María: 40

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María
Capítulo XXXIX

de Jorge Isaacs



A las ocho sonó la campanilla del comedor; pero no me consideré con la serenidad necesaria para estar cerca de María después de lo ocurrido.

Mi madre llamó a la puerta de mi cuarto.

-¿Es posible -me dijo cuando hubo entrado- que te dejes dominar así por este pesar? ¿No podrás, pues, hacerte tan fuerte como otras veces has podido? Así ha de ser, no sólo porque tu padre se disgustaría, sino porque eres el llamado a darle ánimo a María.

En su voz había al hablarme así, un dulce acento de reconvención hermanado con el más musical de la ternura.

Continuó haciéndome la relación de todas las ventajas que iba a reportarme aquel viaje, sin disimularme los dolores por los cuales tendría que pasar; y terminó diciéndome:

-Yo en estos cuatro años que no estarás a mi lado, veré en María no solamente a una hija querida sino a la mujer destinada a hacerte feliz y que tanto ha sabido merecer el amor que le tienes: le hablaré constantemente de ti y procuraré hacerle esperar tu regreso como premio de tu obediencia y de la suya.

Levanté entonces la cabeza, que sostenían mis manos sobre la mesa, y nuestros ojos, arrasados de lágrimas, se buscaron y se prometieron lo que los labios no saben decir.

-Ve, pues, al comedor -me dijo antes de salir-, y disimula cuanto te sea posible. Tu padre y yo hemos estado hablando mucho respecto de ti, y es muy probable que se resuelva a hacer lo que puede servirte ya de mayor consuelo.

Solamente Emma y María estaban en el comedor. Siempre que mi padre dejaba de ir a la mesa, yo ocupaba la cabecera. Sentadas a uno y otro lado de ella, me esperaban las dos. Se pasó algún espacio sin que hablásemos. Sus fisonomías, ambas tan bellas, denunciaban mayor pena que hubieran podido expresar: pero estaba menos pálida la de mi hermana, y sus miradas no tenían aquella brillante languidez de ojos hermosos que han llorado. Ésta me dijo:

-¿Vas por fin mañana a la hacienda?

-Sí, pero no me estaré allí sino dos días.

-Llevarás a Juan Ángel para que vea a su madre: tal vez se haya ella empeorado.

-Lo llevaré. Higinio escribe que Feliciana está peor y que el doctor Mayn, que la había estado recetando, ha dejado de hacerlo desde ayer, por haber seguido a Cali, donde se le llamaba con urgencia.

-Dile a Feliciana muchas cosas afectuosas en nuestro nombre -me dijo María-: que si sigue enferma, le suplicaremos a mamá que nos lleve a verla.

Emma volvió a interrumpir el silencio que había seguido al diálogo anterior, para decirme:

-Tránsito, Lucía y Braulio estuvieron aquí esta tarde y sintieron mucho no encontrarte: te dejaron muchas saludes. Nosotras habíamos pensado ir a verlas el domingo próximo: se han manejado tan finamente durante la enfermedad de papá.

-Iremos el lunes, que ya estaré yo aquí -le repuse.

-Si hubieras visto lo que se entristecieron cuando les hablé de tu viaje a Europa...

María me ocultó el rostro volviéndose como a buscar algo en la mesa inmediata, mas ya había yo visto brillar las lágrimas que ella intentaba ocultarnos.

Estefana vino en aquel momento a decirle que mi madre la llamaba.

Paseábame en el comedor con la esperanza de poder hablar a María antes de que se retirase. Emma me dirigía algunas veces la palabra como para distraerme de las penosas reflexiones que conocía me estaban atormentando.

La noche continuaba serena: los rosales estaban inmóviles: en las copas de los árboles cercanos no se percibía un susurro; y solamente los sollozos del río turbaban aquella calma y silencio imponentes. Sobre los ropajes turquíes de las montañas blanqueaban algunas nubes desgarradas, como chales de gasa nívea que el viento hiciese ondear sobre la falda azul de una odalisca; y la bóveda diáfana del cielo se arqueaba sobre aquellas cumbres sin nombre, semejante a una urna convexa de cristal azulado incrustada de diamantes.

María tardaba ya. Mi madre se acercó a indicarme que pasara al salón: me supuse que deseaba aliviarme con sus dulces promesas.

Sentado mi padre en un sofá, tenía a su lado a María, cuyos ojos no se levantaron para verme. Él me señaló un lugar desocupado cerca de ella. Mi madre se colocó en una butaca inmediata a la que ocupaba mi padre.

-Bien, mi hija -dijo éste a María, la cual con los ojos bajos aún, jugaba con una de las peinetitas de sus cabellos-; ¿quieres que repita la pregunta que te hice cuando tu mamá salió, para que me la respondas delante de Efraín?

Mi padre sonreía y ella meneó lentamente la cabeza en señal negativa.

-Y entonces ¿cómo haremos? -insistió él.

María se atrevió a mirarme un instante; y esa mirada me lo reveló todo: ¡aún no habían pasado todos nuestros días de felicidad!

-¿No es cierto -volvió a preguntarle mi padre- que prometes a Efraín ser su esposa cuando él regrese de Europa?

Ella volvió después de unos momentos de silencio a buscar mis ojos con los suyos, y ocultándome de nuevo sus miradas negras y pudorosas, respondió:

-Si él lo quiere así...

-¿No sabes si lo quiere? -le replicó casi riendo mi padre.

María calló sonrojada, y las vivas tintas que en sus mejillas mostró ese rubor, no desaparecieron de ellas aquella noche. Mirábala mi madre de la manera más tierna que ojos de madre pueden mirar. Creí por un instante que estaba gozando de alguno de esos sueños en que María me hablaba con aquel acento que le acababa de oír, y en que sus miradas tenían la brillante humedad que estaba yo espiando en ellas.

-¿Tú sabes que lo quiero así? ¿no es cierto? -le dije.

-Sí lo sé -contestó con voz apagada.

-Di a Efraín ahora -le dijo mi padre sin sonreírse ya- las condiciones con que tú y yo le hacemos esa promesa.

-Con la condición -dijo María-, de que se vaya contento... cuanto es posible.

-¿Cuál otra, hija?

-La otra es que estudie mucho para volver pronto... ¿no es?

-Sí -contestó mi padre, besándole la frente-; y para merecerte. Las demás condiciones las pondrás tú. ¿Conque te gustan? -añadió volviéndose a mí y poniéndose en pie.

Yo no tuve palabras que responderle; y estreché fuertemente entre las mías la mano que él me tendía al decirme:

-Hasta el lunes, pues; fíjate bien en mis instrucciones y lee muchas veces el pliego.

Mi madre se acercó a nosotros y abrazó nuestras cabezas juntándolas de modo que involuntariamente tocaron mis labios la mejilla de María; y salió dejándonos solos en el salón.

Largo tiempo debió correr desde que mi mano asió en el sofá la de María y nuestros ojos se encontraron para no cesar de mirarse, hasta que sus labios pronunciaron estas palabras:

-¡Qué bueno es papá! ¿no es verdad?

Le signifiqué que sí, sin que mis labios pudieran balbucir una sílaba.

-¿Por qué no hablas? ¿Te parecen buenas las condiciones que pone?

-Sí, María. ¿Y cuáles son las tuyas en pago de tanto bien?

-Una sola.

-Dila.

-Tú la sabes.

-Sí, sí; pero hoy sí debes decirla.

-Que me ames siempre así -respondió, y su mano se enlazó más estrechamente con la mía.




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