María: 59

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María
Capítulo LVIII

de Jorge Isaacs



Lorenzo me llamó a la madrugada: vio mi reloj y eran las tres. A favor de la luna, la noche parecía un día opaco. A las cuatro, encomendados a la Virgen en las despedidas de Bibiano y de su hija, nos embarcamos.

-Aquí canta la verrugosa, compae -dijo Laureán a Cortico luego que hubimos navegado un corto trecho-: saque afuerita, no vaya a tá armaa.

Todo el peligro para mí era que la víbora se entrase a la canoa, pues estaba defendido por el techo del rancho; pero agarrado por ella alguno de los bogas, el naufragio era probable.

Pasamos felizmente; mas, la verdad sea dicha, ninguno tranquilo.

El almuerzo de aquel día fue copia del anterior, salvo el aumento del tapado que Gregorio había prometido, potaje que preparó haciendo un hoyo en la playa, y una vez depositado en él, envuelto en hojas de biao, la carne, plátano y demás que debían componer el cocido, lo cubrió con tierra y encima de todo encendió un fogón.

Era increíble que la navegación fuese más penosa en adelante que la que habíamos hecho hasta allí; pero lo fue: en el Dagua es donde con toda propiedad puede decirse que no hay imposibles.

A las dos de la tarde, hora en que tomábamos dulce en un remanso, Laureán lo rehusó, y se internó en el bosque algunos pasos para regresar trayendo unas hojas: después de estregarlas en un mate lleno de agua, hasta que el líquido se tiñó de verde, coló éste en la copa de su sombrero y se lo tomó. Era zumo de hoja hedionda, único antídoto contra las fiebres, temibles en la Costa y en aquellas riberas, que reconocen como eficaz los negros.

Las palancas, que cuando se baja el río, sirven mil veces para evitar un estrellamiento general, son menos útiles para subirlo. Desde Fleco, a cada paso caían al agua Gregorio y Laureán, siempre después del consabido golpe de aviso, y entonces el primero cabestreaba la canoa asiéndola por el galindro, mientras el compañero la impulsaba por la popa. Así se subían los chorros o cabezones inevitables; pero para librarse de los más furiosos había pequeños caños llamados arrastraderos, practicados en las playas, y más o menos escasos de agua, por los cuales subía la canoa rozando con el casco los guijarros del cauce y balanceándose algunas veces sobre las rocas más salientes.

Los botaderos empeoraron de condición por la tarde: como fuesen más y más descolgadas las corrientes a medida que nos acercábamos al Saltico, los bogas al cambiar de orilla, impulsaban simultáneamente la canoa subiendo al mismo tiempo de un salto sobre ella, para empuñar las palancas; y abandonándolas en el instante, una vez atravesado el río, impedían que nos arrebatara el raudal, enfurecido por haber dejado escapar una presa ya suya. Después de cada lance de esta especie, se hacía necesario arrojar de la canoa el agua que había entrado, operación que ejecutaban los bogas instantáneamente amagando dar un paso y volviendo a traer el pie avanzado hacia el firme, con lo cual salían de en medio de éstos plumadas de agua. Tales evoluciones y portentos gimnásticos asombraban ejecutados por Laureán, aunque él, por su estatura, con ceñirse una guirnalda de pámpanos, habría podido pasar por el dios del río: pero hechos por Gregorio, quien salvo su cara risueña siempre, parecía representar la figura recortada de su compañero, con sus piernas que formaban al andar casi una o, y cuyos pies encorvados hacia dentro eran más que pies, instrumentos de achicar, aquellos prodigios de agilidad causaban terror.

Pernoctamos aquel día en el Saltico, pobre y desapacible caserío a pesar del movimiento que le daban sus bodegas. Allí hay un obstáculo para la navegación, y es generalmente el término de viaje de los bogas que vienen del Puerto, así como los que subían del Saltico llegaban solamente al Salto, y a este punto, los que bajaban diariamente de Juntas.

La misma tarde arrastraron mis bogas por tierra la canoa, ya sin rancho, para ponerla en la playa donde debía embarcarme al día siguiente. Del Saltico al Salto, los peligros del viaje salieron de la esfera de toda ponderación.

En el Salto hubo de repetirse el arrastramiento de la canoa para vencer el último obstáculo que allí merece el honor de tal nombre.

Los bosques iban teniendo a medida que nos alejábamos de la costa, toda aquella majestad, galanura, diversidad de tintas y abundancia de aromas que hacen de las selvas del interior un conjunto indescriptible. Mas el reino vegetal imperaba casi solo: oíase de tarde en tarde y a lo lejos el canto del paují, muy rara pareja de panchanas atravesaba a veces por encima de las montañas casi perpendiculares que encajonaban la vega; y alguna primavera volaba furtivamente bajo las bóvedas oscuras, formadas por los guabos apiñados o por los cañaverales, chontas, nacederos y chíperos, sobre los cuales mecían las guaduas sus arqueados plumajes. El martín-pescador, única ave acuática habitadora de aquellas riberas, rozaba por rareza los remansos con sus alas, o se hundía en ellos para sacar en el pico algún pececillo plateado.

Desde el Saltico encontramos mayor número de canoas bajando, y las más capaces de ellas tendrían ocho varas de largo, y escasamente una de ancho.

El par de bogas que manejaba cada canoa, balanceándose y achicando incesantemente el delantero, el de la popa sentado a veces, tranquilos siempre, apenas divisados al descender por en medio de los chorros de una revuelta lejana, desaparecían en ellas y pasaban muy luego velozmente por cerca de nosotros, para volver a verse abajo y distantes ya, como corriendo sobre las espumas.

Los peñascos escarpados de La Víbora, Delfina con su limpio riachuelo, que brotando del corazón de las montañas parece que mezcla después tímidamente sus corrientes con las impetuosas del Dagua, y el derrumbo del Arrayán, fueron quedando a la izquierda. Allí hubo necesidad de hacer alto para conseguir una palanca, pues Laureán acababa de romper su último repuesto. Hacía una hora que un aguacero nutrido nos acompañaba, y el río empezaba a traer cintas de espumas y algunas malezas menudas.

-La niña tá celosa -dijo Cortico cuando arrimamos a la playa.

Creí que se refería a una música tristísima y como ahogada, que parecía venir de la choza vecina.

-¿Qué niña es ésa? -le pregunté.

-Pue Pepita, mi amo.

Entonces caí en la cuenta de que se refería al hermoso río de ese nombre que se une al Dagua abajo del pueblo de juntas.

-¿Por qué está celosa?

-¿No ve su mercé lo que baja?

-No.

-La creciente.

-¿Y por qué no es Dagua el celoso? Ella es muy linda y mejor que él.

Gregorio se rió antes de responderme:

-Dagua tiene mal genio. Creciente de Pepita é, porque el río no baja amarillo.

Subí al rancho mientras los bogas hacían sus prevenciones, deseoso de ver qué instrumento tocaban allí: era una marimba, pequeño teclado de chontas sobre tarros de guadua alineados de mayor a menor, y que se hace sonar con bolillos pequeños aforrados en vaqueta.

Una vez conseguida la palanca y llenada la condición indispensable de que fuese de biguare o cuero-negro, continuamos subiendo con mejor tiempo ya y sin que los celos de Pepita se hiciesen importunos.

Los bogas, estimulados por Lorenzo y la gratificación que les tenía yo prometida por su buen manejo, se esforzaron a fin de hacerme llegar de día a Juntas. Poco después dejamos a la derecha la campiñita de Sombrerillo, cuyo verdor contrasta con la aspereza de las montañas que la sombrean hacia el Sur. Eran las cuatro de la tarde cuando pasamos al pie de los agrios peñascos de Media-luna. Salimos poco después del temible Credo; y por fin dimos dichoso término a la inverosímil navegación saltando a una playa de Juntas.

El amigo D***, antiguo dependiente de mi padre, me estaba esperando avisado por el correísta que nos dio alcance en San Cipriano, de que yo debía llegar aquella tarde. Me condujo a su casa, en donde fui a esperar a Lorenzo y a los bogas. Éstos quedaron muy contentos con «mi persona», como decía Gregorio. Debían madrugar al día siguiente, y se despidieron de mí de la manera más cordial y deseándome salud, después de apurar dos copas de cognac y de haberme recibido una carta para el Administrador.




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