Macbeth/Acto III

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Dramas de Guillermo Shakespeare pg 164a.jpg
ACTO III.

ESCENA PRIMERA.

Palacio de Fóres.

BANQUO, MACBETH, un CRIADO y dos SICARIOS.
BANQUO (sólo.)

YA eres rey, Macheth, y señor de Glámis y de Cáudor. Está cumplido en todas sus partes el vaticinio de las hechiceras, pero ¿quién sabe si la traicion te habrá allanado el camino? Ni ha de quedar el cetro en tu linaje. Si es verdad lo que nos dijeron, reyes han de ser mis hijos. ¿Por qué los oráculos que fueron veraces contigo no han de ser tambien propicios á mi ambicion? Pero disimulemos.

MACBETH.

Ya tenemos aquí á nuestro principal convidado.

LADY MACBETH.

Grande hubiera sido su falta en el banquete.

MACBETH.
Te Convido á un gran festín que he de dar esta noche.
BANQUO.

Vuestra Majestad puede mandarme, en vez de convidarme. Mi voluntad está indisolublemente unida á la vuestra.

MACBETH.

¿Sales á caballo esta tarde?

BANQUO.

Sí.

MACBETH.

Si no, podrías ayudarme con tu consejo en la junta de esta tarde. Mañana será. ¿Vas lejos?

BANQUO.

Pasearé hasta la hora de cenar. Si mi caballo no aprieta el paso, pediré prestadas á la noche una ó dos horas.

MACBETH.

No faltes.

BANQUO.

No faltaré.

MACBETH.

Tengo nuevas de que mis revoltosos deudos están refugiados en Inglaterra y en Irlanda. No confiesan su parricidio, y divulgan contra mí horrendas acusaciones. Mañana hablaremos de esto, cuando nos juntemos á tratar de otros negocios. Ahora, á caballo. Hasta luego. ¿Te acompaña tu hijo?

BANQUO.
Sí, y vendrá pronto, porque ya es hora.
MACBETH.

Dios guie con bien vuestros caballos y os vuelva pronto. Hasta la noche. (Vase Banquo.) Vosotros haced lo que querais hasta las siete. Vuestra compañía me será más grata á la hora de cenar, si en este momento me dejais solo. Adios, mis caballeros. (Vanse todos.)

MACBETH.

(A un criado.) ¿Me esperan ya esos hombres?

CRIADO.

Están á la puerta de palacio.

MACBETH.

Diles que entren. (Se va el criado.) ¿De qué me sirve el poder sin la seguridad? Banquo es mi amenaza perpetua: su altiva condicion me infunde miedo. Junta á su valor el ingenio y la prudencia. Me reconozco inferior á él como Marco Antonio á César. Él fué quien se atrevió á dirigir la palabra á las brujas cuando me aclamaron Rey, y á preguntarlas por su suerte futura, y ellas con fatídica voz le contestaron: «Tus hijos serán reyes.» A mí me otorgan una corona estéril, un cetro irrisorio, que no pasará á mis hijos sino á los de un extraño. Yo vendré á ser el bienhechor de la familia de Banquo. Por servirla asesiné al Rey Duncan, y llené de hiél el cáliz de mi vida; y vendí al diablo el tesoro de mi alma. ¡Todo para hacer reyes á los hijos de Banquo! ¡Fatal destino mio, sálvame: lidia por mi esta batalla! ¿Quién es? (Entran los sicarios.) (Al criado.) Espera á la puerta hasta que llame. (Vase el criado.) (A los sicarios.) Ya oisteis ayer lo que deseo.

SICARIO I.º
Sí, rey.
MACBETH.

¿Habeis pensado bien lo que os dije? Él y no yo ha sido hasta ahora la causa de vuestros males. Ya os expliqué cómo se habia burlado de vosotros: quiénes le ayudaron. En suma el más necio hubiera podido decir: Tuvo la culpa Banquo.

SICARIO I.º

Verdad es lo que dices.

MACBETH.

Y añado más, y vengo al objeto de este coloquio. ¿Hasta cuándo durará vuestra paciencia? ¿Manda el Evangelio que receis á Dios por ese hombre y por su linaje, cuando os está empobreciendo y esquilmando, y os tiene casi á punto de muerte?

SICARIO I.º

¡Oh Rey! somos hombres.

MACBETH.

También son perros los galgos y los mastines y los lebreles, y los de aguas y los de caza, pero se distinguen unos de otros por tener más ó menos valor y fortaleza, y mejor ó peor olfato. La naturaleza reparte con igualdad sus dones, y por eso las diversas castas tienen nombres distintos. Lo mismo sucede con los hombres. Si no quereis ser de los últimos y más abyectos, yo os daré un consejo que os libre para siempre de esa opresion y tiranía, y os haga acreedores á mi gratitud eterna, porque no puedo vivir en paz, si él no muere.

SICARIO I.º

Señor; yo soy un hombre de esos tan maltratados por la suerte, que me arrojaré á cualquier cosa, por vengarme del mundo.

SICARIO 2.º

Tan mala ha sido mi fortuna, que para mejorarla ó acabar de una vez, arriesgaré mi vida en cualquier lance.

MACBETH.

Está bien. Banquo es enemigo vuestro.

SICARIO 2.º

Verdad, señor.

MACBETH.

Y mio, á tal extremo que cada minuto de su vida es un tormento para mí. Yo podría sin cargo de conciencia deshacerme de él, pero tiene amigos que también lo son mios, y no quiero perderlos. Por eso acudo á vosotros, ya que hay poderosos motivos para que el golpe sea secreto.

SICARIO 2.º

Se hará vuestra voluntad, oh Rey.

SICARIO 1.º

Aunque perezcamos en la demanda.

MACBETH.
Conozco vuestro denuedo. Pronto os diré en qué sitio habeis de emboscaros, y cuándo; porque esta misma noche ha de darse el golpe. Conviene que sea lejos de palacio, para alejar de mí toda sospecha. No dejeis indicio alguno del crímen. Le acompaña su hijo Fleancio, que me estorba tanto como su padre. Por consiguiente, matadle tambien. Quedaos solos. Volveré luego.
LOS DOS SICARIOS.

Estamos resueltos.

MACBETH.

Volveré pronto... Entrad... ¡Oh, Banquo! esta noche ó nunca subirá tu alma á los cielos.

ESCENA II.

Lady MACBETH, MACBETH y un CRIADO.


LADY MACBETH.

¿Está en palacio Banquo?

CRIADO.

No, señora, pero esta noche vendrá.

LADY MACBETH.

Di al Rey, que quiero hablarle un momento.

CRIADO.

Así lo haré...

LADY MACBETH.

¿De qué nos sirve haber logrado nuestros deseos, si no alcanzamos placer ni reposo? Es preferible la paz de nuestras víctimas, al falso goce que procede del crímen. (Entra Macheth.) Esposo mio, ¿porqué te atormentan siempre tan tristes recuerdos? olvida lo pasado.

MACBETH.

Hemos herido á la serpiente, pero no la hemos matado. Volverá á acometernos, mientras estemos cerca de sus dientes. ¡Húndase la tierra, arda el universo, antes que yo coma ni duerma en medio de tales espantos nocturnos! ¡Ojalá estuviera yo con mis víctimas, mas bien que entregado á la tortura de mi pensamiento! Duncan no teme ya ni el hierro matador ni el veneno, ni la discordia, ni la guerra.

LADY MACBETH.

Esposo mio, alegra ese semblante, para que nuestros huéspedes no adviertan esta noche tu agitacion.

MACBETH.

Así lo haré, amada mia. Fíjate en Banquo: muéstrate risueña con él, en la mirada y en las palabras. Todavía no estamos seguros: es preciso lavar nuestra honra en el rio de la adulacion, y convertir nuestros semblantes en hipócrita máscara.

LADY MACBETH.

¡Oh, basta, basta!

MACBETH.

Mi alma es un nido de sierpes... ¡Todavía respiran Banquo y Fleancio!

LADY MACBETH.

No son inmortales.

MACBETH.

Esa es la esperanza que nos queda. El hierro puede alcanzarlos. Antes que el murciélago abandone su claustro; antes que se oiga en el silencio de la noche el soñoliento zumbido del escarabajo, estará terminado todo.

LADY MACBETH.

¿Qué quieres decir?

MACBETH.

Vale más que lo ignores, hasta que esté cumplido, y puedas regocijarte en ello. Ven, ciega noche, venda tú los ojos al clemente dia. Rompa tu mano invisible y ensangrentada la atroz escritura que causa mis terrores... Va creciendo la oscuridad: retorna el cuervo á la espesura del bosque: las aves nocturnas descienden anhelosas de presa... ¡Te horrorizan mis palabras! ¿Y por qué? Sólo el crímen puede consumar lo que ha empezado el crímen. Ven conmigo.


ESCENA III.

Bosque á la entrada del palacio.

ASESINOS, BANQUO y su hijo FLEANCIO.
ASESINO 1.º

¿Quién te ha enviado?

ASESINO 3.º

Macheth.

ASESINO 2.º

No debemos dudar de él, puesto que sabe nuestro fin y propósito.

ASESINO 1.
°

Ya muere el sol en occidente, y el pasajero aguija su caballo para llegar á la posada. Ya está cerca el que esperamos.

ASESINO 3.º

Suenan las herraduras de sus caballos.

BANQUO.

(Dentro.) ¡Luz!

ASESINO 2.º
¡Ahí está! Le aguardan en la llanura.
ASESINO 1.º

Se llevan los caballos.

ASESINO 3.º

El, como los demás, se encamina á pié á palacio.

BANQUO.

¡Luz, luz!

ASESINO 3.º

¡Ahí está!

ASESINO 1.
°

Aguarda. (Entran Banquo, su hijo Fleancio, un criado con antorcha.)

BANQUO.

Va á llover esta noche.

Dramas de Guillermo Shakespeare pg 172.jpg
ASESINO 1.º

¡Muera! (Le hiere.)

BANQUO.
¡Traicion! Huye, hijo, y si puedes, venga mi muerte. (Cae.)
ASESINO 3.º

¿Por qué mataste la luz?

ASESINO 1.º

¿No hice bien?

ASESINO 3.º

Ha muerto uno solo. El hijo huye.

ASESINO 2.º

Hemos perdido la mitad de la paga.

ASESINO 1.º

Vamos á dar cuenta á Macheth.


ESCENA IV.

Sala de palacio. Mesa preparada para un festín.

MACBETH, los CONVIDADOS, LADY MACBETH, ASESINO 1.º y LÉNNOX.


MACBETH.

Sentaos, según vuestra categoría y nobleza. Bien venidos seais todos.

LOS CONVIDADOS.

Gracias.

MACBETH.

Siéntese la reina en el trono, y démosle la bienvenida.

LADY MACBETH.
Gracias. Dádsela á nuestros convidados. Os saludo de todo corazon, señores.
MACBETH.

Con toda el alma te lo agradecen. (Á Lady Macheth.) Los dos lados iguales: yo en medio. Alegraos, brindaremos juntos. (Se presenta el asesino 1.º) Traes manchada la cara de sangre.

ASESINO 1.º

Sangre de Banquo.

MACBETH.

Mas vale que sea la suya que la tuya. ¿Queda muerto?

ASESINO 1.º

Le degollé, señor.

MACBETH.

¡Matador excelente te debo apellidar, y mas, si acabaste también con Fleancio.

ASESINO 1.º

Oh rey! huyó.

MACBETH.

¡Y siguen mis temores! Si él hubiera muerto, yo seria feliz, duro como el mármol y las rocas, libre como el aire. Pero ahora me veo receloso, inquieto, entre dudas y temores. ¿Y Banquo murió de veras?

ASESINO 1.º

Cayó en una zanja profundísima, con veinte heridas en la cabeza, la menor de ellas mortal.

MACBETH.

Gracias infinitas. Muerta está la serpiente, pero ese retoño fugitivo ha de envenenarnos con el tiempo. Todavía no ha echado dientes. Vuelve mañana. Aun tenemos que hablar.

(Se vá el asesino.)
LADY MACBETH.

Esposo, anima con tu presencia y tus palabras la languidez del festin. Si no has de hacerlo, más valdrá comer solos. La alegría es la salsa de las cenas.

MACBETH.

¡Dulce maestra mia! La buena digestion venga hoy después del apetito, y tras ellos la salud.

LÉNNOX.

Tomad asiento, rey.

MACBETH.

Congregada tendríamos esta noche la flor de la monarquía, si no nos faltase el ilustre Banquo. Quiero culpar su negligencia, mas bien que imaginar que le haya acontecido alguna desgracia.

(El espectro de Banquo ocupa el sitial de Macheth.)
LÉNNOX.

Honradnos, señor, tomando asiento.

MACBETH.

¿Dónde? No le encuentro.

LÉNNOX.

Aquí le teneis, señor.

MACBETH.

¿Dónde?

LÉNNOX.

Señor, aquí. ¿Pero qué agitacion es la vuestra?

MACBETH.

¿Quién de vosotros ha hecho esto?

LÉNNOX.
¿Qué, señor?
MACBETH.

Yo nó... yo no lo hice... no me mires agitando tu cabellera tinta en sangre.

ROSS.

Levantaos: el rey está enfermo.

LADY MACBETH.

Nó, nó, continuad sentados. Son accidentes que desde joven padece mi marido. No os levantéis. Es cosa de un momento. Vereis cual se repone en seguida. No os fijeis en él, porque se aumentará su delirio. (Aparte á Macheth.) ¡Y dices que eres hombre!

MACBETH.

Y hombre fuerte, pues que me atrevo á mirar de hito en hito lo que pondria espanto al mismo Satanás.

LADY MACBETH.

Necedad insigne! ¡Sombras que finge el miedo! Es como aquel puñal que decías que te guiaba por el aire, cuando mataste al rey Duncan. ¡Consejas, tolerables solo en boca de una anciana, al amor de la lumbre! ¡Vergüenza para tí! ¡Y aun sigues turbado! ¡No vés que tú asiento está vacío!

MACBETH.

¡Nó, nó... Mira, mira!... ¿No lo vés?... ¿Qué dices ahora?... Pero ¿qué me importa lo que digas? Mueves la cabeza en signo de incredulidad?... Habla, habla... Si los sepulcros nos arrojan su presa, los palacios se trocarán en festin de buitres.

(Se vá la sombra.)
LADY MACBETH.
¿Estás loco?
Dramas de Guillermo Shakespeare pg 177.jpg
El festin de Macbeth
MACBETH.

Te juro, por mi alma, que le he visto.

LADY MACBETH.

¿Y no te avergüenzas?

MACBETH.

Siempre se ha derramado sangre. Desde que el mundo es mundo, ha habido crímenes atroces. Pero antes el muerto muerto se quedaba. Ahora las sombras vuelven y nos arrojan de nuestros sitiales.

LADY MACBETH.

Tus caballeros reclaman tu presencia.

MACBETH.

No me acordaba de ellos. Amigos mios! nobles caballeros! no hagáis caso de mí. Si me conocierais bien, no os extrañaría este súbito accidente. ¡Salud, amigos! Brindemos á la salud de nuestro amigo Banquo, único que nos falta. ¡Ojala llegue pronto! ¡Brindo por vosotros, y por él y por todos.

LOS CONVIDADOS.

Nosotros repetimos el brindis.

(Vuelve el aparecer la sombra.)
MACBETH.

¡Léjos, lejos de mí!... Que la tierra te trague... Mi sangre se hiela: falta á mis huesos el tuétano... la lumbre de mis ojos se oscurece.

LADY MACBETH.
El accidente vuelve: no es grave, pero descompone la fiesta.
MACBETH.

Yo no temo nada de lo que pueden temer los hombres. Ven á mí en forma de tigre de Hircania, de oso ó de rinoceronte: no se agitarán mis nervios. O vuelve á la vida, y rétame á lid campal, hierro á hierro, y si tiemblo al ir á encontrarte, llámame hijo de mi nodriza... Pero no vengas como sombra. ¡Huye de mí, formidable espectro! (Desaparece la sombra.) Ya se retira, y vuelvo á ser hombre. Sentaos otra vez: os lo suplico.

LADY MACBETH.

Con ese delirio has turbado la alegría del convite.

MACBETH.

¿Y cómo no asombrarnos, cuando estalla esa borrascosa nube de verano? Ahora dudo de mi razon viendo que podeis contemplar tales apariciones sin que vuestro rostro palidezca.

ROSS.

¿De qué apariciones hablas?

LADY MACBETH.

Silencio! La contradiccion le molesta. Podeis retiraros sin ceremonia. Idos pronto.

LOS CONVIDADOS.

Buenas noches, y descanse el Rey.

LADY MACBETH.

Buenas noches.

MACBETH.

¡Sangre pide! La sangre clama por sangre; ya lo dice el proverbio. Hasta los árboles hablan á la voz del agorero, ó por natural virtud. Y á veces la voz de la urraca, del cuervo, ó del grajo, ha delatado al asesino. ¿Qué hora es?

LADY MACBETH.

La noche combate con las primeras horas del dia.

MACBETH.

Macduff se niega á obedecerme, y á reconocer mi autoridad.

LADY MACBETH.

¿Le has llamado?

MACBETH.

No, pero tengo noticias ciertas de él por mis numerosos espías. Mañana temprano iré á ver á las brujas. Quiero apurarlo todo, y averiguar el mal, aunque sea por medios torcidos. Todo debe rendirse á mi voluntad. Estoy nadando en un mar de sangre, y tan lejos ya de la orilla, que me es indiferente bogar adelante ó atrás. Es tiempo de obras y no de palabras. Descienda el pensamiento á las manos.

LADY MACBETH.

Te falta la sal de la vida, el sueño.

MACBETH.

Pues á dormir. ¡Mi terror, nacido de la falta de costumbre, me quita el sueño. ¡Soy novicio en el crímen!


ESCENA V. Un páramo.—Tempestad.


BRUJA 1.ª
Oh Hécate, tu semblante muestra á las claras tu enojo.
HÉCATE.

¿Y no tengo razon, impertinentes viejas? ¿Por qué, siendo yo la fuente de vuestro poder y de todos los males humanos, habeis osado, sin pedirme consejo, ni acudir á mi ciencia, tratar con Macheth por enigmas? ¡Y todo en provecho de un ingrato, de un ambicioso, que sólo mira á su interes, y no se acuerda de vosotras! Antes que el sol se ponga, venid á los antros tartáreos; no dejeis de traer ninguna de vuestras redomas, encantos y conjuros. Ahora, á volar. Esta noche ha de cumplirse una evocacion tremenda. De la luna pende una gota de vapor que he de coger esta misma noche antes que caiga. Yo la destilaré con mi ciencia maravillosa, y evocaré génios de tal virtud que le traigan lisonjeramente engañado hasta el abismo. No temerá la muerte: confiará en su estrella: podrá más su esperanza que su buen juicio ó sus temores, y ya veis que hombre excesivamente confiado está medio perdido.

(Se oye dentro una voz.) ¡Venid, venid!
HÉCATE.

¿Ois la voz del génio? Camina en esa transparante nube.

LAS BRUJAS.

Vámonos, que pronto volverá.


ESCENA VI.

Palacio de Fóres.

LÉNNOX y el SEÑOR.


LÉNNOX.
Te asombra lo que he dicho. Pero sigue tú discurriendo. Macheth mostró mucho sentimiento por la muerte de Duncan... ¡Es claro, como que estaba muerto! Banquo salió á pasear muy tarde, y quizá le mataría su hijo, puesto que huyó en seguida.—¿Y á quién se le ocurre salir á pasear de noche?... ¿No fué cosa monstruosa el parricidio de Malcolm y Donalbáin? ¡Cómo le angustió á Macheth!... Tanto que en seguida mató á los guardas, dominados por el sueño y el vino... ¡Lealtad admirable!... ó gran prueba de talento. Hizo bien, porque ¿quién hubiera podido oir con calma que negaban el crímen? A fe mia que si cayeran en manos de Macheth (lo cual no es fácil, ni Dios permita) los hijos de Duncan, ya habian de ver lo que es matar á su padre, y lo mismo el hijo de Banquo. Pero callemos, que por hablar demasiado y por huir de la mesa del Rey, anda perseguido Macduff. ¿Sabes dónde está?
EL SEÑOR.

Malcolm, el heredero del trono de Duncan, usurpado por ese tirano, vive en Inglaterra, al amparo del santo rey Eduardo, y dando brillantes muestras de lo claro de su estirpe. Macduff ha ido á aquella corte, á solicitar el auxilio del valeroso duque Suardo. Con su ayuda, y sobre todo con la del Dios de los ejércitos, no volverá el puñal á turbar nuestros sueños, y vivirán seguros los leales. La indignación del Rey, al saberlo, ha sido tanta, que va á declarar la guerra.

LÉNNOX.

¿Y no llamó antes á Macduff?

EL SEÑOR.
Sí le llamó, pero él contestó rotundamente que no, volvió la espalda al mensajero, y parecia decir entre dientes: «Muy cara os ha de costar mi respuesta.»
LÉNNOX.

Será un aviso para que proceda con cautela, y no se exponga á nuevas asechanzas. Vaya á Inglaterra un ángel con la noticia de todo lo ocurrido, antes que Macduff vuelva. Caigan de nuevo las bendiciones de Dios sobre esta tierra infeliz oprimida por un tirano.

EL SEÑOR.

Óigate el cielo.


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