María: 56

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María
Capítulo LV

de Jorge Isaacs



Durante un año tuve dos veces cada mes cartas de María. Las últimas estaban llenas de una melancolía tan profunda que, comparadas con ellas, las primeras que recibí parecían escritas en nuestros días de felicidad

En vano había tratado de reanimarla diciéndole que esa tristeza destruiría su salud, por más que hasta entonces hubiese sido tan buena como me lo decía; en vano. «Yo sé que no puede faltar mucho para que yo te vea», me había contestado: «desde ese día ya no podré estar triste: estaré siempre a tu lado... No, no; nadie podrá volver a separarnos».

La carta que contenía esas palabras fue la única de ella que recibí en dos meses.

En los últimos días de junio, una tarde se me presentó el señor A***, que acababa de llegar de París, y a quien no había visto desde el pasado invierno.

-Le traigo a usted cartas de su casa -me dijo después de habernos abrazado.

-¿De tres correos?

-De uno solo. Debemos hablar algunas palabras antes -me observó, reteniendo el paquete.

Noté en su semblante algo siniestro que me turbó.

-He venido -añadió después de haberse paseado silencioso algunos instantes por el cuarto-, a ayudarle a usted a disponer su regreso a América.

-¡Al Cauca! -exclamé, olvidado por un momento de todo, menos de María y de mi país.

-Sí -me respondió-, pero ya habrá usted adivinado la causa.

-¡Mi madre! -prorrumpí desconcertado.

-Está buena -respondió.

-¿Quién, pues? -grité asiendo el paquete que sus manos retenían.

-Nadie ha muerto.

-¡María! ¡María! -exclamé como si ella pudiera acudir a mis voces, y caí sin fuerzas sobre el asiento.

-Vamos -dijo procurando hacerse oír el señor A***-: para esto fue necesaria mi venida. Ella vivirá si usted llega a tiempo. Lea usted las cartas, que ahí debe venir una de ella.

«Vente -me decía-, ven pronto, o me moriré sin decirte adiós. Al fin me consienten que te confiese la verdad: hace un año que me mata hora por hora esta enfermedad de que la dicha me curó por unos días. Si no hubieran interrumpido esa felicidad, yo habría vivido para ti.

»Si vienes... sí vendrás, porque yo tendré fuerza para resistir hasta que te vea; si vienes hallarás solamente una sombra de tu María; pero esa sombra necesita abrazarte antes de desaparecer. Si no te espero, si una fuerza más poderosa que mi voluntad me arrastra sin que tú me animes, sin que cierres mis ojos, a Emma le dejaré para que te lo guarde, todo lo que yo sé te será amable: las trenzas de mis cabellos, el guarda-pelo en donde están los tuyos y los de mi madre, la sortija que pusiste en mi mano en vísperas de irte, y todas tus cartas.

»Pero ¿a qué afligirte diciéndote todo esto? Si vienes, yo me alentaré; si vuelvo a oír tu voz, si tus ojos me dicen un solo instante lo que ellos solos sabían decirme, yo viviré y volveré a ser como antes era. Yo no quiero morirme; yo no puedo morirme y dejarte solo para siempre».

-Acabe usted -me dijo el señor A***, recogiendo la carta de mi padre caída a mis pies-. Usted mismo conocerá que no podemos perder tiempo.

Mi padre decía lo que yo había sabido ya demasiado cruelmente. Quedábales a los médicos sólo una esperanza de salvar a María: la que les hacía conservar mi regreso. Ante esa necesidad mi padre no vaciló; ordenábame regresar con la mayor precipitud posible, y se disculpaba por no haberlo dispuesto así antes.

Dos horas después salí de Londres.




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