Metamorfosis o El Asno de Oro (Cortegana)/Libro I. Primera edición

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LUCIO APULEYO

DEL ASNO DE ORO

Traducción atribuida a Diego López de Cortegana, Sevilla ¿1513?

Edición de Herminia Pérez Vega y Ana Pérez Vega. Sevilla, 2019


Libro primero

[1] En este libro podrás conocer y saber diversas historias y fábulas, con las cuales deleitarás tus oídos y sentido, si querrás leer y no menospreciares ver mi scriptura; porque aquí verás las fortunas y figuras de hombres convertidas en otras imágenes y tornadas otra vez en su mesma forma. De manera que te maravillarás de lo que digo. Y si quieres saber quién soy este, en pocas palabras te lo diré. Mi antiguo linaje es de Athenas y de Lacedemonia, que son ciudades muy fértiles y nobles, celebradas por muchos scriptores. En esta ciudad de Athenas comencé a aprender seyendo mozo; después vine a Roma, donde con mucho trabajo y fatiga, sin que maestro me enseñase, aprendí la lengua natural de romanos. Así que pido perdón si en algo ofendiere, seyendo yo rudo para hablar lengua extraña. Que aun la misma mudanza de mi habla responde a la sciencia y estilo variable que comienzo a escribir. La historia es griega, entiéndela bien y habrás placer. [2] Yendo a Thesalia sobre cierto negocio, porque también de allí era mi linaje de parte de mi madre, de aquel noble Plutarcho y Sexto, su sobrino, filósofos, de los cuales viene nuestra honra y gloria. Despues de haber pasado sierras y valles, prados herbosos y campos arados, ya el caballo que me llevaba iba cansado. Y así por esto como por ejercitar las piernas, que llevaba cansadas de venir cabalgando, salté en tierra y comencé a estregar el sudor y frente de mi caballo. Quitele el freno y tirele las orejas, y llevelo delante de mí, poco a poco, hasta que descansase, haciendo lo que natura suele. Caminando desta manera, él iba mordiendo por esos prados a una parte y a otra, torciendo la cabeza, y comiendo lo que podía, en tanto que a dos compañeros que iban un poco adelante de mí yo llegué y me hice tercero, escuchando qué era lo que hablaban. El uno dellos, con una gran risa, dijo: -Calla ya, no digas esas palabras tan absurdas y mentirosas. Como yo oí esto, deseando saber cosas nuevas, dije: -Antes, señores, repartid conmigo de lo que vais hablando, no porque yo sea curioso de vuestra habla, mas porque deseo saber todas las cosas, o al menos muchas, y también, como subimos la aspereza desta cuesta, el hablar nos aliviará del trabajo. [3] Entonces, aquel que había comenzado la fabla dijo: -Por cierto, no es más verdad esta mentira que si alguno dijese que con arte mágica los ríos raudales tornan para trás, y que la mar se cuaja, y los aires se mueren, y el sol está fijo en el cielo, y la luna despuma en las yerbas, y que las estrellas se arrancan del cielo, y el día se quita, y la noche se detiene. Entonces yo, con un poco de más osadía, dije: -Oyes tú que comenzaste la primera habla, por amor de mí que no te pese ni te enojes de proceder adelante. Así mismo, dije al otro: -Tú paréceme que con grueso entendimiento y rudo corazón menosprecias lo que por ventura es verdad. ¿No sabes que muchas cosas piensan los hombres, con sus malas opiniones, ser mentira, porque son nuevamente oídas, o porque nunca fueron vistas, o porque parescen más grandes de lo que se puede pensar, las cuales, si con astucia las mirases y contemplases, no solamente serían claras de hallar, pero muy ligeras de hacer? [4] Pues a mí contesció que yendo a Athenas un día, ya tarde, comiendo con otros, yo, por hacer como ellos, mordí un gran bocado en una quesadilla, a causa ç que los convidados daban prisa en comer. Y como aquél es manjar blando y pegajoso, atravesóseme en el gallillo que no me dejaba resollar, hasta que poco menos quedé muerto; pero con todo mi trabajo llegué a la ciudad, y en el portal grande que llaman Pecile [Stoa Poikile o Poecile] vi con estos ambos ojos un caballero destos que hacen juegos de manos que tragó una espada bien aguda por la punta. Y luego, por un poco de dinero que le daban, tomó una lanza por el fierro y lanzósela por la barriga, de manera que el hierro de la lanza, que entró por la ingle, le salió por la parte del colodrillo a la cabeza, y apareció un niño lindo en el hierro de la lanza, trepando y volteando, de lo cual nos maravillamos cuantos allí estábamos, que no dijeras sino que era el báculo del dios Esculapio, medio cortados los ramos, y así ñudoso, con una serpiente volteando encima. Así que tú, que comenzaste la fabla, tórnamela a contar, que yo sólo te creeré, en lugar deste otro, y de más desto te prometo que en el primer mesón que entremos te convidaré a comer conmigo. Ésta será la paga de tu trabajo. [5] Él respondió: -Pláceme aceptar lo que me dices, y luego proseguiré lo que antes había comenzado; mas primeramente juro por este sol que ve a dios de te contar cosas que se han hallado y son verdaderas, porque vosotros de aquí adelante, no dudéis, si llegardes a Thesalia, esta ciudad que está aquí cerca, lo que en cada parte della se dice por todo el pueblo. Y porque sepáis quién soy y de qué tierra y qué es mi oficio, habéis de saber que yo soy de Egina [Egio], y ando por estas provincias de Thesalia, Etholia y Boecia [Beocia], de acá para allá, buscando mercaderías de queso, miel y semejantes cosas de taberneros; y como oyese decir que en la cibdad de Hipata [Hípata], la cual es la más principal de Thesalia, hubiese muy buen queso y de buen sabor y provechoso para comprar, corrí luego allá, por comprar todo lo que pudiese; pero con el pie izquierdo entré en la negociación, que no me vino como yo esperaba, porque otro día ante había venido allí un negociador que se llamaba Lobo y lo había comprado todo. Así que yo, fatigado del camino y de la pereza que llevaba, si os place, hacia la tarde fuime al baño, [6] y de improviso hallé en la calle a Sócrates, mi amigo y compañero, que estaba sentado en tierra, medio vestido con un sayuelo roto, tan disforme, flaco y amarillo, que parecía otro: así como uno de aquellos que la triste fortuna trae a pedir por las calles y encrucijadas. Como yo lo vi, aunque era muy familiar mío y bien conocido, pero dudé si lo conocía, y llegueme cerca de él, diciendo: «¡Oh mi Sócrates!, ¿qué es esto?, ¿qué gesto es ése?, ¿qué desventura fue la tuya? En tu casa ya eres llorado y planteado/plañido, ya a tus hijos han dado tutores los alcaldes; tu mujer, después de hechas tus exequias y haberte llorado, cargada de luto y tristeza, cuasi ha perdido los ojos; es compelida e importunada por sus parientes a que se case y con nuevo marido alegre la tristeza y daño de su casa, y tú estás aquí, como un estatua del diablo, con nuestra injuria y deshonra.» Él entonces me respondió: «¡Oh Aristómenes! No sabes tú las vueltas y rodeos de la fortuna y sus instables movimientos y alternas variaciones.» Y diciendo esto, con su halda rota cubriose la cara, que, de vergüenza, estaba bermeja, de manera que se descubrió dende el ombligo arriba. Yo no pude sufrir tan miserable vista y triste espectáculo; tomelo por la mano y trabajé con él porque se levantase, [7] y él así, como tenía la cara cubierta, dijo: «Déjame; use la fortuna de su triunfo; siga lo que comenzó y tiene fijo.» Yo luego desnudeme una de mis vestiduras y prestamente lo vestí, aunque mejor diría que lo cubrí; y hícelo ir a lavar al baño, y le di todo lo que fue menester para se untar y limpiar su mucha y enorme suciedad que tenía. Después de bien curado, aunque yo estaba cansado, como mejor pude llevelo al mesón e hícelo sentar a la mesa y comer a su placer; amanselo con el beber, alegrelo con el fablar, de manera que ya estaba inclinado a fablar en cosas de juegos y placer para burlar y jugar, como hombre decidor, cuando de lo íntimo de su corazón dio un mortal suspiro y con la mano derecha diose un gran golpe en su cara, diciendo: -¡Oh mezquino de mí, que en tanto que anduve siguiendo el arte de la esgrima, que mucho me aplacía, caí en estas miserias; porque, como tú muy bien sabes, después de la mucha ganancia que hube en Macedonia, partiéndome de allí, que había diez meses que ganaba dineros, torné rico y con mucho dinero; y un poco antes que llegase a la cibdad de Larisa, pensando hacer allí alguna cosa de mi oficio, pasé por un valle muy grande, sin camino, lleno de montes y descendidas y subidas. En este valle caí en ladrones, que me cercaron y robaron cuanto traía; yo escapé robado, y así, medio muerto, víneme a posar en casa de una tabernera vieja, llamada Meroe [Méroe], algo sabida y parlera, a la cual conté las causas de mi camino y robo y la gana y ansia que tenía de tornar a mi casa; contándole yo mis penas con mucha fatiga y miseria, ella comenzome a tratar humanamente y diome a de cenar muy bien y de balde. Así que, movida o alterada de amor, metiome en su cámara y cama; yo, mezquino, luego como llegué a ella una vez contraje tanta enfermedad y vejez, que por huir de allí todo cuanto tenía le di, fasta las vestiduras que los buenos ladrones me dejaron con que me cubriese, y aun algunas cosillas que había ganado cosiendo jerga cuando estaba bueno. Así que aquella buena mujer y mi mala fortuna me trajo a este gesto que poco ante me viste. [8] Yo respondí: -Por cierto, tú eres merecedor de cualquier extremo mal que te viniese, aunque hubiese algo que pudiese decir último de los extremos, pues que una mala mujer y un vicio carnal tan sucio antepusiste a tu casa, mujer e hijos. Sócrates, entonces, poniendo el dedo en la boca y como atónito mirando en derredor, a ver si era lugar seguro para hablar, dijo: -Calla, calla; no digas mal contra esta mujer, que es maga; por ventura, no recibas algún daño por tu lengua. A lo cual yo respondí: -¿Cómo dices tú que esta tabernera es tan poderosa y reina? ¿Qué mujer es? Él dijo: -Es muy astuta hechicera, que puede abajar los cielos, hacer temblar la tierra, cuajar las aguas, deshacer los montes, invocar diablos, conjurar muertos, resistir a los dioses, escurecer las estrellas, alumbrar los infiernos. Cuando yo le oí decir estas cosas, dije: -Ruégote, por Dios, que no hablemos más en materia tan alta; abajémonos en cosas comunes. Sócrates dijo: -¿Quieres oír alguna cosa o muchas de las suyas? Ella sabe tanto, que hacer que dos enamorados se quieran bien y se amen muy fuertemente, no solamente de aquí, de los naturales, pero aun de los de las Indias, ethiopas y antípodeses, en comparación de su saber, es cosa muy liviana y de poca importancia. Oye agora lo que en presencia de muchos osó hacer [9] a un enamorado suyo porque tuvo que hacer con otra mujer, con una sola palabra suya lo convirtió en un animal que se llama castor, el cual tiene esta propiedad, que temiendo de no ser tomado por los cazadores, cortase su natura porque lo dejen; y porque otro tanto le aconteciese a aquel su amigo, le tornó en aquella bestia. Así mismo, a otro su vecino tabernero, y por ello enemigo, convirtió en rana; y agora el viejo mezquino andaba nadando en la tinaja del vino, y, lanzándose debajo las heces, canta cuando vienen a su casa los que continuaban a comprar de él. También a otro procurador de causas, porque abogó contra ella, lo transformó en un carnero, y así, hecho carnero, procura agora las causas y pleitos; esta misma, porque la mujer de un su enamorado le dijo cierta injuria por donaire, la cerró de tal manera que quedó preñada, y así con la carga de su preñez anda, que nunca más pudo parir; y todos cuentan el tiempo de su preñez, que son ya ocho años que a la mezquina cresce el vientre como preñez de elefante. [10] La cual, como a muchos dañase, fue tanta la ira que el pueblo tomó contra ella, que acordaron de la apedrear otro día y vengarse della; pero con sus encantamentos ella supo lo que estaba acordado. Y como aquella Medea, que con la tregua de un día que alcanzó del rey Creón, toda su casa y su hija con el mismo rey quemó en vivas llamas, así ésta, con sus imprecaciones infernales, que dentro en un sepulcro hizo y procuró, según que la beoda me contó, a todos los vecinos de la ciudad encerró en sus casas con la fuerza de sus encantamentos, que en dos días no pudieron romper las cerraduras, ni abrir las puertas, ni horadar las paredes, hasta que unos a otros se amonestaron y juraron de no le tocar ni hacer mal alguno, antes, de le dar toda ayuda y favor saludable contra quien algo de mal le pensase hacer. Desta manera ella amansada, absolvió y desligó toda la cibdad; pero al auctor deste escándalo, con su casa como estaba cerrada y con las paredes y el suelo y sus cimientos, a media noche la lo traspasó y llevó a otra cibdad, cien millas de allí, que estaba asentada en una sierra muy áspera donde no había agua; y porque en la cibdad no había lugar donde pudiese asentar la casa, por la mucha vecindad della, asentola ante la puerta de la ciudad y partiose luego. [11] Cuando yo le oí esto, díjele: -Por cierto, mi Sócrates, tú me dices cosas muy maravillosas y no menos crueles, sin duda no me has dado pequeño cuidado y miedo; lanzado me has, no solamente escrúpulo, más una lanza. Por ventura, esta vieja, usando de su encantam[i]ento, no haya conoscido nuestras palabras y pláticas, por tanto, vámonos pronto a dormir; y desque hayamos quebrantado un poco el sueño de la noche, ante del día, huyamos de aquí cuanto más lejos podremos. ‘‘[Título de la 2ª ed.: Capítulo II. Cómo Aristómenes, que así se llamaba el segundo compañero, prosiguiendo en su historia, contó a Lucio Apuleyo cómo las dos magas hechiceras Meroe [Méroe] y Panthia [Pantia] degollaron aquella noche a Sócrates, indignadas de él].’’ Aún yo no había acabado de decir esto, cuando Sócrates, así por el beber del vino, que no había acostumbrado, como por la luenga fatiga que había padescido, ya dormía altamente y roncaba. Yo entonces cerré la puerta de la cámara y echele el aldaba, y echeme sobre una camilla que estaba cerca de los quicios de la puerta. Así que, primeramente, del miedo que tenía, velé un poco; después, cuasi a media noche, comenzáronseme a cerrar los ojos: mi fe, si os place, ya dormía; y súbitamente, con mayor ímpetu y ruido que ladrones vienen, las puertas se abrieron, y para decir verdad, quebradas y arrancadas de los quicios cayeron por tierra. Mi camilla en que estaba, como era pequeña y cojo el banco de un pie y podrido de los otros, con la violencia y fuerza del ímpetu cayó en tierra; yo caí debajo en el suelo, y como la cama se volvió, tomome debajo y cubriome.