Memorias Íntimas - El General Prim

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Obras Completas de Eusebio Blasco
Tomo IV, Memorias Íntimas.
Capítulo VIII - El General Prim
 de Eusebio Blasco


Nota: se ha conservado la ortografía original, excepto en el caso de la preposición á.


VIII
El General Prim.

En aquella época de inusitada animación política, periodística y social que va comprendida entre el memorable año de sesenta ¡y seis y el célebre año de sesenta y ocho, ó lo que es lo mismo, lo que pudiéramos llamar la España revolucionaria, la caída de los Borbones, el cambio completo de aspecto y de manera de ser de la sociedad española. Hasta entonces se había vivido una vida agitada, de guerras civiles, de gestaciones de partidos, de pronunciamientos y de crisis más ó menos graves, pero de cierto modo normal, porque dado que para nosotros los españoles el estado normal es la agitación constante y el vivir siempre mal avenidos, hasta la época en que hoy entramos no había habido realmente nada de extraordinario en el país. Desde el año de 66 pudo decirse que la tormenta se venía encima,, y aquella gorda de que hablábamos en la primera conferencia, apareció ya hecha y derecha y vino y se apoderó del presente y del porvenir y a ella contribuímos todos.

Terminado el cólera, cantado el te déum en toda la nación, recobró Madrid su vida alegre y bulliciosa, y empezó el mes de Enero de 1866, con la primera sublevación de Prim el 3 de Enero. Prim fué ya la bandera de la revolución, el héroe popular, y como él lo llenaba todo, voy a tratar de hacer un boceto de su persona, porque le conocí mucho y le vi muy de cerca durante dos años.

Era, pues, un hombre de talla regular, muy pálido, la color amarilla tirando a verdosa por ser su temperamento bilioso sobre toda ponderación; en la piel de la cara muchas espinillas ó puntos negros; los ojos de mirada tan penetrante que parecía querer magnetizar cuando hablaba: ojos inquisidores que se clavaban, como decirse suele, en aquél a quien se dirigía. La barba escasa y áspera, bien que recortada, el pelo con raya, peinado con un mechón hacia la izquierda. Nadie le reprodujo mejor que el pintor Regnault en aquel célebre retrato en que Prim a caballo y sin sombrero, a la cabeza de los catalanes, parece el genio de la guerra y ea el héroe legendario de las grandes luchas españolas, con tal expresión de furor bélico rayano en fanatismo, que no hay palabras con que elogiar obra pictórica tan grande. A Prim no le gustó, porque era vanidoso de su persona y tenía cierto empeño en aparecer con maneras aristocráticas. Se vió en el lienzo un poco desgreñado, fantástico, grande en la expresión de soldado español, y su vera efigie le resultó desagradable; el pintor, justamente resentido, se llevó su cuadro, lo expuso en París, produjo un movimiento general de admiración y el Estado francés compró la obra, que desde entonces figura como una de las mejores modernas en el Museo Nacional del Louvre. Obra inmortal como el personaje que representa. Quien quiera saber cómo era Prim en los grandes momentos de su vida, vea aquel retrato. Su gallarda actitud en la campaña de Méjico, la fama que ya tenía desde la guerra de África, sus diferencias con la corte de España y con la reina que había sacado a sus hijos de pila, su reputación europea de soldado valeroso y su ingreso en el partido revolucionario, hicieron de Prim, como antes dije, la bandera de la revolución. Él la representaba, la guiaba, la urdía. Olózaga dirigía la conspiración en Madrid y Prim se encargaba de los hechos, comenzando en Enero del 66 la serie de los movimientos armados. El primero le fracasó y tuvo que pasar huyendo a Portugal. Ya no volvió hasta que entró triunfante; pero fué el Mesías que el pueblo esperaba, y al fin vino.

En su trato particular era hombre de finos modales, algo rebuscados, porque su debilidad única era la de aparecer gran señor robándose a si mismo popularidad. Repetía en la conversación palabras francesas; era aristócrata en la vida interior, su mesa era fastuosa, le gustaba tener a comer mucha gente, pretendía de gourmet, podía vivir en grande porque era rico, y aquella santa mujer suya, una verdadera gran señora, hacía los honores de la casa con la mayor distinción. En Madrid, como en las emigraciones, vivía Prim rodeado de una verdadera corte de generales, coroneles, comandantes, adeptos civiles que le seguían a todas partes y le adoraban como a un Dios, periodistas españoles y extranjeros, extranjeros sobre todo, porque siempre se ocupó mucho de la prensa de Europa y la prensa europea de él, y cuando llegó al poder tenía a su devoción los periódicos más importantes de París y de Londres.

Habiendo sido su educación incompleta y puramente militar y práctica, si de joven no tuvo tiempo de estudiar, cuando emigró se lo aprendió todo. Pudo decir que se hizo él solo hombre de Estado, y con un instinto natural de las cosas verdaderamente extraordinario, lo que no sabía lo adivinaba; no era instruido y se instruyó; no era orador y se hizo orador; no había gobernado nunca y cuando gobernó como jefe de la nación asombró por la grandiosidad de sus dotes. Lo veía todo grande, despreciaba el dinero, lo tiraba en derredor suyo, se desvivía por los amigos, dominaba a las masas. Cuando entró -en España vencedor, millones de almas le pidieron en Barcelona, en Madrid, en cuantas poblaciones pisó, que se arrancara la corona real que llevaba en la gorra de uniforme. Como no había prometido la República, entró en Madrid con la corona aquella en la cabeza a pesar de los millones de voces, y mientras buscaba un un rey, fué rey él mismo.

El hablar era reposado; el acento catalán, aunque se esforzaba en dominarlo; pero nadie pierde nunca el acento de su tierra, y en los momentos de animación resultaba más de Reus que nunca. Sus dotes de mando eran nativas; vino al mundo para mandar y no hizo más que eso A los hombres civiles de la revolución se les impuso como jefe, y sin saber ni la décima parte que ellos les dirigió y les mandó y todos se dejaron mandar por él y reconociéndole como persona superior. Su popularidad fué inmensa. Encarnó una idea, creó una sociedad nueva, derrumbó todo lo que era secular; el pueblo le adoraba, y de ser el director del partido progresista pasó a ser el director de una nación. Derribó una dinastía, supo contener la avalancha republicana; inventó una candidatura alemana con gran talento, porque sabía que con la sola indicación produciría un conflicto europeo, y él solo, desde su gabinete del Ministerio de la Guerra, provocó la guerra franco prusiana. En su época de emigrado quiso tratar con Luis Napoleón del porvenir de España. El emperador le hizo esperar dos horas, le recibió fríamente y no le hizo caso y al bajar la escalera dijo Prim: «Éste se acordará de mí.» Prim fué la causa de la guerra que trajo la catástrofe del Sedán y el fin del Imperio. Después organizó la España a su gusto, evitó la guerra civil aniquilando en su principio al enemigo carlista, buscó un rey en Italia, y la víspera de verlo entrar en Madrid, en traidora emboscada perdió la vida. Llegó ya casi muerto al Ministerio de la Guerra, saltó del coche, se negó a que nadie le ayudase a subir la escalera, y erguido y con el mismo aspecto fantástico del héroe español que tiene en el cuadro aquel famoso, subió lentamente, altivo y valeroso, dejando tras de sí un largo reguero de sangre, y murió allí en el Palacio de la Guerra, dejando memoria eterna en España y en el mundo, porque fué toda una época, toda una sociedad, y de humilde soldado llegó a la mayor altura poniendo muy alto el nombre de la España moderna. La generación actual no le conoce sino por la Historia. Los que le vimos de cerca podemos contar que fué el hombre de su tiempo y que a él deben los que nos han sucedido la implantación de las grandes reformas y libertades que nos pusieron a nivel con los pueblos modernos.