María: 30

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María
Capítulo XXIX

de Jorge Isaacs



La llegada de los correos y la visita de los señores de M*** habían aglomerado quehaceres en el escritorio de mi padre. Trabajamos todo el día siguiente, casi sin interrupción; pero en los momentos que nos reuníamos con la familia en el comedor, las sonrisas de María me hacían dulces promesas para la hora de descanso: a ellas les era dable hacerme leve hasta el más penoso trabajo.

A las ocho de la noche acompañé a mi padre hasta su alcoba, y respondiendo a mi despedida de costumbre, añadió:

-Hemos hecho algo, pero nos falta mucho. Conque hasta mañana temprano.

En días como aquél, María me esperaba siempre por la noche en el salón, conversando con Emma y mi madre, leyéndole a ésta algún capítulo de la Imitación de la Virgen o enseñando oraciones a los niños.

Parecíale tan natural que me fuese necesario pasar a su lado unos momentos en esa hora, que me los concedía como algo que no le era permitido negarme. En el salón o en el comedor me reservaba siempre un asiento inmediato al suyo, y un tablero de damas o los naipes nos servían de pretexto para hablar a solas, menos con palabras que con miradas y sonrisas. Entonces sus ojos, en arrobadora languidez, no huían de los míos.

-¿Viste a tu amigo esta mañana? -me preguntó procurando hallar respuesta en mi semblante.

-Sí: ¿por qué me lo preguntas ahora?

-Porque no he podido hacerlo antes.

-¿Y qué interés tienes en saberlo?

-¿Te instó él a que le pagaras la visita?

-Sí.

-Irás a pagársela, ¿no?

-Seguramente.

-Él te quiere mucho, ¿no es así?

-Así lo he creído siempre.

-¿Y lo crees todavía?

-¿Por qué no?

-¿Lo quieres como cuando estabais ambos en el colegio?

-Sí; pero ¿por qué hablas hoy de esto?

-Es porque yo quisiera que tú fueses siempre su amigo, y que él siguiese siéndolo tuyo... Pero tú no le habrás contado nada.

-¿Nada de qué?

-Pues de eso.

-¿Pero de qué cosa?

-Si sabes qué es lo que digo... No le has dicho, ¿no?

Yo me complacía en la dificultad que ella encontraba para preguntarme si había hablado de nuestro amor a Carlos, y le respondí:

-Es la primera vez que no te entiendo.

-¡Avemaría! ¿cómo no has de entender? Que si le has hablado de lo que...

Y como me quedase mirándola al propio tiempo que me sonreía de su infantil afán, prosiguió:

-Bueno; ya no me digas; y se puso a hacer torrecillas con las fichas del tablero en que jugábamos.

-Si no me miras -le dije- no te confieso lo que le he dicho a Carlos.

-Ya, pues... a ver, di -respondióme tratando de hacer lo que yo le exigía.

-Se lo he contado todo.

-¡Ay! no; ¿todo?

-¿Hice mal?

-Si así debía ser... Pero entonces ¿por qué no se lo contaste antes de que viniera?

-Mi padre se opuso a ello.

-Sí, pero él no habría venido; ¿y no hubiera sido mejor?

-Sin duda, pero yo no debía hacerlo, y hoy él está satisfecho de mí.

-¿Seguirá, pues, siendo tu amigo?

-No hay motivo para que deje de serlo.

-Sí, porque yo no quiero que por esto...

-Carlos te agradecerá tanto como yo ese deseo.

-¿Conque te separaste de él como de costumbre? ¿y él se ha ido contento?

-Tan contento como era posible conseguirlo.

-Pero yo no tengo la culpa, ¿no?

-No, María, ni él te estima menos que antes por lo que has hecho.

-Si te quiere de veras, así debe ser. ¿Y sabes por qué ha pasado todo así con ese señor?

-¿Por qué?

-¡Pero cuidado con reírte!

-No me reiré.

-Pero si ya estás riéndote.

-No es de lo que vas a decirme sino de lo que ya has dicho; di, María.

-Ha sido porque yo le he rezado mucho a la Virgen para que hiciera suceder todo así, desde ayer que mamá me habló.

-¿Y si la Virgen no te hubiera concedido lo que le pedías?

-Eso era imposible: siempre me concede lo que le pido, y como esta vez yo le rogaba tanto, estaba segura de que me oiría. Mamá se va -agregó- y Emma se está durmiendo. Ya, ¿no?

-¿Quieres irte?

-¿Y qué voy a hacer?... ¿Mucho escribirán mañana también?

-Parece que sí.

-¿Y cuando Tránsito venga?

-¿A qué horas viene?

-Mandó decir que a las doce.

-A esa hora habremos concluido. Hasta mañana.

Respondió a mi despedida con las mismas palabras, pero admirándose de que me quedase con el pañuelo que ella tenía en la mano que me dio a estrechar. María no comprendía que ese pañuelo perfumado era un tesoro para una de mis noches. Después se negó casi siempre a concederme tal bien, hasta que vinieron los días en que se mezclaron tantas veces nuestras lágrimas.




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