Mis contemporáneos: Prólogo

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Mis contemporáneos: Semblanzas varias


PRÓLOGO


 De Irún á Cádiz, de la frontera de Portugal á la playa valenciana, conozco á todo el que ha hecho algo que merezca la atención de las gentes. El incógnito en España me está prohibido: veintidós años de constante comunicación con mis contemporáneos, en la política, en la literatura, en el teatro, en el Ateneo, en sociedad, en viaje, en la calle, en el paseo, en casa y fuera de ella, me dan algún derecho á conocer á los mios.

 Llamo los mios á los artistas, literatos, actores, cantantes, oradores, banqueros, mujeres bonitas y caballeros particulares que han dado ocasión á la prensa para hablar de ellos en alguna ocasión y por cualquier motivo.

 No pretendo ni me parece oportuno escribir sus biografías, que sería trabajo largo, monótono y sin interés del momento. Pretendo solamente hablar de ellos, decir cómo son, detallar sus personas, sus maneras, sus costumbres, su yo. Será éste un trabajo de utilidad, no ahora, sino dentro de muchos años.

 Los veteranos que han conocido á Napoleón el grande se ven constantemente acosados á preguntas sobre los detalles íntimos de aquel grande hombre. Millares de personas que no han leído su biografía y le conocen por su inmensa celebridad, acuden al Museo del Louvre á contemplar su tradicional sombrero.

 Nuestra época quiere prescindir, por lo que respecta á las personas, de esa historia eterna de todas las notabilidades, en la que se refiere su nacimiento, sus primeros premios en el colegio, sus notables disposiciones para el arte ó el estudio en que después brillaron. No seré yo biógrafo de ninguno de mis amigos ó compañeros; pero procuraré hacerles un retrato moral, que es lo que en lenguaje moderno llamamos semblanzas. Semblanzas son, pues, éstas, y no otra cosa.

 El trabajo es largo, el tiempo breve: todas las personas, ó casi todas las que en éste y otros tomos han de ser incluídas, tendrán á la larga su biógrafo minucioso. De mi no esperen sino la impresión que directamente me causaron; algo como esas dos líneas que los autores dramáticos franceses solían poner antes en el reparto de sus comedias, para que el actor ó el lector adquiriesen la idea primera del carácter: «El conde: cuarenta años; pelo blanco, andar lento, traje pasado de moda, carácter agrio, un poco tartamudo. La generala: vieja verde, tocado extravagante, maneras vulgares, temperamento nervioso, monomanía de chismografía....»

 Algo así serán mis bocetos. Un croquis para que el pintor pueda llenar mis cuatro rayas de color. En ciertos casos una fotografía, alguna vez una caricatura; pero no es culpa mia si ellos son así, y yo franco por naturaleza.

 Van todos revueltos; banqueros y políticos, actores y cantantes, pintores y académicos, actrices y novelistas, celebridades y particulares. Los doy como los juzgo, y nadie se dé por ofendido, porque no hay nada más ridículo en la vida social que el particular descontento de su retrato porque no lo encuentra muy hermoso, ó el hombre que va á la fotografía recien peinado y con tres placas en el pecho.

 Mis retratos, bocetos, fotografías ó pasteles, son obra de una discreta observación, sin prevención contra nadie ni adulación para ninguno.

 Algunos han sido escritos antes en francés que en castellano, por lo que resulto traductor de mí mismo. Otros pienso traducirlos del castellano al francés, que es como volverles el forro. De este modo les hago viajar y correr el mundo conmigo, en lo cual ni ellos saldrán perdiendo de la propaganda ni yo de la honrosa compañía.

 Escritor en dos lenguas, acaso no hablo bien ninguna; pero así puedo disculparme de la una con la otra y repetir, con un colega que se halla en mi caso, y á quien el médico dijo en cierta ocasión:

 — Tiene usted hoy la lengua irritada.

 No importa — dijo él — porque hoy es la francesa.


Eusebio Blasco.
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