María: 35

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María
Capítulo XXXIV

de Jorge Isaacs



No todas las personas que nos aguardaban estaban en el corredor: no descubrí entre ellas a María. Algunas cuadras antes de llegar a la puerta del patio, a nuestra izquierda y sobre una de las grandes piedras desde donde se domina mejor el valle, estaba ella de pie, y Emma la animaba para que bajase. Nos les acercamos. La cabellera de María, suelta en largos y lucientes rizos, negreaba sobre la muselina de su traje color verdemortiño: sentóse para evitar que el viento le agitase la falda, diciendo a mi hermana, que se reía de su afán:

-¿No ves que no puedo?

-Niña -le dijo mi padre entre sorprendido y risueño-, ¿cómo has logrado subirte ahí?

Ella, avergonzada de la travesura, acababa de corresponder a nuestro saludo, y contestó:

-Como estábamos solas...

-Es decir -le interrumpió mi padre-, que debemos irnos para que puedas bajar. ¿Y cómo bajó Emma?

-Qué gracia, si yo le ayudé.

-Era que yo no tenía susto.

-Vámonos, pues -concluyó mi padre dirigiéndose a mí-; pero cuidado...

Bien sabía él que yo me quedaría. María acababa de decirme con los ojos: «no te vayas». Mi padre volvió a montar y se dirigió a la casa: mi caballo siguió poco a poco el mismo camino.

-Por aquí fue por donde subimos -me dijo María mostrándome unas grietas y hoyuelos en la roca.

Al acabar yo mi maniobra de ascenso, me extendió la mano, demasiado trémula para ayudarme, pero muy deseada para que no me apresurase a estrecharla entre las mías. Sentéme a sus pies y ella me dijo:

-¿No ves qué trabajo? ¿Qué habrá dicho papá? Creerá que estamos locas.

Yo la miraba sin contestarle: la luz de sus ojos, cobardes ante los míos, y la suave palidez de sus mejillas, me decían como en otros momentos, que en aquél era ella tan feliz como yo.

-Me voy sola -repitió Emma, a quien habíamos oído mal su primera amenaza-; y se alejó algunos pasos para hacernos creer que iba a cumplirla.

-No, no; espéranos un instante no más -le suplicó María poniéndose en pie.

Viendo que yo no me movía, me dijo:

-¿Qué es?

-Es que aquí estamos bien.

-Sí; pero Emma quiere irse y mamá estará esperándote: ayúdame a bajar, que ahora no tengo miedo. A ver tu pañuelo.

Lo retorció agregando:

-Lo tienes de esta punta, y cuando ya no me alcances a dar la mano, me cojo yo de él.

Persuadida de que podía arriesgarse a bajar sin ser vista, lo hizo como lo había proyectado, diciéndome ya al pie del peñasco.

-¿Y tú ahora?

Buscando la parte menos alta de la piedra salté al gramal, y le ofrecí el brazo para que nos dirigiésemos a la casa.

-Si no hubiera llegado, ¿qué habrías hecho para bajar? loquita.

-Pues habría bajado sola: iba a bajar cuando llegaste; pero temí caerme porque hacía mucho viento. Ayer también subimos ahí, y yo bajé bien. ¿Por qué se han demorado tanto?

-Por dejar concluidos algunos negocios que no podían arreglarse desde aquí. ¿Qué has hecho en estos días?

-Desear que pasaran.

-¿Nada más?

-Coser y pensar mucho.

-¿En qué?

-En muchas cosas que se piensan y no se dicen.

-¿Ni a mí?

-A ti menos.

-Está bien.

-Porque tú las sabes.

-¿No has leído?

-No, porque me da tristeza leer sola, y ya no me gustan los cuentos de las Veladas de la quinta, ni las Tardes de la Granja. Iba a volver a leer a Atala, pero como has dicho que tiene un pasaje no sé cómo...

Y dirigiéndose a mi hermana que nos precedía algunos pasos:

-Oye, Emma... ¿Qué afán de ir tan aprisa?

Emma se detuvo, sonrió y siguió andando.

-¿Qué estabas haciendo antenoche a las diez?

-¿Antenoche? ¡Ah! -repuso deteniéndose-; ¿por qué me lo preguntas?

-A esa hora estaba yo muy triste pensando en esas cosas que se piensan y no se dicen.

-No, no; tú sí.

-¿Sí qué?

-Sí puedes decirlas.

-Cuéntame lo que tú hacías, y te las diré.

-Me da miedo.

-¿Miedo?

-Tal vez es una bobería. Estaba sentada con mamá en el corredor de este lado, haciéndole compañía, porque me dijo que no tenía sueño: oímos como que sonaban las hojas de la ventana de tu cuarto, y temerosa yo de que la hubiesen dejado abierta, tomé una luz del salón para ir a ver qué había... ¡Qué tontería! vuelve a darme susto cuando me acuerdo de lo que sucedió.

-Acaba, pues.

-Abrimos la puerta, y vimos posada sobre una de las hojas de la ventana, que agitaba el viento, un ave negra y de tamaño como el de una paloma muy grande: dio un chillido que no había oído nunca; pareció encandilarse un momento con la luz que yo tenía en la mano, y la apagó pasando sobre nuestras cabezas a tiempo que íbamos a huir espantadas. Esa noche me soñé... Pero ¿por qué te has quedado así?

-¿Cómo? -le respondí, disimulando la impresión que aquel relato me causaba.

Lo que ella me contaba había pasado a la hora misma en que mi padre y yo leíamos aquella carta malhadada; y el ave negra era la misma que me había azotado las sienes durante la tempestad de la noche en que a María le repitió el acceso; la misma que, sobrecogido, había oído zumbar ya algunas veces sobre mi cabeza al ocultarse el sol.

-¿Cómo? -me replicó María-; veo que he hecho mal en referirte eso.

-¿Y te figuras tal?

-Si no es que me lo figuro.

-¿Qué te soñaste?

-No debo decírtelo.

-¿Ni más tarde?

-¡Ay! tal vez nunca.

Emma abría ya la puerta del patio.

-Espéranos -le dijo María-; oye, que ahora sí es de veras.

Nos reunimos a ella, y las dos anduvieron asidas de las manos lo que nos faltaba para llegar al corredor. Sentíame dominado por un pavor indefinible; tenía miedo de algo, aunque no me era posible adivinar de qué; pero cumpliendo la advertencia de mi padre, traté de dominarme, y estuve lo más tranquilo que me fue dable, hasta que me retiré a mi cuarto con el pretexto de cambiarme el traje de camino.




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