María: 36

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María
Capítulo XXXV

de Jorge Isaacs



El día siguiente, doce de diciembre, debía verificarse el matrimonio de Tránsito. Después de nuestra llegada se mandó decir a José que estaríamos entre siete y ocho en la Parroquia. Habíase resuelto que mi madre, María, Felipe y yo seríamos los del paseo, porque mi hermana debía quedarse arreglando no sé qué regalos que debían enviarse muy de mañana a la montaña, para que los encontrasen allí los novios a su regreso.

Aquella noche, pasada la cena, mi hermana tocaba guitarra sentada en uno de los sofás del corredor de mi cuarto, y María y yo conversábamos reclinados en el barandaje.

-Tienes -me decía- algo que te molesta, y no puedo adivinar.

-Pero ¿qué puede ser? ¿no me has visto contento? ¿no he estado como esperabas que estaría al volver a tu lado?

-No; has hecho esfuerzos para mostrarte así; y sin embargo yo he descubierto lo que nunca en ti: que fingías.

-¿Pero contigo?

-Sí.

-Tienes razón; me veo precisado a vivir fingiendo.

-No, señor, yo no digo que siempre, sino que esta noche.

-Siempre.

-No; ha sido hoy.

-Va para cuatro meses que vivo engañando...

-¿A mí también?... ¿a mí? ¿engañarme tú a mí?

Y trataba de verme los ojos para confirmar por ellos lo que temía; mas como yo me riese de su afán, dijo como avergonzada de él:

-Explícame eso.

-Si no tiene explicación.

-Por Dios, por... por lo que más quieras, explícamelo.

-Todo es cierto.

-¡No es!

-Pero déjame concluir: para vengarme de lo que acabas de pensar, no te lo diré si no me lo ruegas por lo que sabes tú que yo más quiero.

-Yo no sé qué será.

-Pues entonces, convéncete de que te he engañado.

-No, no; ya voy a decirte; ¿pero cómo te lo puedo decir?

-Piensa.

-Ya pensé -dijo María después de un momento de pausa.

-Di, pues.

-Por lo que quieras más, después de Dios y de tu... que yo deseo que sea a mí.

-No; así no es.

-¿Y cómo entonces? ¡ah! es que lo que dices es cierto.

-Di de otro modo.

-Voy a ver; mas si no quieres esta vez...

-¿Qué?

-Nada; oye: no me mires.

-No te miro.

Entonces se resolvió a decir en voz muy baja:

-Por María, que te...

-Ama tanto -concluí yo, tomando entre mis manos las suyas que con su ademán confirmaban su inocente súplica.

-Dime ya -insistió.

-He estado engañándote, porque no me he atrevido a confesarte cuánto te amo en realidad.

-¡Mas todavía! ¿y por qué no lo has dicho?

-Porque he tenido temor...

-¿Temor de qué?

-De que tú me ames menos, menos que yo.

-¿Por eso? Entonces el engañado eres tú.

-Si yo te lo hubiera dicho...

¿Y los ojos no dicen esas cosas sin que uno quiera?

-¿Lo crees así?

-Porque los tuyos me lo han enseñado. Dime ahora la causa porque has estado así esta noche. ¿Has visto al doctor en estos días?

-Sí.

-¿Qué te ha dicho de mí?

-Lo mismo que antes: que no volverás a tener novedad; no hables de eso.

-Una palabra y no más: ¿qué cosa ha dicho? Él cree que mi enfermedad es la misma de mi madre... y acaso tenga razón.

-¡Oh! no: nunca lo ha dicho. ¿Y no estás, pues, buena ya?

-Sí; y a pesar de ello muchas veces... muchas veces he pensado con horror en ese mal. Pero tengo fe en que Dios me ha oído: le he pedido con tanto fervor que no me vuelva a dar...

-Quizá no con tanto como yo.

-Pídele siempre.

-Siempre, María. Mira: sí es cierto que hay una causa para que te haya parecido que me esforzaba esta noche por estar sereno; pero ya ves que me la has hecho olvidar hace largo rato.

Le referí la noticia que habíamos recibido hacía dos días.

-¡Y esa ave negra! -dijo luego que concluí; y volvía con terror la vista hacia mi cuarto.

-¿Cómo puedes preocuparte tanto con una casualidad?

-Lo que soñé esa noche es lo que me preocupa.

-¿Persistes en no contarme?

-Hoy no; algún día. Conversemos un rato con Emma antes de irte: es tan buena con nosotros...

A la media hora nos separamos prometiéndonos madrugar mucho para emprender nuestro viaje a la parroquia.

Antes de las cinco llamó Juan Ángel a mi puerta. Felipe y él hicieron tal ruido en el corredor previniendo arreos de montar y asegurando caballos, que antes de lo que esperaban acudí en su ayuda.

Preparado todo, abrió María la puerta del salón: presentándome una taza de café, de dos que llevaba Estefana, me dio los buenos días, y llamó en seguida a Felipe para que recibiese la otra.

-Hoy sí -dijo éste sonriendo maliciosamente-. Lo que es el miedo; y el retinto está furioso.

Ella estaba tan hechicera como mis ojos debieron de decírselo: un gracioso sombrero de terciopelo negro, adornado con cintas escocesas y abrochado bajo la barba con otras iguales, que en el ala dejaba ver, medio oculta por el velillo azul, una rosa salpicada aún de rocío, descansaba sobre las gruesas y lucientes trenzas cuyas extremidades ocultaba: arregazaba con una de las manos la falda negra, que ceñía bajo un corpiño del mismo color un cinturón azul con broche de brillantes, y una ancha capa se le desprendía de los hombros en numerosos pliegues.

-¿En cuál caballo quieres ir? -le pregunté.

-En el retinto.

-¡Pero eso no puede ser! -respondí sorprendido.

-¿Por qué? ¿temes que me bote?

-Por supuesto.

-Si yo he montado otra vez en él. ¿Acaso soy yo como antes? Pregúntale a Emma si no es verdad que soy más guapa que ella. Verás qué mansito es el retinto conmigo.

-Pero si no permite que se le toque; y haciendo tanto tiempo que no lo montas, puede espantarse con la falda.

-Prometo no mostrarle siquiera el fuete.

Felipe, caballero ya en el Chibo, que tal era el nombre de su caballito castaño, lo atosigaba con sus espolines nuevos recorriendo el patio.

Mi madre estaba también apercibida para partir: la coloqué en su rosillo predilecto, único que según ella, no era una fiera. No estaba yo muy tranquilo cuando hice montar en el retinto a María: ella, antes de saltar de la gradilla al galápago, le acarició el cuello al caballo, inquieto hasta entonces: éste se quedó inmóvil esperando su carga, y mordía el freno, atento hasta al más leve ruido del ropaje.

-¿Ves? -me dijo María ya sobre el animal-; él me conoce: cuando papá lo compró para ti, tenía enferma esta mano, y yo hacía que Juan Ángel lo curara bien todas las tardes.

El caballo estornudaba desasosegado otra vez, porque seguramente conocía aquella voz acariciadora.

Partimos, y Juan Ángel nos siguió conduciendo sobre la cabeza de la silla el lío que contenía los vestidos que necesitaban en el pueblo las señoras.

La cabalgadura de María, ufana con su peso, parecía querer lucir el paso más blando y airoso: sus crines de azabache temblaban sobre el cuello arqueado, y cayendo por medio de las orejas breves e inquietas, le velaban importunas los brillantes ojos. María iba en él con el mismo aire de natural abandono que cuando descansaba sobre una mullida poltrona.

Después de haber andado algunas cuadras, pareció haberle perdido completamente el miedo al caballo; y notando que yo iba intranquilo por el brío del animal, me decía de modo que mi madre no alcanzase a oírla:

-Voy a darle un fuetazo, uno solo.

-Cuidado con hacerlo.

-Es uno solamente, para que veas que nada hace. Tú eres ingrato con el retinto, pues quieres más a ese rucio en que vas.

-Ahora que ése te conoce tanto, no será así.

-En éste ibas la noche que fuiste a llamar al doctor.

-¡Ah! sí; es un excelente animal.

-Y después de todo, no lo estimas en lo que merece.

-Tú menos, pues quieres mortificarlo inútilmente.

-Vas a ver que no hace nada.

-¡Cuidado, cuidado! María. Hazme el favor de darme el fuete.

-Lo dejaremos para después, cuando lleguemos a los llanos.

Y se reía de la zozobra en que con tal amenaza me ponía.

-¿Qué es? -preguntó mi madre, que iba ya a nuestro lado, pues yo había acortado el paso con tal fin.

-Nada, señora -replicó María-: que Efraín va persuadido de que el caballo me va a botar.

-Pero si tú... -empecé a contestarle, y ella, poniéndose disimuladamente el mango del fuetecito sobre los labios en ademán de que callase, me lo entregó en seguida.

-¿Y por qué vas tan valiente hoy? -le preguntó mi madre-. La otra vez que montaste en ese caballo, le tuviste miedo.

-Y hubo que cambiártelo -agregó Felipe.

-Ustedes me están haciendo quedar malísimamente -contestó María mirándome sonrojada-: el señor estaba convencido ya de que yo era guapísima.

-¿Conque no tienes miedo hoy? -insistió mi madre.

-Sí tengo -respondióle-, pero no tanto, porque el caballo se ha amansado; y como hay quien lo regañe si se alborota...

Cuando llegamos a las pampas, el sol, rasgadas ya las nieblas que entoldaban las montañas a nuestra espalda, envolvía en resplandores metálicos los bosques que en fajas tortuosas o en grupos aislados interrumpían a distancia la llanura: las linfas de los riachuelos que vadeábamos, abrillantadas por aquella luz, corrían a perderse en las sombras, y las lejanas revueltas del Sabaletas parecían de plata líquida y orladas por florestas azules.

María dejó entonces caer el velillo sobre su rostro, y al través de la inquieta gasa de color de cielo, buscaba algunas veces mis ojos con los suyos, ante los cuales todo el esplendor de la naturaleza que nos rodeaba me era casi indiferente.

Al internarnos en los grandes bosques, atravesada la llanura, hacía largo rato que María y yo guardábamos silencio; solamente Felipe no había interrumpido su charla haciendo mil preguntas a mi madre sobre cuanto veía.

En un momento en que María estuvo cerca de mí, me dijo:

-¿En qué piensas tanto? Vuelves a estar como anoche, y hace un rato que no era así. ¿Es pues tan grande esa desgracia que ha sucedido?

-No pensaba en ella; tú me haces olvidarla.

-¿Es tan irremediable esa pérdida?

-Tal vez no. En lo que he estado pensando es en la felicidad de Braulio.

-¿En la de él solamente?

-Me es más fácil imaginarme la de Braulio. Él va a ser desde hoy completamente dichoso; y yo voy a ausentarme, yo voy a dejarte por muchos años.

Ella me había escuchado sin mirarme, y levantando al fin los ojos, en los cuales no se había apagado el brillo de felicidad que en ella aquella mañana los iluminaba, respondió alzando el velillo:

-¿Esa pérdida no es pues muy grande?

-¿Y por qué insistes en hablar de ella?

-¿No lo adivinas? Solamente yo he pensado así, y esto me convence de que no debo confiarte mi pensamiento. Prefiero que no estés contento por haberme visto alegre después de lo que me contaste anoche.

-¿Y esa noticia te causó alegría?

-Tristeza cuando me la diste; pero más tarde...

-¿Más tarde qué?

-Pensé de otro modo.

-Lo cual te hizo pasar de la tristeza a la alegría.

-No tanto, pero...

-Estar como estás hoy.

-¿No digo? Yo sabía que no te podía gustar verme así, y no quiero que me creas capaz de una tontería.

-¿A ti? ¿y te imaginas que eso puede llegar a suceder?

-¿Por qué no? Yo soy una muchacha capaz, como cualquiera otra, de no ver las cosas serias como deben verse.

-No; tú no eres así.

-Sí, señor, sí; por lo menos hasta que me disculpe. Pero hablemos un rato con mamá, no sea que extrañe que converses mucho conmigo, y mientras tanto yo me resolveré a contártelo todo.

Así lo hicimos; mas después de un cuarto de hora, mi caballo y el de María volvieron a aparearse. Salíamos de nuevo a la campaña y veíamos blanquear la torrecilla de la parroquia y colorear los techos de las casas en medio de los follajes de los huertos.

-Di, María -le dije entonces.

-Ya ves que estás deseoso tú mismo de disculparme. ¿Y si el motivo que te voy a decir no es suficiente? Mejor hubiera sido no estar contenta; pero como no has querido enseñarme a fingir...

-¿Cómo enseñarte lo que no sé?

-¡Qué buena memoria! ¿Has olvidado lo que me decías anoche? Voy a aprovecharme de esa lección.

-¿Desde hoy?

-Desde ahora no -respondió sonriéndose de la misma gravedad que trataba de aparentar-. Oye, pues: yo no he podido prescindir de estar contenta hoy, porque luego que nos separamos anoche, pensé que de esa pérdida sufrida por papá, puede resultar... Y ¿qué pensaría él de mí si supiera esto?

-Explícate y yo te diré qué pensaría.

-Si esa suma que se ha perdido es tanta -se resolvió a decirme entonces, peinando las crines del caballo con el mango del foete, que ya le había devuelto-, papá necesitará más de ti... él consentirá en que le ayudes desde ahora...

-Sí, sí -le respondí dominado por su mirada tímida y anhelosa al confesarme lo que tanto recelaba la pudiera mostrar culpable.

-¿Conque es verdad que sí?

-Relevaré a mi padre de la promesa que me tiene hecha de enviarme a Europa a terminar mis estudios; le prometeré luchar a su lado hasta el fin por salvar su crédito; y él consentirá; debe consentir... Así no nos separaremos tú y yo nunca... no nos separarán. Y entonces pronto...

Sin levantar los ojos me significó que sí; y al través de su velillo, con el cual jugaba la brisa, su pudor era el pudor de un ángel.

Cuando hubimos llegado al pueblo, vino Braulio a saludarnos y a decirnos que el cura nos estaba esperando. Mi madre y María se habían cambiado los vestidos, y salimos.

El anciano cura, al vernos acercar a su casita situada al lado de la iglesia, nos salió al encuentro, invitándonos a almorzar con él, de lo cual nos excusamos cuan finamente pudimos.

Al empezarse la ceremonia, el rostro de Braulio, aunque algún tanto pálido, denunciaba su felicidad: Tránsito miraba tenazmente al suelo, y contestó con voz alterada al llegarle el turno: José, colocado al lado del cura, empuñaba con mano poco firme uno de los cirios; y sus ojos, que pasaban constantemente del rostro del sacerdote al de su hija, si no se podía decir que estaban llorosos, sí que habían llorado.

A tiempo que el ministro bendecía las manos enlazadas de los novios, Tránsito se atrevió a mirar a su marido: en aquella mirada había amor, humildad e inocencia; era la promesa única que podía hacer al hombre que amaba después de la que acababa de pronunciar ante Dios.

Oímos todos la misa, y al salir de la iglesia nos dijo Braulio que mientras montábamos saldrían ellos del pueblo; pero que no los alcanzaríamos muy lejos.

A la media hora dimos alcance a la linda pareja y a José, quien llevaba por delante la vieja mula rucia en que había conducido con los regalos para el cura, legumbres para el mercado y la ropa de gala de los muchachos. Tránsito iba ya solamente con su vestido de domingo; y el de novia no le sentaba mejor: sombrerito de Jipijapa, por debajo del cual caían las trenzas sobre el pañolón negro de guardilla morada: la falda de zaraza rosada con muchos boleros y ligeramente recogida para librarla del rocío de los gramales, dejaba ver a veces sus lindos pies, y el embozo, al descuidarse, la camisa blanca bordada de seda negra y roja.

Acortamos el paso para ir con ellos un rato y esperar a mi madre, Tránsito iba al lado de María, quitándole del faldón las pelusas que había recogido en los pajonales: hablaba poco, y en su porte y rostro se descubría un conjunto tal de modestia, reconocimiento y placer que es difícil imaginar.

Al despedirnos de ellos prometiéndoles ir aquella tarde a la montaña, Tránsito sonrió a María con una dulzura casi hermanal: ésta retuvo entre las suyas la mano que le ofrecía tímidamente su ahijada, diciéndole:

-Me da mucha pena el pensar que vas a hacer todo el camino a pie.

-¿Por qué, señorita?

-¿Señorita?

-Madrina, ¿no?

-Sí, sí.

-Bueno. Nos iremos poco a poco; ¿verdad? -dijo dirigiéndose a los montañeses.

-Sí -respondió Braulio-; y si no te avergüenzas hoy también de apoyarte en mí para subir los repechos, no llegarás tan cansada.

Mi madre, que con Felipe nos dio alcance en ese momento, instó a José para que al día siguiente llevase la familia a comer con nosotros, y él quedó comprometido a empeñarse para que así fuese.

La conversación se hizo general durante el regreso, lo que María y yo procuramos para que se distrajese mi madre, quien se quejaba de cansancio, como siempre que andaba a caballo. Solamente al acercarnos a la casa me dijo María en voz que sólo yo podía oír:

-¿Vas a decir eso hoy a papá?

-Sí.

-No se lo digas hoy.

-¿Por qué?

-Porque no.

-¿Cuándo quieres que se lo diga?

-Si pasados estos ocho días no te habla nada de viaje, busca ocasión para decírselo. ¿Y sabes cuál será la mejor? Un día después de que hayáis trabajado mucho juntos: se le conoce entonces a él que está muy agradecido por lo que le ayudas.

-Pero mientras tanto no podré soportar la impaciencia en que me tendrá el no saber si acepta.

-¿Y si él no conviene?

-¿Lo temes?

-Sí.

-¿Y qué haremos entonces?

-Tú, obedecerle.

-¿Y tú?

-¡Ay! quién sabe.

-Debes creer que aceptará, María.

-No, no; porque si me engañara, sé que ese engaño me haría un mal muy grande. Pero hazlo como te digo: así puede ser que todo salga bien.




María de Jorge Isaacs

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