Manuel Belgrano, Autobiografía/Su expedición al Paraguay

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Segunda parte

Su expedición al Paraguay

copia tomada de otra copia sacada del original[1]

“Me hallaba de vocal de la Junta Provisoria cuando, en el mes de agosto de 1810, se determinó mandar una expedición al Paraguay en atención a que se creía que allí había un gran partido por la revolución, que estaba oprimido por el Gobernador Velazco y unos cuantos mandones; y como es fácil persuadirse de lo que halaga, se prestó crédito al coronel Espínola, de las milicias de aquella provincia, que al tiempo de la predicha junta, se hallaba en Buenos Aires. Fue con pliegos, y regresó diciendo que con doscientos hombres era suficiente para proteger el partido de la revolución, sin embargo de que fue perseguido por sus paisanos, y tuvo que escaparse a uña de buen caballo, aun batiéndose, no sé en qué punto, para librarse.

“La Junta puso las miras en mí, para mandarme con la expedición auxiliadora, como representante y general en jefe de ella; admití, por que no se creyese que repugnaba los riesgos, que sólo quería disfrutar de la capital, y también porque entreveía una semilla de desunión entre los vocales mismos, que yo no podía atajar, y deseaba hallarme en un servicio activo, sin embargo de que mis conocimientos militares eran muy cortos, pues también me había persuadido que el partido de la revolución sería grande, muy en ello, de que los americanos, al sólo oír libertad, aspirarían a conseguirla.

“El pensamiento había quedado suspenso, y yo me enfermé a principios de septiembre; apuran las circunstancias, y, convaleciente, me hacen salir, destinando doscientos hombres de la guarnición de Buenos Aires de los cuerpos de Granaderos, Arribeños y Pardos, poniendo a mi disposición el regimiento que se creaba de Caballería de la Patria, con el pie de dengues de los Blandengues de la Frontera, y asimismo, la compañía de Blandengues de Santa Fe y las milicias del Paraná, con cuatro cañones de a cuatro, y respectivas municiones.

“Salí para San Nicolás de los Arroyos, en donde se hallaba el expresado cuerpo de Caballería de la Patria, y sólo encontré en él sesenta hombres, los que se decían veteranos, y el resto, hasta unos cien hombres, que se habían sacado de las compañías de milicias de aquellos partidos, eran unos verdaderos reclutas, vestidos de soldados. Eran el coronel don Nicolás Olavarría y el sargento mayor don Nicolás Machain.

“Dispuse que marchase a Santa Fe, para pasar a la Bajada, para donde habían marchado las tropas de Buenos Aires, al mando de don Juan Ramón Balcarce, mientras que yo iba a la dicha ciudad para ver la compañía de Blandengues, que se componía de cuarenta soldados y sesenta reclutas.

“Luego que pasaron todos al nominado pueblo de la Bajada, me di a reconocer de general en jefe, y nombré de mayor general a don Nicolás Machain, dándole, mientras yo llegaba, mis órdenes e instrucciones.

“Así que la tropa y artillería que ya he referido, como dos piezas de a dos que agregué de cuatro que tenía el ya referido cuerpo de Caballería de la Patria, y cuanto pertenecía a este que se llamaba ejército, se había transportado a la Bajada, me puse en marcha, para ordenarlo y organizarlo todo.

“Hallándome allí recibí aviso del gobierno de que me mandaba doscientos Patricios, pues por las noticias que tuvo del Paraguay creyó que la cosa era más seria que lo que se había pensado, y puso también a mi disposición las milicias que tenía el gobernador de Misiones, Rocamora, en Yapeyú, con nueve o diez Dragones que le acompañaban.

“Mientras llegaban los doscientos Patricios, que vinieron al mando del teniente coronel don Gregorio Perdriel, aprontaba las milicias del Paraná, las carretas y animales para la conducción de aquélla, y caballada para la artillería y tropa.

“Debo hacer aquí el mayor elogio del pueblo del Paraná y toda su jurisdicción: a porfía se empeñaban en servir, y aquellos buenos vecinos de la Campaña abandonaban todo con gusto para ser de la expedición y auxiliar al ejército de cuantos modos les era posible. No se me olvidarán jamás los apellidos Garrigós, Ferré, Vera y Hereñú: ningún obstáculo había que no venciesen por la patria. Ya seríamos felices si tan buenas disposiciones no las hubiese trastornado un gobierno inerme, que no ha sabido premiar la virtud y ha dejado impune los delitos. Estoy escribiendo cuando estos mismos Hereñú sé que han batido a Holemberg.

“Para asegurar el partido de la revolución en el Arroyo de la China, y demás pueblos de la costa occidental del Uruguay, nombré comandante de aquélla al doctor don José Díaz Vélez, y lo mandé auxiliado con una compañía de la mejor tropa de Caballería de la Patria, que mandaba el capitán don Diego González Balcarce.

“Entretanto, arreglaba las cuatro divisiones que formé del ejército, destinando a cada una una pieza de artillería y municiones, dándoles las instrucciones a los jefes para su buena y exacta dirección, e inspirando la disciplina y subordinación a la tropa, y particularmente la última calidad, de que carecía absolutamente la más disciplinada, que era la de Buenos Aires, pues el jefe de las armas, que era don Cornelio Saavedra, no sabía lo que era milicia, y así creyó que el soldado sería mejor dejándole hacer su gusto.

“Felizmente no encontré repugnancia, y los oficiales me ayudaron a establecer el orden de un modo admirable, a tal término que logré que no hubiese la más mínima queja de los vecinos del tránsito ni pueblos donde hizo alto el ejército, ni alguna de sus divisiones. Confieso que esto me aseguraba un buen éxito, aun en el más terrible contraste.

“Dieron principio a salir a últimos de octubre, con veinticuatro horas de intermedio, hacia Curuzú Cuatiá, pueblo casi en el centro de lo que se llama Entre Ríos. Los motivos por que tomé aquel camino los expresaré después, y dejaremos marchando al ejército para hablar del Arroyo de la China.

“Tuve noticias positivas de una expedición marítima que mandaba allí Montevideo y le indiqué al gobierno que se podría atacar: me mandó que siguiese mi marcha, sin reflexionar ni hacerse cargo de que quedaban aquellas fuerzas a mi espalda, y, que si hubiesen estado en otras manos, me hubiesen perjudicado mucho. Siempre nuestro gobierno, en materia de milicia, no ha dado una en el clavo; tal vez es autor de nuestras parciales desgracias y de que nos hallamos hoy, 17 de marzo de 1814 [2] en situación tan crítica.

“Aquellas fuerzas de Montevideo se pudieron tomar todas; venían en ellas muchos oficiales que esperaban reunírsenos, como después lo efectuaron, y si don José Díaz Vélez, en lugar de huir precipitadamente, oye los consejos del capitán Balcarce, y hace alguna resistencia, sin necesidad de otro recurso, queda la mayor parte de la fuerza que traía el enemigo con nosotros, y se ve precisado a retirarse el jefe de la expedición de Montevideo, Michelena, desengañado de la inutilidad de sus esfuerzos, y quien sabe si se hubiera dejado tomar, pues le unían lazos a Buenos Aires, de que no podía desentenderse.

“Mientras sucedía esto, iba yo en marcha, recorriendo las divisiones del ejército para observar si se guardaban mis órdenes, y si todo seguía del modo que me había propuesto, y así un día estaba en la 4a. división, y otro día en la 2a. y l a., de modo que los jefes ignoraban cuándo estaría con ellos, y su cuidado era extremo, y así es que, en sólo el camino, logré establecer la subordinación de un modo encantador y sin que fueran precisos mayores castigos.

“En Alcaraz tuve la noticia del desembarco de los de Montevideo en el Arroyo de la China, y di la orden para que Balcarce se me viniese a reunir entonces, me parece, insistí al gobierno para ir a atacarlos, y recibí su contestación en Curuzú Cuatiá de que siguiese mi marcha, como he dicho.

“Había principiado la deserción, principalmente en los de Caballería de la Patria, y habiendo yo mismo encontrado dos, los hice prender con mi escolta y conducirlos hasta el pueblo de Curuzú~Cuatiá, donde los mandé fusilar con todas las formalidades de estilo[3] , y fue bastante para que ninguno se desertase.

“Hice alto en dicho pueblo para el arreglo de las carretas y proporcionarme cuanto era necesario para seguir la marcha. Nombré allí de cuartel maestre general al coronel Rocamora, y le mandé que viniese con la gente que tenía por aquel camino, hasta reunírseme, pues, como ya he dicho, se hallaba en Yapeyú.

“Pude haberle mandado que fuese por los pueblos de Misiones a Candelaria, pueblo sobre la costa sud del Paraná, con lo que habría ahorrado muchas leguas de marcha, pero como el objeto de mí venida a Curuzú-Cuatíá había sido así, por el mejor camino de carretas, como para alucinar a los paraguayos, de modo que no supieran por qué punto intentaba pasar el Paraná, barrera formidable, le di la orden predicha.

“En los ratos que con bastante apuro me dejaban mis atenciones militares para el apresto de todo, disciplina del ejército, sus subsistencias y demás, que todo cargaba sobre mí, hice delinear el nuevo pueblo de Nuestra Señora del Pilar de Curuzú Cuatiá; expedí un reglamento para la jurisdicción y aspiré a la reunión de la población, porque no podía ver sin dolor que las gentes de la campaña viviesen tan distantes unas de otras lo más de su vida, o tal vez en toda ella estuviesen sin oír la voz de su pastor eclesiástico, fuera del ojo del juez, y sin ningún recurso para lograr alguna educación.

“Para poderme contraer algo más a la parte militar, que como siempre me ha sido preciso descuidarla por recaer entre nosotros todas las atenciones en el general, nombré de intendente del ejército a don José Alberto de Echevarría, de quien tendré ocasión de hablar en lo sucesivo.

“Desde dicho punto di orden al teniente gobernador de Corrientes, que lo era don Elías Galván, que pusiese fuerzas de milicias en el Paso del Rey, con el ánimo de que los paraguayos se persuadiesen que iba a vencer el Paraná por allí, y para mayor abundamiento ordené que se desprendiesen una grandes canoas, para que lo creyesen mejor, y, si podían escapar, subiesen hasta Candelaria.

“Ello es que al predicho paso dirigieron con preferencia sus miras de defensa, sin embargo que no desatendían los otros, pues allí pusieron hasta fuerzas marítimas, al mando de un canalla europeo, que con dificultad se dará más soez, pues parece que la hez se había ido a refugiar a aquella desgraciada provincia.

“Salí de Curuzú Cuatiá con todas las divisiones reunidas, dirigiéndome al río Corrientes, al paso que llaman de Caaguazú por campos que parecía no haber pisado la planta del hombre, faltos de agua y de todo recurso, y sin otra subsistencia que el ganado que llevábamos; las caballadas eran del Paraná y su jurisdicción, que nos habían sido dadas por la patria[4] , y las conducía don Francisco Aldao gratuitamente.

“Llegamos al río Corrientes, al paso ya referido, y sólo encontramos dos muy malas canoas, que nos habían de servir de balsa para pasar la tropa, artillería y municiones; felizmente la mayor parte de la gente sabía nadar y hacer uso de lo que llamamos pelota, y aún así tuvimos dos ahogados y algunas municiones perdidas, por falta de la balsa. Tardamos tres días en este paso, no obstante la mayor actividad y diligencia, y el gran trabajo de los nadadores, que pasaron la mayor parte de las carretas dando vuelcos. El río tendría una cuadra de ancho, y lo más de él a nado.

“Por la primera vez se me presentaron algunos vecinos de Corrientes, y entre ellos el muy benemérito don Angel Fernández Blanco, a quien la patria debe grandes servicios, y un viejo honrado, don Eugenio Núñez Serrano, que se tomó la molestia de acompañarme a toda la expedición, sufriendo todos los trabajos de ella, sin otro interés que el de la causa de la patria.

“El teniente gobernador me escribió haciéndome mil ofertas de ganados y caballos; aquéllos me alcanzaron, en número de ochocientas cabezas, que era preciso dar dos por uno, pues estaban en esqueleto; los caballos nunca vinieron, y sin embargo escribió que nos había franqueado hasta cuatro mil. A tal término llegó la escasez de caballos para el ejército, en aquella jurisdicción, que a pocas jornadas de Caaguazú nos fue preciso echar mano de la caballada de reserva, para la tropa y para arrastrar la artillería.

“Toca en este lugar que haga mención del digno europeo don Isidoro Fernández Martínez, que me auxilió mucho y se manifestó como uno de los mejores patriotas, acompañándonos hasta un pueblecito nombrado Inguate corá[5] , sufriendo las lluvias y penalidades de unos caminos poco menos que despoblados.

“Seguí siempre la línea recta, a salir al frente de San Jerónimo, atravesando, según el plan que llevaba, la famosa laguna Iberá, que nunca vi (el camino no atraviesa la laguna, pero sí esteros, y aun canales, que son dependencias). Observé, sí, unos ciénagos inmensos, principalmente al costado derecho de camino, que serían parte de ella. Pasamos los Ipicus, Miní y Guazú, que son desagües de ella, o comunicaciones con el Paraná, y después de marchas las más penosas por países habitados de fieras y sabandijas de cuanta especie es capaz de perjudicar al hombre, llegamos a dicho punto de San Jerónimo, sufriendo inmensos aguaceros, sin tener una sola tienda de campaña, ni aun para guardar las armas.

“Allí empezaron con más fuerza las aguas y nuestros sufrimientos, y nos encaminábamos al paso de Ibirricury, habiendo formado yo la idea de atravesar a la isla célebre llamada Apipé, para de allí pasar a San Cosme, según los informes que me habían dado los baqueanos. No encontré más que una canoa, y me propuse hacer botes de cuero para vencer la dificultad, en la estancia de Santa María de la Candelaria, y no dije entonces Santa María la Mayor por haber visto así el título en el altar mayor.

“Desde este punto, que me pareció oportuno, dirigí mis oficios al gobernador Velazco, y Cabildo, y al obispo, invitándolos a una conciliación, para evitar la efusión de sangre. Don Ignacio Warnes, mi secretario, se convidó a llevar los pliegos, por el conocimiento y atenciones que había debido a su casa el expresado gobernador Velazco. Al mismo tiempo dirigí oficios, incluyendo copias de los expresados pliegos, a los comandantes delas costas, pidiéndoles cesase toda hostilidad hasta la contestación del tal gobernador.

“Me horrorizo al contemplar la conducta engañosa que se a observó con Warnes,[6] las tropelías que se cometieron con él, las prisiones que le pusieron, la muerte que a cada paso le ofrecían, el robo de su equipaje por los mismos oficiales. Yo vi su sable y cinturón en don Fulgencio Yegros, hoy cónsul de aquella república, después de la acción de Tacuarí. Entre los cafres, no se ha cometido tal atentado con un parlamentario; sólo puede disculparlo la ignorancia y la barbarie en que vivían aquellos provincianos, y las ideas que les habían hecho concebir los europeos en contra de nosotros.

“Confieso que no quisiera traer a la memoria unos hechos que degradan el nombre americano. Pero ¿qué habían de hacer esos descendientes de los bárbaros españoles conquistadores?

“Todo fue estudiado, y tanto más criminoso: ofreciéndole a Warnes la mejor acogida, inmediatamente que desembarcó fue amarrado y conducido así por las lagunas y pantanos hasta Ñeembucú; allí, los grillos, cepo, dicterios, insultos, y cuanto mal se le pudo hacer. Basta esto para conocer el estado moral de los paraguayos en diciembre de 1810, y lo que la España había trabajado en trescientos años, para su ilustración. Seguiré la narración que me he propuesto.[7]

“Mientras estaba en los trabajos de botes de cuero, tuve noticia de que en Caraguatá había unos europeos construyendo un barco, y que habían salvado el bote del fuego con que los paraguayos devoraron cuanto buque pequeño y canoas había por aquella parte de la costa sud del Paraná, con el intento de quitarnos todo auxilio.

“Con este motivo me dirigí allí, mandé fuerzas a la Candelaria y ordené al mayor general que viese por sí mismo el ancho del río en aquella parte, y que diese cuenta, pues no fiaba del plano que llevaba, y veía muchas dificultades en este paso de Caraguatá por su demasiada anchura.

“El que construía el barco era un don José, gallego de nación, pero de muy buenas luces, adicto a nuestra causa, o al menos lo parecía; ello es que trabajó mucho para alistar el bote y ponerle una corredera, en que se colocó un cañón de a dos, giratorio, con su respectiva cureña, que también formó; me acompañó a la Candelaria, y anduvo en toda la expedición conmigo, hasta que no fue necesario.

“Volvió el mayor general, que dio las noticias que yo deseaba, y entonces, habiendo logrado saber de algunas canoas que se habían podido salvar, las hice venir a Caraguatá, y formé una escuadrilla, cuya capitana era el bote, y le hice subir hasta Candelaria, al mando del expresado mayor general, con gente armada de toda confianza, pues debía pasar por frente de Itapuá, donde tenían los paraguayos toda o la mayor parte de la fuerza que debía impedirnos el paso hacia aquella parte, y el depósito de las canoas.

“Casi a un mismo tiempo llegamos a Candelaria unos y otros, el 15 de diciembre, después de haber sufrido inmensos trabajos por las aguas y escasez, y particularmente los que subieron por agua, por tener que trabajar contra la corriente, y no hallar ni arbitrio para hacer su comida, por la continua lluvia.

“Allí empezamos una nueva faena para formar las balsas y botes de cuero, a la vista del enemigo, y apresurándolo lo más posible, para no dar lugar a que subieran las fuerzas marítimas que tenían los paraguayos en el Paso del Rey. Entre las balsas que se dispusieron, se hizo una para colocar un cañón de a cuatro, con que batir los enemigos que estaban en el Campichuelo, que es un escampado que está casi al frente de este pueblo, en la costa norte del Paraná; las demás eran capaces de llevar sesenta hombres cada una, y teníamos alguna que otra canoa suelta y un bote de cuero.

“Como no viniese la contestación del gobernador, y hubiese hecho hostilidades una partida paraguaya que atravesó el Paraná y fue a la estancia de Santa María, ya referida, le avisé el 18 al comandante de aquella fuerza que había cesado el armisticio, por su falta, y que lo iba a atacar.

“El Paraná, en Candelaria, tiene novecientas varas de ancho, pero tiene un caudal grande de aguas, y es casi preciso andar cerca de legua y media por ambas costas para ir a desembarcar en el expresado Campichuelo. Frente al puerto donde teníamos las balsas había una guardia avanzada, que así la veíamos, como ellos a nosotros.

“Ni nuestras fuerzas, ni nuestras disposiciones, eran de conquistar, sino de auxiliar la revolución, y al mismo tiempo tratar de inducir a que la siguieran aquellos que vivían en cadenas, y que ni aún idea tenían de libertad; con este motivo, me ocurrió en la tarde del 19, ya estando el sol para ponerse, que cesase todo ruido y se dijese en alta voz a la guardia paraguaya que se separase de allí, que iba a probar un cañón.

“Con el silencio y por medio del agua, corrió la voz las novecientas o más varas, así como la suya de contestación, diciéndonos: ‘Ya vamos’. En efecto, se separaron, y mandé tirar a bala, con una pieza de a dos, por elevación, a ver si así creían que nuestro objeto no era el de hacerles mal; pero tanto habían cerrado la comunicación que no había cómo saber de ellos, ni cómo introducirles algunos papeles y noticias.

“Formé el ejército en la tarde del 18, y después de haberle hablado y exhortándolo al desempeño de sus deberes, lo conduje en columna hasta el puerto, de modo que lo viese el enemigo. Allí hice embarcar algunas compañías en balsas, para probar la gente que admitían y no exponernos a un contraste. Señalé a cada una la que le correspondía, y luego que anocheció, de modo que ya no se pudiese ver de la costa opuesta, mandé la tropa a sus cuarteles, dejando en la idea de los paraguayos que ya estaríamos en marcha, con ánimo de efectuarla a las dos de la mañana, con la luna, para estar al romper el día sobre ellos.

“Como á las diez de la noche se me presentó el baqueano Antonio Martínez, que me servía a la mano, proponiéndome ir con unos diez hombres a sorprender la guardia. Adopté el pensamiento e hice que se le diesen diez hombres voluntarios, de los granaderos; al instante se presentaron diez bravos, entre los cuales los sargentos Rosario y Evaristo, ambos dignos de las mayores consideraciones.

“A la hora estuvieron embarcados en dos canoas paraguayas y fueron a su empresa, que desempeñaron con el mayor acierto, logrando sorprender la guardia e imponer terror al enemigo, que ya se creyó estaba la gente en su costa, por la disposición de la tarde anterior.

“Debo advertir aquí, sin embargo de que en mi parte hacia los mayores elogios de Antonio Martínez, que después de muy detenido examen supe que su comportamiento no había sido el mejor, y que la sorpresa y consecuencias se debió a los predichos sargentos. De estas equivocaciones padece muchas veces un general, como más de una vez tendré que confesar otras, en esta misma narración, parece que todos se empeñan en ocultarle la verdad, y así a las veces se ve el mérito abatido, contra la misma voluntad del jefe, a quien luego se le gradúa de injusto, procediendo con la mejor intención.

“Luego que me trajeron algunos prisioneros, que ya se acercaban las dos de la mañana, hice poner la tropa sobre las armas, mandé que bajasen al puerto, y empecé el embarco, de modo que cuando atravesaban el Paraná, puestos los soldados en pie en uno y otro costado de las balsas, formados en batalla, los oficiales en el centro, empezaba a rayar el día, que en confuso podían verse desde el Campichuelo.

“Después de atravesar el río, que era lo más penoso, así por la subida que había que hacer como por el caudal y corriente que era preciso vencer para entrar al remanso de la costa, bajaban y desembarcaban dentro de un bosque espeso, que habían abandonado los paraguayos en la sorpresa, y creían lleno de gente, por la óptica de la tarde anterior y por los tiros contra la guardia avanzada, de la que los que huyeron fueron a decirles que había ya mucha gente en tierra.

“Al salir el sol mandé al mayor general en el bote, y fui con un ayudante y otros oficiales a que reuniese la gente y presentase la acción; al mismo tiempo salió mi ayudante don Manuel Artigas, capitán del regimiento de América, con cinco soldados, en el bote de cuero, y el subteniente de Patricios don Jerónimo Elguera, con dos soldados de su compañía, en una canoíta paraguaya, por no haber cabido en las balsas. El bote de cuero emprendió la marcha y la corriente lo arrastró hasta el remanso de nuestro frente; insistió el bravo Artigas y fue a desembarcar en el mismo lugar que Elguera, es decir, como a la salida del bosque por el Campichuelo.

“No estaba aún la gente reunida, y sólo había unos pocos con el mayor general y sus ayudantes; entonces el valiente Artigas se empeñaba en ir a atacar a los paraguayos; tuvo sus palabras con el mayor general, y al fin, llevado de su denuedo, seguido de don Manuel Espínola, el menor, de quien hablaré en su lugar,[8], de Elguera, y de los siete hombres que habían ido en el bote de cuero y canoita paraguaya, avanzó hasta sobre los cañones paraguayos, que después de habernos hecho siete tiros, sin causarnos el más leve daño, corrieron vergonzosamente y abandonaron la artillería y una bandera, con algunas municiones.

“La tropa salió, se apoderó del campo, y sucesivamente mandé la artillería y cosas más precisas para perseguir al enemigo y afianzar el paso del resto del ejército, y demás objetos y víveres que era preciso llevar para mantenerse en unos países enteramente desprovistos, que sólo cultivan para su triste consumo. Debo advertir que nuestros víveres se reducían a ganado en pie, y que toda nuestra comida era asado sin sal, ni pan, ni otro comestible.

“No habíamos pisado más pueblo desde la Bajada que Curuzú Cuatiá, que tiene veinte o treinta ranchos; Yaguareté corá, que tiene doce, y Candelaria, que tiene el colegio arruinado, los edificios de la plaza cayéndose y algunos escombros que manifiestan lo que había sido.

“También fui engañado en el parte con referencia al mayor general y sus ayudantes, como el resto de oficiales que nada hicieron, los unos porque se quedaron dentro del bosque y los otros porque se extraviaron, pues no tenía baqueanos que darles ni había quien me diese conocimiento del terreno, y sólo me dirigía por lo que veía con mi anteojo.

“Por lo que hace a la acción, toda la gloria corresponde a los oficiales ya nombrados, y siento no tener los nombres de los siete soldados para apuntarlos, pero en medio de esto son dignos de elogio, por sólo el atrevido paso del Paraná, en el modo que lo hicieron, así oficiales como soldados, y espero que algún día llegará en que sí se cuente esta acción heroica de un modo digno de eternizarla, y que se miró como cosa de poco más o menos, porque mis enemigos empezaban a pulular, y miraban con odio a los beneméritos que me acompañaban, y los débiles gobernantes que los necesitaban para sus intrigas trataban de adularlos.

“Cerca de mediodía tuve aviso de que habían abandonado el pueblo de Itapúa, e inmediatamente di la orden al mayor general para que marchase hasta allí, sin la menor demora, con la tropa y piezas de a dos. Se verificó, haciendo todos las cuatro leguas que hay de camino a pie, con un millón de trabajos, atravesando pantanos y sufriendo torrentes de agua.

“Di mis disposiciones para el paso de caballadas, ganado y carretas,[9] dejando una compañía de Caballería de la Patria en Candelaria, para esta atención y custodia de las municiones; asimismo dispuse la conducción de la artillería de a cuatro, y al día siguiente, 20, marchó por agua a Itapúa, adonde encontramos más de sesenta canoas, un cañoncito, algunas armas y municiones.

“Todo mi anhelo era perseguir a los paraguayos, aprovechándome de aquel primer terror, pero no había cómo vencer la dificultad de la falta de caballos, así es que fue preciso estar allí seis días, mientras se hacían balsas para que la tropa fuese por agua hasta Tacuarí, que hay siete leguas, para donde habían salido el mayor general, con una división de caballería, para apoderarse del paso. “Con efecto, todos marchamos el 25, y en aquella tarde nos juntamos; al día siguiente mandé al mayor general que saliese con su división, para que se hiciera de caballos y me mandase los que pudieran juntarse; entretanto, esperábamos las carretas, y yo dispuse el modo de poder llevar el bote en ruedas, por cuanto las aguas eran copiosas; había muchos arroyos, que yo conceptuaba a nado. “Le ordené que se persiguiese a los paraguayos cuanto fuese posible, y así se efectuó hasta el Tebicuary, donde corrió a más de cuatrocientos con sólo cincuenta, don Ramón Espínola y mi ayudante Correa, teniente de granaderos, joven de valor y de las mejores calidades. “El general hizo alto, conforme a mis órdenes, en Santa Rosa. Todo esto sucedió yendo yo en marcha con el resto de la tropa, las cuatro piezas de a cuatro y seis carreras que había separado con las municiones y el gran bote o lanchón, tirado por ocho yuntas de bueyes, disponiendo que las demás, donde venía el hospital y otros útiles, nos siguieran. “En la marcha recibí la noticia del arribo del cuartel maestre al paso de Itapúa, con las milicias que traía, de que se le habían desertado muchos, por cuanto los indios no pueden andar sin mujer, y mis órdenes eran muy severas, para perseguir bajo penas, a más de ser un estorbo, aun las casadas, en el ejército o tropa cualquiera que marche, y el de las subsistencias, y uno y otro en aquellos países era de la mayor consideración. “Le ordené que pasase cuanto antes el Paraná, y que siguiese hasta encontrarme; hubo bastante demora en el paso, y no se conocía aquella actividad que yo deseaba; se padeció alguna pérdida de armas, pero al fin llegó a Itapúa, con dos piezas de a cuatro cónicas, y dos de a dos, al mando de un valiente sargento de artillería, catalán de nación, de quien tendré que decir algo a su tiempo. “Luego que salí del Tacuarí y entré en una población, empecé a observar que las casas estaban abandonadas, y que apenas se habían presentado dos vecinos en aquellos lugares; ya empecé a tener cuidados, pero, llevado del ardor y al mismo tiempo creído del terror de los que habían huído de Campichuelo, de Itapúa y de Tebicuary, seguí mi marcha a Santa Rosa; allí me reuní con el mayor general, y seguía pasar el expresado río Tebicuary, límites de las Misiones con la provincia del Paraguay (quiere decir, la provincia propiamente dicha), también con la idea de encontrar algunos del partido, que tanto se nos había decantado que existían. “Se pasó el Tebicuary y nuevas casas abandonadas, y nadie parecía: entonces ya no me apresuré a que las carretas siguiesen su marcha, ni tampoco el Coronel Rocamora, porque veía que marchaba por un país del todo enemigo, y que era preciso conservar un camino militar, por si me sucedía alguna desgracia, asegurar la retirada. “Seguí la marcha, y sólo vi en N… a la mujer de don losé Espínola, que era mi ayudante, y otra familia que tenía parentesco con el mismo, pero ningún hombre; pasé por otro pueblo, donde hallé al cura, que decían era hombre ilustrado, que intentó hasta sacarme las espuelas, lo que le reprendí; más, conocí el estado de degradación en que se hallaban aun los sujetos que se tenían en concepto de literatos. Nada me dijo del interior; guardó la mayor reserva; tal vez se complacería al ver nuestro corto número, con la idea de que seríamos batidos. “Todavía no me arredré de la empresa; la gente que llevaba revestía un espíritu digno de héroes, y, al mismo tiempo, me decía a mí mismo: puede ser que encontremos con los de nuestro partido, y que acaso viéndonos se nos reúnan, no efectuándolo antes por la opresión en que están. Pasé adelante, con un millón de trabajos, lluvias inmensas, arroyos todos a nado, y sin más auxilios que los que llevábamos, y algunos caballos y ganados que se sacaban de los lugares en que los tenían ocultos, para lo que presta muy buena proporción aquella provincia, por los bosques y montañas cubiertos de ellos, particularmente hacia la parte del camino que llevábamos. “Atravesando el arroyo, la partida exploradora del ejército, al mando de mi ayudante Artigas, descubrió una partida de paraguayos, que luego que vieron aquélla corrieron con la mayor precipitación: esto me engolosinó más; y marché hasta el arroyo de Ibáñez, que encontré a nado: al instante pasó el mismo Artigas y otros, y vinieron a darme parte de que se veía mucha gente hacia la parte del Paraguary, que distaría de allí como una legua de las nuestras. “Inmediatamente hice echar el bote al agua y pasé a verlo por mí mismo, y como encontrara un montecito a distancia de dos millas, cubierto de bosque, una altura que allí se presentara en un llano espacioso que media hasta el Paraguary, me fui a él, eché el anteojo, y vi, en efecto, un gran número de gente que estaba formada en varias líneas, a la espalda de un arroyo, que se manifestaba por el bosque de sus orillas. “Ya entonces me persuadí que aquél sería el punto de reunión y defensa que habían adoptado, y me pareció que sería muy perjudicial retirarme, pues decaería el espíritu de la gente y todo se perdería; igualmente creía que había allí de nuestro partido, y medité sorprenderlos, haciendo pasar de noche, con el mayor general, doscientos hombres y dos piezas de artillería,[10] para ir a atacarlos y obligarlos a huir, quedando yo con el resto a cubrir la retirada, a la parte del arroyo.

“No se ejecutó la sorpresa, y se unió al montecito ya referido, adonde pasé con la tropa, resto de artillería y carretas, luego que amaneció, y me situé. Esto sucedió el 16 de enero de 1811. Mandé varias veces, aquel día, al mayor general con los hombres a caballo y una pieza volante de a dos, para observar los movimientos que hacían: cuando más, se formaban en desorden a caballo, y no se movían; el resto estaba quieto. Por la noche fue Artigas hasta. sus trincheras, y, sin más que haberles tirado un tiro, rompieron el fuego de infantería y artillería con rudeza y en tanto número que Artigas estaba en el campamento y ellos seguían desperdiciando municiones sin objeto.

“Otro tanto se hizo el día 15 (el 17, ha querido decir, sin duda), y noche: siempre observaba el mismo desorden en sus formaciones y en sus fuegos, y no me causaron el más leve perjuicio; esto me hizo resolver el atacarlos, y di la orden el 18 que nadie se moviera del campamento ni hiciera la más leve demostración, pero no faltó uno de los soldados que burlando la vigilancia de las guardias se fuese a merodear a una chacra; los paraguayos cargaron sobre él, cuyo movimiento vimos, en número crecidísimo. Entonces mandé que saliese el capitán Balcarce con cien hombres y una pieza de a dos contra aquella multitud; al instante que lo vieron, fugaron para el campamento; mandé que se retirase, y quedó todo en silencio.

“Para probar si había algunos partidarios nuestros, en la noche del 17 se les echaron varias proclamas y gacetas, y aun una de aquellas se fijó en un palo que estaba a inmediaciones de su línea; supimos después que todas las habían tomado, pero que inmediatamente Velazco puso pena de la vida a las que las tuviesen y no las entregasen; ello es que ninguno se pasó a nosotros, y no teníamos más conocimiento de su posición y fuerzas que el que nos daba nuestra vista.

“En la tarde del 18 junté a los capitanes con el mayor general y les manifesté la necesidad en que estábamos de atacar, sin embargo del gran número de los paraguayos, que después supe llegaban a doce mil y sólo tener nosotros cuatrocientos sesenta soldados; así, pues, por aprovechar el espíritu que manifestaba nuestra gente, como por probar fortuna, y no exponerme a que en una retirada, con unas tropas bisoñas como las nuestras, decayesen de ánimo, y aquella multitud nos persiguiese y devorase, les hice ver que, en general, aquellas gentes nunca habían visto la guerra, y era de esperar se amedrentasen, y aun cuando no ganásemos, al menos podríamos hacer una retirada después de haber probado nuestras fuerzas, sin que nos molestasen.

“Todos convinieron en el pensamiento y en consecuencia mandé que formase la tropa, que se pasase revista de armas, y luego la hablé, imponiéndole que al día siguiente iba a hacer un mes de su glorioso paso del Paraná; era preciso disponerse para dar otro día igual a la Patria, y que esperase se portasen como verdaderos hijos de ella, haciendo esfuerzos de valor, que tuviesen mucha unión, que no se separasen, que jurasen conseguir la victoria y que la obtendrían. Todos quedaron contentísimos y anhelosos de recibir la orden; para marchar al enemigo.

“Aquella noche dispuse las divisiones en el modo y forma que se había de marchar y le di las órdenes correspondientes al mayor general; a mañana me levanté y en persona fui y recorrí el campamento, mandando que se levantase y formase la tropa; así de infantería como de caballería, que dos piezas de a dos y dos de a cuatro se preparasen a marchar con sus respectivas dotaciones.

“Las hice poner en marcha a las tres de la mañana, quedando yo en montecito con dos piezas de a cuatro, con sus respectivas dotaciones, sesenta hombres de Caballería de la Patria, dieciocho de mi escolta y los peones de las carretas, de los caballos y del ganado, que no tenían más armas que un palo en la mano para figurar a la distancia.

“Como a las cuatro de la mañana, la partida exploradora del ejército rompió el fuego sobre los enemigos, que contestaron con el mayor tesón; siguió la 1a. división y artillería, y antes de salir el sol ya había corrido el general Velazco nueve leguas, y su mayor general, Cuesta, había fugado, y toda la infantería abandonando el puesto y refugiándose a los montes, y nuestra gente se había apoderado de la batería principal, y estaba cantando la marcha patriótica.

“Había situado Velazco su cuartel general en la capilla de Paraguary, y en el arroyo que corre a alguna distancia de ella se había fortificado, guarneciéndose los paraguayos de los bosques, de cuyas cejas no salían. Tenía dieciséis piezas de artillería, más de ochocientos fusiles, y el resto de la gente con lanzas, espadas y otras armas; su caballería era de considerable número, y formaba en las alas derecha e izquierda, haciendo un martillo la de ésta, por la ceja del monte que cubría casi la mitad del camino que había hecho nuestra tropa.

“Al fugar la infantería enemiga, mandó el mayor general Machain que siguiera infantería y caballería en su alcance; fueron, y se apoderaron de todos los carros de municiones de boca y guerra; pasaron a la capilla de Paraguary, y se entretuvieron en el saco de cuanto allí había, descuidando su principal atención, todos en desorden y como victoriosos, entregados al placer y aprovechándose de cuanto veían.

“Entretanto, Machain supo que se habían disminuido las municiones de artillería y de parte de los soldados de la 1a. división, porque la 2a. apenas había hecho un tiro y tenía las cartucheras llenas; mándame el parte, e inmediatamente remito municiones y otra pieza de a cuatro custodiadas de los sesenta hombres referidos con que me había quedado y los dieciocho de mi escolta, dejando solamente una pieza de a cuatro conmigo y los peones que antes he dicho.

“Seguía la carretilla de las municiones, y formada la tropa que la escoltaba en ala, en medio del campamento nuestro y el que había sido enemigo; la vista de aquellos hombres despierta en un cobarde la idea de que no eran nuestros, y dice: ‘¡Que nos cortan!’ Esto solo bastó para que, sin mayor examen, el mayor general tocase retirada, no se acordase de la gente que había mandado avanzar, y se pusiese en marcha hacia nuestro campamento, abandonando cuanto se había ganado.

“Entonces los paraguayos, que habían quedado por los costados derecho e izquierdo, con una pieza de artillería, vinieron a ocupar su posición, cortaron a los que se hallaban de la parte de la capilla y hacían fuego de artillería a su salvo sobre los que se retiraban. En esta retirada se portó nuestra gente con todo valor, haciéndola en todo orden; me fui a ellos, y les dije que era preciso volver a libertar a los hermanos que se habían quedado cortados, y le ordené a Machain que volviese a atacar, pues aquéllos se conocía que hacían resistencia en algún punto, como en efecto así fue.

“Dejándolos en marcha, retrocedí a mi puesto, donde estaba la riqueza del ejército, a saber, las municiones, y al que habían querido ir los paraguayos, a quienes se les oyó decir: ‘Vamos al campamento de los porteños’; con cuyo motivo se destacó don José Espínola con el sargento de mi escolta y otros cuatro más, y haciéndoles fuego de a caballo los obligaron a no hacer el movimiento; esto mismo me hacía creer que, a pocos esfuerzos, recuperaríamos nuestra gente, pero sea que hubo cobardía de nuestra parte, o sea que el mayor general no se animó, ello es que no se cumplió mi orden y regresó nuestra tropa al campamento sin haber hecho nada de provecho, y no había un solo oficial con espíritu, según después diré, porque aquí me toca hacer mención del valiente don Ramón Espínola.

“Este oficial, llevado de su deseo de tomar a Velazco, pasó hasta la capilla e hizo las mayores diligencias, y hallándose cortado, emprendió retirarse por entre los paraguayos, para reunirse a nosotros: lo atacaron entre varios, se defendió con el mayor denuedo, pero al fin fue víctima, y su cabeza fue presentada a Velazco luego que volvió, y enseñada a otros prisioneros, llevándose en triunfo entre aquellos bárbaros que no conocían y mataban al que peleaba por ellos. La patria perdió un excelente hijo; su valor era prueba y sus disposiciones naturales prometían que sería un buen militar.

“Retirada la tropa al campamento, mandé que comiesen y descansasen. Confieso, en verdad, que estaba resuelto a un nuevo ataque, porque miraba con el mayor desprecio a aquellos grupos de gente, que no se habían atrevido a salir de sus puestos ni aun habiendo conseguido que los abandonase nuestra gente. En esto, el comandante de la artillería, un tal Elorga, a quien había dejado a mi vista por esto mismo y no quise mandar a la acción, empezó a decir a los oficiales que una columna de paraguayos había tomado por nuestro costado izquierdo y que sin duda iba a cortarnos.

“Me vinieron con el parte; lo llamé; en su semblante vi el terror, y no menos observé que lo había infundido en todos los oficiales, comenzando por el mayor general; entonces junté a éste a aquéllos para que me dijesen su parecer; todos me dijeron que la gente estaba muy acobardada y que era preciso retirarnos. Sólo el capitán de Arribeños, un tal Campo, me significó que su gente haría lo que se le mandase. Conocido ya el estado de los oficiales, más que de la tropa, por un dicho que luego salió falso y que había sido efecto del miedo del tal Elorga, determiné retirarme y dispuse que todo se alistase.

“Formada ya la tropa, la hablé con toda la energía correspondiente, y les impuse pena de la vida al que se separase de la columna veinte pasos; a las tres y media de la tarde salí con las carretas, el bote y piezas de artillería, y ganados y caballadas que se habían tomado del campo enemigo, y dieciséis únicos prisioneros que se trajeron al campamento; el movimiento lo hice a la vista del enemigo y nadie se atrevió a seguirme; a las oraciones paramos a dos leguas de distancia del lugar de la acción, y tomadas todas las precauciones, mandé que la gente descansase.

“Se ejecutó así, y después de haber salido la luna nos pusimos en marcha hacia el pueblo de N.., donde hice alto día y medio; su posición era ventajosa, y nada temía de los enemigos, que no habían aparecido; aquí empecé a tener sinsabores de tamaño con las noticias que se me comunicaban de las conversaciones de oficiales, que fue imposible averiguar el autor de ellas, para hacer un ejemplar castigo; cada vez observaba más la tropa acobardada, y fue preciso seguir la marcha.

“Las lluvias eran continuas; no había un arroyo que no cruzásemos a nado; mucho me sirvió el bote que llevaba en ruedas; a no ser éste me hubiera sido imposible caminar sin abandonar la mayor parte de la carga; pero todas las dificultades se vencieron, y llegamos al río Tebicuary, donde me esperaba el resto de las carretas y como cuatrocientos hombres, entre las milicias de Yapeyú y algunas compañías del regimiento de Caballería de la Patria.

“Se dió principio a pasar el indicado río en unas cuantas canoas que se pudieron juntar y el bote, y nos duró esta maniobra tres días, al fin de los cuales empezaron los paraguayos a presentarse, pero no se atrevían a venir a las manos con nuestras partidas, y ello es que no nos impidieron pasar cuanto teníamos, ni los ganados y caballos que les traíamos, y se contentaron, cuando ya habíamos todos atravesado el río, con venir a la playa y disparar tiros al aire y sin objeto.

“Todavía estuvimos dos días más descansando en la banda sud del denominado río Tebicuary, en el paso de Doña Lorenza, sin que nadie se atreviese a incomodarnos, y luego seguimos hasta el pueblo de Santa Rosa, donde se refaccionaron algunas municiones y algunas ruedas del tren, y refrescó la gente en tres días que pasamos allí.

“En este punto recibí un correo de Buenos Aires, en que me apuraba el gobierno para que concluyese con la expedición por la llegada de Elío a Montevideo, con varias reflexiones y el título de brigadier que me había conferido; esto me puso en la mayor consternación, así porque nunca pensé trabajar por interés ni distinciones, como porque preví la multitud de enemigos que debía acarrearme; así es que contesté a mis amigos que lo sentía más que si me hubieran dado una puñalada.

“Pensaba yo conservar el territorio de Misiones mientras volvía la resolución del gobierno del parte que le había comunicado de la acción de Paraguary, pero las consideraciones que me presentó el oficio ya referido del gobierno acerca de Elío me obligaron a seguir mi retirada, con designio de tomar un punto ventajoso para no perder el paso del Paraná, por si acaso el gobierno me mandaba auxilios para seguir la empresa.

“Las aguas siguieron con tesón y encontramos el Aguapey a nado; ya desde Santa Rosa salí con cuarenta carretas, las seis piezas de artillería, un carro de municiones, tres mil cabezas de ganado vacuno que habíamos tomado, caballos más de mil quinientos y boyada de repuesto, y con todo este tráfago logré pasar el expresado río en término de dieciocho horas, sin la menor desgracia.

“Los enemigos habían empezado a aparecer al frente y por mi flanco izquierdo, a tal término que me fue preciso mandar una fuerza de cien hombres con dos piezas de artillería a situarse a su frente, y aun un correo fue escoltado hasta el Tacuarí, donde había una avanzada de la fuerza que tenía el cuartel maestre, general en Itapúa, adonde, después de la acción de Paraguary, le había mandado que se situase, de regreso del mencionado Tacuarí, hasta cuyo punto había llegado únicamente.

“Continuamos la marcha hasta el ya referido Tacuarí, y resolví hacer alto a la orilla este, acampándome en el paso principal para esperar allí los auxilios que esperaba me enviaría el gobierno, y para conservar el paso del Paraná y mis comunicaciones con Buenos Aires; destiné una fuerza de cien hombres, al mando del capitán Perdriel, para que fuera a apoderarse del pueb1o de Candelaria, pues ya andaban cuatro buques armados en el Paraná, que podían interceptarme la correspondencia, así como ya me habían privado de los ganados que me venían de Corrientes.

“Pasó Perdriel el Paraná”.

Nota[11][editar]

Aquí concluye el fragmento de la memoria que sobre la expedición al Paraguay nos ha dejado el general Belgrano, según la he copiado de una copia sacada del original por el señor don Andrés Lamas, que tuvo la bondad de franqueármela. Es del todo sensible que el general Belgrano no la hubiese concluido, privando a la historia de nuestro país de un documento curioso, a la vez que importante. Sin embargo, lo que expresa el fragmento es lo bastante para dar una idea bien clara de lo sucedido y de las causas que produjeron los fatales errores de esa campaña. No es sin motivo que el digno y honrado general Belgrano dejó en ese punto su narración, pues, quizá sin que él mismo se apercibiese, debía sentir fuertes dificultades para continuarla.

El proyecto de la expedición al Paraguay, desde que se formó, fue sobre un supuesto falso de que hallaría disposiciones tan favorables en los paraguayos que éstos vendrían en bandadas a engrosar las filas libertadoras. El suceso probó de tal modo lo contrario que el mismo general dice que no tuvo ni un solo pasado. Antes dije, y repito, que esa unanimidad no provino de adhesión al sistema español, sino de un instinto ciego de localidad, al que puede añadirse mucho de amor propio; me explicaré.

El coronel Espínola, hombre mal querido entre sus comprovincianos, fue el primer emisario de la Junta Provisoria, quien, como dice la memoria, fue tan mal recibido que escapó a uña de buen caballo. Este mismo jefe, de regreso en Buenos Aires, dio tales facilidades del éxito de la expedición que la creía suficiente con el número de doscientos hombres. Esta, y la futura influencia que debió adquirir Espínola, hirió el orgullo paraguayo y contribuyó a esa uniforme resistencia. He oído lamentar a sujetos juiciosos del Paraguay el error que se cometió empleando a Espínola, y me aseguraron que si él no hubiera ido es probable que se hubiesen entendido con el general Belgrano y con la junta de Buenos Ayres.

Pero, sea de esto lo que fuere, no deja de ser una falta haber empleado tan menguados medios para invadir una provincia de trescientas a cuatrocientas mil almas, en un terreno que se presta mucho a la defensiva. He dicho menguados medios, por la poca fuerza que marchó en la expedición, sin que se pueda calcular si fueron ésas las miras del gobierno, pues, por la enumeración de fuerzas que hace el general, las destinadas eran mucho más numerosas que las que combatieron. Lo que se deja ver más claramente es el error en que estaba el mismo general de que los paraguayos no harían resistencia, y siendo así; cualquier número bastaba para vencerlos.

Por otra parte, siendo tan poco numerosas las fuerzas destinadas a la expedición, ¿a qué fue diseminarlas, aun en puntos aislados y distantes? Cuando la acción del Paraguary, se hallaban en Tebicuary cuatrocientos hombres, con los que se reunió, y en Tacuarí estaba el cuartel maestre general, Rocamora, con sus milicias de Misiones, a las que no se reunió el ejército, porque se le mandó volver a situarse en Itapúa. Aun separó el general una fuerza de cien hombres, al mando del capitán Perdriel, para guarnecer Candelaria, pueblo situado al sud del Paraná.

Con un método semejante, no era extraño que siempre estuviese ante los enemigos en una chocante minoría, y que sus medios fuesen desproporcionados a la empresa que se proponía. Si las milicias carecían, como es de suponerse, de instrucción y disciplina, no era el medio de mejorarlas dejarlas aisladas y fuera de la vista del general; mas hubiera valido postergar uno o dos o tres meses la expedición, darles enseñanza tal cual, para contar mejor con ellas.

Aun después del descalabro del Paraguary y consiguiente retirada, hizo alto el ejército en Tacuarí, y el señor Rocamora fue situado en Itapúa, que dista ocho o nueve leguas a retaguardia; de modo que el general fue después batido en el mismo Tacuarí, sin que esa fuerza le fuese de ninguna utilidad. La posición de Tacuarí; militarmente hablando, es buena, pero cuando se han empleado medios adecuados para defenderla.[12] Consiste en un río fuerte, cuyas orillas están bordeadas de una faja de bosques, al parecer impenetrable. Ocupando, pues, el paso, que a la vista es el único punto accesible, se puede creer seguro el que lo defienda, con tal que el enemigo no halle otros puntos por donde franquearlo, para de ese modo colocarse sobre los flancos, a retaguardia. Es cabalmente lo que hizo el que se decía general paraguayo, Cabañas; hizo secretamente una picada, dos leguas abajo o arriba, lo pasó de noche, y una mañana se presentó a nuestro ejército por un flanco, cuando no lo esperaba sino por el frente; he ahí trastornado todo el plan de defensa y puesto el ejército en un compromiso, que debió costarle mucho más caro.

Efectivamente, no debió escapar ninguno, ni el general mismo. Los paraguayos, en quienes las ideas de libertad e independencia habían penetrado algo; que, por otra parte, no estaban enconados con el ejército, porque no había cometido desórdenes, no quisieron un triunfo completo y otorgaron una capitulación, que no podían esperar los vencidos. Quizá la magnánima resolución del general Belgrano, de sepultarse con su ejército antes que rendirse, contribuyó a ese acto, que se creyó de pura generosidad.

El general Belgrano dice muy bien que no quería perder el paso del Paraná, por si el gobierno le mandaba auxilios para abrir nuevamente la campaña, lo que sin duda era muy bien pensado; pero, para conseguirlo, ¿a qué situarse en Tacuarí; ocho o diez leguas distante de ese mismo paso que quería conservar, y además con su ejército dividido en varias fracciones? Hubiera sido lo mejor reunir todo el ejército en la costa del Paraná, enfrente del mismo paso que quería guardar, de lo que resultaba una cabeza de puente (digámoslo así), que aseguraba cumplidamente, el paso del río y sus comunicaciones con Corrientes y Buenos Aires.

La misma necesidad en que se vio, de mandar al capitán Perdriel al pueblo de Candelaria, situado al sud del Paraná, prueba que debía aproximarse para recobrar en aquellos puntos la influencia que su lejanía le había hecho perder. Ya se concibe también que era el medio más adecuado de alejar los buques armados que habían aparecido en el Paraná, pero teniendo el ejército artillería hubiera podido dominar mejor las aguas en el punto que colocase sus baterías.

Todo, todo aconsejaba lo contrario de lo que se hizo, y sólo una fatalidad pudo cegar hasta tal punto al ilustre general. Se echa de ver en sus operaciones, y en los conceptos que exprime su Memoria, lo que le costaba abandonar un país en que se había creído triunfante. Napoleón mismo cometió semejantes errores, cuando la campaña de Rusia, pero con la diferencia que éste tenía que abandonar enteramente el territorio enemigo, mientras el general Belgrano no perdió sino diez leguas, para asegurarlo mejor.

Esta fue la primera campaña del general Belgrano, y no hay profesión ni carrera cuyos primeros pasos no se resientan de la inexperiencia del que la emprende. Sus operaciones fueron mucho más acertadas en las campañas del Perú, sobre lo que no necesito más que referirme a lo que acabo de escribir comentando su memoria sobre la acción de Tucumán. Por otra parte, en ésta investía un carácter puramente militar, y en la primera era, además, representante del gobierno. Esto, sin duda, explica esta extraña insistencia de arraigarse en las carretas, durante la acción de Paraguary, y dejar a su mayor general toda la dirección del combate. Es fuera de duda que don Juan Ramón Balcarce no hubiera sido tan dócil como el paraguayo mayor general Machain.

Concluiré con una ligera observación. Como el general Belgrano no era hombre de facción, sino un patriota puro, un hombre perfectamente honrado, nunca contó con defensores ciegos en la capital, ni con partidarios en el gobierno; de aquí provenía que los oficiales o jefes, que tenían relaciones en Buenos Aires, o que estaban ligados a las facciones que allí imperaban, podían hacerle frente al general, seguros de encontrar un apoyo; no así los jefes y oficiales que no se hallaban en ese caso: éstos se le sometían y obedecían sus órdenes.

Estas consideraciones militares podrían extenderse mucho más; por ahora, lo dicho basta para dar una idea, sin que deba padecer el mérito eminente del sublime patriota que mandó la expedición, de que después dio tantas pruebas.

Referencias[editar]

  1. Título con que se encabeza en los originales del general Paz el fragmento de la memoria sobre la expedición al Paraguay escrito por el general Manuel Belgrano, y las observaciones críticas correspondientes al mismo. (N. del E.)
  2. a) Si mal no recuerda el que escribe esta copia, ese día se hallaba el general Belgrano en Tucumán, cuando después de las desgraciadas jornadas de Vilcapugio y Ayohuma se replegaron los restos del ejército hasta dicha ciudad. El general San Martín había sido nombrado general en jefe, y el general Belgrano, aunque brigadier, conservaba por gracia especial el coronelato del Regimiento número 1 de infantería. Es, pues, a la cabeza de su regimiento que se hallaba como simple coronel cuando (sin que podamos designar el motivo) una orden terminante del general en jefe lo mandó salir de la ciudad y del ejército, en el término de dos horas. Así se hizo. (Paz)
  3. b) Muy singular parece al que escribe esta copia que para trasladarse el ejército desde el pueblo del Paraná a Curuzú Cuatiá siguiese la costa del río Paraná por Alcaraz. Su dirección natural debía ser dirigiéndose al Gualeguay, que podía haber pasado en el paso de la Laguna, lo que le ofrecía un camino más llano, más abundante de pastos y recursos, y de igual extensión, con corta diferencia. Este le proporcionaba, además, la ventaja de pasar muy cerca por el Arroyo de la China, de modo que, sin perder camino, pudría haber hecho la deseada operación sobre los marinos de Montevideo. (Paz)
  4. c) De poco se admira el general Belgrano. No recuerdo que en las primeras expediciones al interior se comprase jamás un caballo, disponiéndose de todos sin distinción. Pero no era esto lo peor, sino el desorden, el desperdicio y la destrucción, sin mayor utilidad pública. (Paz)
  5. d) Pienso que querrá decir Yaguareté corá, en castellano Corral del Tigre, que está en el camino que es probable llevase el ejército. (Paz)
  6. e) Hace dos años que estuve en el Paraguay, y de boca del señor Machain, que era mayor general del ejército de la patria, oí lo siguiente: Warnes fue aparentemente bien recibido por el comandante paraguayo que mandaba en la costa opuesta del Paraná y, mientras que él estuvo despierto, le guardaron las debidas consideraciones. Habiéndolo invitado a descansar y sintiéndolo dormido, le quitaron silenciosamente las armas que llevaba; cuando despertó, supo que estaba preso, y que con una barra de grillos iba a ser conducido a la capital. A pocas leguas de dicha ciudad se recibió una orden del gobernador Velazco para quitarle los grillos; mas luego que llegó a un cuartel, el comandante de él, por su autoridad y contra las órdenes del mismo gobernador, se los volvió a poner. Con ellos, fue remitido a Montevideo con otros prisioneros. (Paz)
  7. f) Esta queja contra España, que con tanta fuerza expresa el general, es seguramente justa, pero no debe llegar al gobernador Velazco. Por lo que he oído en el Paraguay, fue enteramente inculpable de los bárbaros insultos hechos a Warnes. Ya he referido cómo fue aherrojado con grillos, la segunda vez, contra las órdenes del gobernador, y además, parece indudable que Velazco ejercía poco ascendiente entre las tropas; ascendiente que acabó de perder cuando, sin él, el comandante Cabañas venció por segunda vez a las tropas que mandaba el general Belgrano. Sin embargo, todo el Paraguay confiesa que Velazco era un hombre próbido, bondadoso, humano y de un excelente carácter; pues bien, este hombre murió, años después, en el Paraguay, sin que hubiese precedido ningún suceso que hubiese hecho variar las disposiciones favorables hacia su persona, completamente olvidado, preso y de limosna. No fue, seguramente, amor al realismo el que hizo a los paraguayos oponer una resistencia tan unánime a las tropas de la independencia, como no fue patriotismo verdadero el que los condujo a deponer, a los pocos meses, al general Velazco, a cuyas órdenes habían vencido, para constituir un gobierno propio. Eran sólo inspirados por sentimientos provinciales, por un instinto ciego de localidad al que se mezcló algo, muy poco, casi nada, del movimiento que agitaba toda la América. Para que se juzgue las ideas que hasta ahora dominan en personas expectables, referiré lo que me pasó con el joven don Francisco Solano López, hijo del presidente actual, que vino mandando el ejército paraguayo cuando la alianza con Corrientes. Siempre me han merecido consideración los primeros campeones de nuestra revolución, y poseído de este sentimiento, le pregunté un día cómo lo pasaba el general Machain, ese mismo que era mayor general del señor Belgrano. Está en la Asunción – me contestó, pero es un traicionero; sí, traicionero repitió . Creí que hubiese sido implicado en alguna conspiración reciente. Como yo expresase mi sorpresa, me dijo: ¿Pues que ignora usted que él vino a pelear con sus paisanos, cuando vinieron a atacarnos los porteños, el año 10? ¡¡Qué tal!! (Paz)
  8. g) Sorprende que el general Belgrano, tan riguroso observador de la disciplina, no desapruebe la conducta de Artigas, a quien, al contrario, elogia. De la misma relación se infiere que, con poquísimos medios, atacó contra la orden del mayor general, con quien tuvo palabras. Si el éxito fue feliz, debió tener presente que no por eso abría menos brecha a esa subordinación que tanto inculca. El resultado hubiera sido el mismo, y más seguro, siguiendo las órdenes de su jefe. (Paz)
  9. h) Según lo mismo que suministra la Memoria, tendría mucho, demasiado que decir, quien se propusiese hacer un examen crítico de las operaciones que refiere. Quizá sería conveniente, para instrucción de los jóvenes militares de estos países; pero, para emprender esta tarea con la utilidad que debía esperarse, era necesario que la Memoria fuese completa, o, por lo menos, obtener otros datos, que ahora no se pueden conseguir. (Paz)
  10. i) ¡Rara operación! ¡Pobre mayor general! (Paz)
  11. 2)Observaciones críticas escritas por el general Paz. (N. del E.)
  12. j) A corta distancia del paso de Tacuarí hay un montecito, en donde estaba el general Belgrano. Es llamado el Cerrito de los Porteños, y lo muestran los paraguayos con orgullo. Orgullo bien infundado, sin duda.
Filigrana.svg
◄ Parte anterior Título de esta parte Parte siguiente ►
Desde su nacimiento hasta la Revolución de Mayo Expedición al Paraguay Batalla de Tucumán