Manifesto del Señor Doctor Don Alfonso Quiñónez Molina
1923–1927
DE LA PRESIDENCIA DE LA REPUBLICA
EL 1º DE MARZO DE 1923
SEÑORES DIPUTADOS:
El solemne juramento que acabo de hacer ante vosotros, que sois de representantes del pueblo salvadoreño, de cumplir de velar porque sea cumplida la Constitución de la República, entraña mi sagrado, leal e inquebrantable propósito de realizar un Gobierno que, inspirándose en los buenos principios y siguiendo fielmente el sendero que nuestra Ley Fundamental le señala, estará en aptitud de satisfacer los anhelos nacionales, que son de orden y justicia, libertad y derecho, pac y progreso.
En tal juramento puede muy bien sintetizarse el programa de la Administración que hoy constitucionalmente se inaugura, pues del sumo imperio de las leyes se deriva de modo inevitable la bienandanza de los pueblos, y quien las cumple y hace cumplir, realiza obra duradera y beneficiosa, capaz por si sola de engendrar la grandeza y la ventura de la Patria en todas las manifestaciones de su existencia.
Con todo, señores Diputados, quiero y debo en esta ocasión de tanta transcendencia para los destinos de la República, presentar a la consideración de mis conciudadanos,—junto con el testimonio de mi gratitud por la honra y la confianza con que me han distinguido, trayéndome a este puesto de tanto encumbramiento y de tantísima responsabilidad—algunas ideas y sentimientos que ampliarán, como las actuales circunstancias del país lo demandan, mi programa de Gobierno, por una parte, y que, por otra, llevarán a la conciencia nacional, dicho con sinceridad absoluta, el concepto con que debe ser considerada mi vida pública, tan combatida por largo tiempo y aquilatada—permítaseme creerlo así—en el choque de las pasiones políticas y en el crisol de opuestos criterios que, al fin y a la postre, las primeras se apaciguan ya y los segundos entran en sereno razonamiento en esta hora en que mi elevación a la Presidencia de la República, en virtud de la gran mayoría del sufragio popular, responde a los mandatos imperativos del patriotismo y de la experiencia, a las necesidades de nuestra sociología y de nuestra democracia y a la aspiración hacia los modernos métodos de la ciencia de gobernar, para que de veras comience una era de concordia, de rectificación de errores políticos y económicos y de labor fecunda en los campos del derecho y del adelanto de nuestro país.
Vine a la vida pública del seno de nuestra democracia, la cual, aunque naciente, lleva en sí el germen destinado a efectuar transformaciones en lo general, sacando de lo particular los elementos que han de servirle de medios para la evolución progresiva, elementos que de día en día irán siendo reemplazados y mejorados para el logro de esa misma evolución, que es interminable en el correr de los tiempos y en el progreso de las naciones. Así, al sentirme arrastrado por una irresistible corriente de opinión pública, el hecho mismo me infundió la voluntad de llevar las aguas de esta corriente por cauces con hondura de principios. Y admití el dictado de jefe, para organizar fuerte y disciplinada, capaz de establecer en el país el dominio de la democracia en vez de las imposiciones del caudillaje. No cifré mi ambición en ser caudillo de bandería, sino en crear, con la omnipotencia de las ideas consignadas en un bien definido programa, un gran partido nacional y democrático, esperando en que así se haría efectivo entre nosotros el prestigio de la opinión pública, dominadora de los intereses personales, aun a través de las dificultades consiguientes a toda reforma o a todo paso de avance en las conquistas del derecho y de la organización social; y soporté en silencio los ataques apasionados e inmisericordes de cuantos creyeron ver en mí un vulgar ambicioso de poderío y mando, y no un ciudadano que anhelaba dignamente crear un partido político, aquí donde no ha habido partidos políticos en el genuino sentido del concepto, los cuales en demasía han hecho falta para la vida cívica de la República, tanto en el poder público como fuera de él, de modo que equilibradas las fuerzas propulsoras de esa vida, resultara por la acción nacionalista y juiciosa de unas y otras, el funcionamiento ordenado y armónico de todos los legítimos intereses dentro de la órbita de la legalidad y del patriotismo.
Una vez que fue creado dicho partido con el apoyo de muchos ciudadanos que secundaron fervorosamente mi propósito, renuncié a ser un caudillo. Pero seguí trabajando en sus filas delanteras, y cuando mis correligionarios me proclamaron candidato a la Presidencia de la República, acepté la designación, porque involucraba por obra de acontecimientos que no podía mi mano desviar de su curso, la existencia del propio partido, que era ya una entidad respetable y con perfecto derecho a intervenir en los destinos de la Nación. De esa suerte no rehuí echar sobre mis hombros una gran responsabilidad, ni rehuí tampoco los azares de la lucha, y alentó en mi espíritu la ambición, noble y justificada, de consagrarme por entero al implantamiento del credo de mi partido, hasta traerlo en triunfo al Capitolio nacional, para que desde aquí irradie resplandores sobre los horizontes de la Patria. En los países de cultura republicana, los partidos políticos y sus hombres públicos van a la contienda cívica para alcanzar el poder, armados de sus derechos y en seguimiento de un ideal honroso. Dan de mano a los atentados contra el orden, se mueven a la luz del día y no en las tinieblas de la conspiración, y buscan la victoria en el acto electoral, bregando antes sin descanso por obtenerla. Esto hizo mi partido y yo fui con él, amparado con la ley y con el decidido impulso de mis patrióticas aspiraciones, de que nunca he hecho misterio desde que la voluntad de mi partido me designó para realizar su programa en la Jefatura del Estado.
La proclamación de mi candidatura fué hecha primeramente para el periodo presidencial que hoy finaliza; y en aquella época, como en esta segunda vez, se la motejó de inconstitucional en artículos de periódicos y en algunas reuniones políticas, alegándose mi parentesco de afinidad con los ciudadanos que a la sazón eran, respectivamente, Presidentes de la República.
El punto fue ampliamente discutido. Puso atente oído durante el debate a las voces de la opinión pública. Y al tribunal de mi conciencia y criterio propios sometí, en seguida, mi dignidad, mi honradez, y mi respeto a la ley, para obedecer su sagrado fallo. Mis correligionarios, a su vez, hicieron consulta a jurisconsultos nacionales y extranjeros sobre el punto en controversia; y el dictamen legal de hombres de ciencia y autoridad en materia constitucional, no encontró óbice a mi candidatura en el parentesco de afinidad traído a cuenta, merced a una habilidosa, por no decir torcida interpretación de un concepto de nuestra Ley Fundamental, cuya redacción está más o menos calcada en la fórmula que necesariamente tuvieron que emplear los próceres que subscribieron el acta en que la América Central se independizó del Reino de España y en cual dijeron que el nuevo Gobierno no sería en lo venidero pertenencia de ninguna familia real familia ni privilegio exclusivo de dinastía alguna reinante en Europa.
Por otra parte, nuestro sistema republicano resultaría una mera ficción, si los salvadoreños, por el simple hecho de tener nexo de parentesco de afinidad con el Jefe de Poder Ejecutivo, no pudieran sentirse con pleno derecho, y se les excluyera, en la participación de la vida pública nacional en servicio del Estado, aspirando a ocupar aún el puesto de Presidente de la República.
La voz de mi conciencia, pues, y, principalmente, la ley misma, interpretada, sin preconcebido intento, por el juicio público sensato; el voto respetable y respetado de sesudos juristas, algunos de ellos Magistrados de la Corte Supreme de Justicia; y el hecho elocuente de que la gran mayoría de mis conciudadanos insistió en mi candidatura, decidéronme a aceptarla y con ella también mi responsabilidad ante la historia. Después, vino vuestra decisión supreme, señores Diputados, que representáis la soberanía del pueblo y en cuyo nombre habéis consagrado con el óleo de la ley mi elección de Presidente de la República.
Hay algo más de que quiero dejar constancia en estas francas manifestaciones que el honor y la verdad me dictan. Durante el debate eleccionario que acaba de pasar, el una junta en que había conspícuos representantes de la oposición a mi candidatura, ésta fue impugnada en mi presencia con el calificativo de impopular; y entonces yo, repuesto de tan severa opinión, propuse que mis adversarios allí presentes escogieran en aquel mismo instante uno más lugares de la República para qué, de improviso, cada cual reuniera a sus correligionarios, y que si los míos resultaban en menor número que los suyos, yo renunciaría sin demora mi candidatura, en obediencia a un acto que, en cierto modo, revestiría el carácter de plebiscito inapelable. Lo que propuse no fue aceptado; y ya se vio cómo en los comicios de enero la consecuencia del sufragio ha traído las cuestiones de la política nacional a un punto de partida en que, con el triunfo de mi candidatura, puede llegarse a un cordial entendimiento de la familia salvadoreña,—lo cual sería honroso para nuestra cultura—como anhelé en el caso citado, y después todavía, cuando, ya en vísperas de la elección, celebré conferencias con mis adversarios, para llegar a la adopción de una fórmula de patriótica y decorosa conciliación de miras políticas, a la cual no se llegó, no por culpa mía, por cierto.
Yi si después de la franca y espontánea narración que acabo de hacer, hubiese todavía quien me llamase ambicioso de poderío, cúmpleme decir, con igual franqueza, que acepto el calificativo si hay empeño en aplicárseme, pues lo he sido y lo soy para servir a mi país y al partido a que pertenezco, dándole al uno todo mi amor de ciudadano y hasta el sacrificio de mi vida en aras de su progreso, y al otro, todo el contingente de que soy capaz para que en realidad se tornen los principios de su programa, que considero inspirados en el anhelo de hacer grande vigorosa y próspera a la República. Y porque me siento con fuerza de ánimo para acometer tamaña empresa, de la más rotunda manera ofrezco convertir en hechos las palabras de mi sana y verdadera ambición; palabras que me he visto en el caso de pronunciar en alta voz para destruir falsos prejuicios, establecer la esperanza en la aspiración nacional de que El Salvador sea regido con arreglo a principios legales y a normas de honradez y de patriotismo.
Consecuente, pues, con mis propósitos, traigo al ejercicio de las funciones de Gobernante la más acendrada voluntad para unificar, con honor y decoro, las buenas aspiraciones, que no faltan, de los diversos círculos en que nuestra política ha dividido y aun subdividido a los salvadoreños. Política nacional de alas sueltas, para que vuelve por las alturas del pensamiento y del espíritu y se baño en luz de gloria, será la que alentará mi Gobierno, y no esa otra que suele aletear torpemente a ras del suelo enfangado, salpicando de lodo la dignidad de los ciudadanos.
De par en par abro las puertas a la conciliación, y hago un formal llamamiento a nuestros hombres aptos y patriotas para que echando en olvido pasadas divergencias,—que no tuvieron razón de ser, puesto que la devoción por la Patria y el deseo de su dicha a todos los salvadoreños nos aliente—vengan a mí con su ayuda, a fin de efectuar en el país una ansiada y ventajosa transformación, como sin duda ellos la soñaron, aunque en su buena fe quizá escogieron rutas y medios contrarios al logro de sus afanes, dignos en todo caso de profundo respeto.
Antes de la campaña electoral dije que no quería Gobierno en que se mantuviera después de ella, la condición de vencedores y vencidos, y hoy repito esa declaración con la esperanza de que al resonar del uno al otro confín del país, todos los ciudadanos se sentirán en ambiento propicio a sus derechos y a la concordia y amparados por mi político de fraternidad y de hidalguía.
Expedito está el camino para llegar al campo que señalo al patriotismo, deseoso de que venga a arrojar en él sana simiente que germine y de sazonados frutos, al fecundante calor de la ley, sol que alumbrará todas mis acciones. Y para mantener la paz, el orden y el acatamiento debido a la autoridad legítimamente constituida—condiciones indispensables para la bienandanza pública—la ley me da, y los emplearé, si el desgraciado caso aconteciere, los elementos suficientes para reprimir, con cabal energía y sin titubeos, todo conato o ataque a la tranquilidad de la República y cualquier intento o atentado contra el Gobierno, que es el guardián de las instituciones que nos rigen y de los sagrados intereses morales y materiales de la colectividad social. Garantizo, pues, con la ley en la mano, el sosiego público, y espero de mis compatriotas que, bajo los auspicios del orden en que se inaugura mi Gobierno y el mutuo entendimiento a que los invito me darán su concurso para hacer efectivo el programa que a grandes rasgos seguiré esbozando en este Manifesto.
En circunstancias harto difíciles para todas las naciones del orbe tócame hacerme cargo de la Presidencia de nuestra República. En lo político, lo social y lo económico soplan sobre el mundo vientos de borrasca, que aunque no llegan todavía devastadores hasta nosotros, sino como brisas de llovizna, es necesario de todo punto que no estamos desprevenidos ante el presagio, y veamos la manera de alegar o vencer la tempestad que quizás produciría entre nosotros el resurgimiento de problemas como los suscitados en Europa, y aun en algunas naciones de América, en la segunda década de este siglo. Que un patriotismo equivocado o falso, o un candoroso optimismo no vayan a tender un velo cobre los peligros a que está expuesta la Nación, como el que Sem y Japhet echaron sobre las desnudeces de Noé.
Por eso, entre otras cuestiones de carácter ético y político que reclaman mi atención de Gobernante, está la que atañe al estado de nuestras clases obreras; y me esforzaré en que mi tránsito por el poder redunde en beneficio de ellas, porque tienen en la organización social derecho a leyes que precisa dictar, a fun de levantarla en sus nivel físico, intelectual y moral, con tanta valor económico eficiente y una fuerza social de indiscutible importancia.
Como complemento al impulso que ha de darse a la agricultura y a las industrias, he de empeñarme en estimular de todas maneras la forma de trabajo cooperativo, tanto en beneficio de la producción misma, como de los obreros y jornaleros, quienes con su actividad y el sudor de su frente contribuyen al acrecentamiento de la riqueza.
Promoveré, pues, la fundación de cooperativas agrícolas e industriales, de producción y de consumo; cooperativas para el crédito obrero, que tanta falta hace para el desenvolvimiento de las industrias nacionales, y para el crédito rural, que eficazmente auxiliará a los agricultores en pequeño; cooperativas para la construcción de casas, con el fin de aliviar la condición difícil y antihigiénica del alojamiento de las clases pobres; y, en general, con criterio de justicia distributiva atenderé las cuestiones que se susciten entre el capital y el trabajo, muy descuidadas entre nosotros y que deben ya merecer de nuestros legisladores providencias previsoras de conflictos en que, por lo común, padecen las gentes obreras.
Mi política económica será de protección práctica a nuestras incipientes industrias. Necesita el país abastecerse a sí mismo de un considerable número de artículos que ahora importa del extranjero. La fundación de una Escuela de Artes y Oficios se impone como una necesidad apremiante. Son notables los adelantos que con el propio esfuerzo, y aun sin estímulos, han hecho nuestros artesanos; y es deber del Estado proporcionarles los mayores medios posibles para que cada día se perfeccionen más en la fábrica de artefactos, y se desenvuelvan con mayor pujanza el espíritu de empresa que les da relieve y las facultades con que para las artes liberales los ha dotado la Naturaleza.
Mi Gobierno estimulará las producciones de nuestro suelo y tratará de desentrañar la riqueza del subsuelo. Pondrá solicitud en llevar a cabo arreglos para obtener mayores créditos a los agricultores. Creará y sostendrá la dirección técnica de nuestros principales cultivos, ayudando así al aumento de la exportación de artículos nacionales, que redundará en nuevos y más abundante recursos para el Erario, sin recargo de tributes y sin extremar la investigación,—hasta hoy difícil, enojosa e imprecisa—que requiere el impuesto directo.
Con el estrechamiento de nuestra vida fiscal y sin el estímulo de la producción, de que ya he hecho mérito, poco o nada adelantaríamos en el sentido de equilibrar el propuesto del Estado. El país reclama gastos de dinero para su adelanto. Este no debe ni puede paralizarse. Hay que enfrentar con ánimo vigoroso la situación económica difícil, sacando de las fuerzas naturales del país y de la energía de sus hijos, tan constantes en el trabajo y tesoneros en la brega por la vida, elementos para ensanchar los ramos rodos de la riqueza pública, mediante actos gubernativos que sean de eficaz cooperación. No fiemos el progreso a simples proyectos ni a líricas ensoñaciones. El país ha llegado a un período de su existencia que necesita ensancharse y culminar en riqueza positiva, en sólido bienestar y en avance triunfal hacia lo porvenir.
Ambiciono que mi Gobierno sea factor principalísimo en la renovación fecunda de nuestros valores económicos, los cuales urge empujar hacia adelante con fe en el esfuerzo; y para que expresó el Libertador Bolívar, de que quien no espera vencer ya está vencido.
Aspiro a realizar la regulación y el aumento de nuestras actividades productoras, y a que de la balanza económica favorable y del atinado equilibrio del presupuesto resulte el firme mantenimiento de los cambios, la apropiada circulación monetaria y, por ende, la facilidad de los créditos bancarios y el incremento de los negocios, impulsado mis determinaciones en materia de tanta consecuencia, una voluntad que no descansará hasta efectuar una próspera situación para el Fisco y para los habitantes de la República.
Querer es poder, aun en los trances más apurados de la vida, y con mayor razón si se cuenta para el buen suceso con un pueblo como el salvadoreño, inteligente, abnegado y laborioso, que no trepida ni ante las ciegas fuerzas destructoras de la naturaleza que de contínuo lo amenazan o quebrantan.
La administración de justicia suele adolecer de faltas que a todo trance deben subsanarse, para que responda cumplidamente a su predicado moral y a los fines del derecho, y sean efectivas sus determinaciones, con absoluta independencia, tal como lo establece la Constitución. Este ramo es de vital importancia, y el Congreso ayudará, así lo espero, a mi deseo,—que es el de la opinión pública—en la acertada elección de una Supreme Corte de Justicia, de la cual dependerá el perfecto funcionamiento de los tribunales secundarios que, de consumo con ella, son los llamados a cumplir las leyes que garantizan la honra la vida y la propiedad de los ciudadanos, y a evitar prácticas judiciales escandalosas y corruptelas que desorden entre nosotros una de las más sagradas instituciones humanas. En cumplimiento de tan laudable y alto fin, la Supreme Corte encontrará en mi Gobierno apoyo decidido para que sus justicieros fallos sean respetados y cumplidos eficazmente.
Mucho asunto me suministra el ramo de Instrucción Pública, base fundamental de la grandeza de lus pueblos, para expresar mis propósitos. Complejo de suyo, entraña aquí, después de no pocos ensayos y tanteos para perfeccionar sus métodos y funciones, un problema suyos enunciados trataré de resolver en consulta con la experiencia que, al fin y al cabo, nos enseña el camino de la reforma, desde las dotaciones del presupueste hasta la calidad de los preceptores y el cúmulo de reglamentos que, con el transcurso de tantos años de pruebas, ha venido, si no haciéndonos retroceder por completo, por los menos produciendo una confusión de aspiraciones que habrá que aclaras y metodizar sin mayor pérdida de tiempo.
Eso en lo general. En cuanto a lo particular, hay que dignificar al maestro y elevarlo a la categoría social que merece su augusto ministerio. Además, tendré como principio civilizador y altamente humanitario, propagar cada vez más la enseñanza en nuestra población rural. En relación con los centros de vida agrícola, hay esparcido por los campos gran número de gentes analfabetas. A los propietarios de esos centros agrícolas pido colaboración para hacer menos obscuro el estado en que se encuentran los jornaleros. Escuelas especiales para ellos se fundarán durante mi período administrativo, y así podremos ufanarnos de una obra de cultura verdadera y redentora. La instrucción en las escuelas primarias es el deber primordial que en la materia me corresponderá impulsar de preferencia. Y en cuanto a la enseñanza de normalistas, a la secundaria en institutos y colegios y a la profesional en la Universidad, claro está que recibirán nuevo impulso, orientaciones de mayor alcance, y reformas que se derivarán, sin duda, del estudio del plan que someterá en su oportunidad a vuestra consideración mi Gobierno.
A pesar de contratiempos rentísticos y de estorbos causados a Administraciones anteriores y a la que hoy termina en paz y orden, después de una apasionada y sistemática oposición,—cuyos amaos supo vencer con el sustentáculo del partido nacional democrático y la entereza del Gobernante—en el país se han efectuado importantes adelantos en la construcción de líneas férreas; y es ya una hermosa realidad le que desde el puerto de La Unión, en el Mar Pacífico, atravesando ricas regiones, llega a esta capital y lleva ya en derechura sus rieles para ponerlos en comunicación con Guatemala, con el Mar Atlántico y con México y Estadios Unidos de América. Obra de tamaña magnitud, que fue por mucho tiempo el desideratum de nuestras comunicaciones interiores y exteriores, ha sido hecha en virtud de contrato con la Empresa de Ferrocarriles Internacionales de la América Central, que tanto está cooperando al positivo progreso de estos países istmeños. Mi Gobierno seguirá impulsando las obras del nuestro, avance en otro de incalculable transcendencia esto es, en el del Ferrocarril Panamericano, que será no lejano día uno de los más resonantes progresos del Nuevo Continente y un hecho preclaro en su historia.
No descuidaré, asimismo, la construcción mejora y mantenimiento de nuestras obras vías de comunicación, renunciando al tardío empirismo y haciendo estas obras bajo una dirección técnica que con nuevas y mayores impulsos las lleve a satisfactorio termino. Caminos y más caminos hacen prosperar a las naciones, porque por ellos no sólo corre el torrente humano compenetrándose, amándose y engrandeciéndose, sino que también fluyen por allí, como ríos, los productos de la tierra que el trabajo la hace producir cuando sabe que no se quedarán con escaso o ningún valor en las trojes o las bodegas; y esas sendas, que son, además, como brazos que se mueven diligentes en señal de fuerza, llegan al corazón de los poblados y al tocárselos los despierta al movimiento, que es la vida pletórica de sangre renovada todos los días.
Pequeño es nuestro territorio. Ya debiera estar todo él cruzado de buenas vías de comunicación. Mi Administración pondrá mano a la obra, y espero terminarla con un positivo triunfo en este ramo de tanta valía para las actividades agrícolas y comerciales.
Si bien es cierto que lo denso de nuestra población da a El Salvador, relativamente, uno de los primeros lugares en la estadística universal de habitantes, no lo es menos que la calidad de ella, en lo que respecta a buena salud y mortalidad, no corre parejas con aquel dato cuantitativo. Pero eso vengo desde hace tiempo dedicándome, cuanto me ha sido posible, al fomento de la cultura física de nuestro pueblo y a impulsar todo idea encaminada a que practique los modernos ejercicios y prescripciones de higiene, tan atendidos actualmente en las naciones civilizados, quienes fincan su grandeza y poderío en el vigor de sus hijos.
Ahora, con elementos de gobierno en mis manos, proseguiré más intensamente esa labor trascendentalísima, convencido como estoy de que los habitantes de mi país, para cumplir con pujanza sus ideales de independencia y bienestar, han menester distinguirse como fuertes y sanos corporalmente, pues tales condiciones les darán empuje espiritual haciéndolos capaces de nobles virtudes y de acometer mangas empresas.
Debilidad física engendra lastimosa decadencia de la raza y un sinnúmero de males que atacan en su raíz el árbol genealógico de las sociedades; siendo entre nosotros muy de infantes, que bien pudiera anular anualmente la fecunda natalidad que arroja nuestra estadística; y también es ya alarmante el consumo de alcohol, de que se hace empleo abusivo para buscar en sus estímulos la energía que no tienen los débiles cuerpos, o los arrestos de que carecen los ánimos de séres que víctimas de las enfermedades tropicales. Debemos, a todo trance, combatir éstas y extirparlas, y contará mi Gobierno para llevar adelante sin demora una campaña tan necesaria y urgente, entre otros elementos que tengo previstos de mucha eficacia, con la ayuda humanitaria y científica de la Institución Rockefeller, que ha hecho y sigue haciendo sentir en el mundo los maravillosos dones de su munificencia y de su ciencia.
En este capítulo alusivo a la salubridad, debo reconocer que la beneficencia pública ha sido entre nosotros atendida oficialmente con mano protectora, y que nuestro Hospital Rosales y demás instituciones en que se da acogida a mendigos, huérfanos, enfermos, etc., muchos males alivian, no pocas enfermedades evitan y copiosos consuelos predigan. Mas los beneficios no llegan directamente a todos los lugares del territorio, por una parte, y por otra, ya reclaman una mejor y más amplia organización, tanto en los recursos que les dan vida, como en los reglamentos que los rigen.
Mejoraré los hospitales y demás establecimientos de beneficencia; y promoveré la fundación de sociedades para que la obra particular robustezca la oficial; y dándose a todas estas fuerzas vivas, unidad moral y económicas, alcanzarán la amplitud necesaria para satisfacer las necesidades en tan noble ramo. Dotados, además, los hospitales de clínicas perfectamente establecidas con idóneos profesores y material científico moderno, serán fuente abundante de adelanto de la ciencia médico-quirúrgica de nuestro país.
Las poblaciones de nuestros únicos puertos, que son los del Mar Pacífico, deben ser inmediatamente higienizadas, y lo haré; y al propio tiempo, sin parar mientes en dificultades ni gastos, veré la manera de convertir tales puertos en lugares de embarque y desembarque dignos de tal nombre, pues excepción hecha del de la espléndida bahía de La Unión, son radas abiertas de mar alborotado que hacen incómoda la navegación. Los de Acajutla y La Unión hállanse comunicados con los principales centros productores por medio de líneas férreas, y el de La Libertad por magnífico camino para autos y camiones, de suerte que siendo ya propicios a gran movimiento, están reclamando mejoras y adelantos qye no pueden ser postergados y que estoy decidido a llevar a cabo.
Los servicios de los empleados de los Poderes Públicos se resienten de falta de buena organización. Se necesita hacer práctica la eficiencia de tales empleados, con el estímulo y el ensanche de escalafones en aquellos que no son de elección popular, sino de carácter administrativo. Y ello se hará para conseguir una mejor selección de personal y poner a salvo de las contingencias políticas y cambios de Gobierno a ciertos funcionarios que, por la naturaleza permanente de los intereses que tienen a su cargo, deben ser, si llenan a satisfacción su cometido, casi inamovibles.
La Guardia Nacional ha sido valiosa para mantener el orden y garantizar la propiedad. Su institución, calcada en la de la Guardia Civil de España, está siendo, a su vez, en vista de sus excelentes resultados objeto de imitación en Costa Rica. Pero nuestra Guardia no presta sus servicios en toda la extensión del territorio, y hay que extenderla, perfectamente organizada por todos sus ámbitos. Me propongo hacer la salvaguardia de la paz interior de la República intensificando en dicho cuerpo los servicios de policía rural, por humanidad y como regla de buen Gobierno.
Asimismo, la policía urbana tomará en las ciudades mayor ensanche y mejoramiento, a fin de garantizar en cualquier sitio rural o urbano la vida y propiedad de los ciudadanos.
La Conferencia de Plenipotenciarios de la América Central, celebrada en Washington ha dispuesto mediante un Tratado entre las cinco Repúblicas, la limitación de armamento. Es ésa una inspiración de las modernas tendencias que para evitar las guerras internacionales están actualmente en boga en Europa y Norte y Sur América. Y El Salvador, así como estuvo anuente en aprobar y adoptar como principio jurídico al arbitraje obligatorio para dar solución a las desavenencias entra naciones deseo que por medio de su Congreso Nacional no ponga óbice, en lo que corresponde a esa proyectada limitación y gastas de guerra consiguientes.
En todo caso, el Ejército salvadoreño, que es una institución de tradicional arraigo, establecida y consagrada por nuestra Ley Fundamental, no decaerá, sino que se impulsarán sus nobles virtudes y su gallarda cultura, con el mayor empleo de medios de estímulo para vigorizarlo, toda vez que la rebaja de erogaciones en el Presupuesto del ramo, si la limitación de armamentos y gastos de guerra llega a realizarse permitirá atenderlo con más amplitud y conveniencia.
Es parte muy principal de la organización de los Estados la institución militar. Sin ella faltarían resplandor de gloria y ejemplos de heroísmo y de amor a la Patria en la narración histórica de las pugnas de las humanidad. Y en El Salvador ha sabido el ejército llenarse de prestigios. y es sostén poderoso de la República, de su honor, de su integridad, de sus fueros. Yo no lo desatenderé. Ayudaré a su atinada instrucción, a su estricta disciplina y a que mantenga ileso el renombre que en la paz y en la guerra ha conquistado.
Nuestra Constitución señala al ejército un puesto de primer orden en la organización del Estado, puesto de honor, es cierto, pero también de gravísimo deberes. Y le encomienda nada menos que la salvaguardia de su soberanía y de su integridad territorial, y que sea sostén de las instituciones y de las autoridades legítimas, escudo de la sociedad, firme valladar contra el desorden garantía para la paz y prenda de victoria para la guerra en defensa del honor y de la independencia de la Patria.
De tales prerrogativas investido, he de cuidar celosamente la dignidad del ejército salvadoreño, y le daré mayor ague, proveyendo al progreso de su cultura, a su intachable disciplina y a que el estímulo y las recompensas lo eleven cada vez más al rango de honor y de respeto que exigen los fines de su noble institución. En tales condiciones, mayores y más sagradas serán sus responsabilidades y más severas las penas en que incurrirán aquellos de sus miembros que de alguna manera mancillen el honor militar y caigan por cualquier falta bajo la sanción de la Ordenanza y leyes respectivas, las cuales haré que se cumplan estrictamente.
Creo que no ha de llegar tan desgraciado caso, y que mi Gobierno tendrá en el gremio militar, siempre leal y fiel, motivos para considerarlo un digno auxiliar de la honra y de la bonanza de la República en este período de regeneración que tengo el firme propósito de implantar en todos los órdenes de la vida nacional.
La moralidad pública,—hay que confesarlo—padece bastante quebranto. El alcoholismo, el juego y la prostitución, muéstranse con signos de un avance que precisa contener mediante disposiciones que no sólo den resultados en el tiempo presente, sino que también miren hacia lo porvenir.
Ya es hora de emprender activamente la campaña moralizadora. Sin moralidad, vana sería toda obra de progresio social. La tolerancia de los vicios y, lo que es peor todavía, darles pábulo, no serán cosas de que podrá hacerse reproche a mi Administración, sino que estarán de ella desterradas y que ninguna manera ni por pretexto alguno consentidas.
Hay disposiciones que cumplir al respecto, y según las necesidades del caso lo demanden, se expedirán otras, pus no admite lenidades ni tardanzas el deber de purificar nuestras costumbres y erigir en sistema de gobierno la moral, fuente de honor y bienes, tanto para los individuos como para los pueblos.
Ya el nombre de nuestra Patria está honrosamente apreciado en el trato internacional de las naciones y seguirá mi Administración cultivando dignamente, con leal franqueza, la amistad de ellas y estrechando, los más posible, vínculos que con tan beneficiosos para el comercio y la cultura universales.
Y respecto a los países que mantienen más íntimo contacto con el nuestro, por los intereses morales y económicos creados y por la vecindad, intensificaré las relaciones. Aludo en primer término a las Repúblicas centroamericanas, y en segundo, a la de los Estados Unidos de América y las demás del Nuevo Mundo, con quienes debemos fraternizar cada día más, obedeciendo a imperiosas leyes de la naturaleza y de la historia con las unas, y con las otras al espíritu de solidaridad panamericana, a cuyo triunfo propenderá mi Gobierno en la medida de sus fuerzas.
Asilo generoso y sagrado seguirá siendo El Salvador para todo aquel que aquí llegue, con buenos intentos y sanas energías a emplearse en labor honrada, con lo cual aumentará la suma de nuestras actividades dignas y productoras. Empero, no verá con agrado mi Gobierno que lleguen a nuestro suelo gentes conspiradoras contra la paz de ningún país ni contra la estabilidad de ningún Gobierno.
La lealtad de mi política será de inquebrantable firmeza con las Repúblicas vecinas, y ella, así lo espero, contribuirá a que en la América Central, desparezcan verdaderamente las suspicacias y los temores la intriga y la desconfianza, que algunas veces han estado a punto de perturbar el equilibrio político que debe existir en estos pueblos y la cordial inteligencia entre sus Gobiernos.
En este punto, viene la ocasión de que hable del ideal de la Unión de la América Central, tema antiguo y siempre nuevo y que hace poco pareció que iba a convertirse en hermosa realidad. Lamentable fue el fracaso, y ese patriótico pensamiento a la hora de ahora no es más que una esperanza, tanto más amada cuanto más lejana.
Cúmpleme, empero, dejar constancia terminante, de mi devoción más profunda por ese ideal, y que para hacerlo efectivo pondré particular empeño en que nos acerquemos más y más los pueblos centroamericanos, por medio de los ferrocarriles, los tratados de comercio y cuanto lleve en sí el sello de lo real y práctico, pus pasó ya la época del romanticismo político y hoy son hechos tangibles y no frases sonoras lo que necesita la idea de la nacionalidad de la América Central para el triunfo definitivo y duradero. Los Pactos de la Conferencia de Plenipotenciarios centroamericanos celebrada en Washington con la amistosa mediación del Gobierno de los Estados Unidos de América, es casi seguro que prepararán el advenimiento del ansiado día de nuestra Unión. Demos tregua a los acontecimientos. Mientras tanto, El Salvador, durante mi Administración estará, como siempre ha estado, listo para secundar el resurgimiento de la vieja nacionalidad, en las condiciones que la juiciosa experiencia y el patriotismo ilustrado aconsejan para que la obra no perezca rendida por la pesadumbre de su inadecuada construcción, como ya ha acontecido desgraciadamente varias veces.
Nada bonancible es la situación del Fisco en los momentos en que llego a administrarlo. Pero ello se debe a causas independientes de la acción del Gobierno que, en fiel acatamiento al principio de alternabilidad en el Poder, ha cesado hoy en sus funciones, y al cual es de justicia reconocer que, contra viento y marea, ha venido salvando, con honor y pericia, los escollos en que ya parecía que iba a naufragar la nave económica del Estado.
Por consiguiente, una de mis primeros pasos será dedicarme a la regulación de la Hacienda Pública, auxiliar indispensable de todos los ramos de la Administración y factor principalísimo en la existencia económica del país. Sin vulnerar en nada los compromisos legalmente contraídos, he de tratar los problemas de la tributación, de fomento a las industrias y de reglamentación bancaria, y las concesiones para la explotación de las riquezas de nuestro suelo, para el régimen de Aduanas, etc., etc. Todos esos asuntos y sus derivados, necesitan experto criterio que los considere, y entra en mis propósitos allegar al Gobierno un grapo de conocedores que profesionalmente hayan tratado de ellos, con la mira de que integren los centros directivos que estudiarán y propondrán las soluciones que reclamen las obligaciones contraídas y la buena marcha administrativa.
Puede el pueblo salvadoreño tener fe en el cumplimiento de mis promesas, y debe abrigar confianza en mu patriotismo. Le doy en prenda mi mayor tesoro: mi honor. Y con él le dejo empeñada mi palabra de Gobernante que conoce la gran responsabilidad presente y venidera que contrae en este momento, el más solemne de su vida de ciudadano. Que la Patria me dé el glorioso premio de llamarme buen hijo suyo, si cumplo le ofrecido, y si no, que severamente me lo demande!
Y para concluir, señores Diputados, permitidme que en vosotros salude le majestad de la República, con la más profunda reverencia; y que sean mis últimas palabras en este acto, decir a la faz de la Nación, que el mejor coronamiento de mi período gubernativo será cumplir lealmente,—sin ningún compromiso ni acto que falsee la voluntad nacional ni proceder alguno que conculque los principios republicanos, el derecho, el honor y la justicia—el precepto constitucional que establece la libre y espontánea elección del ciudadano que dentro de cuatro años, en un día como éste vendrá aquí legalmente, por la voluntad del pueblo, a ocupar el puesto que dejaré con la satisfacción de haber contribuido al triunfo de la democracia salvadoreña.
Cifraré, por lo tanto, mi gloria,—que tomen nota de ello mis conciudadanos—en echar en el campo de nuestra política durante mi período presidencial, gérmenes de verdadera cultura cívica, de independencia y de decoro para que, ejerciendo los ciudadanos con entera dignidad y perfectas garantías sus derechos, cosechen, mediante el sufragio irrestricto, inmarcesibles laureles, que ofrendados en el altar de la Patria simbolizarán el triunfo de las instituciones, obtenido por la virtud de sus propios hijos en ambiente de libertad—no de libertinaje—y de concordia positiva.
Así, mi Gobierno, que será impulsador del principio de la evolución política por medio de la paz, del orden y de la ley, se vanagloriará de haber puesto término honrado a las zozobras y alborotos que entre nosotros, por lo regular, han producido las elecciones presidenciales; y probaré que fue noble y patriótica y digna la ambición mía, cuando respondí al llamamiento que me hizo mi partido para que aceptara ser candidate a la Jefatura de la República.
Señores Diputados: vuestra ilustrada cooperación puede y debe enseñarme las dificultades del camino que voy a recorrer; y hago votos por que el Genio tutelar de la Patria os guíe en vuestras deliberaciones, y por que el pueblo favorezca con su adhesión vuestras obras y las mías.