Mirando atrás desde 2000 a 1887 Capítulo 6

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El Dr. Leete dejó de hablar, y permanecí en silencio, esforzándome en formarme una idea general de los cambios en el orden social implicados en la tremenda revolución que me había descrito.

Finalmente dije, "La idea de tal expansión de las funciones de gobierno es, para decirlo brevemente, bastante sobrecogedora."

"¡Expansión!" repitió, "¿dónde está la expansión?"

"En mis tiempos," repliqué, "se consideraba que las funciones propias del gobierno, estrictamente hablando, estaban limitadas a mantener la paz y defender a la gente del enemigo público, esto es, a los poderes militar y policial."

"Y, en el nombre del cielo, ¿quiénes son los enemigos públicos?" exclamó el Dr. Leete. "¿Son Francia, Inglaterra, Alemania, o el hambre, el frío, y la desnudez? En sus tiempos, ante el más leve malentendido internacional, los gobiernos estaban acostumbrados a incautarse de los cuerpos de los ciudadanos y entregarlos por cientos de miles a la muerte y la mutilación, despilfarrando sus tesoros entretanto como si fuesen agua; y todo esto a menudo sin ningún beneficio imaginable para las víctimas. Ahora no tenemos guerras, y nuestros gobiernos no tienen poderes de guerra, pero para proteger a cada ciudadano contra el hambre, el frío, y la desnudez, y proveer todas sus necesidades físicas y mentales, es asumida la función de dirigir su industria por un período de años. No, Sr. West, estoy seguro de que si reflexiona se percatará de que era en su época, no en la nuestra, cuando la expansión de las funciones de los gobiernos era extraordinaria. Ni si quiera para el mejor de los fines permitiría ahora la gente que sus gobiernos tuviesen poderes tales como los que entonces fueron usados para lo más maléfico."

"Dejando las comparaciones aparte," dije, "la demagogia y la corrupción de las personas públicas habrían sido consideradas, en mis tiempos, objeciones insuperables para que ningún gobierno se hiciese cargo de las industrias nacionales. Habríamos pensado que ningún orden puede ser peor que el de confiar a los políticos el control de la maquinaria de producir la riqueza del país. Sus intereses materiales eran con mucho el rugby de los partidos políticos, de hecho."

"No hay duda de que estaban en lo cierto," replicó el Dr. Leete, "pero todo eso ha cambiado ahora. No tenemos partidos políticos ni políticos, y en cuanto a la demagogia y la corrupción, son palabras que sólo tienen un significado en la historia."

"La naturaleza humana en sí misma debe de haber cambiado muy mucho," dije.

"En absoluto," fue la réplica del Dr. Leete, "pero las condiciones de la vida humana han cambiado, y con ellas los motivos de los actos humanos. La organización de la sociedad en la época de usted era tal que los funcionarios estaban bajo la constante tentación de hacer mal uso de su poder en beneficio propio o de otros. Bajo tales circunstancias parece casi extraño que se atreviesen ustedes a confiarles cualquiera de sus asuntos. Hoy en día, por el contrario, la sociedad está constituída de tal modo que no hay absolutamente ninguna manera de que un funcionario, aun siendo un malintencionado, tuviese la posibilidad de obtener ningún beneficio para sí mismo o cualquier otro mediante el mal uso de su poder. Aunque fuese un funcionario tan malvado como usted desee suponer, no puede ser un corrupto. No hay motivo para serlo. El sistema social ya no ofrece un resarcimiento por la deshonestidad. Pero estos son asuntos que podrá entender únicamente según vaya, con el tiempo, conociéndonos mejor."

"Pero todavía no me ha dicho cómo han solucionado el problema laboral. Hemos estado discutiendo del problema del capital," dije. "Después de que la nación hubo asumido el gobierno de las fábricas, la maquinaria, los ferrocarriles, las granjas, las minas, y el capital en general del país, quedaba todavía la cuestión laboral. Asumiendo las responsabilidades del capital de la nación, había asumido las dificultades de la posición del capitalista."

"En el momento en que la nación asumió las responsabilidades del capital, esas dificultades se desvanecieron," replicó el Dr. Leete. "La organización nacional del trabajo bajo una única dirección fue la completa solución para lo que, en sus tiempos y bajo su sistema, era contemplado llanamente como el insoluble problema laboral. Cuando la nación se convirtió en el único empleador, todos los ciudadanos, en virtud de su ciudadanía, se hicieron empleados, para ser distribuídos conforme a las necesidades de la industria."

"Es decir," sugerí, "ustedes sencillamente han aplicado a la cuestión laboral el principio del servicio militar universal como se entendía en mis tiempos."

"Sí, dijo el Dr. Leete, "resultó como algo natural tan pronto como la nación se hubo convertido en el único capitalista. La gente ya estaba acostumbrada a la idea de que la obligación de todo ciudadano, que no estuviese impedido físicamente, a contribuir con su servicio militar a la defensa de la nación era igual y absoluta. Era igualmente evidente que era igualmente el deber de cada ciudadano contribuir con su cuota de servicios industriales o intelectuales al mantenimiento de la nación, aunque hasta que la nación no se convirtió en el empleador, los ciudadanos no pudieron dar esta clase de servicio con alguna pretensión de universalidad o igualdad. Ninguna organización del trabajo era posible cuando el poder para dar empleo estaba dividido entre cientos o miles de individuos y corporaciones, entre los cuales ningún tipo de concertación era deseada, ni de hecho factible. Entonces lo que sucedía continuamente era que un gran número de los que buscaban trabajo no podía encontrar una oportunidad, y por otro lado, aquellos que deseaban evadirse de parte de sus obligaciones o de todas, podían hacerlo facilmente."

"El servicio, ahora, supongo, es obligatorio por encima de todo," sugerí.

"Es más bien algo natural en vez de una obligación," replicó el Dr. Leete. "Se contempla como tan absolutamente natural y razonable que ha dejado de tenerse la idea de que sea obligatorio. Se consideraría que es una persona increíblemente vil quien necesitase una obligación en un caso así. Sin embargo, hablar de que el servicio es obligatorio sería una manera pobre de expresar su absoluta inevitabilidad. Nuestro sistema social al completo está tan enteramente basado en ello y derivado de ello que si fuese concebible que una persona pudiese escapar de él, se quedaría sin medios posibles para subsistir. Se habría excluído a sí mismo del mundo, se habría separado de la humanidad, en una palabra, habría cometido un suicidio."

"¿La duración del servicio en este ejército industrial es de por vida?"

"Oh, no; empieza más tarde y termina más pronto que el promedio del período laboral de su época. Sus lugares de trabajo estaban llenos de niños y personas de edad avanzada, pero nosotros consagramos el período de la juventud a la educación, y el período de la madurez, cuando las fuerzas físicas comienzan a flaquear, igualmente lo consagramos a la relajación tranquila y agradable. El período del servicio industrial es de veinticuatro años, comenzando cuando termina la educación a la edad de veintiun años y terminando a la edad de cuarenta y cinco. Después de los cuarenta y cinco, aunque liberado de trabajar, el ciudadano todavía continúa siendo susceptible de recibir llamamientos especiales, en caso de emergencias causadas por una repentina gran demanda de trabajo, hasta que alcanza la edad de cincuenta y cinco, pero tales llamamientos ocurren rara vez, de hecho casi nunca. El día quince de octubre de cada año es lo que llamamos el Día de Revista, porque aquellos que han alcanzado la edad de veintiun años son enrolados en el servicio industrial, y al mismo tiempo aquellos que, tras veinticuatro años de servicio, han alcanzado la edad de cuarenta y cinco, son licenciados honorablemente. Es nuestro gran día del año, a partir del cual llevamos la cuenta de todos los demás eventos, nuestra Olimpiada, salvo que es anual."