Mensaje de fin de año 1978 de Augusto Pinochet Ugarte
31 de diciembre de 1978
Deseo enviar a cada compatriota, sin distinción alguna, mi afectuoso saludo y el deseo de que el nuevo año que se inicia sea portador para ustedes y para todo Chile de paz y bienestar.
En estas horas finales del año se sienten tan profundamente los lazos de cariño que nos unen a nuestros seres queridos, hago un llamado a todos nuestros connacionales para que en 1979 se consolide la unión de todos los hijos de esta tierra y de aquellos que la han escogido como su nueva patria, pues aquí encontraron seguridad y el verdadero respeto a la persona humana que en tantas otras partes del mundo se ignoran.
El año que termina no ha estado exento de grandes sacrificios. Sabemos bien que resta mucho por reorganizar y aún más por construir para que las generaciones que vendrán puedan en el día de mañana disfrutar de un país de orden, progreso y libertad, sin tener que enfrentar las duras pruebas a que nosotros hemos sido sometidos.
Un breve estudio de los logros obtenidos en el año que finaliza muestra incuestionablemente que el progreso de Chile es tan sustancial en este lapso que ello compensa con creces el gran esfuerzo que se requirió para conseguirlo. Retrocediendo en el tiempo, vemos cómo se inició este año con la histórica consulta nacional en la que convocados los chilenos se pronunciaron libre y secretamente y por una mayoría abrumadora en contra de una resolución de las Naciones Unidas que constituía una gran infamia contra nuestro país.
Dentro de este mismo acto se reiteró específicamente al presidente que os habla, el mandato de llevar adelante el proceso hacia una nueva institucionalidad. La consulta nacional demostró un grado de participación nunca antes alcanzado por la población en un proceso de tal naturaleza. Al mismo tiempo, con ello se dio una prueba más de la unión y capacidad de respuesta de Chile cuando se le desafía.
Ante tal inequívoca manifestación de voluntad democrática, el Supremo Gobierno adoptó las medidas conducentes a dar el más efectivo y rápido cumplimiento al avance en el camino que nos habíamos trazado en Chacarilla. Así, el gabinete ministerial fue reestructurado con miras a incrementar la integración cívico-militar, la coordinación de las tareas de gobierno necesarias para avanzar en la nueva institucionalidad, cuya esencia es la de una democracia auténtica y adecuadamente protegida. En este esquema ha correspondido a la civilidad compartir progresivamente el ejercicio contingente de funciones gubernamentales, pasando de la colaboración a la participación.
Asimismo, atendido el estado de normalización en todos los ámbitos de la vida nacional y restablecido en plenitud el orden público, se puso término al estado de sitio. Controladas las actividades subversivas de los grupos terroristas y extremistas que antes proliferaban en el territorio nacional, ya no era necesaria la aplicación de las normas de seguridad que el referido estado de sitio involucra. Dentro de este encadenamiento se inserta igualmente la derogación de las normas relativas al toque de queda, sin que ello haya significado alteración del orden público ni de la paz interior.
Los esporádicos atentados producidos a lo largo del año tienen un inútil propósito político de amedrentamiento e indican ser obra de grupos absolutamente minoritarios y carentes de toda significación popular, a cuyo control se encuentran abocadas las autoridades respectivas que garantizan la seguridad nacional.
Es ampliamente conocida la importancia que el gobierno atribuye a todos los aspectos del desarrollo social. Ejemplo tangible de ello son, entre otras, las operaciones Confraternidad y Confraternidad Segunda, que incluye la construcción de casi 2 mil habitaciones sociales en Santiago para familias antes abandonadas en la extrema pobreza. En total, a lo largo del país se han construido sobre 15 mil habitaciones de este tipo en el curso del año.
Este gobierno se caracteriza por no abundar en promesas, sino en realizaciones concretas. (...) Se actúa con serenidad y mesura cada vez que la realidad exige al país por entero, afrontar algún sacrificio inevitable, que la conferencia demagógica hubiera aconsejado en otro tiempo disimular o encubrir bajo apariencias engañadoras. Tal franqueza que desconcierta a los profesionales de la política conduce a la confianza mutua entre la nación y su gobierno, demostrada en innumerables ocasiones.
Desde que las Fuerzas Armadas y de Orden asumieron la responsabilidad de la conducción del país, han transcurrido más de cinco años, tiempo en el que se consiguió devolver a Chile la tranquilidad y la seguridad, la paz social y un renacer de actividades nacionales que no habrían sido posibles de alcanzarse sino dentro de un esquema de firme autoridad y máximo esfuerzo de toda la nación.
Conseguido este objetivo, el gobierno no se ha estancado en el inmovilismo. Por el contrario, alejándose por igual de todos los extremos, ha seguido un camino de equilibrio avanzando hacia la construcción de esta democracia nueva, que responda a nuestra tradición, a nuestra experiencia y a la necesidad de desarrollo para nuestra época y para el futuro.
Esta nueva institucionalidad, aunque rebasa, por cierto, los límites de lo solamente constitucional, requiere de una carta fundamental que consagre sus valores y sus principios básicos. Atendido este hecho, se dio especial prioridad a las labores de la Comisión de Estudios de la Nueva Constitución Política de la República. El texto completo del anteproyecto respectivo está actualmente sometido a un proceso de análisis, estudio y perfeccionamiento que culminará con un plebiscito para que la nación soberanamente resuelva en definitiva sobre tan trascendental materia.
Otro aspecto irrefutable del proceso en el frente interno, es el continuado desarrollo de nuestra economía, cuyos frutos comienzan a percibirse en forma clara. No obstante los negros augurios de sus adversarios, sobrepasados uno tras otro con la realidad de una inflación controlada, el aumento del poder adquisitivo real de los salarios, el equilibrio de la balanza de pagos, el incremento del producto nacional y múltiples otros indicadores del efectivo avance. No es mi propósito mostrar un cuadro idealizado, pero sí real.
Como Presidente de la República estoy plenamente consciente de que resta mucho por alcanzar, particularmente en el caso del empleo. Así mismo, me asiste total confianza en que también ese y otros escollos serán superados por la acción tenaz de todos los chilenos, cuya iniciativa y capacidad pueden ahora desenvolverse en un marco de libertad.
En el frente externo vimos este año un ejemplo sin precedente al autorizar el ingreso a nuestro territorio de un grupo de las Naciones Unidas para examinar la situación de los derechos humanos en el país. Si bien, en definitiva, su informe contiene equivocaciones y distorsiones de la realidad, los chilenos podemos mirar al mundo con la frente en alto, como siempre lo hemos hecho. Demostramos que nada necesitamos ocultar y que nuestra rectitud de objetivos y de métodos nos permite abrir las puertas de nuestro país a todo el que, con respeto de las normas elementales de procedimiento jurídico, desea informarse por sí mismo sobre la verdad. Recaerá en sus propias conciencias el peso de la falta de veracidad de aquellos que vieron lo cierto pero optaron por expresar lo que no era por motivos fácilmente comprensibles.
Graves dificultades hemos debido encarar en nuestras relaciones con la República Argentina como consecuencia de nuestra determinación de conservar intactas la dignidad y soberanía nacionales dentro del más estricto apego a las normas de derecho. Reiteramos una vez, más nuestra tradicional vocación de paz y nuestra voluntad de que las diferencias que hoy nos separan, sean resueltas por medios congruentes con el honor y la cultura de nuestra República. Sin embargo, del mismo modo puedo asegurar que todos los chilenos unidos como un solo hombre sabremos hacer respetar nuestros legítimos derechos, sin dejarnos amedrentar por ninguna actitud intimidatoria, cualquiera sea su origen o forma que revista. Esta posición invariable se aplicará y se aplica a toda hostilidad en contra de Chile. Y si nunca en el pasado claudicamos ante presiones o amenazas de ninguna especie, tampoco lo haremos ahora ni en el futuro, con la serenidad que nace de la razón y de la justicia.
El año que comienza traerá sin duda nuevos desafíos y muchas incomprensiones, pero estoy cierto de que los chilenos responderemos a ellos con el coraje y la firmeza que nos ha caracterizado en toda nuestra historia. Invoco a Dios para que nos ilumine y nos guíe con su infinita sabiduría para que el próximo año 1979 se desenvuelva bajo el signo de la conciliación y el entendimiento. Pliego al Altísimo que derrame su bondad sobre la nación chilena para que quede definitivamente atrás toda división y todo rencor.
Comencemos este año con redoblada energía y con la misma fe inquebrantable en Chile que nos ha permitido siempre salir adelante en las más difíciles circunstancias. Al terminar estas palabras llenas del más grande amor a Chile, a cuyo servicio he entregado mi vida, y de afecto a los hijos de esta tierra, siento renovado el compromiso de continuar trabajando sin descanso por la mayor grandeza de nuestra querida patria.
¡VIVA CHILE!