quién es aquel herido? Quizá nos traiga nuevas del campamento.

MALCOLM.

Es el escudero que puso en peligro su vida por salvar la mia. ¡Buenas tardes, amigo! Cuenta tú al Rey el estado del combate.

ESCUDERO.
Sigue indeciso, semejante á una lucha entre dos nadadores que quieren mutuamente sofocarse. Con el traidor Macdonnell, en quien se juntan todas las infamias, van unidos muchos caballeros y gente plebeya de las islas de Occidente. La fortuna, como ramera, les otorga sus favores, pero en vano, porque el fuerte Macheth, hijo predilecto de la victoria, penetra entre las filas hasta encontrarle, y le taja la cabeza, y la clava sobre nuestras empalizadas.
DUNCAN.

¡Bravo caballero, ornamento de mi linaje!

ESCUDERO.

Así como el sol de la mañana produce á veces tempestad y torbellinos, así de esta victoria resultaron nuevos peligros. Óyeme, Rey. Cuando el valor, brazo de la justicia, habia logrado ahuyentar á aquella muchedumbre allegadiza, hé aquí que se rehace el de Noruega, y arroja nuevos campeones á la lid.

DUNCAN.

¿Y entonces no se desalentaron Macheth y Banquo?

SARGENTO.

¡Desalentarse! ¡Bueno es eso! Como el águila viendo gorriones, ó el león liebres. Son cañones de doble carga. Con tal ímpetu menudearon sus golpes sobre los contrarios, que pensé que querían reproducir el sacrificio del Calvario. Pero estoy perdiendo sangre, y necesito curar mis heridas.

DUNCAN.

Tan nobles son como tus palabras. Buscad un cirujano. ¿Pero quién viene?

MALCOLM.

El señor de Ross.

LÉNNOX.

Grande es la ansiedad que su rostro manifiesta. Debe ser portador de grandes nuevas.

(Entra Ross.)
ROSS.
¡Salud al Rey!
DUNCAN.

¿De dónde vienes, noble señor?

ROSS.

Poderoso monarca, vengo de Faife, donde el aire agita en mengua nuestra los estandartes noruegos. Su Rey, con lucida hueste y con ayuda del traidor señor de Cáudor, renovó la lucha, pero el terrible esposo de Belona, cubierto de espesa malla, les resistió brazo á brazo, y hierro á hierro, y logró domeñar su altivez y postrarla por tierra. Al fin, logramos la victoria.

DUNCAN.

¡Felicidad suprema!

ROSS.

El rey Suenon de Noruega quería capitular, pero no le permitimos ni aun enterrar sus muertos, sin que pagara antes en la isla de Colme la contribucion de guerra.

DUNCAN.

Nunca volverá el de Cáudor á poner en peligro la seguridad de mis Estados. Manda tú poner á precio su cabeza, y saluda á Macheth con el título que el otro tenia.

ROSS.

Cumpliré tu voluntad.

DUNCAN.
Macheth goce desde hoy lo que Cáudor perdió.
ESCENA III.

Un páramo.

Tres BRUJAS, MACBETH y BANQUO.
BRUJA 1.ª

¿Qué has hecho, hermana?

BRUJA 2.ª

Matar puercos.

BRUJA 3.ª

¿Dónde has estado, hermana?

BRUJA 1.ª

La mujer del marinero tenia castañas en su falda, y estaba mordiéndolas. Yo le dije: «Dame alguna,» y la asquerosa, harta de bazófia, me contestó: «Vade retro, condenada bruja.» Su marido se fué á Alepo, mandando el Tigre. Yo, como rata sin cola, navegaré en una tela de cedazo, donde cabe bien mi cuerpo. Así lo haré, así lo haré.

BRUJA 2.ª

Yo te ayudaré con un viento desfavorable.

BRUJA 1.ª

Gracias.

BRUJA 3.ª

Yo con otro.

{{c|BRUJA 1.ª}

De los demas yo soy señora. ¿Qué puerta quedará segura, cuando de todos los puntos de la rosa soplen los vientos? Ni una vez podrá conciliar el sueño. Su vida será la del precito, y las tormentas agitarán sin cesar su nave. ¡Ved!

BRUJA 2.ª

¿Qué es eso?

BRUJA 3.ª

El dedo de un marinero, que se ahogó al volver de su viaje.

BRUJA 3.ª

¡Tambor, tambor! Ya llega Macheth.

LAS TRES BRUJAS.

Juntemos las manos, hagamos una rueda, como hermanas enviadas del cielo y de la tierra. Tres vueltas por tí, tres por tí, tres por mí: son nueve, cuenta justa. ¡Silencio! Ya ha llegado el término del conjuro.

(Llegan Macheth y Banquo.)
MACBETH.

¡Dia de sangre, pero hermoso más que cuantos he visto!

BANQUO.

¿Está lejos el castillo de Fóres? ¿Quiénes serán aquellas mujeres arrugadas y de tan extraño aspecto? No parecen seres humanos. ¿Sois vivientes? ¿Puedo haceros una pregunta? Debeis de entenderme, porque las tres, al mismo tiempo, poneis en los labios vuestros dedos, que semejan los de un cadáver. No me atrevo á llamaros mujeres, por las barbas.

MACBETH.

Si teneis lengua, decidnos quiénes sois.

BRUJA 1.ª
¡Salud, Macheth, señor de Glamis!
BRUJA 2.ª

¡Salud, Macheth, señor de Cáudor!

BRUJA 3.ª

¡Salud, Macheth, tú serás rey!

BANQUO.

¿De qué nace ese terror, amigo Macheth? , Por qué te asustan tan gratas nuevas? Decidme: ¿sois fantasmas ó seres reales? Habeis saludado á mi amigo con títulos de gloria y anuncio de grandezas futuras y pompas reales. Decidme algo á mi, si es que sabeis qué granos han de germinar ó morir en la serie de los tiempos. No temo de vosotras ni odio ni favor.

BRUJAS.

¡Salud!

BRUJA 1.ª
Serás más grande que Macheth y menos.
BRUJA 2.ª

Más feliz y menos feliz.

BRUJA 3.ª

No rey, pero padre de reyes. ¡Salud, Macheth y Banquo!

BRUJA 1.ª y 2.ª

¡Salud!

MACBETH.

No os vayáis, oscuras mensajeras. Ya se qué soy señor de Glámis por muerte de Sínel, pero ¿cómo he de serlo de Cáudor, si el señor vive próspera y felizmente? Tan absurdo es llamarme señor de Cáudor como rey. ¿Quién os dio esas noticias? ¿Por qué me habéis venido á sorprender en este desierto con tales presagios?

BANQUO.

Son sin duda espíritus vaporosos que engendra la tierra, como los produce también el agua. ¿Por dónde habrán desaparecido?

MACBETH.

Los cuerpos se han disuelto en el aire, como se pierde en el aire la respiracion. ¡Ojalá se hubieran quedado!

BANQUO.

¿Será verdad lo que hemos visto? ¿ó habremos probado alguna yerba de las que trastornan el juicio?

MACBETH.

Tus hijos han de ser reyes.

BANQUO.
Lo serás tú mismo.
MACBETH.

¿Y también señor de Cáudor? ¿No lo dijeron así?

BANQUO.

¿Quién llega?

ROSS.

Macheth, el Rey ha oido tus hazañas. Incierto entre la admiracion y el aplauso, no sabe cómo elogiarte, por el valor con que has lidiado contra los noruegos, sin percatarte tú mismo del estrago que en ellos hacias. Van llegando tan densos como el granizo los mensajeros de la victoria, y todos se hacen lenguas de tu heroismo.

ANGUSS.

El Rey nos envía á darte las gracias y á llevarte á su presencia.

ROSS.

Él me encarga que te salude con el título de señor de Cáudor.

BANQUO.

¡Conque tambien el diablo dice verdad!

MACBETH.

Si vive el de Cáudor ¿por qué me atavian con ropas ajenas?

ANGUSS.

Vive el que llevaba ese título, pero debe perder la vida, y se ha fulminado contra él dura sentencia. No afirmo que se uniera con los noruegos contra su patria, pero está convicto y confeso de traidor.

MACBETH.

(Aparte.) ¡Ya soy señor de Glámis, y señor de Cáudor! Falta lo demás. (Á Ross y Anguss.) Gracias. (Á Banquo.) ¿Crees que tus hijos serán reyes, conforme á la promesa de los que me han hecho señor de Cáudor?

BANQUO.

Esa promesa quizá te haga ambicionar el sólio. Pero mira que á veces el demonio nos engaña con la verdad, y nos trae la perdicion envuelta en dones que parecen inocentes. Oidme dos palabras, amigos mios.

MACBETH.

¡Con dos verdades se abre la escena de este drama, que ha de terminar con una corona regia! ¿Es un bien ó un mal este pensamiento? Si es un mal, ¿por qué empieza á cumplirse, y soy ya señor de Cáudor? Si es un bien, ¿por qué me aterran horribles imágenes, y palpita mi corazon de un modo inusitado? El pensamiento del homicidio, más horroroso que la realidad misma, comienza a dominarme y á oscurecer mi albedrío. Sólo tiene vida en mí lo que aun no existe.

BANQUO.

¡Qué absorto y embebecido está nuestro compañero!

MACBETH.

Si los hados quieren hacerme rey, lo harán sin que yo busque la corona.

BANQUO.

El nuevo honor le viene como vestido nuevo: no se le ajusta bien, por falta de costumbre!

MACBETH.
Corra el tiempo, y suceda lo que quiera.
BANQUO.

Á tus Órdenes, generoso Macheth.

MACBETH.

Perdón, amigos. Estaba distraido con antiguas memorias. Agradezco y recordaré siempre vuestros favores. Cabalguemos á ver al Rey. (A Banquo.) Medita tú lo que nos ha sucedido. Luego hablaremos con toda libertad.

BANQUO.

Así lo deseo.

MACBETH.
Hasta después. Ni una palabra más. Vamos, caballeros.
ESCENA IV.

Habitación de palacio.

DUNCAN, MALCOLM, BANQUO y MACBETH.
DUNCAN.

¿Está ajusticiado Cáudor? ¿Han vuelto ya los que fueron á su castillo?

MALCOLM.

No han vuelto todavía, pero he hablado con uno que le vió morir, y dice que se arrepintió de sus pecados y pidió vuestro perdón. La muerte ha sido lo mejor de su vida. Murió como si en vida hubiese aprendido á renunciar y tener por cosa vana lo que ántes juzgaba de mayor aprecio.

DUNCAN.

¿Quién adivina el alma por el semblante? ¿Quién me hubiera dicho que ese caballero no era el más fiel de todos los mios? (Á Macheth que entra.) Primo mio, ya me sentia yo pesaroso de mi ingratitud. Pero estabas tan lejos, que ni siquiera las alas del premio podian alcanzarte. Ojalá hubieras hecho menos, porque entonces serian menos inferiores á tus méritos mis galardones y mercedes. Larga deuda, que nunca podré pagar, tengo contigo.

MACBETH.

Bastante pago de mi lealtad es ella misma. Mis servicios son como hijos y criados del trono: hacen lo que deben, y nada más.

DUNCAN.

Eres planta que arraiga en mi corazon. Yo la haré crecer. ¡Ilustre Banquo! No son menores tus méritos. Así lo reconozco, y te estrecho contra mi corazon.

BANQUO.

En él germine, que para vos será la cosecha.

DUNCAN.

¡Hijos, parientes, caballeros, sabed que nombra heredero de mis Estados á mi hijo Malcolm, que desde hoy se llamará príncipe de Cumberland. Pero este honor no puede venir solo, y para celebrarle haré que caigan, como estrellas, títulos de nobleza sobre todos lo que los merezcan. Ahora vamos á Inverness, que los negocios apremian.

MACBETH.
¿Cuándo descansareis? Quiero adelantarme en el camino y alegrar los oidos de mi mujer con tan grata nueva. Permitídmelo.
DUNCAN.

¡Noble señor de Cáudor!

MACBETH.

(Aparte.) ¡Principe heredero Malcolm! Obstáculo nuevo en mi camino. He de saltar por él ó rendirme. No brilleis, estrellas: no aclare vuestra luz el negro deseo que abriga mi corazón. Ojos mios, la mano hará lo que vosotros no queréis ver. Entre tanto, miradla de soslayo.

DUNCAN.

¿Verdad, Banquo, que Macheth es un egregio vasallo? No hay para mi banquete tan grato como el oir de boca de las gentes sus alabanzas. Sigámosle, ya que quiere festejarnos. Es el mejor de mis parientes.

ESCENA V.

Habitación én el castillo de Macheth, en Inverness.

LADY MACBETH, un CRIADO y MACBETH.
LADY MACBETH.

(Leyendo una carta de su marido.) «Las brujas me salieron al encuentro el dia de la victoria. Su ciencia es superior á la de los mortales. Quise preguntarlas más, pero se deshicieron en niebla. Aún no habia salido yo de mi asombro, cuando llegan nuncios del Rey saludándome como á señor de Glámis y de Cáudor, lo mismo que las hechiceras, pero estas dijeron ademas: «Salve, Macheth: tu serás rey.» He querido, esposa amada, confiarte este secreto, para que no dejes por ignorancia, ni un solo momento, de gozar la dicha que nos está profetizada. Piénsalo bien. Adiós.» ¡Ya eres señor de Glámis y de Cáudor! Lo demás se cumplirá también, pero desconfio de tu carácter criado con la leche de la clemencia. No sabes ir por atajos sino por el camino recto. Tienes ambición de gloria, pero temes el mal. Quisieras conseguir por medios lícitos un fin injusto, y coger el fruto de la traicion sin ser traidor. Te espanta lo que vas á hacer, pero despues de hecho, no quisieras que se deshiciese. ¡Ven pronto! Infundiré mi alma en tus oidos, y mi lengua será azote que espante y disipe las nieblas que te impiden llegar á esa corona, que el hado y el influjo de las estrellas aparejan para tus sienes.

UN CRIADO.

Esta noche llega el Rey.

LADY MACBETH.

¿Estás en tí? ¿No ves que tu señor no está en el castillo, ni nos ha avisado?

UN CRIADO.

También él se acerca. Un compañero mio vino casi sin aliento á traer la noticia.

LADY MACBETH.

Cuidad bien al mensajero. Es portador de grandes nuevas. (Aparte). El cuervo se enronquece de tanto graznar, anunciando que el rey Duncan llega al castillo, ¡Espíritus agitadores del pensamiento, despojadme de mi sexo, haced mas espesa mi sangre, henchidme de crueldad de pies á cabeza, ahogad los remordimientos, y ni la compasion ni el escrúpulo sean parte á detenerme ni á colocarse entre el propósito y el golpe! ¡Espíritus del mal, inspiradores de todo crimen, incorpóreos, invisibles, convertid en hiel la leche de mis pechos! Baja, hórrida noche: tiende tu manto, roba al infierno sus densas humaredas, para que no vea mi puñal el golpe que va á dar, ni el cielo pueda apartar el velo de la niebla, y contemplarme y decirme á voces: «Detente.» (Llega Macheth.) ¡Noble señor de Glámis y de Cáudor, áun más ilustre que uno y otro por la profética salutacion de las hechiceras! tu carta me ha hecho salir de lo presente, y columbrar lo futuro, y extasiarme con él.

MACBETH.

Esposa mia, esta noche llega Duncan.

LADY MACBETH.

¿Y cuándo se va?

MACBETH.

Dice que mañana.

LADY MACBETH.

¡Nunca verá el sol de mañana! En tu rostro, esposo mio, leo como en un libro abierto lo que esta noche va á pasar. Disimula prudente: oculte tu semblante lo que tu alma medita. Dén tu lengua, tus manos y tus ojos la bien venida al rey Duncan: debes esconder el áspid entre las flores. Yo me encargo de lo demás. El trono es nuestro.

MACBETH.

Ya hablaremos despacio.

LADY MACBETH.
Muéstrate alegre.
ESCENA VI.

Entrada del castillo de Macheth. Sus criados alumbran con antorchas.

DUNCAN, BANQUO y LADY MACBETH.
DUNCAN.

¡Qué hermosamente situado está el castillo! ¡Cómo alegra los sentidos esta apacible brisa de la tarde!

BANQUO.

a golondrina, eterna huésped del verano, moradora de las iglesias, pone en la arquitectura de sus nidos un vago recuerdo del cielo. De todo pilar, alero ó ángulo suspende su prolífico lecho, y donde ellas anidan, parece que vive la alegría.

DUNCAN.

¡Ved! ¡Ya sale la noble castellana! (A Macheth.) Muchas veces tenemos por amor lo que es verdadera desgracia. Pedid á Dios que os premie vuestro trabajo, y haga recaer en mí vuestros favores.

LADY MACBETH.

Todo nuestro obsequio es poco para pagar tan altos: beneficios y mercedes, y sobre todo la de haber honrado con vuestra presencia esta casa. Pedimos á Dios, en agradecimiento, todo género de favores presentes y futuros para vos.

DUNCAN.

¿Dónde está Macheth? Corrimos tras él para anticiparnos, pero la veloz carrera de su caballo y su amor, todavía más poderoso que su corcel, le dieron la ventaja, y llegó mucho antes que nosotros. Hermosa castellana, por esta noche reclamamos vuestra hospitalidad.

LADY MACBETH.

Criados vuestros somos: cuanto tenemos os pertenece.

DUNCAN.

Dadme la mano, y guiadme á donde esté mi huésped, objeto perenne de mi gracia.

ESCENA VII.

Galeria en el castillo de Macheth.

MACBETH y LADY MACBETH.
MACBETH.

¡Si bastara hacerlo... pronto quedaba terminado! ¡Si con dar el golpe, se atajaran las consecuencias, y el éxito fuera seguro... yo me lanzaría de cabeza desde el escollo de la duda al mar de una existencia nueva. ¿Pero cómo hacer callar á la razon que incesante nos recuerda sus máximas importunas, máximas que en la infancia aprendió y que luego son tortura del maestro? La implacable justicia nos hace apurar hasta las heces la copa de nuestro propio veneno. Yo debo doble fidelidad al rey Duncan. Primero, por pariente y vasallo. Segundo, porque le doy hospitalidad en mi castillo, y estoy obligado á defenderle de extraños enemigos, en vez de empuñar yo el hierro homicida. Ademas, es tan buen rey, tan justo y clemente, que los ángeles de su guarda irán pregonando eterna maldicion contra su asesino. La compasion, niño recien nacido, querubin desnudo, irá cabalgando en las invisibles alas del viento, para anunciar el crímen á los hombres, y el llanto y agudo clamor de los pueblos sobrepujará á la voz de los roncos vendavales. La ambicion me impele á escalar la cima, ¿pero rodaré por la pendiente opuesta? (A Lady Macheth.) ¿Qué sucede?

LADY MACBETH.

La cena está acabada. ¿Por qué te retiraste tan pronto de la sala del banquete?

MACBETH.

¿Me has llamado?

LADY MACBETH.

¿No lo sabes?

MACBETH.

Tenemos que renunciar á ese horrible propósito. Las mercedes del Rey han llovido sobre mí. Las gentes me aclaman honrado y vencedor. Hoy he visto los arreos de la gloria, y no debo mancharlos tan pronto.

LADY MACBETH.

¿Qué ha sido de la esperanza que te alentaba? ¿Por ventura ha caido en embriaguez ó en sueño? ¿O está despierta, y mira con estúpidos y pasmados ojos lo que antes contemplaba con tanta arrogancia., ¿Es ese el amor que me mostrabas? ¿No quieres que tus obras igualen á tus pensamientos y deseos? ¿Pasarás por cobarde á tus propios ojos, diciendo primero: «lo haria» y luego «me falta valor? Acuérdate de la fábula del gato.

MACBETH.

¡Calla, por el infierno! Me atrevo á hacer lo que cualquiera otro hombre haría, pero esto no es humano.

LADY MACBETH.

¿Pues es alguna fiera la que te lo propuso? ¿No eras hombre, cuando te atrevias, y buscabas tiempo y lugar oportunos? ¿Y ahora que ellos mismos se te presentan, tiemblas y desfalleces! Yo he dado de mamar á mis hijos, y sé cómo se les ama; pues bien, si yo faltara á un juramento como tú has faltado, arrancaría el pecho de las encías de mí hijo cuando más risueño me mirara, y le estrellaría los sesos contra la tierra.

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MACBETH.

¿Y si se frustra nuestro plan?

LADY MACBETH.

¡Imposible, si aprietas los tornillos de tu valor! Duncan viene cansado del largo viaje, y se dormirá: yo embriagaré á sus dos servidores, de modo que se anuble en ellos la memoria y se reduzca á humo el juicio. Quedarán en sueño tan profundo como si fuesen cadáveres. ¿Quién nos impide dar muerte á Duncan, y atribuir el crímen á sus embriagados compañeros?

MACBETH.

Tú no debias concebir ni dar á luz mas que varones. Mancharemos de sangre á los dos guardas ebrios, y asesinaremos á Duncan con sus puñales.

LADY MACBETH.

¿Y quién no creerá que ellos fueron los matadores, cuando oiga nuestras lamentaciones y clamoreo después de su muerte?

MACBETH.

Estoy resuelto. Todas mis facultades se concentran en este solo objeto. Oculte, con traidora máscara, nuestro sembiante lo que maquina el alma.


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