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Memorial de los partidarios del imperio mexicano, vecinos de San Salvador residentes en Guatemala, al comandante de las tropas imperiales expedicionarias general Vicente Filísola

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Memorial de los partidarios del imperio mexicano, vecinos de San Salvador residentes en Guatemala, al comandante de las tropas imperiales expedicionarias general Vicente Filísola (1822)
En la que exponen la situación de la provincia de San Salvador, desde el momento de la declaración de la independencia (en septiembre de 1821) hasta mayo de 1822; y piden auxilio de Vicente Filísola
Los pocos vecinos de San Salvador que en la actualidad se hallan en esta capital, por si y a nombre de los muchos que andan descarriados y de los que en dicha ciudad existen oprimidos, después de felicitar a V. S., consideran de su obligación hacerle relación sucinta, para no ocuparle mucho tiempo, de 1 (o) que alli ha ocurrido y causa de un trastorno tan general, que, por ser digno de la atención de S. M., lo ha de ser a V. S.
En aquel vecindario (y aun en toda la Provincia) se tenia conocimiento de los planes de Iguala, porque se habían repartido una multitud de copias, que todos veian con complacencia, y ésta produjo que todos deseaban abrazar el sistema de independencia; bajo de aquel concepto, y desde junio, comenzó a victorearse, a voces y por letreros en las paredes, al Sr. Iturbide, como al héroe de aquellos sentimientos.
En 14 de septiembre, en cabildo pleno y abierto, presidido por el Juez Letrado, Jefe Político, Dr. Dn. Pedro Barriere, se provocó la calificación de aquella opinión para que se tomaran los medios más proporcionados a que se adoptara la independencia y resultara sin un golpe de precipitación; y calificada en efecto, se dió cuenta, quedando el vecindario victoreándola con entusiasmo y sin embozo, aplaudiendo al expresado héroe, y así se continuó, casi sin intermisión, hasta el 21, en que se recibió la acta sancionada en esta capital el día 15, en que, adoptada aquélla, franqueaba a las provincias dejar correr sus sentimientos.
Entonces fueron mayores los aplausos; pero no conviniendo el vecindario en adoptar independencia absoluta, sino que reconociera una monarquía, con presencia de dichos planes, aunque todavia sin saberse hasta alli la suerte de la Capital del Imperio, fue unánime el voto del numeroso pueblo que concurrió, convocado, no tanto por los repiques, músicas y fuegos, sino expresamente por el Jefe; por el Cura 2º, D. José Ignacio Saldaña, y por el Administrador de Correos, D. Juan José Viteri, que aquél jurara de guardar y hacer guardar independencia, ser fiel a la Monarquía Americana, observar su Gobierno y las leyes que sancionara, y asi juraron las corporaciones y funcionarios públicos, el 22.
El mismo juramento dió el pueblo, el día 30, que fue la publicación solemne, bien expresa la denominación de esta América Septentrional, aunque por demás; y el Coronel Comandante de las armas, D. José Rosi, lo prestó en iguales términos, al frente y presencia del numeroso concurso, para pasar a recibirlo de la tropa que estaba formada y concurrió a la solemnidad del acto.
Una sola familia, que es la del Cura 1º, Dr. D. José Matías Delgado, indicaba la repugnancia a tan bello orden y emprendió inducir a lo menos una anarquia, para por ella entrar en el sistema de gobierno opuesto, para apoderarse de todo, dominar al vecindario, vengar pasiones y chancelar gruesas dependencias; habían continuado los vivas por el Serenisimo Sr. Iturbide, y ya comenzó a oírse a lo lejos, por la noche del 28, insultarle y clamar en su lugar, por los de aquella familia, Soberania del Pueblo, República, etc.
Fue adelantando la seducción con intención y disposición de insultar al subsecuente acto de la solemne proclamación y juramento del pueblo, poniendo en perplejidad a muchos; por los pretextos de desconfiar de algunos, se desvanecieron los intentos; pero quedaron intrigando, y aunque contando por entonces con pocos, pero de muy depravados pensamientos, y alucinando a otros con que tenían a varios de su partido. De este modo, también con fuerza y engaño, lograron algunas firmas, y fingiendo otras, emprendieron, tomando la voz del pueblo, solicitar que se formara una Junta Gubernativa y que en el mismo dia 1º de octubre se verificase, ocultando los depravados designios con decir que fuese la Junta subalterna de la de esta capital, que no se erigió en aquel concepto, pues a poco se corrió el velo y los mismos promoventes descubrieron el fondo de sus ideas.
El Jefe Político observó muchos cosas en circunstancias tan apuradas, y accedió a que se estableciera por el pronto, como provisional, la Junta, para que el pueblo, por conducto cierto, pudiera hacer sus pretensiones, y que se hiciera la reunión el día 7.
Esto desagradó a los de la empresa, porque, como habían obrado clandestinamente, y sin consultar y sin contar con el vecindario, temieron ser descubiertos; y ya inducidos algunos del Ayuntamiento en que estaba un hermano del Cura Delgado, se empeñaron para que se anticipase el acto, logrando de este modo que se señalara el dia 4.
Esto sucedió en acuerdo del día 2, en que se enteraron los principales agentes, D. Manuel José Arce, D. Juan Manuel Rodríguez y D. Mariano Fagoaga, con algunos que ya tenían atraidos, aún de vecindarios inmediatos, y otros incautos, llevados de la mano, como se dice, sin saber a qué; y trataron los primeros, con sorpresa, de que la Junta debía ser gubernativa con amplitud de facultades, sin contar para sus determinaciones con otra alguna autoridad, obrando como soberana, por la que el pueblo le transmitia, según todo consta en las mismas actas.
El Jefe, con varias razones trató de desimpresionar tales ideas, por fin contradijo, manteniéndose firme en lo que había proveido, y en concepto a que el pueblo estaba de acuerdo, porque hasta alli no se descubría el engaño con que se había usurpado su voz.
Aquella facción se propuso inducir y lograr el desorden, aprovechando los instantes; pero el vecindario, que fue descubriendo los intentos y las iniquidades a que se preparaban por aquel medio, y nada menos que infringir por los más escandalosos procedimientos la tercera garantía y avanzar hasta despojar y lanzar a los vecinos aún originarios, a pretexto de relaciones con europeos; sin haber entrado en semejantes ideas el pueblo, como se supuso, trató de contradecir, convocándose mutuamente los vecinos y concurriendo ante el Jefe y los Alcaldes, desde la mañana del día 3, toda su tarde y noche, amaneciendo en esta diligencia el día 4; contradiciendo y protestando y aun preparándose para contrarrestar al éxito de la Junta, si contra el dictamen general se verificara, evitando que salieran vocales aquellos mismos de la invención, que se proponían en la multitud de boletas que repartieron, ya induciendo con que era disposición del Gobierno y Ayuntamiento.
Reunido el vecindario en la Plaza Mayor a la hora en que se había de juntar el Ayuntamiento, se acercaron en grande proporción a ratificar la contradicción; exigieron la concurrencia del Jefe; a su llegada, insistiendo en sus protestas, pidieron que se les admitiera, para llevar la voz del común, al Cura 2º y Vicario Eclesiástico, D. José Ignacio Saldaña, y al Administrador de Correos, D. Juan José Viteri; por lo que entró (sic por entraron) en acuerdo el Jefe y el Ayuntamiento, y resultó que no se procediera a la Junta en concepto alguno, y que se diera cuenta. Al mismo tiempo, reclamaba el pueblo, en su excesiva mayor parte, que se procediera contra aquellos tres sujetos causantes de todo y se averiguaran los hechos que habían precedido, lo que acordó igualmente sobre los medios de asegurar la quietud pública, evitándose los daños de tanta alteración.
Estos obraban por orden y de acuerdo con el Cura Delgado, que se hallaba en esta capital como Diputado Provincial; Arce es su sobrino; Fagoaga, su primo, y Rodríguez, su dependiente y socio con ellos, que por eso le habia enviado el expresado Cura, luego que se proclamó la independencia, para que fuera a revolver, como se sabe positivamente; todos componen una familia, en que hay reunidos consanguineos, afines, sirvientes y dependientes cómplices.
Un hermano del Cura estaba dispuesto en aquellos instantes de la reunión para por la posta venir a dar cuenta del éxito que tuviera la empresa, sin duda esperándose en esta capital por la facción que estaba de acuerdo por contradecir al sistema imperial; por lo que, agitado el Cura Delgado, logró que sus compañeros, la mayor parte de los vocales de la Junta Consultiva de este Gobierno, le eligieran de comisionado con el pretexto de ir a pacificar, con plenitud de facultades, que sirviera para el verdadero objeto de llevar adelante los proyectos con la fuerza de la autoridad y de las armas puestas en sus manos, y a la dirección de un corazón envenenado.
Estaba San Salvador, a las doce horas de pasado el suceso, en absoluta quietud, sin haberse experimentado la más leve desgracia en un día que se temieron las mayores; pero se fueron alentando los agentes del trastorno luego que percibieron el apoyo que habian tenido, y se iba aumentando el desorden y la insolencia, según se aproximaba aquel Cura, que, siendo el gérmen del mal y el autor de la empresa, iba a mejor establecerla; saciando las furiosas pasiones de que se dejaba dominar el desorden, creia por instantes, propagándolo el mismo Cura desde que entró en la jurisdicción, porque en la insolencia de los suyos y en el terror de los demás fincaba el éxito de sus proyectos.
Con su entrada a la ciudad, llegó todo a lo sumo, porque revestido de toda la autoridad como Jefe Politico, Intendente, Comandante General de las Armas, haciéndose recibir con el aparato de un Capitán General, llenó de luto y confusión a tanto vecino honrado, cuando los malos se hacían intolerables, produciéndose mordazmente desde que salieron a recibir al Cura como al Mesias, permitiendo los insultos que se hacían a su frente. pero valiéndose del título de comisionado para que se preocupa-
Ya fue brotando su veneno y poniendo en ejecución sus ideas. ran muchos de aquellos que de otro modo no podían prestarse. mudó (a) todas las autoridades y encargos públicos, subrogando a aquellos con quienes al pronto, o poco después, podía contar. se franqueó la persecución en los términos más atroces, no sólo contra los que tenían meditada la venganza desde antes, y con los que contradijeron la intentada Junta, los que sostuvieron los derechos del pueblo y también con los que no cooperaron; pero aun contra todos los que se sospechaba que no convenían con el sistema de República, estando de parte del Estado Monárquico Imperial.
Así fue que se dió rienda suelta y se indujo con empeño a que se insultara al Dr. Barriere, que, funcionando de Jefe, cumplió con sus deberes; al Vicario Eclesiástico, Cura 2º, Zaldaña; al expresado Viteri; a los Comandantes de las armas, el Coronel Rosi; el de Voluntarios, Capitán D. José Guillermo Castro; al de Bandera. Teniente veterano Agote; al Alcalde 1º, D. Casimiro Garcia Valdeavellano; al Regidor depositario de la vara, D. Bernardo Castro, y a otros muchos vecinos honrados de todas clases, persiguiéndoles aun fuera de aquel territorio, ya por haber salido con anticipación, evitando los atropellamientos que experimentaron los que no pudieron salir; habiendo trabajado el expresado Cura, antes de vejar a los Regidores Castro, D. Juan Otondo, D. Francisco Duque, en que se desdijeran de los acuerdos y borraran las actas solemnes y públicas, cuyo atentado no cabe aun en el sujeto más precipitado, pretendiendo con empeño confundir unos hechos tan públicos y constantes a todo el vecindario,
Los muchos vecinos que se han escapado de aquella ciudad, que los más han dejado (a) sus familias expuestas y otros las han extraído con gastos crecidos; además, unos han tenido suspenso el giro de sus negocios y oficios; otros han dejado a la suerte sus haciendas y bienes; no pocos han tenido que recostarse a otros; algunos mendigando el sustento, o verse obligados a lo que no habían creido, errantes, padeciendo extorsiones y enfermedades, por no exponerse a sucumbir o al extremo de padecer afrentas, cárceles y aun la vida que han perdido algunos. Firmes todos aquellos en sostener el juramento de obedecer, reconociendo (a) el Imperio, hasta se han reunido al ejército de segunda vez, a pesar de los riesgos a que les han expuesto las detenciones; no habiendo seguido los que existen, porque los más quedaron enfermos o convalecientes, al regreso de Santa Ana, con otras dificultades.
El mayor delito que ha podido cometerse y que irritara al Cura Delgado y los de su facción, ha sido haber reconocido al Imperio; el juramento sin duda fue lo que más le precipitó y conmovió, y los que no se han retraído, sometiéndose irreligiosa y vilmente al contrario sistema, les ha cabido una muy triste suerte, sin que hayan sido exceptuadas las mujeres, porque no solamente han sufrido amenazas e infames amonestaciones, sino que han sido de hecho aprehendidas, ultrajadas, y causado, en algunas, abortos; en otras enfermedades, y con las presas se han divertido los inicuos, aumentando los ultrajes.
Todavía existen en un calabozo treinta y cuatro sujetos, de cuarenta que desde el 16 de abril fueron aprehendidos, habiendo logrado alivio los que han apostatado, sobrecogidos de la necesidad; aquéllos son hombres que han sacrificado su reposo y sus intereses muchos años por servir al público cuando los autores de la tragedia han estado contrayendo deudas para vivir holgazanes; el delito es en algunos suspecharse que son adictos al Imperio; y en la situación más lamentable, es de recomendar la constancia de Bruno Paredes y de Isidoro Somoza, cabos de voluntarios, que, proponiéndoles la libertad con sólo ir a tomar las armas, contestaron que mejor padecerían por no faltar a su firmeza en el sistema que han jurado.
Se han violentado a muchos vecindarios, como Olocuilta, San Jacinto, Quesaltepeque, Santa Ana, etc., ya que la seducción y amenazas no habían bastado y que todos no han tenido la energía de Quesaltepeque, de evacuar el pueblo antes que ceder; no han tenido derecho los de la facción para obrar tan inícuamente, por que aquellos y otros vecindarios fueran del territorio de la Intendencia, y mucho menos para haberse arrojado contra Aguachapa, que es de la Provincia de Sonsonate, y aun a intimar a esta cabecera.
Han dado fuego a varias haciendas y saqueado otras, solamente porque las tropas que reconocen al Imperio y defienden sus derechos, han pasado y permanecido alli.
Se han permitido que una pandilla de mujeres desenvueltas forme reunión con armas y algazara, como perras rabiosas, para perseguir de muerte a las que saben o sospechan que son adictas al grande Imperio; y para que se fomenten aquellas en los vicios, se les ha franqueado por su antiguo Párroco la reunión de noche en la escuela que le sigue a la de la Junta Patriótica, siendo increíbles los escándalos y desórdenes que se están cometiendo.
Como el autor de todo es el Cura Delgado, que, por el carácter de que ha hecho tanto abuso, por la fuerza de su familia y de la autoridad en su mando, está todavía confundida la plebe, ignorante de que obra con dependencia y subordinación del legítimo Gobierno, haciéndose respetar supersticiosamente de unos, temer de otros, creyendo otros sacar provecho de las iniquidades; de los primeros, hay no pocos entusiasmados al oír las vanas supuestas y sus inicuas seducciones que se les hace en la indulgencia y desde el púlpito, profanándola algunos eclesiásticos que por exterioridad habían tenido engañado a casi todo el vecindario; de los segundos, hay no pocos que por su ignorancia, impuestos que la idea del Cura fue a nombre de la superioridad, sin descubrirsele la maldad con que se ha obrado, creen que faltarán desobedeciendo; y de los últimos, es preciso que haya algunos como que deseando el abandono, encuentran salvo conducto, como el de no sólo permitirse y tolerarse, sino inducirseles a la maldad.
Estos hechos tan notorios, expuestos muy por mayor, comprueban el despecho de los autores y cómplices en aquella facción que ha querido disponer de la suerte de todo un vecindario que tuvo la honra de reconocer la Monarquia, sin seguir ejemplo contrario y cuando no sabía del éxito de la capital del Imperio.
Es visto el odio que se tiene a su sistema y el desprecio que no haría una nación entera contra la protección y dependencia que se juró; y sin embargo, se oye en escándalo que quieran alucinar aquellos facciosos con decir que imploran la protección imperial y que tratarán de reconocer (a) el Gobierno Monárquico (ya reconocido), y al mismo tiempo que siguen las maldades y se aprovechan de términos para fortificarse.
Es horrendo el crimen de haber sofocado al mismo vecindario de San Salvador para retraer, o confundir si pudieran, del reconocimiento que hizo a la Monarquía; son muchos los agravios al público y a particulares, que unos y otros se han propuesto vindicar para que el ejemplo y escarmiento sirva (n) a la posteridad.
Así lo tienen representado al Serenísimo Sr. Iturbide, bajo cuya protección han procedido; y que por lo mismo reclamaron al Jefe Político, desde el principio, que diera cuenta de todo, como lo hizo por correo, que, según se calificó posteriormente, fue interceptado por disposición del mismo Cura Delgado, y extraídos los pliegos que venían para el Jefe Superior; con mayor razón debieron haberse extraído los que se dirigían para S. A., a quien así lo han documentado, reiterándose las súplicas más reverentes también a S. A. la Regencia, con fechas de 30 de diciembre, 15 de enero, 18 de marzo, 2 de abril y 3 de mayo, solicitando el remedio y, como el más oportuno, la aproximación de V. S. y de la fuerza de su mando.
Lo cual hacemos a V. S. presente para que por el grande influjo y facultades que debe tener, coopere, y para que puedan cesar tantos males, quitando al vecindario de San Salvador la opresión que padece, y que no acaben sus días los presos en las cárceles, y los demás que están huyendo que se restituyan a sus hogares, y que se proceda al castigo de los causantes de tantos males, que es a lo que se dirige esta sencilla exposición y súplica, deseando a V. S. las mayores felicidades y los mejores aciertos.
Dios guarde a V. S. muchos años.— Guatemala, 17 de mayo de 1822.— Varias firmas de particulares.— Sr. Brigadier, Comandante General de las tropas Imperiales expedicionarias, D. Vicente Filisola.